Desnuda y con diamantes

publicado el 5/02/17 por Ana Forero en También Sucede Etiquetas:, ,

Michelle Obama fue una sobresaliente primera dama. Una mujer joven, atractiva, muy altiva e inteligente. Sus discursos, en especial al final del período de su marido, fueron realmente elocuentes. Michelle resultó un contraste importante en la tradición de las primeras damas de los Estados Unidos. Venía a sustituir a la esposa de George W. Bush. Responda con honestidad, amigo lector, sin apelar al Google: ¿recuerda usted como se llama la esposa del hijo de Bush? No, ¿verdad? Yo tampoco. ¿Recuerda alguna foto de ella, su cara, su

fisonomía? Tampoco. Nadie. En el caso de su madre –la del presidente; es decir, la suegra-, Bárbara, pues, era una señora muy tejana ella, una matrona señorial con su cabello blanco. Y en el largo historial de primeras damas norteamericanas, también aparece la señora Hilary Clinton, que claro que es recordada, aunque no tanto como primera dama aunque sí como la que aspiró a ser la primera mujer presidente en los Estados Unidos.

Presidentes anteriores han tenido esposas bastante grises, anodinas. Pat Nixon, la esposa de Richard, resalta, entre pocas características importantes, porque al parecer tenía una fuerte adicción al alcohol. Cosa que para muchos era comprensible estando casada con semejante personaje.

Jackie Kennedy

Entre esas primera damas de tiempo atrás, la señora Carter también pasa desapercibida, como su marido. Y para la historia quedan, en lugar protagónico, algunas como Jackie Kennedy. Ella todo glamour, toda elegancia, toda belleza. Además del hecho trágico del asesinato de su esposo, con ella presente, al lado, en medio del horror, del estupor y la sangre. El resto de su vida, siempre joven, estuvo marcada por el acoso constante de los medios: Jackie siempre interesante y noticiosa, siempre hermosa. Antes hubo mujeres muy distintas, pero tanto o más importantes y trascendentales, como Eleaonor Roosevelt, por ejemplo, la muy liberal e independiente esposa de Franklin Delano.

En todo este cuadro de mujeres que llegaron a ser primeras damas, la imagen de Melania Trump viene a ser una ruptura radical. Todas ellas, más o menos guapas, más viejas o más jóvenes, más o menos atractivas e importantes, eran, en definitiva, señoras. Esposas de sus maridos; por hacer un comentario convencional y no necesariamente moralista.

Pero la señora Melania Trump, pues…

A ver… Hace casi 17 años atrás fue retratada por la revista GQ, en su edición británica, en el avión privado de su marido, Donald Trump, cuando apenas comenzaba la relación. El editor londinense, Dylan Jones, recuerda que la señora se prestó muy bien para las fotos –total, era modelo profesional-, y tanto ella como Donald estaban muy ansiosos por verlas y disfrutarlas. Es decir, no son fotos de un osado paparazzi, no es que a ella la pillaron descuidada y el marido no sabía. No. A los dos le gustó el asunto, con todo el morbo que esto pueda implicar.

Las fotografías, casi 17 años después, pasan a ser historia. La espectacular mujer que se nos exhibe, la provocativa y sensual mujer que nos abruma en esas fotografías es ahora nada menos que la Primera Dama de los Estados Unidos.

Aquí la tiene usted completamente desnuda sobre un abrigo de piel carísimo. Acostada en la cama de este jet que ha sido acondicionado para que Trump pueda viajar con toda la comodidad que él requiere, como estilan los multimillonarios.

En otras fotografías -como decían antes los cronistas de farándula- queda poco a la imaginación del atónito mirón. En alguna se monta en el ala del avión, con una pistola a lo chica Bond, ostentando una minúscula tanga roja que es todo un desafío de vértigo para enemigos y amigos. Hay una donde la vemos, sin abandonar la pistola, con una maleta en la que se desbordan las joyas, rubíes y diamantes. Y otra más en la cabina del piloto, aquí ya sí completamente desnuda, apenas tapándose los ojos con unos lentes oscuros.

Estas fotografías, más allá de mostrarnos a una mujer sin duda guapísima, bella y con un cuerpo escultural, nos evidencian -digamos- la gama de valores, inclinaciones, gustos y tendencias de la señora y su marido, el mismo que, en la actualidad, es nada menos que el hombre más poderoso de la tierra, y que tiene en vilo a todo el mundo con apenas una semana en el poder.

Y, hablando de valores, así como semidesnuda en el avión la señora Trump se recrea con un maletín repleto de joyas, recientemente, en el vilipendiado y odiado México de su esposo, la revista Vanity Fair publica su edición más reciente donde la vemos comiendo espaguetis, desayunando espaguetis. Pero el detalle está en que que no es pasta italiana la que Melania, con cuchara y tenedor, se lleva a la boca. Lo que hay son ristras de diamantes, un enredo de pulseras llenas de joyas relucientes.

Para el mundo en que vivimos, para el México humillado y ofendido en el que se publica esta revista, la fotografía, por más bella que sea la mujer, no deja de ser una sonora bofetada, una agresión repugnante.

¿Cuánto tiempo durará Trump como presidente? ¿Terminará el período, será reelegido? ¿Cuánto tiempo durará Melania como su esposa? ¿Aguantará los cuatro años? Quién sabe. Hay apuestas y especulaciones a rabiar ante preguntas que son cada vez más insistentes y sonoras. Eso pertenece al terreno del periodismo de farandula y al de política, que en este caso, y gracias a tan singular pareja, pasa a ser el mismo.

No sabemos cuánto duré todo esto. Pero las fotos, esas sí durarán, porque el morbo, está comprobado, es infinito.



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Michelle Obama fue una sobresaliente primera dama. Una mujer joven, atractiva, muy altiva e inteligente. Sus discursos, en especial al final del período de su marido, fueron realmente elocuentes. Michelle resultó un contraste importante en la tradición de las primeras damas de los Estados Unidos. Venía a sustituir a la esposa de George W. Bush. Responda con honestidad, amigo lector, sin apelar al Google: ¿recuerda usted como se llama la esposa del hijo de Bush? No, ¿verdad? Yo tampoco. ¿Recuerda alguna foto de ella, su cara, su



fisonomía? Tampoco. Nadie. En el caso de su madre –la del presidente; es decir, la suegra-, Bárbara, pues, era una señora muy tejana ella, una matrona señorial con su cabello blanco. Y en el largo historial de primeras damas norteamericanas, también aparece la señora Hilary Clinton, que claro que es recordada, aunque no tanto como primera dama aunque sí como la que aspiró a ser la primera mujer presidente en los Estados Unidos.

Presidentes anteriores han tenido esposas bastante grises, anodinas. Pat Nixon, la esposa de Richard, resalta, entre pocas características importantes, porque al parecer tenía una fuerte adicción al alcohol. Cosa que para muchos era comprensible estando casada con semejante personaje.

[caption id="attachment_43799" align="alignright" width="149"] Jackie Kennedy[/caption]

Entre esas primera damas de tiempo atrás, la señora Carter también pasa desapercibida, como su marido. Y para la historia quedan, en lugar protagónico, algunas como Jackie Kennedy. Ella todo glamour, toda elegancia, toda belleza. Además del hecho trágico del asesinato de su esposo, con ella presente, al lado, en medio del horror, del estupor y la sangre. El resto de su vida, siempre joven, estuvo marcada por el acoso constante de los medios: Jackie siempre interesante y noticiosa, siempre hermosa. Antes hubo mujeres muy distintas, pero tanto o más importantes y trascendentales, como Eleaonor Roosevelt, por ejemplo, la muy liberal e independiente esposa de Franklin Delano.

En todo este cuadro de mujeres que llegaron a ser primeras damas, la imagen de Melania Trump viene a ser una ruptura radical. Todas ellas, más o menos guapas, más viejas o más jóvenes, más o menos atractivas e importantes, eran, en definitiva, señoras. Esposas de sus maridos; por hacer un comentario convencional y no necesariamente moralista.

Pero la señora Melania Trump, pues…

A ver… Hace casi 17 años atrás fue retratada por la revista GQ, en su edición británica, en el avión privado de su marido, Donald Trump, cuando apenas comenzaba la relación. El editor londinense, Dylan Jones, recuerda que la señora se prestó muy bien para las fotos –total, era modelo profesional-, y tanto ella como Donald estaban muy ansiosos por verlas y disfrutarlas. Es decir, no son fotos de un osado paparazzi, no es que a ella la pillaron descuidada y el marido no sabía. No. A los dos le gustó el asunto, con todo el morbo que esto pueda implicar.



Las fotografías, casi 17 años después, pasan a ser historia. La espectacular mujer que se nos exhibe, la provocativa y sensual mujer que nos abruma en esas fotografías es ahora nada menos que la Primera Dama de los Estados Unidos.

Aquí la tiene usted completamente desnuda sobre un abrigo de piel carísimo. Acostada en la cama de este jet que ha sido acondicionado para que Trump pueda viajar con toda la comodidad que él requiere, como estilan los multimillonarios.



En otras fotografías -como decían antes los cronistas de farándula- queda poco a la imaginación del atónito mirón. En alguna se monta en el ala del avión, con una pistola a lo chica Bond, ostentando una minúscula tanga roja que es todo un desafío de vértigo para enemigos y amigos. Hay una donde la vemos, sin abandonar la pistola, con una maleta en la que se desbordan las joyas, rubíes y diamantes. Y otra más en la cabina del piloto, aquí ya sí completamente desnuda, apenas tapándose los ojos con unos lentes oscuros.



Estas fotografías, más allá de mostrarnos a una mujer sin duda guapísima, bella y con un cuerpo escultural, nos evidencian -digamos- la gama de valores, inclinaciones, gustos y tendencias de la señora y su marido, el mismo que, en la actualidad, es nada menos que el hombre más poderoso de la tierra, y que tiene en vilo a todo el mundo con apenas una semana en el poder.

Y, hablando de valores, así como semidesnuda en el avión la señora Trump se recrea con un maletín repleto de joyas, recientemente, en el vilipendiado y odiado México de su esposo, la revista Vanity Fair publica su edición más reciente donde la vemos comiendo espaguetis, desayunando espaguetis. Pero el detalle está en que que no es pasta italiana la que Melania, con cuchara y tenedor, se lleva a la boca. Lo que hay son ristras de diamantes, un enredo de pulseras llenas de joyas relucientes.

Para el mundo en que vivimos, para el México humillado y ofendido en el que se publica esta revista, la fotografía, por más bella que sea la mujer, no deja de ser una sonora bofetada, una agresión repugnante.

¿Cuánto tiempo durará Trump como presidente? ¿Terminará el período, será reelegido? ¿Cuánto tiempo durará Melania como su esposa? ¿Aguantará los cuatro años? Quién sabe. Hay apuestas y especulaciones a rabiar ante preguntas que son cada vez más insistentes y sonoras. Eso pertenece al terreno del periodismo de farandula y al de política, que en este caso, y gracias a tan singular pareja, pasa a ser el mismo.

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