El Matrimonio de Bette y Boo

publicado el 11/11/12 por Laura Rodriguez en Arte

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Teatro Trasnocho

  Desde el viernes 9 de noviembre está en el Teatro  Trasnocho en las Mercedes, la obra   “El Matrimonio de Bette y Boo”, producida por Carolina Rincón y dirigida por Héctor Manrique, quien también actúa en la obra.

  Carolina y Héctor, quienes en la vida real son marido y mujer, nos visitaron en el programa de radio que transmitimos por el Circuito Éxitos a nivel nacional,  para conversar sobre la obra y esto dijeron.

  Como ñapa a esta conversación, ya que mencionamos la reseña que escribió Ibsen Martínez, la anexamos en esta invitación teatral.

El Matrimonio  de Bette y Boo

Por : Ibsen Martínez

Una tras otro, sus múltiples embarazos terminan en pérdidas que el obstetra anuncia  al público con el displicente desapego de quien arroja un Kleenex a la papelera.  ¿Y quién es el público?  Una disfuncional familia, tan católica y propensa al alcoholismo como sólo puede serlo una familia de ancestro irlandés.

Con la regularidad de un gag de comedia de situaciones, dos familias se congregan una y otra vez en la sala de maternidad: son los Brennan, la familia de la bella Bette, y los Hudlocke, la familia del borroso y pusilánime  Boo, esposo de Bette.  Tal es el sencillo dispositivo con el que el brillante comediógrafo y satirico estadounidense Christopher Durang narra la hilarante  infelicidad de tres generaciones.

Dicho así, suena todo en extremo grotesco y ciertamente lo es, sólo que “El matrimonio de Bette y Boo” es, además, un prodigio de empatía y humanidad que, en el curso de sus 120 minutos de duración, te arranca carcajadas hasta enceguecer de pura lágrima risueña,  sólo para desgarrarte  mejor al minuto siguiente con su despiadada visión del enigma de la existencia.

Es en esos momentos en que la pieza amenaza con borrarte del todo la sonrisa. Pero es sólo una amenaza, porque su burbujeo de gran comedia americana nunca pierde fuerza y ese delicado equilibrio entre el horror existencial y la farsa regocijante  concede a Durang  los huidizos favores que busca todo genuino autor teatral.

Si es cierto que el oficio del dramaturgo consiste en “matar con ternura al espectador”, como es fama que dijo alguna vez Tennessee Williams, entonces Durang encabeza la lista de los asesinos más buscados.  Desde este viernes, en la sala mayor del Teatro Trasnocho (C-C. Paseo Las Mercedes) , el insumergible Grupo Actoral 80 presenta en Caracas su versión de “El matrimonio de Bette y Boo”,  en el más feliz de los restrenos.

2.-

Desde que  por vez primera ví este montaje en 1995, con un elenco inolvidable que en parte regresa a las tablas esta vez,  me he preguntado en qué radica su magia inextinguible. Es la pieza que he visto más veces en mi vida, y eso incluye un montaje profesional neoyorquino y uno estudiantil en Inglaterra, pero no la habría tenido tantas veces a mi alcance de no haberse estrenado exitosamente en Caracas hace diecisiete años. Para la gente de teatro caraqueña – que no está hecha sólode actores, sino de  personas secularmente adictas al buen teatro – se trata, ni más ni menos, que de un montaje de culto, indefectiblemente nimbado por el apoyo del público.

Una escena entre tantas en las que Durang amasa la risa y el absurdo es aquella en la que el padre Donnaly ( Jorge Canelón) conduce una sesión de consejos conyugales dispensados en masa a ambas familias. El jovial sacerdote irlandés desgrana lugares comunes sobre la felicidad, el pecado y el temor de Dios al tiempo que admite sus humanas debilidades , en especial su insuficiencia como consejero de crisis maritales. En un cierto momento, el sacerdote interrumpe una cascada de insustanciales quejas y desganados consejos para alborozar a su público con una de sus creaciones: su personal versión de cómo crepita un trozo de tocineta en la sartén.

Como lo oye: en obsequio de su auditorio,  el padre Donnely actúa  un rechinante  trozo de tocineta de modo tan realista que, luego de ver esta obra , no podrás prepararte de nuevo un desayuno americano sin pensar en una de las frases más nitzscheanas que Durang hace decir a uno de sus personajes: “No creo que Dios castigue a nadie por una razón en específico. Creo que Dios castiga a la gente en general, porque sí, sin ningún motivo”.

3.-

¿Una  novedad de este montaje? La joven pero experimentada Melissa Wolff, quien ya ha dejado de ser ficha promisoria, y es ya por completo mujer de teatro por derecho propio. No es sólo porque sea amiga mía que la destaco,  sino porque Wolff,  de ordinario persona serísima y de continente grave , se  torna regocijo vivo como comediante. Si usted la vio como la Reina Isabel en “Acto Cultural” de Jose Ignacio Cabrujas, querrá verla encarnando a Bette  Brennan .   El narrador de la pieza es Matt, el oscuro scholar de literatura inglesa, último vástago de la “dinastìa” Hudlocke,  encarnado  muy solventemente por Wadih Hadaya. Y con él los jóvenes Jesús Cova y Juan Vicente Pérez, en los arduos papeles de Boo Hudlocke y Paul Brennan,  marido y padre de Bette, respectivamente.  Samantha Castillo, la carismática  Herminia de “Acto Cultural”, se entrega ahora a una exigente Margareth, la  madre de Bette.

Junto al trabajo de Jorge Canelón  quien regresa  como invitado del GA80 para doblarse como el padre Donnaly y como el ominoso obstetra de Bette,  mi admiracion se reparte, desde el primer montaje y por igual, entre Martha Estrada ( la frágil  Emily, la hermana cellista de Bette, propensa a los colapsos nerviosos), Iris Dubs ( la descontentadiza Joan, siempre con rinitis alérgica) y Omaira Abinadé (la dulce y melindrosa Switche, madre de Boo).

Héctor Manrique, además de dirigir, toma para sí elpapel de Karl Hudlocke, el bombástico y feroz  Karl,  padre de Boo  y fundador de una dinastía de alcohólicos. Nunca dejaré de encomiar el  siempre ímprobo trabajo de Carolina Rincón, en la producción general.  Carolina trabaja en la trastienda y por eso usted no alcanza a verla desde su butaca. El vestuario y la escenografía corren  por cuenta de Marcelo Pont Verges y la concomitante música es de Jacky Schreiber.

“Todas las familias felices se parecen entre sí; cada familia infeliz lo es a su propia manera”. Con esta verdad, mil veces citada, echa a andar León Tolstoy su “Ana Karénina”.  “El Matrimonio de Bette y Boo” es un desternillante corolario de esa verdad.

Tanto lo es, que el New York Times tituló su reseña  del estreno en  Broadway de la siguiente manera: “ Y tú, Bette, ¿aceptas por esposo a Boo para vivir juntos la desdicha y matarnos de la risa

Ibsen Martínez está en @ibsenM



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  Desde el viernes 9 de noviembre está en el Teatro  Trasnocho en las Mercedes, la obra   “El Matrimonio de Bette y Boo”, producida por Carolina Rincón y dirigida por Héctor Manrique, quien también actúa en la obra.

  Carolina y Héctor, quienes en la vida real son marido y mujer, nos visitaron en el programa de radio que transmitimos por el Circuito Éxitos a nivel nacional,  para conversar sobre la obra y esto dijeron.

  Como ñapa a esta conversación, ya que mencionamos la reseña que escribió Ibsen Martínez, la anexamos en esta invitación teatral.

El Matrimonio  de Bette y Boo

Por : Ibsen Martínez

Una tras otro, sus múltiples embarazos terminan en pérdidas que el obstetra anuncia  al público con el displicente desapego de quien arroja un Kleenex a la papelera.  ¿Y quién es el público?  Una disfuncional familia, tan católica y propensa al alcoholismo como sólo puede serlo una familia de ancestro irlandés.

Con la regularidad de un gag de comedia de situaciones, dos familias se congregan una y otra vez en la sala de maternidad: son los Brennan, la familia de la bella Bette, y los Hudlocke, la familia del borroso y pusilánime  Boo, esposo de Bette.  Tal es el sencillo dispositivo con el que el brillante comediógrafo y satirico estadounidense Christopher Durang narra la hilarante  infelicidad de tres generaciones.

Dicho así, suena todo en extremo grotesco y ciertamente lo es, sólo que “El matrimonio de Bette y Boo” es, además, un prodigio de empatía y humanidad que, en el curso de sus 120 minutos de duración, te arranca carcajadas hasta enceguecer de pura lágrima risueña,  sólo para desgarrarte  mejor al minuto siguiente con su despiadada visión del enigma de la existencia.

Es en esos momentos en que la pieza amenaza con borrarte del todo la sonrisa. Pero es sólo una amenaza, porque su burbujeo de gran comedia americana nunca pierde fuerza y ese delicado equilibrio entre el horror existencial y la farsa regocijante  concede a Durang  los huidizos favores que busca todo genuino autor teatral.

Si es cierto que el oficio del dramaturgo consiste en “matar con ternura al espectador”, como es fama que dijo alguna vez Tennessee Williams, entonces Durang encabeza la lista de los asesinos más buscados.  Desde este viernes, en la sala mayor del Teatro Trasnocho (C-C. Paseo Las Mercedes) , el insumergible Grupo Actoral 80 presenta en Caracas su versión de “El matrimonio de Bette y Boo”,  en el más feliz de los restrenos.

2.-

Desde que  por vez primera ví este montaje en 1995, con un elenco inolvidable que en parte regresa a las tablas esta vez,  me he preguntado en qué radica su magia inextinguible. Es la pieza que he visto más veces en mi vida, y eso incluye un montaje profesional neoyorquino y uno estudiantil en Inglaterra, pero no la habría tenido tantas veces a mi alcance de no haberse estrenado exitosamente en Caracas hace diecisiete años. Para la gente de teatro caraqueña – que no está hecha sólode actores, sino de  personas secularmente adictas al buen teatro – se trata, ni más ni menos, que de un montaje de culto, indefectiblemente nimbado por el apoyo del público.

Una escena entre tantas en las que Durang amasa la risa y el absurdo es aquella en la que el padre Donnaly ( Jorge Canelón) conduce una sesión de consejos conyugales dispensados en masa a ambas familias. El jovial sacerdote irlandés desgrana lugares comunes sobre la felicidad, el pecado y el temor de Dios al tiempo que admite sus humanas debilidades , en especial su insuficiencia como consejero de crisis maritales. En un cierto momento, el sacerdote interrumpe una cascada de insustanciales quejas y desganados consejos para alborozar a su público con una de sus creaciones: su personal versión de cómo crepita un trozo de tocineta en la sartén.

Como lo oye: en obsequio de su auditorio,  el padre Donnely actúa  un rechinante  trozo de tocineta de modo tan realista que, luego de ver esta obra , no podrás prepararte de nuevo un desayuno americano sin pensar en una de las frases más nitzscheanas que Durang hace decir a uno de sus personajes: “No creo que Dios castigue a nadie por una razón en específico. Creo que Dios castiga a la gente en general, porque sí, sin ningún motivo”.

3.-

¿Una  novedad de este montaje? La joven pero experimentada Melissa Wolff, quien ya ha dejado de ser ficha promisoria, y es ya por completo mujer de teatro por derecho propio. No es sólo porque sea amiga mía que la destaco,  sino porque Wolff,  de ordinario persona serísima y de continente grave , se  torna regocijo vivo como comediante. Si usted la vio como la Reina Isabel en “Acto Cultural” de Jose Ignacio Cabrujas, querrá verla encarnando a Bette  Brennan .   El narrador de la pieza es Matt, el oscuro scholar de literatura inglesa, último vástago de la “dinastìa” Hudlocke,  encarnado  muy solventemente por Wadih Hadaya. Y con él los jóvenes Jesús Cova y Juan Vicente Pérez, en los arduos papeles de Boo Hudlocke y Paul Brennan,  marido y padre de Bette, respectivamente.  Samantha Castillo, la carismática  Herminia de “Acto Cultural”, se entrega ahora a una exigente Margareth, la  madre de Bette.

Junto al trabajo de Jorge Canelón  quien regresa  como invitado del GA80 para doblarse como el padre Donnaly y como el ominoso obstetra de Bette,  mi admiracion se reparte, desde el primer montaje y por igual, entre Martha Estrada ( la frágil  Emily, la hermana cellista de Bette, propensa a los colapsos nerviosos), Iris Dubs ( la descontentadiza Joan, siempre con rinitis alérgica) y Omaira Abinadé (la dulce y melindrosa Switche, madre de Boo).

Héctor Manrique, además de dirigir, toma para sí elpapel de Karl Hudlocke, el bombástico y feroz  Karl,  padre de Boo  y fundador de una dinastía de alcohólicos. Nunca dejaré de encomiar el  siempre ímprobo trabajo de Carolina Rincón, en la producción general.  Carolina trabaja en la trastienda y por eso usted no alcanza a verla desde su butaca. El vestuario y la escenografía corren  por cuenta de Marcelo Pont Verges y la concomitante música es de Jacky Schreiber.

“Todas las familias felices se parecen entre sí; cada familia infeliz lo es a su propia manera”. Con esta verdad, mil veces citada, echa a andar León Tolstoy su “Ana Karénina”.  “El Matrimonio de Bette y Boo” es un desternillante corolario de esa verdad.

Tanto lo es, que el New York Times tituló su reseña  del estreno en  Broadway de la siguiente manera: “ Y tú, Bette, ¿aceptas por esposo a Boo para vivir juntos la desdicha y matarnos de la risa

Ibsen Martínez está en @ibsenM

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