Entrevista a Karina Sainz Borgo – Diego Arroyo Gil

publicado el 5/03/19 por Michelle Rodríguez en También Sucede Etiquetas:, , , , ,

Publicada en: Runrunes

Por: Diego Arroyo Gil

Entrevista a Karina Sainz Borgo - Diego Arroyo Gil
Cortesía: Runrunes

Es de cuerpo magro, frágil parece, ¿se va a quebrar?, pero cuando te acercas, saludas y ella comienza a hablar te dices: “Adentro hay un peso”. Karina Sainz Borg  (Caracas, 1982) está sentada a la mesa en una cafetería de un hotel de Madrid, junto a un ventanal que da a la Gran Vía, la avenida más famosa de la capital española. Es invierno y a la vuelta de escasos días, el 7 de marzo, llegará a las librerías su primera novela publicada, La hija de la española, que lleva varios meses siendo centro de atención y curiosidad en el mundo literario sobre todo europeo, pero también americano. ¿La razón? En la más reciente Feria de Fráncfort –la cita editorial más importante del mundo– fue contratada para circular en 22 países, que se despacha rápido, pero es una barbaridad, un “pelotazo”, como dicen en España, país en el que Karina reside desde hace más de una década.

Periodista, cronista, escritora, ha publicado previamente dos libros, Caracas hip-hop yTráfico y Guaire. El país y sus intelectuales, ambos en Venezuela, y la profusión de su trabajo como reportera cultural para periódicos y revistas es de envergadura, tiene un estilo y un peso propios. Trapío, en lengua taurina, porque Karina cultiva el gusto por la fiesta brava, aunque cada vez esté peor visto seguir con ánimo la ruta del toro. Una frase asombrosa sacada de una entrevista reciente que le hizo María José Solano para el portal www.zendalibros.com rinde cuenta de lo que Karina entrega cuando procede en su oficio: “Yo soy de un lugar donde hasta las flores depredan”. Aquí se llama a sí misma exagerada, como se verá, pero es cierto que en sus entrevistas, en sus artículos o en sus crónicas (tiene un blog, http://cronicasbarbituricas.blogspot.com/) Karina siempre trata de poner como un nervio al descubierto, ¡y atrapa! Es decir, ella va por la labor, que es norma en el hombre y en la mujer de prensa, pero introduce algo más, que es finalmente lo que queda una vez que el tiempo desecha el bagazo informativo. ¿Qué? Se diría que una manera muy suya de mirar… Hay que leerla.

Johanna Haegerstrom, editora de Albert Bonniers, en Suecia, se ha expresado de este modo sobre La hija de la española, la novela de Karina: “Es una obra de ficción apasionante y devastadora que te abre los ojos, realista a ultranza”, y Gustavo Guerrero, de Gallimard, el sello rey de Francia: “Es una novela intensa, conmovedora y radical”, y Joan Milá, de HarperCollins: “Es una de las novelas más interesantes que he leído en mucho tiempo”. Se entiende que la inminente salida del libro –que en español publica Lumen– convoque tanto interés. ¿Qué trae Karina Sainz Borgo? ¿De qué se trata la historia que ahora presenta y que será, según el escritor Álvaro Colomer, un “bombazo literario”?

La hija de la española es básicamente una ficción que pretende recrear una situación de supervivencia en el contexto de la Caracas contemporánea –explica la autora–. Su intención no es documentar ni testimoniar el hundimiento venezolano, aunque forme parte de él, sino recrear una situación de supervivencia en general”.

–¿En qué sentido?

–La novela comienza con un funeral. Una mujer está enterrando a su madre. La madre muere a causa de una enfermedad, el país se está cayendo a pedazos, y al mismo tiempo a ella la expulsan de su casa, porque la casa es invadida. Entonces se encuentra en una situación de desesperación total porque la ciudad y el país se la están comiendo viva. Tiene una vecina, que es española, Aurora Peralta, y este personaje va a ser fundamental para que ella sobreviva. Lo que va a hacer Adelaida, la protagonista, es robarle la identidad a Aurora Peralta para venirse a España. La novela se llama La hija de la española porque, en medio de la desesperación, Adelaida va a comenzar una reflexión sobre la identidad, sobre la traición, sobre qué es irse; piensa en cómo va a planificar su muerte civil, cómo va a dejar de ser quién es para asumir la identidad de otra persona.

–¿Son asuntos que te tocan mucho a ti?

–Creo que son asuntos que no son ajenos a ninguna persona que haya interrumpido una vida en un sitio y asumido otra en otro sitio. Si te pones a mirarlo con detenimiento, lo que hace 20 años llamábamos globalización se ha transformado en algo muy agresivo. El migrante es una de las grandes figuras del arranque de siglo. Fíjate en las migraciones por causas de guerra, o en la migración venezolana. Son como caravanas de apátridas. La migración es un asunto de este tiempo y evidentemente forma parte de mi circunstancia biográfica porque, como todos, o me he ido o veo a otros marcharse.

–Sin embargo, en otras entrevistas has hecho hincapié en que La hija de la españolano es una novela que pueda entrar dentro de la llamada “ficción autorreferencial”.

–En absoluto. El hijo de Lucia Berlin, una escritora que me gusta mucho cuyos cuentos acaban de ser reeditados, dice: “Mi madre escribió historias verdaderas, no autobiográficas”. Yo quiero pensar que este libro recoge una historia de verdad, que apela a los elementos básicos de lo que yo aspiro a que sea una ficción. Que hable de la desesperación.

–Entiendo que has escrito otras novelas, que permanecen inéditas. ¿Por qué publicar esta y no alguna de las anteriores?

–Porque esta tiene más valor literario. Los otros no son libros con los que yo esté contenta. Quise salir con una obra que se sostuviese.

–¿Cómo surgió la trama de la novela? Los escritores suelen contar que de pronto un día una imagen hizo que se desencadenara algo que estaba allí esperando, y entonces…

–Javier Marías dice que hay escritores-brújula y escritores-mapa, que hay gente que tiene muy planificada la estructura y gente que se deja llevar. Yo hice una mezcla entre las dos cosas. Tenía una estructura planificada, quería que fuera una novela de mujeres, prácticamente protagonizada por mujeres, los hombres suelen ser o fantasmagorías o seres muy débiles… Hay un personaje que es una alegoría de la revolución, que la encarna, que se llama La Mariscala, y termina yéndose… Y están las tías, unas tías que la protagonista tiene en Ocumare de la Costa… Es una novela muy violenta, tremendamente violenta y, claro, no puedes someter al lector a un desierto de violencia porque lo vas a matar, lo vas a ahuyentar.

–Pero ¿cómo surgió la trama?

–Lo que pasa es que yo nunca paro de escribir. No es que me di una pedrada en la cabeza. Venía de trabajar en un libro de crónicas, donde estaba presente el tema de la migración, pero esta vez quise asumirlo como ficción. Es un asunto que yo vengo trabajando desde hace muchísimo tiempo, prácticamente desde que escribo.

–Además de la calidad de tu trabajo, ¿qué crees tú que atrajo a tantos editores de tantos países?

–Casi todos los sellos que abrazaron la novela son literarios. Los informes de lectura de las editoriales decían que es una historia con una impronta latinoamericana muy fuerte, pero que la encontraban universal porque trataba sobre la supervivencia. En La hija de la española el nombre de Venezuela aparece solo cuatro o cinco veces. No más. Tampoco hay alusiones políticas. No existen caracterizaciones políticas. No existen personajes políticos con nombre y apellido. Hay alegorías, y eso es deliberado.

–Los editores deben haber encontrado vasos comunicantes entre la historia de tu novela y lo que ocurre, por ejemplo, en Europa con los inmigrantes, ¿no?

–Sí, porque la protagonista es una mujer que huye y que hasta cierto punto comete un delito, que es la suplantación de identidad. Creo que están todos los ingredientes de la tragedia venezolana pero homologables a otras persecuciones autoritarias.

–Algo que llama la atención es que tú insistes mucho en que siempre te acompañan dos presencias: la furia y el desarraigo. ¿Furia de qué o contra qué?

–Pues no lo sé. Siempre he tenido la tendencia a escribir grandes cataclismos. Me gusta, me llama la atención. Mi personalidad tiende a ser exagerada. Irrumpo en las cosas con mucha fuerza, no lo puedo evitar. Cuando digo que me acompaña la furia es porque suelo tener dentro un torbellino.

–¿Y el desarraigo?

–Porque yo ni siquiera dentro de la propia Venezuela me sentía reflejada por la sociedad. Me sentía expulsada, y eso desde antes del chavismo. Nunca me he sentido del todo una persona de un solo sitio.

–¿Desde niña?

–Sí, o al menos desde que empiezas a elaborar una reflexión consciente sobre ti mismo. Yo crecí en un entorno muy conservador del que nunca me sentí parte. Y cuando comencé a trabajar como periodista seguí siendo vista como una niñita de entorno conservador. Era un permanente outsider. Un outsider perpetuo. Hoy en Venezuela yo me sentiría más desarraigada todavía. Si viviera mi infancia en la Venezuela actual encontraría mucho peor todas las contradicciones.

–Es que el país ha cambiado mucho.

–Con la muerte de la madre, en la novela, yo intento hacer una alegoría de la muerte del país tal y como yo lo conocí. Tuve la fortuna de crecer en una ciudad donde el Teatro Teresa Carreño tenía temporadas, donde el Maccsi [Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber] se llamaba Maccsi, donde había planes de publicaciones impresionantes, donde existían la editorial Monte Ávila y el premio Rómulo Gallegos, donde había periodistas como Simón Alberto Consalvi, donde había una aspiración al progreso. Pero el país decidió suicidarse un día. No pudo más y se suicidó.

–¿Lo afirmas así: el país se suicidó?

–Sí, los países se suicidan, y Venezuela tomó la decisión de hacerlo. Todo ha sido un lento proceso. Chávez no es un fenómeno sin explicación. La casa se fue cayendo a pedazos.

¿Y qué hay luego del suicidio?

–¿A qué te refieres?

–¿Los países se suicidan y sin embargo tienen la posibilidad de renacer, o son como el hombre, que se mata y nunca más?

–Yo tengo la sensación de que Venezuela es una tragedia sin catarsis, de que es una perpetua tragedia sin ninguna capacidad de hacer catarsis.

–Por lo tanto, falla como tragedia propiamente dicha.

–Es un desenlace que no tiene desenlace. Es un poco un tópico, pero es la sensación que yo tengo del país. Una de las cosas curiosas del proceso político es que la revolución como instrumento se valió de las diferencias: el que tiene, el que no tiene, etcétera. Pero la revolución tiene la capacidad de seguir generando más grietas: el que se queda, el que se va, el que tiene dólares, el que no tiene dólares, el que tiene huevos y el que no, el que tiene pan y el que no. Es una perpetua balcanización. Están balcanizando las relaciones ciudadanas. Todo el mundo es un potencial enemigo, aunque no sé si enemigo sea la palabra correcta.

Karina Sainz Borgo

–Pero la catarsis, a fin de cuentas, quizá sí exista, ¿no? Para muestra, la literatura. Ahí está tu novela. Tú escribes, generas imágenes. La literatura entra para tratar de mediar un poco entre nosotros y la realidad, y allí puede haber un resquicio para…

–La literatura no resuelve problemas ni reconcilia países ni tiene ninguna obligación moral al respecto. La literatura crea problemas, incomoda. Y cuanto más incomode, mejor. Y cuanto más desagrade, mejor. Pero entiendo lo que planteas.

–Lo que quiero decir es que la literatura nos da distancias para tener imágenes.

–La literatura nos confronta con las cosas para tratar de que podamos tener una idea clara sobre ellas. Lo que no significa que sea optimista ni redentora.

–En una entrevista de 2014 dijiste que tu escritura no es ni periodística ni literaria sino “una mezcla algo estrambótica entre ambas”. ¿Cómo es eso?

–Sí, lo creo. Normalmente una prosa periodística debería ser más sobria, y yo creo que mi prosa periodística no es sobria. Puede incluso estar cargada. A mí nunca me ha gustado la distinción entre periodismo y literatura porque considero que ambas disciplinas exigen respeto por la palabra y que su uso sea con aspiración a la belleza. Si yo entrevisto a alguien no voy a inventar nada, pero procuro que mi prosa periodística y mi prosa literaria se alimenten de la misma sustancia.

–¿Nunca te creó dilemas eso de sentirte periodista o escritora?

–Yo me siento escribidor. He estado permanentemente escribiendo periodismo y permanentemente escribiendo ficción. No puedo disociar el periodismo de la actividad literaria porque lo considero en sí mismo una actividad literaria.

–¿Desde cuándo escribes?

–Desde muy pequeña… Hombre, si te dijera que desde que aprendí a escribir sería un poco petulante e inexacta, pero antes de los 10 ya escribía.

–¿Te imaginas dedicada en algún momento solo al periodismo o solo a la ficción?

–No. Es que las cosas ahora son diferentes. Los géneros se prestan cosas y el proceso es demasiado largo como para que yo diga que voy a encerrarme en la habitación de la novela, como si me creyera Thomas Mann. El aprendizaje de la escritura es enorme, y el periodismo está constantemente produciendo episodios de aprendizaje. Además, la prosa se te puede entumecer si no la confrontas con otras cosas.

–Quiero preguntarte sobre dos escritoras venezolanas que siempre mencionas. Elisa Lerner es una. Has dicho que eres mucho de lo que eres por ella.

–Elisa fue fundamental en mis lecturas. Por cierto, explica muy bien la concepción que yo tengo de la literatura y del periodismo. Elisa ha sido siempre escritora. Sintetiza lo que yo considero que es una escritora. Ha escrito crónica, teatro, novela. Es una de las grandes, grandísimas escritoras latinoamericanas. Creo que deberíamos hacer más por divulgar su obra. Está a la altura de cualquier escritora de su tiempo. Tiene la dureza de una Silvia Plath, tiene la lucidez de una Clarice Lispector.

–¿Te sientes cómoda si se dice que eres una escritora venezolana?

–¿Y qué más voy a ser?

–Una escritora, a secas.

–Pero yo tengo una impronta, unas memorias, una forma de hablar. Eso no se elige. Otra cosa es que me considero un lector, no un lector venezolano.

–La otra escritora nuestra que mencionas con frecuencia es Yolanda Pantin.

La hija de la española abre con un epígrafe de El hueso pélvico, un libro de Yolanda. Yolanda tiene un universo poético que es importante para mí. A la que más fuertemente me he sujetado es a la Yolanda política, la de La épica del padreEl hueso pélvico. Creo que Yolanda es lo suficientemente joven y lo suficientemente sólida literariamente como para seguir dando que hablar y tener más presencia.

–¿Eres de leer más algún género que otros?

–Soy más de autores que de géneros: Flaubert, Coetzee, Mann, Cervantes. Les robo cosas cuando los estoy leyendo.

–Una pregunta de programa de televisión: ¿por qué escribes tú?

–Porque es como la risa. Es inevitable. Es un acto reflejo.

–Vienen semanas y meses muy movidos con la publicación de la novela. ¿Te causa angustia que te tengan el ojo puesto?

–No. De aquí en adelante todo es ganancia. Yo nunca pensé que esto iba a ocurrir. No tengo miedo no porque no tema, sino porque el aprendizaje va a ser tan grande que, pase lo que pase, no voy a ser la misma.

–Tu editora va a estar muy pendiente de qué vas a escribir ahora.

–Ya estoy escribiendo –dice Karina–. Mi editora no lo sabe todavía, pero mi agente literario sí. Es otra novela. Una historia sobre la insatisfacción. No sé si se mantendrá el título, pero por lo pronto se llama Los comedores de arsénico.

* VózPopuli, un medio español donde Karina Sainz Borgo escribe desde hace varios años, ha adelantado el primer capítulo de La hija de la española. Puede leerlo aquí:https://www.vozpopuli.com/altavoz/cultura/hija-espanola-karina-sainz-borgo-primer-capitulo_0_1222978900.html



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Por: Diego Arroyo Gil

Entrevista a Karina Sainz Borgo - Diego Arroyo Gil
Cortesía: Runrunes

Es de cuerpo magro, frágil parece, ¿se va a quebrar?, pero cuando te acercas, saludas y ella comienza a hablar te dices: “Adentro hay un peso”. Karina Sainz Borg  (Caracas, 1982) está sentada a la mesa en una cafetería de un hotel de Madrid, junto a un ventanal que da a la Gran Vía, la avenida más famosa de la capital española. Es invierno y a la vuelta de escasos días, el 7 de marzo, llegará a las librerías su primera novela publicada, La hija de la española, que lleva varios meses siendo centro de atención y curiosidad en el mundo literario sobre todo europeo, pero también americano. ¿La razón? En la más reciente Feria de Fráncfort –la cita editorial más importante del mundo– fue contratada para circular en 22 países, que se despacha rápido, pero es una barbaridad, un “pelotazo”, como dicen en España, país en el que Karina reside desde hace más de una década.

Periodista, cronista, escritora, ha publicado previamente dos libros, Caracas hip-hop yTráfico y Guaire. El país y sus intelectuales, ambos en Venezuela, y la profusión de su trabajo como reportera cultural para periódicos y revistas es de envergadura, tiene un estilo y un peso propios. Trapío, en lengua taurina, porque Karina cultiva el gusto por la fiesta brava, aunque cada vez esté peor visto seguir con ánimo la ruta del toro. Una frase asombrosa sacada de una entrevista reciente que le hizo María José Solano para el portal www.zendalibros.com rinde cuenta de lo que Karina entrega cuando procede en su oficio: “Yo soy de un lugar donde hasta las flores depredan”. Aquí se llama a sí misma exagerada, como se verá, pero es cierto que en sus entrevistas, en sus artículos o en sus crónicas (tiene un blog, http://cronicasbarbituricas.blogspot.com/) Karina siempre trata de poner como un nervio al descubierto, ¡y atrapa! Es decir, ella va por la labor, que es norma en el hombre y en la mujer de prensa, pero introduce algo más, que es finalmente lo que queda una vez que el tiempo desecha el bagazo informativo. ¿Qué? Se diría que una manera muy suya de mirar… Hay que leerla.

Johanna Haegerstrom, editora de Albert Bonniers, en Suecia, se ha expresado de este modo sobre La hija de la española, la novela de Karina: “Es una obra de ficción apasionante y devastadora que te abre los ojos, realista a ultranza”, y Gustavo Guerrero, de Gallimard, el sello rey de Francia: “Es una novela intensa, conmovedora y radical”, y Joan Milá, de HarperCollins: “Es una de las novelas más interesantes que he leído en mucho tiempo”. Se entiende que la inminente salida del libro –que en español publica Lumen– convoque tanto interés. ¿Qué trae Karina Sainz Borgo? ¿De qué se trata la historia que ahora presenta y que será, según el escritor Álvaro Colomer, un “bombazo literario”?

La hija de la española es básicamente una ficción que pretende recrear una situación de supervivencia en el contexto de la Caracas contemporánea –explica la autora–. Su intención no es documentar ni testimoniar el hundimiento venezolano, aunque forme parte de él, sino recrear una situación de supervivencia en general”.

–¿En qué sentido?

–La novela comienza con un funeral. Una mujer está enterrando a su madre. La madre muere a causa de una enfermedad, el país se está cayendo a pedazos, y al mismo tiempo a ella la expulsan de su casa, porque la casa es invadida. Entonces se encuentra en una situación de desesperación total porque la ciudad y el país se la están comiendo viva. Tiene una vecina, que es española, Aurora Peralta, y este personaje va a ser fundamental para que ella sobreviva. Lo que va a hacer Adelaida, la protagonista, es robarle la identidad a Aurora Peralta para venirse a España. La novela se llama La hija de la española porque, en medio de la desesperación, Adelaida va a comenzar una reflexión sobre la identidad, sobre la traición, sobre qué es irse; piensa en cómo va a planificar su muerte civil, cómo va a dejar de ser quién es para asumir la identidad de otra persona.

–¿Son asuntos que te tocan mucho a ti?

–Creo que son asuntos que no son ajenos a ninguna persona que haya interrumpido una vida en un sitio y asumido otra en otro sitio. Si te pones a mirarlo con detenimiento, lo que hace 20 años llamábamos globalización se ha transformado en algo muy agresivo. El migrante es una de las grandes figuras del arranque de siglo. Fíjate en las migraciones por causas de guerra, o en la migración venezolana. Son como caravanas de apátridas. La migración es un asunto de este tiempo y evidentemente forma parte de mi circunstancia biográfica porque, como todos, o me he ido o veo a otros marcharse.

–Sin embargo, en otras entrevistas has hecho hincapié en que La hija de la españolano es una novela que pueda entrar dentro de la llamada “ficción autorreferencial”.

–En absoluto. El hijo de Lucia Berlin, una escritora que me gusta mucho cuyos cuentos acaban de ser reeditados, dice: “Mi madre escribió historias verdaderas, no autobiográficas”. Yo quiero pensar que este libro recoge una historia de verdad, que apela a los elementos básicos de lo que yo aspiro a que sea una ficción. Que hable de la desesperación.

–Entiendo que has escrito otras novelas, que permanecen inéditas. ¿Por qué publicar esta y no alguna de las anteriores?

–Porque esta tiene más valor literario. Los otros no son libros con los que yo esté contenta. Quise salir con una obra que se sostuviese.

–¿Cómo surgió la trama de la novela? Los escritores suelen contar que de pronto un día una imagen hizo que se desencadenara algo que estaba allí esperando, y entonces…

–Javier Marías dice que hay escritores-brújula y escritores-mapa, que hay gente que tiene muy planificada la estructura y gente que se deja llevar. Yo hice una mezcla entre las dos cosas. Tenía una estructura planificada, quería que fuera una novela de mujeres, prácticamente protagonizada por mujeres, los hombres suelen ser o fantasmagorías o seres muy débiles… Hay un personaje que es una alegoría de la revolución, que la encarna, que se llama La Mariscala, y termina yéndose… Y están las tías, unas tías que la protagonista tiene en Ocumare de la Costa… Es una novela muy violenta, tremendamente violenta y, claro, no puedes someter al lector a un desierto de violencia porque lo vas a matar, lo vas a ahuyentar.

–Pero ¿cómo surgió la trama?

–Lo que pasa es que yo nunca paro de escribir. No es que me di una pedrada en la cabeza. Venía de trabajar en un libro de crónicas, donde estaba presente el tema de la migración, pero esta vez quise asumirlo como ficción. Es un asunto que yo vengo trabajando desde hace muchísimo tiempo, prácticamente desde que escribo.

–Además de la calidad de tu trabajo, ¿qué crees tú que atrajo a tantos editores de tantos países?

–Casi todos los sellos que abrazaron la novela son literarios. Los informes de lectura de las editoriales decían que es una historia con una impronta latinoamericana muy fuerte, pero que la encontraban universal porque trataba sobre la supervivencia. En La hija de la española el nombre de Venezuela aparece solo cuatro o cinco veces. No más. Tampoco hay alusiones políticas. No existen caracterizaciones políticas. No existen personajes políticos con nombre y apellido. Hay alegorías, y eso es deliberado.

–Los editores deben haber encontrado vasos comunicantes entre la historia de tu novela y lo que ocurre, por ejemplo, en Europa con los inmigrantes, ¿no?

–Sí, porque la protagonista es una mujer que huye y que hasta cierto punto comete un delito, que es la suplantación de identidad. Creo que están todos los ingredientes de la tragedia venezolana pero homologables a otras persecuciones autoritarias.

–Algo que llama la atención es que tú insistes mucho en que siempre te acompañan dos presencias: la furia y el desarraigo. ¿Furia de qué o contra qué?

–Pues no lo sé. Siempre he tenido la tendencia a escribir grandes cataclismos. Me gusta, me llama la atención. Mi personalidad tiende a ser exagerada. Irrumpo en las cosas con mucha fuerza, no lo puedo evitar. Cuando digo que me acompaña la furia es porque suelo tener dentro un torbellino.

–¿Y el desarraigo?

–Porque yo ni siquiera dentro de la propia Venezuela me sentía reflejada por la sociedad. Me sentía expulsada, y eso desde antes del chavismo. Nunca me he sentido del todo una persona de un solo sitio.

–¿Desde niña?

–Sí, o al menos desde que empiezas a elaborar una reflexión consciente sobre ti mismo. Yo crecí en un entorno muy conservador del que nunca me sentí parte. Y cuando comencé a trabajar como periodista seguí siendo vista como una niñita de entorno conservador. Era un permanente outsider. Un outsider perpetuo. Hoy en Venezuela yo me sentiría más desarraigada todavía. Si viviera mi infancia en la Venezuela actual encontraría mucho peor todas las contradicciones.

–Es que el país ha cambiado mucho.

–Con la muerte de la madre, en la novela, yo intento hacer una alegoría de la muerte del país tal y como yo lo conocí. Tuve la fortuna de crecer en una ciudad donde el Teatro Teresa Carreño tenía temporadas, donde el Maccsi [Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber] se llamaba Maccsi, donde había planes de publicaciones impresionantes, donde existían la editorial Monte Ávila y el premio Rómulo Gallegos, donde había periodistas como Simón Alberto Consalvi, donde había una aspiración al progreso. Pero el país decidió suicidarse un día. No pudo más y se suicidó.

–¿Lo afirmas así: el país se suicidó?

–Sí, los países se suicidan, y Venezuela tomó la decisión de hacerlo. Todo ha sido un lento proceso. Chávez no es un fenómeno sin explicación. La casa se fue cayendo a pedazos.

¿Y qué hay luego del suicidio?

–¿A qué te refieres?

–¿Los países se suicidan y sin embargo tienen la posibilidad de renacer, o son como el hombre, que se mata y nunca más?

–Yo tengo la sensación de que Venezuela es una tragedia sin catarsis, de que es una perpetua tragedia sin ninguna capacidad de hacer catarsis.

–Por lo tanto, falla como tragedia propiamente dicha.

–Es un desenlace que no tiene desenlace. Es un poco un tópico, pero es la sensación que yo tengo del país. Una de las cosas curiosas del proceso político es que la revolución como instrumento se valió de las diferencias: el que tiene, el que no tiene, etcétera. Pero la revolución tiene la capacidad de seguir generando más grietas: el que se queda, el que se va, el que tiene dólares, el que no tiene dólares, el que tiene huevos y el que no, el que tiene pan y el que no. Es una perpetua balcanización. Están balcanizando las relaciones ciudadanas. Todo el mundo es un potencial enemigo, aunque no sé si enemigo sea la palabra correcta.

Karina Sainz Borgo

–Pero la catarsis, a fin de cuentas, quizá sí exista, ¿no? Para muestra, la literatura. Ahí está tu novela. Tú escribes, generas imágenes. La literatura entra para tratar de mediar un poco entre nosotros y la realidad, y allí puede haber un resquicio para…

–La literatura no resuelve problemas ni reconcilia países ni tiene ninguna obligación moral al respecto. La literatura crea problemas, incomoda. Y cuanto más incomode, mejor. Y cuanto más desagrade, mejor. Pero entiendo lo que planteas.

–Lo que quiero decir es que la literatura nos da distancias para tener imágenes.

–La literatura nos confronta con las cosas para tratar de que podamos tener una idea clara sobre ellas. Lo que no significa que sea optimista ni redentora.

–En una entrevista de 2014 dijiste que tu escritura no es ni periodística ni literaria sino “una mezcla algo estrambótica entre ambas”. ¿Cómo es eso?

–Sí, lo creo. Normalmente una prosa periodística debería ser más sobria, y yo creo que mi prosa periodística no es sobria. Puede incluso estar cargada. A mí nunca me ha gustado la distinción entre periodismo y literatura porque considero que ambas disciplinas exigen respeto por la palabra y que su uso sea con aspiración a la belleza. Si yo entrevisto a alguien no voy a inventar nada, pero procuro que mi prosa periodística y mi prosa literaria se alimenten de la misma sustancia.

–¿Nunca te creó dilemas eso de sentirte periodista o escritora?

–Yo me siento escribidor. He estado permanentemente escribiendo periodismo y permanentemente escribiendo ficción. No puedo disociar el periodismo de la actividad literaria porque lo considero en sí mismo una actividad literaria.

–¿Desde cuándo escribes?

–Desde muy pequeña… Hombre, si te dijera que desde que aprendí a escribir sería un poco petulante e inexacta, pero antes de los 10 ya escribía.

–¿Te imaginas dedicada en algún momento solo al periodismo o solo a la ficción?

–No. Es que las cosas ahora son diferentes. Los géneros se prestan cosas y el proceso es demasiado largo como para que yo diga que voy a encerrarme en la habitación de la novela, como si me creyera Thomas Mann. El aprendizaje de la escritura es enorme, y el periodismo está constantemente produciendo episodios de aprendizaje. Además, la prosa se te puede entumecer si no la confrontas con otras cosas.

–Quiero preguntarte sobre dos escritoras venezolanas que siempre mencionas. Elisa Lerner es una. Has dicho que eres mucho de lo que eres por ella.

–Elisa fue fundamental en mis lecturas. Por cierto, explica muy bien la concepción que yo tengo de la literatura y del periodismo. Elisa ha sido siempre escritora. Sintetiza lo que yo considero que es una escritora. Ha escrito crónica, teatro, novela. Es una de las grandes, grandísimas escritoras latinoamericanas. Creo que deberíamos hacer más por divulgar su obra. Está a la altura de cualquier escritora de su tiempo. Tiene la dureza de una Silvia Plath, tiene la lucidez de una Clarice Lispector.

–¿Te sientes cómoda si se dice que eres una escritora venezolana?

–¿Y qué más voy a ser?

–Una escritora, a secas.

–Pero yo tengo una impronta, unas memorias, una forma de hablar. Eso no se elige. Otra cosa es que me considero un lector, no un lector venezolano.

–La otra escritora nuestra que mencionas con frecuencia es Yolanda Pantin.

La hija de la española abre con un epígrafe de El hueso pélvico, un libro de Yolanda. Yolanda tiene un universo poético que es importante para mí. A la que más fuertemente me he sujetado es a la Yolanda política, la de La épica del padreEl hueso pélvico. Creo que Yolanda es lo suficientemente joven y lo suficientemente sólida literariamente como para seguir dando que hablar y tener más presencia.

–¿Eres de leer más algún género que otros?

–Soy más de autores que de géneros: Flaubert, Coetzee, Mann, Cervantes. Les robo cosas cuando los estoy leyendo.

–Una pregunta de programa de televisión: ¿por qué escribes tú?

–Porque es como la risa. Es inevitable. Es un acto reflejo.

–Vienen semanas y meses muy movidos con la publicación de la novela. ¿Te causa angustia que te tengan el ojo puesto?

–No. De aquí en adelante todo es ganancia. Yo nunca pensé que esto iba a ocurrir. No tengo miedo no porque no tema, sino porque el aprendizaje va a ser tan grande que, pase lo que pase, no voy a ser la misma.

–Tu editora va a estar muy pendiente de qué vas a escribir ahora.

–Ya estoy escribiendo –dice Karina–. Mi editora no lo sabe todavía, pero mi agente literario sí. Es otra novela. Una historia sobre la insatisfacción. No sé si se mantendrá el título, pero por lo pronto se llama Los comedores de arsénico.

* VózPopuli, un medio español donde Karina Sainz Borgo escribe desde hace varios años, ha adelantado el primer capítulo de La hija de la española. Puede leerlo aquí:https://www.vozpopuli.com/altavoz/cultura/hija-espanola-karina-sainz-borgo-primer-capitulo_0_1222978900.html

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