Ganar es de perdedores – Gustavo Valle

Por: Gustavo Valle

Así se llama un cuento de Ariel Magnus sobre fútbol. Trata de un Director Técnico al que no le interesan las victoriasfXdOAS6F_400x400 y está solamente obsesionado con perfeccionar el arte y la técnica del juego. “Él no ganaba para ganar partiditos sino para hacer de Aguerridos el equipo con el mejor fútbol de la historia”. Recuerdo que una vez le escuché decir a Alfredo Bryce Echenique que la selección de fútbol peruana cultivaba una “tradición de la derrota”, algo que podemos trasladar a nuestra gloriosa Vinotinto sin sentirnos mezquinos, todo lo contrario, con el orgullo y la frente en alto de los buenos perdedores. Cuando yo era niño, mi padre jugaba al fútbol los fines de semana con sus amigos. Fui varias veces fui a verlo y no recuerdo que su equipo hubiese ganado una sola vez. Igual, verlo correr tras la pelota, realizar un pase o hacer una finta, me producía una alegría indescriptible.

“Perder es cuestión de método”, decía Santiago Gamboa, quizás refiriéndose al hecho de que la derrota no es algo tan sencillo, requiere de táctica y estrategia, y no pocas veces de heroísmo. Perder viene del latín Perdere, derivado de Dare, dar, en el sentido de “dar totalmente”. Es decir, entregar. Perder, pues, es un acto de entrega, y entregar no es nada fácil; un acto de entrega es un acto de amor. Y ganar viene del verbo gótico Ganan, es decir codiciar, que a su vez proviene del escandinavo Gana, que quiere decir “abrirse la boca”, “desear con avidez” o “mirar con ansia”. Como vemos, hay inocultables diferencias estéticas entre perder y ganar. Lo primero es un acto de amor, lo segundo de codicia.

Para Eduardo Lalo el escritor es un atleta de la derrota, sin duda refiriéndose a esa obstinada empresa de querer decir lo indecible, de plasmar en palabras lo que a veces solo vislumbramos y muchas veces ignoramos. No es casual que uno de los más famosos poemas venezolanos sea Derrota, de Rafael Cadenas: Yo, que ante todo competidor me he sentido débil… Yo, que me creí predestinado para algo fuera de lo común y nada he logrado. No sé si Beck, ese genial músico nacido en Los Ángeles, leyó el poema de Cadenas, pero escribió Loser, una de las canciones más exitosas y divertidas de los noventa. “Soy un perdedor, ¿I’m a loser baby so why don’t you kill me?” Un loser viene siendo, hoy en día, un pendejo, es decir todo lo contrario a la rapiña del poder, las corruptelas y los negocios millonarios. Beck, y Cadenas mucho antes, vislumbraron la llegada del loser como el arquetipo de los nuevos tiempos.

Mi amigo Franco Vaccarini dijo alguna vez: “Ganar, ya se sabe, es casi imposible. Publicar es casi imposible. Que alguien lea nuestro libro publicado es casi imposible. Los escritores aprendemos a vivir en ese mundo, donde todo es casi imposible.” Yo en lo particular he perdido una infinidad de premios literarios, puedo contar con los dedos de una mano los que he ganado, pero necesitaría una gandola llena de manos para contar los que he perdido. No me cabe la menor duda de que jamás hubiera podido ganar alguna vez si no hubiese perdido lo suficiente. Si de algo puedo enorgullecerme es de ser un buen perdedor. Además, perder es más afín a la escritura, que está llena de dudas, de equívocos, de malentendidos, de distracciones, de hundimientos, de caídas. Es necesario haber perdido algo para escribirlo. Escribimos desde la pérdida, desde lo que ya no tenemos u olvidamos. Escribir es recuperar casi siempre en vano las piezas perdidas de un rompecabezas. Escribir es también perdernos en lo que decimos, perdernos en las palabras. Perder para ganar. No hay otra manera, y quien diga lo contrario miente. Ganar sin haber perdido es no ganar nada. Ganar es de perdedores. Pero como decía Bioy, es preferible que nos premien a que nos castiguen.

Muchas gracias.

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