Irlanda

publicado el 26/01/14 por Laura Rodriguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, ,

Por: Ibsen Martínez

A principios de 1817, un hombre de oscuros antecedentes ,  llamado Jim Walton, recibió en Londres una misión de parte de un encumbrado aristócrata, militar de dilatada hoja de servicios en las guerras contra Napoléon, y miembro del Parlamento británico.   El aristócrata había hecho la llamada “guerra de la Península”, a las órdenes del general Hill, y combatido en Waterloo bajo el mando de Wellington. ¿La misión de Walton?  Pagar muy discretamente una fianza  y sacar de la prisión  de King’s Bench a un impecune sexagenario, un caraqueño llamado Luis López Méndez.

La prisión de King’s Bench fue uno de los más  célebres establecimientos penales de la época donde muchos padecían una infamante pena: la cárcel por deudas.

El aristócrata representaba a un pool  de traficantes de armas y exigía permanecer en el más absoluto anonimato.  Del propio  Jim Walton no es mucho lo que sabemos, pero un acucioso historiador venezolano del período independentista, cuya sapiencia y criterio respeto, supone con bastante fundamento que Walton pudo ser hijo de algún funcionario colonial inglés destacado en las Indias Occidentales. El hecho probado es que Jim Walton se expresaba muy bien en español, tanto hablado como escrito.

Los hombres de negocios  británicos, tales como el aristócrata de mi relato, solían favorecer a sus paniaguados  consiguiendo para ellos cargos en las colonias donde fuesen útiles a los negocios  ( plantaciones de azúcar en Barbados, por ejemplo,  o de cacao en Trinidad) de gente como el  melindroso jefe de Jim Walton. Con seguridad, Walton  debía a ello el favor que ahora se le hacía al encargarle aquella muy discreta misión. Con seguridad, también, Walton aprendió nuestra lengua en sus andanzas por  el Caribe bajo dominio español.

Walton, pues, sacó a Lopez Méndez de la cárcel   y lo llevó directamente a su alojamiento habitual: a casa de la señora Sarah Andrews, ya para entonces viuda del Generalísimo Francisco de Miranda.  Para irnos entendiendo, conviene que que usted sepa que Jim Walton y López Méndez se conocían desde hacía ya siete años.

López Méndez llegó a Londres en 1810, formando  parte de un trío de  enviados políticos del movimiento juntista que el 19 de abril destituyó al Capitán General Vicente Emparan. Los otros dos enviados eran los veinteañeros Andrés Bello y Simón Bolívar; López Méndez, un distinguido profesor de filosofía, era el mayor de los tres:  tenía cincuenta y tres años bien cumplidos. La idea general era recabar apoyo británico para la causa independentista. Para sumarizarlo en una párrafo, la verdad es que en esto no les fue muy bien. Pero lo que importa a esta croniquilla es consignar que desde el primer día, López Méndez se alojó en casa del futuro Generalísimo Miranda, situada en el N° 58 de Grafton Way.

Ahora, en 1817, Walton y López Méndez, llegarían a convertir  el hogar Sarah de Miranda en el cuartel general de una formidable operación de reclutamiento de mercenarios que,  a su vez , serviría para liquidar gran parte del enorme inventario de mosquetes “Brown Bess” y  de los preciados rifles Baker, saldo de las guerras napoléonicas. Dicho así, suena menos complejo de lo que realidad fue: la mejor apuesta  que el Imperio Británico podía hacer por abruir nuevos mercdos, en el apogeo de la Revolución Industrial.

2.-

He usado deliberadamente la voz “mercenarios”, consciente de los remilgos de quienes preferirían llamarlos “legionarios”, palabra ésta menos cargada de desprecio y más frecuente en los manuales de Historia patria.   Sin  embargo, el diccionario de la Real Academia da como primera acepción un adjetivo: “Dicho de una tropa: Que por estipendio sirve en  la guerra a un poder extranjero”. Me ciño a esa aséptica descripción porque de eso, justamene, se trataba el trabajo de Jim Walton:  de embarcar  (¿embaucar?) mercenarios, fusiles “Brown Bess”, rifles Baker  y otros pertrechos  hacia Angostura; López Méndez sólo ponía el “sello de goma” en los contratos.

La expresión “legión británica” es descaminadora y no deja ver que el grueso de las bajas registradas , por ejemplo, en La Puerta o Carabobo, fueron fusileros irlandeses reclutados por con ofertas que, si acaso no fueron deliberadamente engañosas, fueron en la mayoría de los casos incumplidas.

En esto no estoy torciendo la  historia en lo más mínimo y para quitar hierro a cualquier acusación de herejía, traeré lo hallado por un distinguido historiador  militar británico, catedrático de la Universidad de Bristol, el profesor Matthew Brown, autor de un libro que recoge su exhaustiva investigacion sobre el tema de los mercenarios irlandeses en nuestra guerra de Independencia.[1]

Su base de datos es asombrosa y recoge nombres de miles irlandeses de numilde condición, atraídos por los afiches impresos por Walton & López Méndez y enviados a morir a nuestras tierras. Se funda en datos recabados muy recientemente en Inglaterra, Escocia, Irlanda, España, Ecuador, Venezuela y Colombia.

Entre 1810 y 1825 – nos dice –, casi siete mil mercenarios británicos e irlandeses zarparpon de Inglaterra rumbo a la Gran Colombia. Sus motivos eran diversos: muchos lo hicieorn por dinero que nunca llegaron a ver; otros, losmenos,  en procura de gloria militar.  La mayoría, sin discusión, eran irlandeses que murieron en duras condiciones de combate o a causa de las fiebres tropicales. Basta leer el parte de bajas que siguió a Carabobo y constatar la abundancia de apellidos irlandeses (Kelly, Doyle, Murphy, Ryan, O’Reilly …) para convencerse de que no nos lo han contado todo sobre lo ocurrido hace casi doscientos años.

Escribo esta bagatela   teniendo a la vista una noticia de prensa: doscientos años después de Pantano de Vargas, donde rindieron sus vidas muchos de aquellos denodados muchachos  irlandeses, centenares de jóvenes venezolanos buscan desesperadamente emigrar ¡a Irlanda!, uno de los países de economía más problemática de la Unión Europea, tal vez el único que  últimamente ha abierto la emigración a mano de obra no calificada proveniente de nuestro continente.

Acaso el oficial más leal con que pudo contar Bolívar en su guerras fue un nativo de Cork y se llamó Daniel Florencio O’Leary. Hay algo de justicia poética en esto de querer devolver, con vicisitud e incertidumbre, la sangre joven que Irlanda derramó por nuestra independencia hace casi dos siglos.

Ibsen Martínez está en @SimpatiaXKingKong



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Por: Ibsen Martínez

A principios de 1817, un hombre de oscuros antecedentes ,  llamado Jim Walton, recibió en Londres una misión de parte de un encumbrado aristócrata, militar de dilatada hoja de servicios en las guerras contra Napoléon, y miembro del Parlamento británico.   El aristócrata había hecho la llamada “guerra de la Península”, a las órdenes del general Hill, y combatido en Waterloo bajo el mando de Wellington. ¿La misión de Walton?  Pagar muy discretamente una fianza  y sacar de la prisión  de King’s Bench a un impecune sexagenario, un caraqueño llamado Luis López Méndez.

La prisión de King’s Bench fue uno de los más  célebres establecimientos penales de la época donde muchos padecían una infamante pena: la cárcel por deudas.

El aristócrata representaba a un pool  de traficantes de armas y exigía permanecer en el más absoluto anonimato.  Del propio  Jim Walton no es mucho lo que sabemos, pero un acucioso historiador venezolano del período independentista, cuya sapiencia y criterio respeto, supone con bastante fundamento que Walton pudo ser hijo de algún funcionario colonial inglés destacado en las Indias Occidentales. El hecho probado es que Jim Walton se expresaba muy bien en español, tanto hablado como escrito.

Los hombres de negocios  británicos, tales como el aristócrata de mi relato, solían favorecer a sus paniaguados  consiguiendo para ellos cargos en las colonias donde fuesen útiles a los negocios  ( plantaciones de azúcar en Barbados, por ejemplo,  o de cacao en Trinidad) de gente como el  melindroso jefe de Jim Walton. Con seguridad, Walton  debía a ello el favor que ahora se le hacía al encargarle aquella muy discreta misión. Con seguridad, también, Walton aprendió nuestra lengua en sus andanzas por  el Caribe bajo dominio español.

Walton, pues, sacó a Lopez Méndez de la cárcel   y lo llevó directamente a su alojamiento habitual: a casa de la señora Sarah Andrews, ya para entonces viuda del Generalísimo Francisco de Miranda.  Para irnos entendiendo, conviene que que usted sepa que Jim Walton y López Méndez se conocían desde hacía ya siete años.

López Méndez llegó a Londres en 1810, formando  parte de un trío de  enviados políticos del movimiento juntista que el 19 de abril destituyó al Capitán General Vicente Emparan. Los otros dos enviados eran los veinteañeros Andrés Bello y Simón Bolívar; López Méndez, un distinguido profesor de filosofía, era el mayor de los tres:  tenía cincuenta y tres años bien cumplidos. La idea general era recabar apoyo británico para la causa independentista. Para sumarizarlo en una párrafo, la verdad es que en esto no les fue muy bien. Pero lo que importa a esta croniquilla es consignar que desde el primer día, López Méndez se alojó en casa del futuro Generalísimo Miranda, situada en el N° 58 de Grafton Way.

Ahora, en 1817, Walton y López Méndez, llegarían a convertir  el hogar Sarah de Miranda en el cuartel general de una formidable operación de reclutamiento de mercenarios que,  a su vez , serviría para liquidar gran parte del enorme inventario de mosquetes “Brown Bess” y  de los preciados rifles Baker, saldo de las guerras napoléonicas. Dicho así, suena menos complejo de lo que realidad fue: la mejor apuesta  que el Imperio Británico podía hacer por abruir nuevos mercdos, en el apogeo de la Revolución Industrial.

2.-

He usado deliberadamente la voz “mercenarios”, consciente de los remilgos de quienes preferirían llamarlos “legionarios”, palabra ésta menos cargada de desprecio y más frecuente en los manuales de Historia patria.   Sin  embargo, el diccionario de la Real Academia da como primera acepción un adjetivo: “Dicho de una tropa: Que por estipendio sirve en  la guerra a un poder extranjero”. Me ciño a esa aséptica descripción porque de eso, justamene, se trataba el trabajo de Jim Walton:  de embarcar  (¿embaucar?) mercenarios, fusiles “Brown Bess”, rifles Baker  y otros pertrechos  hacia Angostura; López Méndez sólo ponía el “sello de goma” en los contratos.

La expresión “legión británica” es descaminadora y no deja ver que el grueso de las bajas registradas , por ejemplo, en La Puerta o Carabobo, fueron fusileros irlandeses reclutados por con ofertas que, si acaso no fueron deliberadamente engañosas, fueron en la mayoría de los casos incumplidas.

En esto no estoy torciendo la  historia en lo más mínimo y para quitar hierro a cualquier acusación de herejía, traeré lo hallado por un distinguido historiador  militar británico, catedrático de la Universidad de Bristol, el profesor Matthew Brown, autor de un libro que recoge su exhaustiva investigacion sobre el tema de los mercenarios irlandeses en nuestra guerra de Independencia.[1]

Su base de datos es asombrosa y recoge nombres de miles irlandeses de numilde condición, atraídos por los afiches impresos por Walton & López Méndez y enviados a morir a nuestras tierras. Se funda en datos recabados muy recientemente en Inglaterra, Escocia, Irlanda, España, Ecuador, Venezuela y Colombia.

Entre 1810 y 1825 – nos dice –, casi siete mil mercenarios británicos e irlandeses zarparpon de Inglaterra rumbo a la Gran Colombia. Sus motivos eran diversos: muchos lo hicieorn por dinero que nunca llegaron a ver; otros, losmenos,  en procura de gloria militar.  La mayoría, sin discusión, eran irlandeses que murieron en duras condiciones de combate o a causa de las fiebres tropicales. Basta leer el parte de bajas que siguió a Carabobo y constatar la abundancia de apellidos irlandeses (Kelly, Doyle, Murphy, Ryan, O’Reilly …) para convencerse de que no nos lo han contado todo sobre lo ocurrido hace casi doscientos años.

Escribo esta bagatela   teniendo a la vista una noticia de prensa: doscientos años después de Pantano de Vargas, donde rindieron sus vidas muchos de aquellos denodados muchachos  irlandeses, centenares de jóvenes venezolanos buscan desesperadamente emigrar ¡a Irlanda!, uno de los países de economía más problemática de la Unión Europea, tal vez el único que  últimamente ha abierto la emigración a mano de obra no calificada proveniente de nuestro continente.

Acaso el oficial más leal con que pudo contar Bolívar en su guerras fue un nativo de Cork y se llamó Daniel Florencio O’Leary. Hay algo de justicia poética en esto de querer devolver, con vicisitud e incertidumbre, la sangre joven que Irlanda derramó por nuestra independencia hace casi dos siglos.

Ibsen Martínez está en @SimpatiaXKingKong

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