¿Cómo se maneja la nostalgia? – Sebastián de la Nuez

publicado el 10/11/18 por Laura Rodriguez en Desde el exterior Etiquetas:, , ,

Publicado  en Actualy.es

Como se maneja la nostalgia

Por: Sebastián de la Nuez

Un periodista nativo (casi) de Los Palos Grandes cuenta aquí sus propias nostalgias repartidas entre Centro Plaza y la Torre Británica. A cada venezolano de la diáspora le ha tocado su ración de morriña. Y cada morriña obedece a una determinada cartografía

Es un radio de acción bastante reducido, entre las coordenadas de la Tercera Avenida de Los Palos Grandes y esa zona de Altamira Sur que colinda con la urbanización La Floresta. Una vez, hace muchos años, leí un libro titulado El alma se apaga, del húngaro Lajos Zilahy, quien emigró a Estados Unidos. Me conmovió. La historia de todo emigrante se parece a esa que cuenta el autor. Ciertamente, el peligro existe en todo aquel que abandone su terruño: que se le apague el alma lentamente por causas ajenas a su voluntad. Podría ser la más terrible de las condenas.

Era aquel libro del Círculo de Lectores, cuyo representante puntualmente pasaba por casa cada mes para recoger o entregar pedidos y dejar una atractiva revista rebosante de fotos y comentarios. Por ahí comienza el rosario: aquellas pequeñas cosas —a las que alude el incombustible Joan Manuel Serrat en una canción— que uno dejó en un desván, en una gaveta. Nunca cabrán en una maleta. En este caso, debe haber todavía en el fondo de una de esas gavetas una vieja revista del Círculo de Lectores apergaminada, mustia, roída por las chiripas.

Cualquiera podrá decirme: “Bien, ve al Rastro, en Madrid, y allá conseguirás cientos de ejemplares de la revista del Círculo de Lectores, apergaminadas o no apergaminadas, como te apetezcan”. A lo cual contestaré: “Cierto pero no será lo mismo”. La nostalgia es tozuda.

Cada cabeza es un mundo y cada quien, en la diáspora, sintiéndose extrañado de su país, enfrenta el alejamiento como mejor puede. La nostalgia invade sin avisar, te toma por sorpresa y es capaz de aplastar anímicamente al más indiferente de los mortales. Hay modos de drenarla, de convertirla en energía. La de este servidor permanece agazapada ciertos días mientras que en otros destapa sus cañerías de terciopelo para desembuchar una desazón agridulce.

La añoranza, en este caso particular, está hecha de algunas mañanas de marrón grande y empanadas de carme mechada en el Arábica, Segunda Avenida de Los Palos Grandes, donde se reunían Fausto Masó, Ramón José Medina, Rubén Wizotski (bienvenido el sempiterno chavista light), Luis García Mora, Arnoldo Gabaldón, Luis Vezga Godoy y tantos otros caballeros de la mesa redonda que encontrabas (¿encuentras?) nada más subir varios peldaños. La nostalgia se nutre, por otra calle, del restaurant Presidente donde encontrabas el menú más económico de la zona y comida casera, en modestas raciones pero suficiente, que jamás fallaba. Lo regentaba primero un canario y después su mujer, cuando la pareja se divorció. Una habitual del lugar decía, con mala lengua, que la señora se había hecho las tetas con la renta que le dejó el marido al abandonar el hogar. En ese lugar comía a menudo el poeta Eugenio Montejo, muy nombrado en Madrid por estos días porque donde está y es homenajeado Rafael Cadenas, de cierta manera también está y es homenajeado el autor de Terredad.

La nostalgia siempre conlleva un anclaje geográfico. La geografía de todo nostálgico caraqueño se llama Ávila y está siempre verdecito, jamás prendido en llamas. La mía, además del Ávila y atendiendo a los límites mencionados más arriba, alberga más personajes y lugares de los anotados aquí… Pero Actualy.es tiene sus reglas y no es cuestión de fastidiar al lector. Solo decir algo más y nada más: son nueve horas y 25 minutos en avión desde Villa de Vallecas hasta «Avenida Altamira Sur» (en realidad es Avenida Ávila, Google no siempre tiene razón), dice la aplicación sin pararle bolas a que no hay aeropuerto ni en Vallecas ni en Altamira Sur (aunque, la verdad, La Carlota le queda bastante cerca). Se dice fácil viendo la pantalla, la línea recta sin dobleces, tersa y larga cruzando el océano como si nada. Pero uno ha aprendido que las distancias no necesariamente se miden en kilómetros y no puede llamarse a engaño pues sabe perfectamente que, hoy, Altamira Sur y Los Palos Grandes, con todo y su Café Arábica en medio, se parecen más a Dresde en marzo de 1945 que a lo que conoció y reconoció hasta hace apenas un par de años.

¿Cómo se maneja la nostalgia? En Madrid es relativamente fácil si te haces de un amigo, uno de estos hinchas del Atlético o del Real Madrid que hablan a gritos en los bares porque no conocen otro modo de hablar sino así, a lo bestia. Un individuo con quien puedas pasear por Sol y te explique, no porque lo leyó en la placa del muro sino porque lo sabe desde la adolescencia, que donde hoy está la tienda de Apple antes estuvo un café de tertulias donde Valle Inclán perdió su brazo en una reyerta.

Otra cosa es que hayas emigrado a Nueva Zelandia o sitio semejante. Ahí sí es verdad que se montó la gata a la batea.



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Por: Sebastián de la Nuez

Un periodista nativo (casi) de Los Palos Grandes cuenta aquí sus propias nostalgias repartidas entre Centro Plaza y la Torre Británica. A cada venezolano de la diáspora le ha tocado su ración de morriña. Y cada morriña obedece a una determinada cartografía
Es un radio de acción bastante reducido, entre las coordenadas de la Tercera Avenida de Los Palos Grandes y esa zona de Altamira Sur que colinda con la urbanización La Floresta. Una vez, hace muchos años, leí un libro titulado El alma se apaga, del húngaro Lajos Zilahy, quien emigró a Estados Unidos. Me conmovió. La historia de todo emigrante se parece a esa que cuenta el autor. Ciertamente, el peligro existe en todo aquel que abandone su terruño: que se le apague el alma lentamente por causas ajenas a su voluntad. Podría ser la más terrible de las condenas. Era aquel libro del Círculo de Lectores, cuyo representante puntualmente pasaba por casa cada mes para recoger o entregar pedidos y dejar una atractiva revista rebosante de fotos y comentarios. Por ahí comienza el rosario: aquellas pequeñas cosas —a las que alude el incombustible Joan Manuel Serrat en una canción— que uno dejó en un desván, en una gaveta. Nunca cabrán en una maleta. En este caso, debe haber todavía en el fondo de una de esas gavetas una vieja revista del Círculo de Lectores apergaminada, mustia, roída por las chiripas. Cualquiera podrá decirme: “Bien, ve al Rastro, en Madrid, y allá conseguirás cientos de ejemplares de la revista del Círculo de Lectores, apergaminadas o no apergaminadas, como te apetezcan”. A lo cual contestaré: “Cierto pero no será lo mismo”. La nostalgia es tozuda. Cada cabeza es un mundo y cada quien, en la diáspora, sintiéndose extrañado de su país, enfrenta el alejamiento como mejor puede. La nostalgia invade sin avisar, te toma por sorpresa y es capaz de aplastar anímicamente al más indiferente de los mortales. Hay modos de drenarla, de convertirla en energía. La de este servidor permanece agazapada ciertos días mientras que en otros destapa sus cañerías de terciopelo para desembuchar una desazón agridulce. La añoranza, en este caso particular, está hecha de algunas mañanas de marrón grande y empanadas de carme mechada en el Arábica, Segunda Avenida de Los Palos Grandes, donde se reunían Fausto Masó, Ramón José Medina, Rubén Wizotski (bienvenido el sempiterno chavista light), Luis García Mora, Arnoldo Gabaldón, Luis Vezga Godoy y tantos otros caballeros de la mesa redonda que encontrabas (¿encuentras?) nada más subir varios peldaños. La nostalgia se nutre, por otra calle, del restaurant Presidente donde encontrabas el menú más económico de la zona y comida casera, en modestas raciones pero suficiente, que jamás fallaba. Lo regentaba primero un canario y después su mujer, cuando la pareja se divorció. Una habitual del lugar decía, con mala lengua, que la señora se había hecho las tetas con la renta que le dejó el marido al abandonar el hogar. En ese lugar comía a menudo el poeta Eugenio Montejo, muy nombrado en Madrid por estos días porque donde está y es homenajeado Rafael Cadenas, de cierta manera también está y es homenajeado el autor de Terredad. La nostalgia siempre conlleva un anclaje geográfico. La geografía de todo nostálgico caraqueño se llama Ávila y está siempre verdecito, jamás prendido en llamas. La mía, además del Ávila y atendiendo a los límites mencionados más arriba, alberga más personajes y lugares de los anotados aquí… Pero Actualy.es tiene sus reglas y no es cuestión de fastidiar al lector. Solo decir algo más y nada más: son nueve horas y 25 minutos en avión desde Villa de Vallecas hasta «Avenida Altamira Sur» (en realidad es Avenida Ávila, Google no siempre tiene razón), dice la aplicación sin pararle bolas a que no hay aeropuerto ni en Vallecas ni en Altamira Sur (aunque, la verdad, La Carlota le queda bastante cerca). Se dice fácil viendo la pantalla, la línea recta sin dobleces, tersa y larga cruzando el océano como si nada. Pero uno ha aprendido que las distancias no necesariamente se miden en kilómetros y no puede llamarse a engaño pues sabe perfectamente que, hoy, Altamira Sur y Los Palos Grandes, con todo y su Café Arábica en medio, se parecen más a Dresde en marzo de 1945 que a lo que conoció y reconoció hasta hace apenas un par de años. ¿Cómo se maneja la nostalgia? En Madrid es relativamente fácil si te haces de un amigo, uno de estos hinchas del Atlético o del Real Madrid que hablan a gritos en los bares porque no conocen otro modo de hablar sino así, a lo bestia. Un individuo con quien puedas pasear por Sol y te explique, no porque lo leyó en la placa del muro sino porque lo sabe desde la adolescencia, que donde hoy está la tienda de Apple antes estuvo un café de tertulias donde Valle Inclán perdió su brazo en una reyerta. Otra cosa es que hayas emigrado a Nueva Zelandia o sitio semejante. Ahí sí es verdad que se montó la gata a la batea.
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