¿Campaña electoral? – Elías Pino Iturrieta

publicado el 29/04/18 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , , , , , , , , , , ,

Publicado en: El Nacional

Por: Elías Pino Iturrieta

La campaña electoral no anima porque no puede animar. Frente al silencio de la MUD, que se lo está pensando mucho para decir algo de interés sobre el supuesto suceso, es decir, para demostrar que tenía razón cuando se negó a asistir a la fiesta comicial a la cual invitaba la dictadura, el hecho de la apatía generalizada le viene a dar razón. Ante el desempeño silencioso del Frente Amplio, que nació como respuesta a una convocatoria digna de toda sospecha y apenas ha dado pasos balbuceantes, el esquelético espectáculo que se pasea por el ágora nacional permite la justificación de su existencia e invita a pensar en que algo hará dentro de poco partiendo de la nada en la que ha desembocado el evento que provocó su nacimiento.

El comienzo de lo que habitualmente se caracteriza por el dinamismo, pero que ha logrado cotas mínimas de vivacidad y notas penosas de excitación colectiva, apenas ha servido para justificar el alejamiento de quienes se excluyeron del juego antes de que empezara. La campaña electoral nos dice con generosa elocuencia cómo hace para no ser de veras una campaña electoral, hasta el punto de obligarnos a poner la vista en los partidos y en los factores de opinión pública que prefirieron quedarse en el hombrillo de la autopista antes de que sonara el pitazo de partida. Porque no se observa nada desde ese lugar, no pasan las caravanas, no suenan los claros clarines de los paladines ni el aire cada vez más pesado se mueve por la agitación de banderas partidarias. Entonces no queda más remedio que murmurar desde las orillas sobre la validez de una decisión de apartamiento o, si se quiere, sobre la suerte de pegar un pronóstico que, como todos los pálpitos adelantados, podía pasar a la abarrotada canasta de los desaciertos.

Pero era fácil acertar. La cosa estaba de anteojito. No solo por las ventajas que se olían antes del arranque de la jornada, por el destino vendido del CNE y por la necesidad que tenía Maduro de buscar una manera de sobrevivir tras una máscara de civismo en medio de la crisis descomunal que ha provocado, sino también porque se necesitaría una dosis excesiva de ingenuidad, o de necedad contagiosa, para sentir que se podía pescar una pieza comestible en el discurso del candidato oficial. La catástrofe de la “revolución” y las orfandades retóricas del dictador auguraban plazas vacías y marchas desérticas, porque la gente ya sabe, con algunas excepciones, que no se le puede pedir a un individuo lo que no puede ofrecer ni cuando lo ponen en un potro de tormento. Quedaba, desde luego, la posibilidad de mirar a la esquina contraria, pero también para sentir, sin posibilidad de asombro, el desabrigo de las estepas. Para la mayoría de los ciudadanos fue evidente que la luz no salía de Barquisimeto, detalle que solo puede satisfacer a los amantes de las medianías y a quienes se contentan con el simulacro de empujoncito que los mantiene en el confort de las inercias. De allí la ausencia de movimiento electoral, tan evidente como que hoy es domingo.

Están en el centro de la escena los estragos de una crisis como pocas a través de la historia, capaz de mover voluntades, o de paralizarlas, pero hoy apenas se quiso hurgar en la superficie para pensar en cómo los ánimos, o los desánimos, volverán al desamparado capítulo de la víspera electoral debido a la frustración que provocará una campaña que no existió y que, para colmo, conducirá a unos resultados capaces de aumentar el descreimiento generalizado mientras se profundizan las carencias materiales de la sociedad. Las referencias a la MUD y al Frente Amplio, hechas al principio, no fueron vanas. El escándalo de los escrutinios de una parodia y el destino de unos liderazgos dignos del descrédito redondo cuando termine el evento nos volverán a ellos, con bastante probabilidad, si demuestran que están vivos y que no esperarán el fin de la “contienda” para dar señales de vida con una palabra digna de seguimiento. No pueden vivir del desacierto ajeno, ni de la escaramuza de dos oscuranas, ni de la trampa cantada y esperada, sino de mostrar que pueden descifrar el rompecabezas de mayo para que el tiempo de la esperanza no deba hacer ahora una extenuante cola de seis años.

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Por: Elías Pino Iturrieta

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El comienzo de lo que habitualmente se caracteriza por el dinamismo, pero que ha logrado cotas mínimas de vivacidad y notas penosas de excitación colectiva, apenas ha servido para justificar el alejamiento de quienes se excluyeron del juego antes de que empezara. La campaña electoral nos dice con generosa elocuencia cómo hace para no ser de veras una campaña electoral, hasta el punto de obligarnos a poner la vista en los partidos y en los factores de opinión pública que prefirieron quedarse en el hombrillo de la autopista antes de que sonara el pitazo de partida. Porque no se observa nada desde ese lugar, no pasan las caravanas, no suenan los claros clarines de los paladines ni el aire cada vez más pesado se mueve por la agitación de banderas partidarias. Entonces no queda más remedio que murmurar desde las orillas sobre la validez de una decisión de apartamiento o, si se quiere, sobre la suerte de pegar un pronóstico que, como todos los pálpitos adelantados, podía pasar a la abarrotada canasta de los desaciertos.

Pero era fácil acertar. La cosa estaba de anteojito. No solo por las ventajas que se olían antes del arranque de la jornada, por el destino vendido del CNE y por la necesidad que tenía Maduro de buscar una manera de sobrevivir tras una máscara de civismo en medio de la crisis descomunal que ha provocado, sino también porque se necesitaría una dosis excesiva de ingenuidad, o de necedad contagiosa, para sentir que se podía pescar una pieza comestible en el discurso del candidato oficial. La catástrofe de la “revolución” y las orfandades retóricas del dictador auguraban plazas vacías y marchas desérticas, porque la gente ya sabe, con algunas excepciones, que no se le puede pedir a un individuo lo que no puede ofrecer ni cuando lo ponen en un potro de tormento. Quedaba, desde luego, la posibilidad de mirar a la esquina contraria, pero también para sentir, sin posibilidad de asombro, el desabrigo de las estepas. Para la mayoría de los ciudadanos fue evidente que la luz no salía de Barquisimeto, detalle que solo puede satisfacer a los amantes de las medianías y a quienes se contentan con el simulacro de empujoncito que los mantiene en el confort de las inercias. De allí la ausencia de movimiento electoral, tan evidente como que hoy es domingo.

Están en el centro de la escena los estragos de una crisis como pocas a través de la historia, capaz de mover voluntades, o de paralizarlas, pero hoy apenas se quiso hurgar en la superficie para pensar en cómo los ánimos, o los desánimos, volverán al desamparado capítulo de la víspera electoral debido a la frustración que provocará una campaña que no existió y que, para colmo, conducirá a unos resultados capaces de aumentar el descreimiento generalizado mientras se profundizan las carencias materiales de la sociedad. Las referencias a la MUD y al Frente Amplio, hechas al principio, no fueron vanas. El escándalo de los escrutinios de una parodia y el destino de unos liderazgos dignos del descrédito redondo cuando termine el evento nos volverán a ellos, con bastante probabilidad, si demuestran que están vivos y que no esperarán el fin de la “contienda” para dar señales de vida con una palabra digna de seguimiento. No pueden vivir del desacierto ajeno, ni de la escaramuza de dos oscuranas, ni de la trampa cantada y esperada, sino de mostrar que pueden descifrar el rompecabezas de mayo para que el tiempo de la esperanza no deba hacer ahora una extenuante cola de seis años.

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