El barco encallado – Soledad Morillo Belloso

publicado el 18/03/19 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, ,

Por: Soledad Morillo Belloso

Soledad Morillo Belloso

En medio de la tempestad, el barco daba tumbos. Todo ritmo se perdió. Las olas golpeaban por babor y estribor. El timón se salió de su eje. Las velas se desencajaron y salieron volando hacia la inmensidad. Las centinas se inundaron y los motores colpasaron. El viento largó su poder llevándose las cargas. Los marineros trataban se aferrarse a las piquetas. Varios oficiales de mayor y menor rango atinaron a tomar los botes salvavidas y huyeron antes de que el caos se apoderara de todo. Algunos tripulantes corrieron a intentar meter en sacos de lona lo que sabían era de mucho valor. Les pudo más la codicia y sus cuerpos sin vida aparecerían luego flotando en la mar cuando cesó la tormenta. Porque todas las tormentas tienen final, ninguna sabe de eternidades.

Cuando paró el temporal, las aguas se calmaron. Los cielos volvieron a pintarse de azul, las nubes negras viajaron montadas en otros vientos de agua. Y los ojos pudieron ver con claridad.

En las rías secas, el barco, encallado. Como una escultura de escombros. Las lapas expuestas en el casco escorado. En días el aire hizo su trabajo y el óxido comenzó a carcomer todo. La pintura se muestra como piel despellejada. Las gaviotas hacen nidos entre las ruinas y unos niños logran encaramarse y entre griteríos juegan a los piratas.

Pasa el tiempo, ese que nunca deja de pasar. Desde el pueblo las personas ven el barco. Al principio le prestaban mucha atención. Recordaban lo que habia sido, ese poderío que mostraba, ese miedo que imprimía en las almas de todos. Hay fotos amarillentas de esos tiempos; ya nadie las ve.  Y toneladas de sonidos que nadie escucha. Cientos de miles de horas de fotogramas que ni valor de souvenir de plaza tienen. Ya no. Ya es un pasado irrelevante. Ya es un detrito que de a poco se ha ido consumiendo el tiempo, el viento, la arena y el salitre.

Se escucha que hubo unos supervivientes del barco. Que están en otras latitudes. Temerosos siempre de ser descubiertos a pesar de haberse hecho de nuevos nombres, las varias operaciones quirúrgicas para alterar las facciones y hasta las clases para fingir voces que no revelen quiénes son. Se quedaron con mucho oro pero sin calle, sin ciudad propia, sin patria. Atrás dejaron millones que pasaron de odiarlos a ni siquiera recordarles. Pasan sus días, sus tardes y sus noches ahogados en la nada de alcohol y delirios de fatuidad.

El pueblo pudo más que la tempestad, pudo más que el barco. De a poco fue quitándole la costra a la historia. Se llenó la vida de trabajo, de bibliotecas, de fábricas y de escuelas. En los campos muje el ganado, crece lo que fue sembrado y el aire está impregnado de buen aroma.

Los niños juegan en lo que va quedando del barco encallado. Ya ni siquiera se lee ni una letra del nombre. Se lo llevó por delante el tiempo, el desgaste y también el olvido.

[email protected]

@solmorillob

Lea también:Después del río revuelto“, de Soledad Morillo Belloso



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Por: Soledad Morillo Belloso

Soledad Morillo Belloso

En medio de la tempestad, el barco daba tumbos. Todo ritmo se perdió. Las olas golpeaban por babor y estribor. El timón se salió de su eje. Las velas se desencajaron y salieron volando hacia la inmensidad. Las centinas se inundaron y los motores colpasaron. El viento largó su poder llevándose las cargas. Los marineros trataban se aferrarse a las piquetas. Varios oficiales de mayor y menor rango atinaron a tomar los botes salvavidas y huyeron antes de que el caos se apoderara de todo. Algunos tripulantes corrieron a intentar meter en sacos de lona lo que sabían era de mucho valor. Les pudo más la codicia y sus cuerpos sin vida aparecerían luego flotando en la mar cuando cesó la tormenta. Porque todas las tormentas tienen final, ninguna sabe de eternidades.

Cuando paró el temporal, las aguas se calmaron. Los cielos volvieron a pintarse de azul, las nubes negras viajaron montadas en otros vientos de agua. Y los ojos pudieron ver con claridad.

En las rías secas, el barco, encallado. Como una escultura de escombros. Las lapas expuestas en el casco escorado. En días el aire hizo su trabajo y el óxido comenzó a carcomer todo. La pintura se muestra como piel despellejada. Las gaviotas hacen nidos entre las ruinas y unos niños logran encaramarse y entre griteríos juegan a los piratas.

Pasa el tiempo, ese que nunca deja de pasar. Desde el pueblo las personas ven el barco. Al principio le prestaban mucha atención. Recordaban lo que habia sido, ese poderío que mostraba, ese miedo que imprimía en las almas de todos. Hay fotos amarillentas de esos tiempos; ya nadie las ve.  Y toneladas de sonidos que nadie escucha. Cientos de miles de horas de fotogramas que ni valor de souvenir de plaza tienen. Ya no. Ya es un pasado irrelevante. Ya es un detrito que de a poco se ha ido consumiendo el tiempo, el viento, la arena y el salitre.

Se escucha que hubo unos supervivientes del barco. Que están en otras latitudes. Temerosos siempre de ser descubiertos a pesar de haberse hecho de nuevos nombres, las varias operaciones quirúrgicas para alterar las facciones y hasta las clases para fingir voces que no revelen quiénes son. Se quedaron con mucho oro pero sin calle, sin ciudad propia, sin patria. Atrás dejaron millones que pasaron de odiarlos a ni siquiera recordarles. Pasan sus días, sus tardes y sus noches ahogados en la nada de alcohol y delirios de fatuidad.

El pueblo pudo más que la tempestad, pudo más que el barco. De a poco fue quitándole la costra a la historia. Se llenó la vida de trabajo, de bibliotecas, de fábricas y de escuelas. En los campos muje el ganado, crece lo que fue sembrado y el aire está impregnado de buen aroma.

Los niños juegan en lo que va quedando del barco encallado. Ya ni siquiera se lee ni una letra del nombre. Se lo llevó por delante el tiempo, el desgaste y también el olvido.

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@solmorillob

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