De la soberbia – José Rafael Herrera

publicado el 14/12/19 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , , , ,

Publicado en: El Nacional

Por: José Rafael Herrera

José Rafael Herrera

Los antiguos la llamaban Hybris, diosa de una desmesurada insolencia y carente de toda moderación, quien acostumbraba pasar la mayor parte del tiempo entre los mortales, a quienes solía contagiar sus caracteres presuntuosos, injustificadamente engreídos, pretenciosos y, a todas luces, ignorantes, si es verdad que, como solían afirmar sus grandes poetas y filósofos, mientras mayor sea la vanidad menor será la virtud. Porque la divinidad, como observa Herótodo, fulmina a quienes presumen demasiado y suele abatir a todo lo que descuella en demasía. Hybris es, pues, la representación griega de los presupuestos y de las acciones de los hombres que pretenden, sin merecerlo, ser iguales o incluso superiores a los dioses. Es el orgullo insolente, el celo ardiente de las pasiones, de los intereses o de las ambiciones desbordadas, cuyos lados, a la vez particulares y generales, suelen constituir los móviles del quehacer humano, especialmente en tiempos de crisis. Pronto, tarde o temprano, el destino termina dando cuenta de la soberbia devenida insensatez. La Teogonía de Hesíodo relata cómo, una tras otra, las distintas épocas por las que ha discurrido la humanidad fueron condenadas por su propia soberbia. Es de Hegel el adagio según el cual cada quien se labra su propio destino: “Ora et labora: ruega y maldice”.

A propósito de Hegel, en un pasaje de la Estética señala que “los hombres pueden llegar a sentir terror ante el poder de lo infinito y absoluto”, pero, agrega: “A lo que realmente deberían temer es al poder moral, que es el destino de su razón libre y, al mismo tiempo, el eterno e inviolable poder que levanta en contra suya cuando se vuelve contra ella”. La gran enseñanza que dejará la ya inminente intervención de la autonomía universitaria será la confirmación de estas palabras de Hegel, sobre todo para aquellos necios y pusilánimes, dispuestos a participar sumisamente en cualquier elección que paute y ordene el narcorrégimen de usurpación, y no en las que por ley y constitucionalmente corresponde. Los mismos que, además, consideran que los autores clásicos poco o nada tienen que decirle al presente, cuando, precisamente, no hay ni autores ni pasado que no sean, en realidad, lo más presente que hay, porque, como dice Benedetto Croce -y vale la pena repetirlo hasta la saciedad, de ser necesario- toda historia no puede no ser sino historia contemporánea. Es el problema esencial de la soberbia, por más que trate de ocultarse tras una falsa humildad: el de no saber escuchar, porque presupone que no necesita saber quien todo lo sabe. Y es aquí donde se pone en evidencia su ignorancia, porque quien cree saberlo todo o es un dios -y es evidente que este no es el caso- o es un ignorante, como en efecto. Y es que la ignorancia produce este pésimo efecto: no acepta las cosas de las que se cree provisto. La ignorancia carece de modestia.

La soberbia -como dice Spinoza- “es una alegría que brota de que el hombre se estima en más de lo justo, opinión que el soberbio se esforzará cuando pueda en mantener; y de esta suerte, los soberbios amarán la presencia de los parásitos o aduladores, y huirán de la presencia de los generosos, que los estiman en lo justo”. Y dice más: “Los soberbios están sujetos a todos los afectos (y, por cierto, a los del amor y la misericordia menos que a ninguno). Pero no debemos silenciar que también se llama soberbio a quien estima a los demás en menos de lo justo, y, en este sentido, la soberbia se definirá como una alegría nacida de la falsa opinión por la que un hombre se juzga superior a los demás. Y la abyección contraria a este género de soberbia se definirá como una alegría nacida de la falsa opinión por la que un hombre se cree inferior a los demás. Concebimos fácilmente que el soberbio sea necesariamente envidioso y que experimente un odio mayor hacia quienes más son alabados a causa de sus virtudes. Su odio hacia ellos no puede ser fácilmente vencido con el amor, ni haciéndole un beneficio, y solo se deleita con la presencia de los que siguen la corriente a su impotente ánimo, y de tonto lo convierten en loco”.

Mal de muchos, consuelo de tontos. La prepotencia suele acompañar a los menos preparados, a quienes no quieren comprender. Sospechan que detrás de todo posible intento de comprensión siempre existirán segundas intenciones, con lo cual ponen de manifiesto no una docta ignorancia, sino, más bien, la crasa ignorancia de una lastimosa sociedad que se ha colmado de dientes rotos. Los escenarios de la soberbia parecen multiplicarse. La figura de Chávez -réplica, a su vez, de la mediocridad caudillesca, incivilizada y corrupta que se hizo del poder al culminar la guerra de independencia- ha terminado por convertirse en un modelo platónico, hiperuránico, “digno” de ser imitado. Todo funcionario público pareciera llevar un pequeño Chávez por dentro. Muchos se le enfrentan, algunos logran conjurarlo, pero la mayoría cae rendida ante sus tentaciones. Se es más o menos Chávez en la misma proporción del tamaño de cada soberbia, es decir, de cada ignorancia. La procesión va por dentro. Asediada por un tribunal ilegítimo que, como parte del malandraje, funge de monumento a la sumisión ante el malandraje, por una Asamblea Nacional más preocupada por lavarse el rostro que por cumplir cabalmente con su compromiso de legislar en materia académica, por un gremio profesoral ya sin ideas, trasnochado de populismo y carente de poder de convocatoria, y por una comunidad académica exhausta, que piensa más en cómo resolver el día a día que en las intangibles bondades de las glorias del ideal autonómico, la mesa parece estar servida para que el banquete de la barbarie lance el zarpazo final. El resto de la comunidad solo aguarda el momento indicado para prender sus velas en el entierro de los restos de la Academia. El régimen sonríe, y en nombre de una ficticia y deformada representación de la democracia universitaria, aprovecha el momento de las inoportunas, pero sobre todo, incomprensibles fracturas. La soberbia no permite ver más allá de la punta de la nariz, y se traduce en el monólogo del miedo. Se dice y no se sabe, se sabe y no se dice. Una inmensa torre de Babel rompe la dignidad sobre la cual se erigió la más antigua institución del país. Hybris, como todos los dioses clásicos, tiene en sí misma el germen de su ocaso.

Lea también: Kínesis“, de José Rafael Herrera



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Publicado en: El Nacional

Por: José Rafael Herrera

José Rafael Herrera

Los antiguos la llamaban Hybris, diosa de una desmesurada insolencia y carente de toda moderación, quien acostumbraba pasar la mayor parte del tiempo entre los mortales, a quienes solía contagiar sus caracteres presuntuosos, injustificadamente engreídos, pretenciosos y, a todas luces, ignorantes, si es verdad que, como solían afirmar sus grandes poetas y filósofos, mientras mayor sea la vanidad menor será la virtud. Porque la divinidad, como observa Herótodo, fulmina a quienes presumen demasiado y suele abatir a todo lo que descuella en demasía. Hybris es, pues, la representación griega de los presupuestos y de las acciones de los hombres que pretenden, sin merecerlo, ser iguales o incluso superiores a los dioses. Es el orgullo insolente, el celo ardiente de las pasiones, de los intereses o de las ambiciones desbordadas, cuyos lados, a la vez particulares y generales, suelen constituir los móviles del quehacer humano, especialmente en tiempos de crisis. Pronto, tarde o temprano, el destino termina dando cuenta de la soberbia devenida insensatez. La Teogonía de Hesíodo relata cómo, una tras otra, las distintas épocas por las que ha discurrido la humanidad fueron condenadas por su propia soberbia. Es de Hegel el adagio según el cual cada quien se labra su propio destino: “Ora et labora: ruega y maldice”.

A propósito de Hegel, en un pasaje de la Estética señala que “los hombres pueden llegar a sentir terror ante el poder de lo infinito y absoluto”, pero, agrega: “A lo que realmente deberían temer es al poder moral, que es el destino de su razón libre y, al mismo tiempo, el eterno e inviolable poder que levanta en contra suya cuando se vuelve contra ella”. La gran enseñanza que dejará la ya inminente intervención de la autonomía universitaria será la confirmación de estas palabras de Hegel, sobre todo para aquellos necios y pusilánimes, dispuestos a participar sumisamente en cualquier elección que paute y ordene el narcorrégimen de usurpación, y no en las que por ley y constitucionalmente corresponde. Los mismos que, además, consideran que los autores clásicos poco o nada tienen que decirle al presente, cuando, precisamente, no hay ni autores ni pasado que no sean, en realidad, lo más presente que hay, porque, como dice Benedetto Croce -y vale la pena repetirlo hasta la saciedad, de ser necesario- toda historia no puede no ser sino historia contemporánea. Es el problema esencial de la soberbia, por más que trate de ocultarse tras una falsa humildad: el de no saber escuchar, porque presupone que no necesita saber quien todo lo sabe. Y es aquí donde se pone en evidencia su ignorancia, porque quien cree saberlo todo o es un dios -y es evidente que este no es el caso- o es un ignorante, como en efecto. Y es que la ignorancia produce este pésimo efecto: no acepta las cosas de las que se cree provisto. La ignorancia carece de modestia.

La soberbia -como dice Spinoza- “es una alegría que brota de que el hombre se estima en más de lo justo, opinión que el soberbio se esforzará cuando pueda en mantener; y de esta suerte, los soberbios amarán la presencia de los parásitos o aduladores, y huirán de la presencia de los generosos, que los estiman en lo justo”. Y dice más: “Los soberbios están sujetos a todos los afectos (y, por cierto, a los del amor y la misericordia menos que a ninguno). Pero no debemos silenciar que también se llama soberbio a quien estima a los demás en menos de lo justo, y, en este sentido, la soberbia se definirá como una alegría nacida de la falsa opinión por la que un hombre se juzga superior a los demás. Y la abyección contraria a este género de soberbia se definirá como una alegría nacida de la falsa opinión por la que un hombre se cree inferior a los demás. Concebimos fácilmente que el soberbio sea necesariamente envidioso y que experimente un odio mayor hacia quienes más son alabados a causa de sus virtudes. Su odio hacia ellos no puede ser fácilmente vencido con el amor, ni haciéndole un beneficio, y solo se deleita con la presencia de los que siguen la corriente a su impotente ánimo, y de tonto lo convierten en loco”.

Mal de muchos, consuelo de tontos. La prepotencia suele acompañar a los menos preparados, a quienes no quieren comprender. Sospechan que detrás de todo posible intento de comprensión siempre existirán segundas intenciones, con lo cual ponen de manifiesto no una docta ignorancia, sino, más bien, la crasa ignorancia de una lastimosa sociedad que se ha colmado de dientes rotos. Los escenarios de la soberbia parecen multiplicarse. La figura de Chávez -réplica, a su vez, de la mediocridad caudillesca, incivilizada y corrupta que se hizo del poder al culminar la guerra de independencia- ha terminado por convertirse en un modelo platónico, hiperuránico, “digno” de ser imitado. Todo funcionario público pareciera llevar un pequeño Chávez por dentro. Muchos se le enfrentan, algunos logran conjurarlo, pero la mayoría cae rendida ante sus tentaciones. Se es más o menos Chávez en la misma proporción del tamaño de cada soberbia, es decir, de cada ignorancia. La procesión va por dentro. Asediada por un tribunal ilegítimo que, como parte del malandraje, funge de monumento a la sumisión ante el malandraje, por una Asamblea Nacional más preocupada por lavarse el rostro que por cumplir cabalmente con su compromiso de legislar en materia académica, por un gremio profesoral ya sin ideas, trasnochado de populismo y carente de poder de convocatoria, y por una comunidad académica exhausta, que piensa más en cómo resolver el día a día que en las intangibles bondades de las glorias del ideal autonómico, la mesa parece estar servida para que el banquete de la barbarie lance el zarpazo final. El resto de la comunidad solo aguarda el momento indicado para prender sus velas en el entierro de los restos de la Academia. El régimen sonríe, y en nombre de una ficticia y deformada representación de la democracia universitaria, aprovecha el momento de las inoportunas, pero sobre todo, incomprensibles fracturas. La soberbia no permite ver más allá de la punta de la nariz, y se traduce en el monólogo del miedo. Se dice y no se sabe, se sabe y no se dice. Una inmensa torre de Babel rompe la dignidad sobre la cual se erigió la más antigua institución del país. Hybris, como todos los dioses clásicos, tiene en sí misma el germen de su ocaso.

Lea también: "Kínesis", de José Rafael Herrera

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