Cuando hacerse el loco es un delito – Leonardo Padrón

publicado el 8/03/18 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , , , , , , , , , , , , , , , ,

Publicado en: Caraota Digital

Por: Leonardo Padrón

Venezuela ha sido una triste víctima de la incontinencia verbal de sus líderes. Los más notorios y letales han sido sus dos últimos presidentes, Chávez y Maduro. ¿Casualidad? Como bien lo ha descrito Enrique Krauze en su conocido decálogo del populismo, uno de sus predicamentos claves es apoderarse de la palabra: “hablar con su público de manera constante, atizar sus pasiones, ‘alumbrar el camino’ , todo ello sin limitaciones”.

Maduro, que ha superado con creces los defectos de su padre político, ha demostrado hasta el hartazgo que su principal, ¿o único?, trabajo es hablar. Los micrófonos son su escritorio preferido. Y ante ellos fanfarronea y miente sin un átomo de pudor, de forma compulsiva, durante horas y horas y horas y horas. Es un mitómano de profesión. Un caso clínico, sin duda. Sus kilómetros verbales no tendrán otro destino que el olvido cuando la tragedia cese. Pero aún no se vislumbra ese reloj. Mientras tanto, cada vez que Maduro elude su responsabilidad como gobernante de este desastre, cada vez que le endosa las culpas al imperio o a la oposición, cada vez que se hace el loco ante el hambre y la ruina de todo un pueblo, está cometiendo un delito.  ¿Cuál será la cifra promedio de venezolanos que dejan de comer, son secuestrados, mueren o se van del país durante cada una de sus cadenas televisivas?

Hay que decirlo cuantas veces sea necesario. Hacerse el loco ante las alarmantes cifras de desnutrición infantil es un delito. Hacerse el loco ante los testimonios de madres que abandonan a sus hijos en orfanatos porque no tienen para alimentarlos es un delito. Ante la basura entrando en los estómagos de los más humildes. Ante las vidas que se cancelan en los hospitales infectos. Ante el historial de calamidades cotidianas. Ignorar los gritos del prójimo, subirle el volumen a su propia voz, hacerse el loco ante tanto dolor, es un delito.

¿Dónde queda la humanidad de un gobernante que prefiere ignorar toda la catástrofe que sucede ante sus ojos? Si tienes todo el poder y no mueves ni un dedo eres responsable. Si volteas hacia los lados. Si difamas o maquillas la realidad. Si reprimes al que se queja. Si encarcelas al que propone un cambio. Si te escondes en tu propio espejo. Si te mientes a ti mismo. La indolencia de un gobernante es un balazo en el alma de sus ciudadanos. Esos ciudadanos pasan a ser, entonces, sus víctimas.

Me lo repito en mis adentros y no encuentro asidero razonable. No concibo ninguna ideología que privilegie el deseo de conservar el poder por encima del sufrimiento de millones de seres humanos. Ya sé que la historia está minada de ejemplos parecidos y hasta peores. Pero no deja de ser un crimen. Es una matanza en proceso. Y, por lo tanto, es imperdonable.

En días pasados, Nicolás Maduro dijo que la verdadera Venezuela era esa que derrochaba ingentes botellas de whiskies en los restaurantes de Las Mercedes. Que la crisis humanitaria era un invento de sus enemigos. En fin, que este país anda borracho de alegría y abundancia. Decir eso, ante un periodista extranjero, para intentar desarmar la incómoda pregunta sobre los padecimientos del pueblo es insultar –incluso- al propio pueblo chavista que varias veces le ha dado el voto, bien sea por fe, candidez, chantaje o amenaza. Pero ya no hay espejismo verbal que oculte la realidad. No debería ser momento de guardar las apariencias. Ya es osadamente cruel cualquier disimulo. Nicolás Maduro debería dejar de hablar tanto y ocuparse de salvar la mayor cantidad de vidas posibles.  Aceptar unas elecciones justas y limpias sería un gran paso. Aceptar la letra sagrada de la Constitución. Tan simple como eso. Aceptar que le toca irse y a nosotros nos toca elegir otra forma de gobernar al país. Se está muriendo la gente: de pena y hambre, de mengua y violencia. En este naufragio colectivo es demasiada sordidez que el hombre que ocupa el principal cargo de la nación solo se afane en mantener su empleo seis años más.

Seguir en el poder, luego de todo lo hecho y deshecho, sería prolongar su delito. ¿Seremos capaces de detenerlo? Es la pregunta cuya respuesta decidirá nuestro destino final como nación. Ya el resto del mundo abrió los ojos. A nosotros solo nos falta ponernos de acuerdo. Y qué difícil se nos hace. Ese es nuestro delito. El país no aguanta más torpezas.



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Por: Leonardo Padrón

Venezuela ha sido una triste víctima de la incontinencia verbal de sus líderes. Los más notorios y letales han sido sus dos últimos presidentes, Chávez y Maduro. ¿Casualidad? Como bien lo ha descrito Enrique Krauze en su conocido decálogo del populismo, uno de sus predicamentos claves es apoderarse de la palabra: “hablar con su público de manera constante, atizar sus pasiones, ‘alumbrar el camino’ , todo ello sin limitaciones”.

Maduro, que ha superado con creces los defectos de su padre político, ha demostrado hasta el hartazgo que su principal, ¿o único?, trabajo es hablar. Los micrófonos son su escritorio preferido. Y ante ellos fanfarronea y miente sin un átomo de pudor, de forma compulsiva, durante horas y horas y horas y horas. Es un mitómano de profesión. Un caso clínico, sin duda. Sus kilómetros verbales no tendrán otro destino que el olvido cuando la tragedia cese. Pero aún no se vislumbra ese reloj. Mientras tanto, cada vez que Maduro elude su responsabilidad como gobernante de este desastre, cada vez que le endosa las culpas al imperio o a la oposición, cada vez que se hace el loco ante el hambre y la ruina de todo un pueblo, está cometiendo un delito.  ¿Cuál será la cifra promedio de venezolanos que dejan de comer, son secuestrados, mueren o se van del país durante cada una de sus cadenas televisivas?

Hay que decirlo cuantas veces sea necesario. Hacerse el loco ante las alarmantes cifras de desnutrición infantil es un delito. Hacerse el loco ante los testimonios de madres que abandonan a sus hijos en orfanatos porque no tienen para alimentarlos es un delito. Ante la basura entrando en los estómagos de los más humildes. Ante las vidas que se cancelan en los hospitales infectos. Ante el historial de calamidades cotidianas. Ignorar los gritos del prójimo, subirle el volumen a su propia voz, hacerse el loco ante tanto dolor, es un delito.

¿Dónde queda la humanidad de un gobernante que prefiere ignorar toda la catástrofe que sucede ante sus ojos? Si tienes todo el poder y no mueves ni un dedo eres responsable. Si volteas hacia los lados. Si difamas o maquillas la realidad. Si reprimes al que se queja. Si encarcelas al que propone un cambio. Si te escondes en tu propio espejo. Si te mientes a ti mismo. La indolencia de un gobernante es un balazo en el alma de sus ciudadanos. Esos ciudadanos pasan a ser, entonces, sus víctimas.

Me lo repito en mis adentros y no encuentro asidero razonable. No concibo ninguna ideología que privilegie el deseo de conservar el poder por encima del sufrimiento de millones de seres humanos. Ya sé que la historia está minada de ejemplos parecidos y hasta peores. Pero no deja de ser un crimen. Es una matanza en proceso. Y, por lo tanto, es imperdonable.

En días pasados, Nicolás Maduro dijo que la verdadera Venezuela era esa que derrochaba ingentes botellas de whiskies en los restaurantes de Las Mercedes. Que la crisis humanitaria era un invento de sus enemigos. En fin, que este país anda borracho de alegría y abundancia. Decir eso, ante un periodista extranjero, para intentar desarmar la incómoda pregunta sobre los padecimientos del pueblo es insultar –incluso- al propio pueblo chavista que varias veces le ha dado el voto, bien sea por fe, candidez, chantaje o amenaza. Pero ya no hay espejismo verbal que oculte la realidad. No debería ser momento de guardar las apariencias. Ya es osadamente cruel cualquier disimulo. Nicolás Maduro debería dejar de hablar tanto y ocuparse de salvar la mayor cantidad de vidas posibles.  Aceptar unas elecciones justas y limpias sería un gran paso. Aceptar la letra sagrada de la Constitución. Tan simple como eso. Aceptar que le toca irse y a nosotros nos toca elegir otra forma de gobernar al país. Se está muriendo la gente: de pena y hambre, de mengua y violencia. En este naufragio colectivo es demasiada sordidez que el hombre que ocupa el principal cargo de la nación solo se afane en mantener su empleo seis años más.

Seguir en el poder, luego de todo lo hecho y deshecho, sería prolongar su delito. ¿Seremos capaces de detenerlo? Es la pregunta cuya respuesta decidirá nuestro destino final como nación. Ya el resto del mundo abrió los ojos. A nosotros solo nos falta ponernos de acuerdo. Y qué difícil se nos hace. Ese es nuestro delito. El país no aguanta más torpezas.

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