LA NACIÓN DE LOS VALIENTES, – Frank Calviño

Por: Frank Calviño

Las primeras imágenes de un chico desnudo, con el culo al aire y otras partes también, las vi en un bar en Madrid. Al contrario de lo que uno pudiera pensar, el ver a un hombre desnudo no generó risas entre los que disfrutaban de su tosta mañanera. Nadie se burló. Nadie hizo chistes ni comentarios obscenos. De hecho nadie habló. Hubo un momento de absoluto silencio. Treinta segundos donde todos los tertulianos del bar se quedaron hipnotizados, el rostro congelado en una mirada de pavor, asco y tristeza. Muchos de esos españoles no habían visto una imagen así en su vida.
Frente a ellos en las noticias de la 1 de TVE, se veía a un chico famélico y completamente desnudo, con las costillas marcadas bajo la piel y el cuerpo zurcido de perdigones. Sangrando se arrodillaba, Biblia en mano, frente a una tanqueta. Eso no era la África de Mugabe o Idi Amin, ni la China de Mao, ni la Camboya de Pol Pot. Eso era la Venezuela de Maduro. Eso era el legado de Chávez.
El dueño del bar, un hombre regordete que responde al nombre de Jóse y que hace una tortilla de lujo, fue quién rompió la hipnosis colectiva con una pregunta que me atravesó hasta el alma: ¿Esa es tu casa, verdad?
Si. Esa es mi casa. Y siempre lo será. Las miradas del bar se volvieron a ver “al venezolano” que estaba sentado en la barra tomando un “con leche”. Fue un segundo, un ínfimo segundo que se sintió como una eternidad. Sabía que tenía que contestar algo. La peña española lo demandaba. Pero el corazón se me ahogaba en la garganta y no se me ocurría ni qué decir. Azorado y con Jóse mirándome fijamente, solamente alcancé a balbucear conteniendo las lágrimas: Ese chamo es un valiente.
No se si ellos entendieron la palabra chamo. No se si eso siquiera importó. Pero si vi como los rostros que me miraban cabecearon levemente, arriba y abajo, en señal de aprobación. Y todos volvieron en silencio a sus platos. A terminar su desayuno. Nadie habló por más de cinco largos minutos. Eso no es normal en un bar español. Ese solemne silencio escondía un acuerdo tácito de que sí, de que era verdad, de que Venezuela era una nación de valientes. Un silencio de admiración que se hizo en ese bar de Madrid y que me confirmó que el coraje de los venezolanos es ya simplemente indiscutible. Por eso, hoy, quiero escribirle a todos los que están luchando en las calles de nuestra patria.
En estas últimas semanas el mundo entero los ha visto. Y lo que ha observado es una nación que ha volcado su alma por la democracia. Una nación de gente maltratada, abusada y atormentada a diario por un régimen criminal. Por un narcoestado. Un pueblo magullado, apaleado y asesinado por milicias cobardes y militares traidores que – aún así – se niega a rendirse como manso cordero. Una nación que me hace trasnochar y llorar, asustarme y aliviarme, pero sobre todo, que me hace infinitamente orgulloso porque parece estar hecha de puro corazón.
Un pueblo que sin medicamentos, sin dinero, sin seguridad, sin comida, sin servicios básicos funcionales, sin hospitales y sin policías, en fin… sin gobierno… sigue en pie de lucha. Un estado fallido del que lo único que funciona es su pueblo, al que le han quitado casi todo -incluido el miedo- pero no la dignidad. Un pueblo que igual que ese chamo está desnudo, herido y malnutrido, pero con bolas, con honor. Un glorioso y bravo pueblo.
Esto ustedes que están en las calles, deben saberlo. Quiero que por una vez sepan como se les está viendo desde afuera. Cómo el mundo les ve. Quiero que sepan que es lo que piensan de ustedes los españoles. Quiero que sepan que ya en las calles de Madrid no hay debate alguno: Venezuela es una dictadura y Maduro es un criminal. Ni siquiera Podemos, los lacayos más miserables del chavismo, se atreven a defender la barbarie chavista. Este cambio, esta transformación, es un logro suyo. Es su victoria.

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