Venezuela en la última encrucijada – Boris Muñoz

publicado el 5/11/15 por Ana Forero en Desde el exterior Etiquetas:, , , , , , ,

Publicado en Noticias Yahoo

Por: Boris Muñoz

Atestiguar el auge y decadencia de una revolución no es algo que se ve todos los días. A la revolución bolchevique deBoris Muñoz 1917 le tomó más de 70 años llegar al llegadero con la caída del muro de Berlín, mientras que la revolución cubana ha sobrevivido más de cinco décadas, pese a las duras condiciones económicas impuestas por el embargo estadounidense, y solo ahora propicia un deshielo. Pero en el siglo XXI, siglo de redes sociales e información instantánea, todo anda más rápido. Así pareciera que 16 años han bastado para que la revolución bolivariana muestre serios signos de agotamiento. El próximo 6 de diciembre esta hipótesis se pondrá a prueba en las elecciones para renovar el parlamento.

Asediados por la mayor crisis económica –escasez e inflación– en un siglo y con tasas de homicidios que se encuentran entre las más altas del mundo, una mayoría de votantes, antes afectos al chavismo, le han dado la espalda a Nicolás Maduro, quien, según encuestas recientes, hoy cuenta con un apoyo inferior al 20%.

La semana pasada el presidente venezolano, en un acto que combinaba la arrogancia con la capitulación afirmó que, en el escenario en que la oposición dominara la Asamblea Nacional, el país “entraría en una de las más turbias y conmovedoras etapas de su vida política y nosotros defenderíamos la revolución, no entregaríamos la revolución”. En consonancia con su prédica de ganar las elecciones “como sea”, tampoco se privó de decir que, de ser derrotado, gobernaría al país junto con el pueblo y el apoyo de una junta militar. Afirmar que así pierda ganará equivale, en términos más llanos, a decir que de perder mandará la democracia formal al desaguadero. Pero, en tácito reconocimiento de un potencial descalabro, en la misma frase Maduro confesaba que no bien se conocieran los resultados llamaría a un diálogo nacional. En ese ambiente cargado de amenazas de violencia y caos, los venezolanos deberán acudir a las urnas.

Curiosamente estas ambigüedades y contradicciones son más aparentes que reales. Hasta ahora gran parte del predominio chavista se ha basado en su férreo control de las instituciones del Estado como la Fiscalía General de la República, el Tribunal Supremo de Justicia y el Consejo Nacional Electoral, todos vistos como brazos ejecutores de las decisiones del poder Ejecutivo. Ese control es producto de la combinación de un presidente todopoderoso con una mayoría parlamentaria chavista, que actúa como cámara de resonancia de sus mandatos. Y la perspectiva de perderlo pone al presidente Maduro y a los jerarcas de la nomenclatura muy nerviosos.

Desde que en 2005 la oposición abandonó la Asamblea Nacional, el predominio chavista en todas las decisiones relevantes para el país ha sido prácticamente irrestricto. Aunque en las elecciones legislativas de septiembre de 2010 la oposición obtuvo la mayoría de los votos, los arreglos electorales cuestionables permitidos por el CNE impidieron que esos votos se transformaran en una mayoría suficiente para cambiar el orden de cosas. El 6 de diciembre se renovarán 167 diputaciones de un parlamento unicameral. En el caso de que la oposición obtenga 100 diputaciones, como lo auguran las principales encuestas, lograría la llamada mayoría calificada que le permitiría promover vetos contra el vicepresidente y los ministros. Sin embargo, el número mágico es 111. De alcanzar esa cantidad de escaños, la oposición podría remover magistrados, designar nuevas autoridades en los poderes públicos e incluso reformar la Constitución o llamar a una Asamblea Constituyente. En otras palabras, podría por fin poner límite a la absoluta discrecionalidad del presidente en la toma de decisiones. Por eso, en esencia, estas elecciones serán prueba de ácido para el pequeño grupo que dirige al chavismo.

ACUMULACIÓN DE VECTORES

Pero en realidad, casi a despecho del resultado, la nomenclatura chavista ya ha reprobado la prueba.

Hace apenas dos años, cuando aun el recuerdo del liderazgo carismático de Chávez ejercía un potente influjo, Maduro logró remontar en poco tiempo lo que se avizoraba como un resultado adverso en las elecciones de alcaldes de 2013. La clave de la victoria chavista en esas elecciones fue una maniobra conocida como el “Dakazo”, mediante la cual el gobierno obligó a los importadores de equipos electrónicos y de línea blanca a rematar sus productos a “precios justos”. El golpe de efecto político le permitió al gobierno subir nueve puntos en cuestión de semanas y ganar las elecciones.

A lo largo del año en curso, el gobierno ha intentado nuevas estrategias para detener su caída y remontar la ventaja opositora. Declaró que había una guerra económica contra la población, pero muy pocos compran ese subterfugio para encubrir la incompetencia en el manejo de la macroeconomía que ha provocado una contracción de 10% este año. Prometió desterrar el contrabando y volver a llenar los anaqueles cerrando la frontera con Colombia. Pero hoy los anaqueles de todo el país están vacíos. No hay nada que rematar ni petrodólares para importar masivamente como en otros tiempos. Tampoco han vuelto los votantes desafectos. Y a solo un mes de las elecciones es casi seguro que no volverán.

Pese al amplio control informativo, la población ha visto que mientras el gobierno pide sacrificios y austeridad para profundizar la revolución, varios de los jerarcas viven una vida de lujos más propia de celebrities que de revolucionarios. La ecuación se ha invertido. Hoy los dirigentes chavistas ya no son vistos como los defensores de los pobres sino como un pequeño club de millonarios que se las ha arreglado para concentrar poder y dinero de una manera aún más corrupta que la atribuida a la adinerada élite tradicional. Esa bipolaridad le está pasando hoy la factura al chavismo. El impacto de la corrupción ha sido tan grande que Noam Chomsky, el activista y científico estadounidense que es considerado el faro moral de la izquierda global, señaló hace una semana que el chavismo era un modelo destructivo para Latinoamérica.

Hace pocos días, en Caracas, Julio Borges, coordinador nacional de Primero Justicia, principal partido opositor, me dijo que los estudios de opinión mostraban que en los últimos dos años ha habido un salto cualitativo. “Los venezolanos no solo rechazan a Maduro sino que quieren salir de un modelo político y económico a partir del voto y el diálogo. Maduro solo le habla a la base chavista y los sectores extremistas. Por eso el gobierno está atrapado”. Esto abona la idea de que el verdadero ganador será el voto castigo.

Venezuela enfrenta grandes problemas, pero también tiene el 6 de diciembre una prometedora posibilidad de empezar a corregir el curso fatal que lleva el país. De ganar la oposición se producirá un cambio asediado por una crisis económica de escala sísmica, amenazas de violencia y toda clase de intereses antagónicos. Estas condiciones forzarán arreglos en pos de un nuevo equilibrio, lo que hará muy difícil transformar para mejor el país. Sin embargo, frente a la encrucijada de optar entre el cambio y la situación actual, argumentaría que lo peor es no intentarlo. Negar el cambio no es otra cosa que continuar la marcha suicida hacia el abismo.



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Publicado en Noticias Yahoo

Por: Boris Muñoz

Atestiguar el auge y decadencia de una revolución no es algo que se ve todos los días. A la revolución bolchevique deBoris Muñoz 1917 le tomó más de 70 años llegar al llegadero con la caída del muro de Berlín, mientras que la revolución cubana ha sobrevivido más de cinco décadas, pese a las duras condiciones económicas impuestas por el embargo estadounidense, y solo ahora propicia un deshielo. Pero en el siglo XXI, siglo de redes sociales e información instantánea, todo anda más rápido. Así pareciera que 16 años han bastado para que la revolución bolivariana muestre serios signos de agotamiento. El próximo 6 de diciembre esta hipótesis se pondrá a prueba en las elecciones para renovar el parlamento.

Asediados por la mayor crisis económica –escasez e inflación– en un siglo y con tasas de homicidios que se encuentran entre las más altas del mundo, una mayoría de votantes, antes afectos al chavismo, le han dado la espalda a Nicolás Maduro, quien, según encuestas recientes, hoy cuenta con un apoyo inferior al 20%.

La semana pasada el presidente venezolano, en un acto que combinaba la arrogancia con la capitulación afirmó que, en el escenario en que la oposición dominara la Asamblea Nacional, el país “entraría en una de las más turbias y conmovedoras etapas de su vida política y nosotros defenderíamos la revolución, no entregaríamos la revolución”. En consonancia con su prédica de ganar las elecciones “como sea”, tampoco se privó de decir que, de ser derrotado, gobernaría al país junto con el pueblo y el apoyo de una junta militar. Afirmar que así pierda ganará equivale, en términos más llanos, a decir que de perder mandará la democracia formal al desaguadero. Pero, en tácito reconocimiento de un potencial descalabro, en la misma frase Maduro confesaba que no bien se conocieran los resultados llamaría a un diálogo nacional. En ese ambiente cargado de amenazas de violencia y caos, los venezolanos deberán acudir a las urnas.

Curiosamente estas ambigüedades y contradicciones son más aparentes que reales. Hasta ahora gran parte del predominio chavista se ha basado en su férreo control de las instituciones del Estado como la Fiscalía General de la República, el Tribunal Supremo de Justicia y el Consejo Nacional Electoral, todos vistos como brazos ejecutores de las decisiones del poder Ejecutivo. Ese control es producto de la combinación de un presidente todopoderoso con una mayoría parlamentaria chavista, que actúa como cámara de resonancia de sus mandatos. Y la perspectiva de perderlo pone al presidente Maduro y a los jerarcas de la nomenclatura muy nerviosos.

Desde que en 2005 la oposición abandonó la Asamblea Nacional, el predominio chavista en todas las decisiones relevantes para el país ha sido prácticamente irrestricto. Aunque en las elecciones legislativas de septiembre de 2010 la oposición obtuvo la mayoría de los votos, los arreglos electorales cuestionables permitidos por el CNE impidieron que esos votos se transformaran en una mayoría suficiente para cambiar el orden de cosas. El 6 de diciembre se renovarán 167 diputaciones de un parlamento unicameral. En el caso de que la oposición obtenga 100 diputaciones, como lo auguran las principales encuestas, lograría la llamada mayoría calificada que le permitiría promover vetos contra el vicepresidente y los ministros. Sin embargo, el número mágico es 111. De alcanzar esa cantidad de escaños, la oposición podría remover magistrados, designar nuevas autoridades en los poderes públicos e incluso reformar la Constitución o llamar a una Asamblea Constituyente. En otras palabras, podría por fin poner límite a la absoluta discrecionalidad del presidente en la toma de decisiones. Por eso, en esencia, estas elecciones serán prueba de ácido para el pequeño grupo que dirige al chavismo.

ACUMULACIÓN DE VECTORES

Pero en realidad, casi a despecho del resultado, la nomenclatura chavista ya ha reprobado la prueba.

Hace apenas dos años, cuando aun el recuerdo del liderazgo carismático de Chávez ejercía un potente influjo, Maduro logró remontar en poco tiempo lo que se avizoraba como un resultado adverso en las elecciones de alcaldes de 2013. La clave de la victoria chavista en esas elecciones fue una maniobra conocida como el “Dakazo”, mediante la cual el gobierno obligó a los importadores de equipos electrónicos y de línea blanca a rematar sus productos a “precios justos”. El golpe de efecto político le permitió al gobierno subir nueve puntos en cuestión de semanas y ganar las elecciones.

A lo largo del año en curso, el gobierno ha intentado nuevas estrategias para detener su caída y remontar la ventaja opositora. Declaró que había una guerra económica contra la población, pero muy pocos compran ese subterfugio para encubrir la incompetencia en el manejo de la macroeconomía que ha provocado una contracción de 10% este año. Prometió desterrar el contrabando y volver a llenar los anaqueles cerrando la frontera con Colombia. Pero hoy los anaqueles de todo el país están vacíos. No hay nada que rematar ni petrodólares para importar masivamente como en otros tiempos. Tampoco han vuelto los votantes desafectos. Y a solo un mes de las elecciones es casi seguro que no volverán.

Pese al amplio control informativo, la población ha visto que mientras el gobierno pide sacrificios y austeridad para profundizar la revolución, varios de los jerarcas viven una vida de lujos más propia de celebrities que de revolucionarios. La ecuación se ha invertido. Hoy los dirigentes chavistas ya no son vistos como los defensores de los pobres sino como un pequeño club de millonarios que se las ha arreglado para concentrar poder y dinero de una manera aún más corrupta que la atribuida a la adinerada élite tradicional. Esa bipolaridad le está pasando hoy la factura al chavismo. El impacto de la corrupción ha sido tan grande que Noam Chomsky, el activista y científico estadounidense que es considerado el faro moral de la izquierda global, señaló hace una semana que el chavismo era un modelo destructivo para Latinoamérica.

Hace pocos días, en Caracas, Julio Borges, coordinador nacional de Primero Justicia, principal partido opositor, me dijo que los estudios de opinión mostraban que en los últimos dos años ha habido un salto cualitativo. “Los venezolanos no solo rechazan a Maduro sino que quieren salir de un modelo político y económico a partir del voto y el diálogo. Maduro solo le habla a la base chavista y los sectores extremistas. Por eso el gobierno está atrapado”. Esto abona la idea de que el verdadero ganador será el voto castigo.

Venezuela enfrenta grandes problemas, pero también tiene el 6 de diciembre una prometedora posibilidad de empezar a corregir el curso fatal que lleva el país. De ganar la oposición se producirá un cambio asediado por una crisis económica de escala sísmica, amenazas de violencia y toda clase de intereses antagónicos. Estas condiciones forzarán arreglos en pos de un nuevo equilibrio, lo que hará muy difícil transformar para mejor el país. Sin embargo, frente a la encrucijada de optar entre el cambio y la situación actual, argumentaría que lo peor es no intentarlo. Negar el cambio no es otra cosa que continuar la marcha suicida hacia el abismo.

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