Cuaresma – José Rafael Herrera

publicado el 4/03/17 por Ana Forero en El espacio de mis amigos Etiquetas:,

Por: José Rafael Herrera

Existen, según el joven Marx, momentos “en los que la filosofía vuelve sus ojos al mundo externo, no ya en plan de comprender sino, cual persona práctica, de tejer, por decirlo así, intrigas con el mundo y, evadiéndose del transparente reino de Amenthes, échase en el corazón de la sirena mundana. Es la cuaresma de la filosofía”. De ahí que, en tales momentos, unas veces vestida de estoico, otras de cínico o de epicúreo –da lo mismo–, a la filosofía “le resulte esencial adoptar una máscara”.

Cuando la palabra ya no coincide con la cosa, cuando el hacer va de un lado y el pensar de otro, se asiste indefectiblemente al desgarramiento. La escisión pesa cual daga que atraviesa las entrañas de una multitud que parecía haber conquistado su totalidad. Entonces, llega la tempestad y, con ella, sus pestes. ¿Cómo se puede pensar sobre los escombros? Ironía –esa “trampa dialéctica”, esa “forma misma de la filosofía”– es palabra griega. Proviene de Eirón, que significa actor. Todo Eirón recubre su condición empírica tras el guiño inmanente del “¡a que no me reconoces!”, mientras que va mermando la euforia que, finalmente, termina en las cenizas con las que, corso e ricorso, se inicia el largo calvario del espíritu.

Como se sabe, la Cuaresma –o quadragesima, como gustaban llamarla los latinos– es un lapso de tiempo para la reflexión, la oratio pro aris et focis, la conversión espiritual y moral y la penitencia. Suerte de “ratón moral”, representa el “por mi culpa” de la humanidad y, con ello, el punto de inflexión a partir del cual el espíritu de un pueblo inicia su tránsito hacia mejores días, hacia su autorresurrección civil. Así, desde el dolor de su propia caída en la más absoluta corrupción hasta el momento del reencuentro del sí mismo en el nosotros, la Cuaresma tipifica el triste y paciente recorrido –necesario y determinante– que un pueblo tiene que emprender para poder superar el inferno de su aquí y ahora, la actual situación de miseria e indignación frente a un modo de vida que lo ha reducido a prehumano. La responsabilidad ha sido suya. De las aguas que ha reunido proviene el lodazal que lo ahoga.

Toca asumir, desde el púrpura de su tristeza y el rosa de su esperanza hasta el rojo de su pasión, la superación y conservación de su calvario. Madurar quiere decir salir del “Estado de naturaleza”, reconocerse en la infantil y barbárica perversión y poliformidad que conviene, de una vez, abandonar. No es bajo el extrañamiento de un azaroso “quizá” que los pueblos se han elevado por encima de sus carencias materiales y espirituales. La diosa Fortuna posa sus etéreos pies sobre el pan y el vino que se produce “con el sudor de tu frente”. Creer en salvadores o redentores trasnochados, capaces de “liberar” a la sociedad de sus compromisos y responsabilidades, es una gran ficción, una ilusión cuya menor consecuencia es el desengaño.

Un aciago 27 de febrero puso en escena esta inmisericorde tragedia en dos actos para los venezolanos: primero, como resultado y, dieciocho años después, como punto de partida. Fue, pues, el resultado del fardo demagógico y populista y el punto de partida de una ciudadanía devenida “masa”, según la descripción hecha por Ortega y Gasset: del “te dije que te detente” al “¡dame tu cédula, papá!”. En todo caso, el huevo de la serpiente ya había sido incubado. Una sociedad que se fue acostumbrando al facilismo y la dádiva, a la superficialidad de las formas sin contenido, al consumismo sin producción, al despilfarro inmisericorde y rentista, a la corrupción sin consecuencias y, por supuesto, a esperar que “alguien” o “algo” –un líder, un caudillo, un ser “superior”– hicieran “el trabajo” de redención que ella –la sociedad como tal– no podía asumir, porque nunca estuvo lo suficientemente preparada –esto es: en condiciones concretas y, por ende, maduras– para asumirlo, dado que fue sistemáticamente (mal)educada bajo el prejuicio y la superstición. Toda una constelación de presuposiciones que, en el fondo, son incompatibles con la razón y la libertad. De hecho, todo “conocimiento de oídas”, cuyo remate termina en las doctrinas del “vivarachismo” y el “chinchorreo”, no es opuesto sino, más bien, palmariamente distinto –según la fina línea de demarcación trazada por Benedetto Croce– tanto de la verdad como de la eticidad. Decía Hegel que los pueblos tienen el gobierno que merecen.

Por supuesto que “hay razón en esta locura”, tal como le advierte Polonio –el “gran chambelán– al rey usurpador en Hamlet. Y es que una sociedad que no madura siempre necesitará de un “padre”, un “preceptor”, un “guía”, para que le “oriente”, para que le trace “el camino” a seguir, para que, desde el poder, lo alimente, lo vista, lo cure, lo lleve de la mano y, sobre todo, controle su voluntad. Una sociedad es inmadura cuando, no sin pueril prepotencia, persiste en mantener fijas sus presuposiciones, apoyándose exclusivamente en la mera techné, en la unidimensionalidad de la instrucción –la “caja de herramientas”– propia de la razón técnica. La heteronomía –el dominio, la coerción, la sumisión– es el precio que debe pagar una sociedad que no ha hecho de la educación estética, de la formación cultural, el más sagrado de sus templos. Un somero estudio de la jerga de la actual adolescencia pone de relieve el enorme grado de descomposición, la abismal fragmentación, del país que fue, mientras naufraga a la deriva (¡y no se hable de sus preferencias musicales!). La heteronomía es el cáncer que carcome a los pueblos que se han perdido a sí mismos.

No puede haber “totalidad concreta” –totalidad del pensamiento, Gedanken Konkretum– sin Ethos. Se equivoca quien concibe la eticidad como un conjunto de preceptos “aplicables” a una determinada sociedad, un recetario de “valores” sin espacio ni tiempo. Ethos es un modo de vida, un modo del ser social autoconsciente, libre, autónomo, que se reconoce a sí mismo en el Estado tanto como el Estado lo reconoce en sí mismo: un yo que es un nosotros y un nosotros que es un yo. Es el resultado de una educación integral, de una educación para la vida, más allá de las aulas y de las formas de la burocracia. Sobre la eticidad se construye la madurez necesaria para ser libre. Entre tanto, con la cruz a cuestas, Venezuela inicia una nueva Cuaresma y, con ella, una nueva oportunidad para resucitar de entre sus cenizas. No desde muy lejos, la observa en su afán el guiño del Eirón.

 



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Por: José Rafael Herrera

Existen, según el joven Marx, momentos “en los que la filosofía vuelve sus ojos al mundo externo, no ya en plan de comprender sino, cual persona práctica, de tejer, por decirlo así, intrigas con el mundo y, evadiéndose del transparente reino de Amenthes, échase en el corazón de la sirena mundana. Es la cuaresma de la filosofía”. De ahí que, en tales momentos, unas veces vestida de estoico, otras de cínico o de epicúreo –da lo mismo–, a la filosofía “le resulte esencial adoptar una máscara”. Cuando la palabra ya no coincide con la cosa, cuando el hacer va de un lado y el pensar de otro, se asiste indefectiblemente al desgarramiento. La escisión pesa cual daga que atraviesa las entrañas de una multitud que parecía haber conquistado su totalidad. Entonces, llega la tempestad y, con ella, sus pestes. ¿Cómo se puede pensar sobre los escombros? Ironía –esa “trampa dialéctica”, esa “forma misma de la filosofía”– es palabra griega. Proviene de Eirón, que significa actor. Todo Eirón recubre su condición empírica tras el guiño inmanente del “¡a que no me reconoces!”, mientras que va mermando la euforia que, finalmente, termina en las cenizas con las que, corso e ricorso, se inicia el largo calvario del espíritu. Como se sabe, la Cuaresma –o quadragesima, como gustaban llamarla los latinos– es un lapso de tiempo para la reflexión, la oratio pro aris et focis, la conversión espiritual y moral y la penitencia. Suerte de “ratón moral”, representa el “por mi culpa” de la humanidad y, con ello, el punto de inflexión a partir del cual el espíritu de un pueblo inicia su tránsito hacia mejores días, hacia su autorresurrección civil. Así, desde el dolor de su propia caída en la más absoluta corrupción hasta el momento del reencuentro del sí mismo en el nosotros, la Cuaresma tipifica el triste y paciente recorrido –necesario y determinante– que un pueblo tiene que emprender para poder superar el inferno de su aquí y ahora, la actual situación de miseria e indignación frente a un modo de vida que lo ha reducido a prehumano. La responsabilidad ha sido suya. De las aguas que ha reunido proviene el lodazal que lo ahoga. Toca asumir, desde el púrpura de su tristeza y el rosa de su esperanza hasta el rojo de su pasión, la superación y conservación de su calvario. Madurar quiere decir salir del “Estado de naturaleza”, reconocerse en la infantil y barbárica perversión y poliformidad que conviene, de una vez, abandonar. No es bajo el extrañamiento de un azaroso “quizá” que los pueblos se han elevado por encima de sus carencias materiales y espirituales. La diosa Fortuna posa sus etéreos pies sobre el pan y el vino que se produce “con el sudor de tu frente”. Creer en salvadores o redentores trasnochados, capaces de “liberar” a la sociedad de sus compromisos y responsabilidades, es una gran ficción, una ilusión cuya menor consecuencia es el desengaño. Un aciago 27 de febrero puso en escena esta inmisericorde tragedia en dos actos para los venezolanos: primero, como resultado y, dieciocho años después, como punto de partida. Fue, pues, el resultado del fardo demagógico y populista y el punto de partida de una ciudadanía devenida “masa”, según la descripción hecha por Ortega y Gasset: del “te dije que te detente” al “¡dame tu cédula, papá!”. En todo caso, el huevo de la serpiente ya había sido incubado. Una sociedad que se fue acostumbrando al facilismo y la dádiva, a la superficialidad de las formas sin contenido, al consumismo sin producción, al despilfarro inmisericorde y rentista, a la corrupción sin consecuencias y, por supuesto, a esperar que “alguien” o “algo” –un líder, un caudillo, un ser “superior”– hicieran “el trabajo” de redención que ella –la sociedad como tal– no podía asumir, porque nunca estuvo lo suficientemente preparada –esto es: en condiciones concretas y, por ende, maduras– para asumirlo, dado que fue sistemáticamente (mal)educada bajo el prejuicio y la superstición. Toda una constelación de presuposiciones que, en el fondo, son incompatibles con la razón y la libertad. De hecho, todo “conocimiento de oídas”, cuyo remate termina en las doctrinas del “vivarachismo” y el “chinchorreo”, no es opuesto sino, más bien, palmariamente distinto –según la fina línea de demarcación trazada por Benedetto Croce– tanto de la verdad como de la eticidad. Decía Hegel que los pueblos tienen el gobierno que merecen. Por supuesto que “hay razón en esta locura”, tal como le advierte Polonio –el “gran chambelán– al rey usurpador en Hamlet. Y es que una sociedad que no madura siempre necesitará de un “padre”, un “preceptor”, un “guía”, para que le “oriente”, para que le trace “el camino” a seguir, para que, desde el poder, lo alimente, lo vista, lo cure, lo lleve de la mano y, sobre todo, controle su voluntad. Una sociedad es inmadura cuando, no sin pueril prepotencia, persiste en mantener fijas sus presuposiciones, apoyándose exclusivamente en la mera techné, en la unidimensionalidad de la instrucción –la “caja de herramientas”– propia de la razón técnica. La heteronomía –el dominio, la coerción, la sumisión– es el precio que debe pagar una sociedad que no ha hecho de la educación estética, de la formación cultural, el más sagrado de sus templos. Un somero estudio de la jerga de la actual adolescencia pone de relieve el enorme grado de descomposición, la abismal fragmentación, del país que fue, mientras naufraga a la deriva (¡y no se hable de sus preferencias musicales!). La heteronomía es el cáncer que carcome a los pueblos que se han perdido a sí mismos. No puede haber “totalidad concreta” –totalidad del pensamiento, Gedanken Konkretum– sin Ethos. Se equivoca quien concibe la eticidad como un conjunto de preceptos “aplicables” a una determinada sociedad, un recetario de “valores” sin espacio ni tiempo. Ethos es un modo de vida, un modo del ser social autoconsciente, libre, autónomo, que se reconoce a sí mismo en el Estado tanto como el Estado lo reconoce en sí mismo: un yo que es un nosotros y un nosotros que es un yo. Es el resultado de una educación integral, de una educación para la vida, más allá de las aulas y de las formas de la burocracia. Sobre la eticidad se construye la madurez necesaria para ser libre. 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