Andalucía y la antipolítica – Elías Pino Iturrieta

publicado el 10/12/18 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , , , , , ,

Publicado en: El Nacional

Por: Elías Pino Iturrieta

Elías Pino Iturrieta

Las elecciones de Andalucía, llevadas a cabo la pasada semana, no solo interesan a España sino a quienes vivimos un rompecabezas sin soldadura cercana. Puede parecer forzada una analogía entre un suceso de naturaleza regional que ocurre en un país lejano con los enredos que pasamos aquí, pero hay elementos a través de los cuales se pueden hacer comparaciones que resultan útiles. Algo se intentará ahora, con las reservas del caso.

El factor más destacable de ese proceso electoral se relaciona con el menoscabo de los partidos políticos de mayor influencia, como consecuencia de una campaña de descrédito que pretende convertir las organizaciones políticas en anomalías, en males provenientes del pasado que deben desaparecer para que el futuro tenga rumbo exitoso. Lo importante del punto radica en que no se trata de un ataque local, de una crítica determinada necesariamente por lo que ocurre en una escala específica, sino de un designio de amplio espectro que recorre el continente europeo y que pretende la creación de movimientos distintos a los que han gobernado en las últimas décadas; es decir, de actores y factores de poder que deben dar paso a elementos diversos, esos sí relacionados con lo que importa de veras a las sociedades conmovidas por retos cada vez más acuciantes. El fenómeno generalmente denominado populismo, del cual Venezuela ha hecho gala desde antiguo y ha llevado hasta corolarios extremos a partir del ascenso de Chávez, ha escogido a los partidos políticos como causantes de las adversidades y, por consiguiente, como los que deben abandonar el campo para que otros siembren y cosechen.

De que los partidos sean culpables de su declive no conviene dudar, especialmente cuando se trata de un reinado que data de los comienzos de la transición democrática después de la muerte de Franco, como es el caso de Andalucía, pero la idea de convertirlos en el motivo de todos los males conduce a fenómenos como el ascenso de grupos fascistas movidos por el odio y por los gritos de una demagogia atractiva, pero hueca y peligrosa, que puede producir males terribles en la vida de las localidades cuyos votantes han querido que lleven una docena de diputados al parlamento regional. ¿Por qué? Porque han aceptado la lectura fácil de la realidad que conduce a la desconfianza hacia unas agrupaciones que han administrado la vida pública de una manera tan lamentable que deben pasar a mejor vida. No lo han hecho bien, desde luego, sino todo lo contrario, pero de allí a arrojarse en el regazo de una pandilla de vociferantes hay una distancia colosal a través de la que se puede calcular el mal que ha comenzado a extenderse mediante la intención de acabar con los partidos que han gobernado hasta ahora, o que buscaban la posibilidad de gobernar. Que la señora Le Pen en París y el joven Salvini en Roma estén de fiesta por el ascenso de sus afines andaluces nos pone en cuenta cabal de la magnitud del desastre que ha hecho manifestaciones contundentes en una sociedad que, debido a la oscura experiencia del franquismo, parecía curada de fascistas, falangistas y energúmenos parecidos.

La crisis venezolana, es decir, los sucesos que llevaron al ascenso de Chávez y a los horrores que ha producido hasta la fecha, se debió al predominio de la antipolítica, esto es, al encuentro de todos los males en el trabajo de los partidos políticos. La voracidad de una interpretación excesivamente unilateral de la realidad, pero también la dejación de los hombres que estaban a la cabeza de las organizaciones atacadas condujeron al desastre de los últimos veinte años. Más todavía: a que aún no levanten cabeza las banderías opositoras debido al empeño en achacarles una supuesta carga de defectos y de componendas que han permitido el continuismo de la dictadura. No hay una sola idea en semejante interpretación, ni tampoco pruebas realmente dignas de consideración, pero se convierten en factor de peso para que el establecimiento se robustezca por la poca confianza concedida a sus rivales. Andalucía está viviendo un capítulo parecido, algo que puede ir de lo local a lo peninsular con pasmosa velocidad si los atacados no analizan su crisis con la debida atención para encontrar remedio antes de que el veneno cause mayores daños, antes de que la pócima los mate. Antes de mirar hacia el crecimiento del populismo en Italia y en Francia, por ejemplo, les convendría pensar en los motivos del horror “bolivariano”.

 

 

 

Lea también: La corrupción sin par“, de Elías Pino Iturrieta

 



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Por: Elías Pino Iturrieta

Elías Pino Iturrieta

Las elecciones de Andalucía, llevadas a cabo la pasada semana, no solo interesan a España sino a quienes vivimos un rompecabezas sin soldadura cercana. Puede parecer forzada una analogía entre un suceso de naturaleza regional que ocurre en un país lejano con los enredos que pasamos aquí, pero hay elementos a través de los cuales se pueden hacer comparaciones que resultan útiles. Algo se intentará ahora, con las reservas del caso.

El factor más destacable de ese proceso electoral se relaciona con el menoscabo de los partidos políticos de mayor influencia, como consecuencia de una campaña de descrédito que pretende convertir las organizaciones políticas en anomalías, en males provenientes del pasado que deben desaparecer para que el futuro tenga rumbo exitoso. Lo importante del punto radica en que no se trata de un ataque local, de una crítica determinada necesariamente por lo que ocurre en una escala específica, sino de un designio de amplio espectro que recorre el continente europeo y que pretende la creación de movimientos distintos a los que han gobernado en las últimas décadas; es decir, de actores y factores de poder que deben dar paso a elementos diversos, esos sí relacionados con lo que importa de veras a las sociedades conmovidas por retos cada vez más acuciantes. El fenómeno generalmente denominado populismo, del cual Venezuela ha hecho gala desde antiguo y ha llevado hasta corolarios extremos a partir del ascenso de Chávez, ha escogido a los partidos políticos como causantes de las adversidades y, por consiguiente, como los que deben abandonar el campo para que otros siembren y cosechen.

De que los partidos sean culpables de su declive no conviene dudar, especialmente cuando se trata de un reinado que data de los comienzos de la transición democrática después de la muerte de Franco, como es el caso de Andalucía, pero la idea de convertirlos en el motivo de todos los males conduce a fenómenos como el ascenso de grupos fascistas movidos por el odio y por los gritos de una demagogia atractiva, pero hueca y peligrosa, que puede producir males terribles en la vida de las localidades cuyos votantes han querido que lleven una docena de diputados al parlamento regional. ¿Por qué? Porque han aceptado la lectura fácil de la realidad que conduce a la desconfianza hacia unas agrupaciones que han administrado la vida pública de una manera tan lamentable que deben pasar a mejor vida. No lo han hecho bien, desde luego, sino todo lo contrario, pero de allí a arrojarse en el regazo de una pandilla de vociferantes hay una distancia colosal a través de la que se puede calcular el mal que ha comenzado a extenderse mediante la intención de acabar con los partidos que han gobernado hasta ahora, o que buscaban la posibilidad de gobernar. Que la señora Le Pen en París y el joven Salvini en Roma estén de fiesta por el ascenso de sus afines andaluces nos pone en cuenta cabal de la magnitud del desastre que ha hecho manifestaciones contundentes en una sociedad que, debido a la oscura experiencia del franquismo, parecía curada de fascistas, falangistas y energúmenos parecidos.

La crisis venezolana, es decir, los sucesos que llevaron al ascenso de Chávez y a los horrores que ha producido hasta la fecha, se debió al predominio de la antipolítica, esto es, al encuentro de todos los males en el trabajo de los partidos políticos. La voracidad de una interpretación excesivamente unilateral de la realidad, pero también la dejación de los hombres que estaban a la cabeza de las organizaciones atacadas condujeron al desastre de los últimos veinte años. Más todavía: a que aún no levanten cabeza las banderías opositoras debido al empeño en achacarles una supuesta carga de defectos y de componendas que han permitido el continuismo de la dictadura. No hay una sola idea en semejante interpretación, ni tampoco pruebas realmente dignas de consideración, pero se convierten en factor de peso para que el establecimiento se robustezca por la poca confianza concedida a sus rivales. Andalucía está viviendo un capítulo parecido, algo que puede ir de lo local a lo peninsular con pasmosa velocidad si los atacados no analizan su crisis con la debida atención para encontrar remedio antes de que el veneno cause mayores daños, antes de que la pócima los mate. Antes de mirar hacia el crecimiento del populismo en Italia y en Francia, por ejemplo, les convendría pensar en los motivos del horror “bolivariano”.

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