La cizaña del dólar – Fernando Rodríguez

publicado el 2/07/18 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , , , , , , , , , , , ,

Publicado en: El Nacional

Por: Fernando Rodríguez

Las políticas frentistas se cifran en la unidad de diversos componentes que ceden en postergar sus diferencias para enfrentar un enemigo común lo suficientemente poderoso, y en general artero. Ejemplos por excelencia de estas son las dictaduras o el combate con un agente exterior, guerras o procesos de descolonización. Una vez solucionado el conflicto, la unidad circunstancial se deshace dando lugar a otras escenas de contradicciones, a veces opuestas a las anteriores.

Siempre se cita el caso paradigmático de la Segunda Guerra Mundial que llevó a aliarse entre otros a los extremos ideológicos, URSS y Estados Unidos,  para combatir a Hitler y, vencido el nazismo,  se trocó en  la guerra fría que mantuvo casi medio siglo a la especie humana bajo la guillotina de las bombas nucleares, en manos de esos aliados  ahora disociados y ferozmente enfrentados. “Nos equivocamos de guerra, de enemigo”, dice un ex combatiente en Los años más bellos de nuestras vidas, un admirable filme estadounidense que remite a ese ajedrez de los destinos históricos.

Ahora bien, esa unidad opositora funciona bien o mal. La sensación es que la nuestra, a pesar de algunas rotundas victorias parciales, parece irle bastante calamitosamente, sobre todo en el último año largo. Segmentación estratégica (abstencionistas y votantes, vgr.), incapacidad de conectarse con la tragedia de las mayorías para movilizarlas, silencio e inacción… Si acaso podría ufanarse de su política exterior, que por exterior no es tan suya. En general se atribuye esa quiebra a pecados de los partidos, solo atentos a su propio negocio y no al fin común y a la falta de precisión y constancia de sus itinerarios estratégicos, sin contar los denuestos de radicales obtusos.

Si bien la realidad del fenómeno parece ser cierta y despierta la casi unanimidad de los analistas, creo que se exagera sobre las causas: sobre  la falta de vocación unitaria, al fin y al cabo nada que no se pueda revertir ha sucedido; y en general estos juicios suelen estar muy prejuiciados de antipolítica pura y dura. Pero bastante de verdad hay en lo que se dice al respecto.

Pero yo quería llamar la atención sobre otro aspecto que me parece más básico y menos nombrado. Y es que el país si bien se divide en pro y antichavistas, aquellos pocos y estos muchos, hay otras líneas divisorias del país, permanentes, que comienzan a alcanzar tales dimensiones que deben estar trabando o anquilosando esa segmentación política. Me refiero en especial al crecimiento de la pobreza, de la desigualdad, de los que acceden o no al dólar.  Índices de pobreza que, grosso modo, deben estar en alrededor del 80%. Esa monstruosidad estadística que limita a buscar la sobrevivencia, sumada a la brutal represión gubernamental, es un impedimento a la acción política colectiva y  mucho aporta a la estabilización de la tiranía. Incluso es probable que esa extrema división esté solidificando mentalidades antagónicas que emergen de cotidianidades que se diferencian crecientemente y que impiden la comunicación y vínculos orgánicos entre las diversas élites dirigentes, no solo políticas, opositoras y las amplias mayorías. Al fin y al cabo un comedero del este se parece cada vez más a uno de Miami que a un rancho de Carapita. Y, siniestra paradoja, abre caminos para que el despotismo haga transacciones muy concretas, digamos los CLAP y otras limosnas, que rinden frutos para elecciones amañadas y aminoramiento de la protesta.

Quizás podremos redefinir ciertas figuras tácticas que no pasen por las más usuales de la política, como es el caso de las concentraciones. El aparatoso fracaso de los pocos llamados del Frente Amplio a este tipo de evento, hechos con abulia de los convocantes y una falta absoluta de respuesta de los convocados, dice mucho. Quizás entonces habría que pensar, solo como ejemplo, en el acompañamiento de la lucha reivindicativa puntual de los sectores asfixiados por el desastre económico, prácticamente todos, y en armas como el sindicato y la huelga, tratando de unificar a los reclamantes. Al menos mientras hay lluvia y desesperanza.

Y no se puede dejar de pensar en que esta contradicción cada vez más aguda pueda ser que genere transformaciones o desastres que superen cualquier lógica política en uso.



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Por: Fernando Rodríguez

Las políticas frentistas se cifran en la unidad de diversos componentes que ceden en postergar sus diferencias para enfrentar un enemigo común lo suficientemente poderoso, y en general artero. Ejemplos por excelencia de estas son las dictaduras o el combate con un agente exterior, guerras o procesos de descolonización. Una vez solucionado el conflicto, la unidad circunstancial se deshace dando lugar a otras escenas de contradicciones, a veces opuestas a las anteriores.

Siempre se cita el caso paradigmático de la Segunda Guerra Mundial que llevó a aliarse entre otros a los extremos ideológicos, URSS y Estados Unidos,  para combatir a Hitler y, vencido el nazismo,  se trocó en  la guerra fría que mantuvo casi medio siglo a la especie humana bajo la guillotina de las bombas nucleares, en manos de esos aliados  ahora disociados y ferozmente enfrentados. “Nos equivocamos de guerra, de enemigo”, dice un ex combatiente en Los años más bellos de nuestras vidas, un admirable filme estadounidense que remite a ese ajedrez de los destinos históricos.

Ahora bien, esa unidad opositora funciona bien o mal. La sensación es que la nuestra, a pesar de algunas rotundas victorias parciales, parece irle bastante calamitosamente, sobre todo en el último año largo. Segmentación estratégica (abstencionistas y votantes, vgr.), incapacidad de conectarse con la tragedia de las mayorías para movilizarlas, silencio e inacción… Si acaso podría ufanarse de su política exterior, que por exterior no es tan suya. En general se atribuye esa quiebra a pecados de los partidos, solo atentos a su propio negocio y no al fin común y a la falta de precisión y constancia de sus itinerarios estratégicos, sin contar los denuestos de radicales obtusos.

Si bien la realidad del fenómeno parece ser cierta y despierta la casi unanimidad de los analistas, creo que se exagera sobre las causas: sobre  la falta de vocación unitaria, al fin y al cabo nada que no se pueda revertir ha sucedido; y en general estos juicios suelen estar muy prejuiciados de antipolítica pura y dura. Pero bastante de verdad hay en lo que se dice al respecto.

Pero yo quería llamar la atención sobre otro aspecto que me parece más básico y menos nombrado. Y es que el país si bien se divide en pro y antichavistas, aquellos pocos y estos muchos, hay otras líneas divisorias del país, permanentes, que comienzan a alcanzar tales dimensiones que deben estar trabando o anquilosando esa segmentación política. Me refiero en especial al crecimiento de la pobreza, de la desigualdad, de los que acceden o no al dólar.  Índices de pobreza que, grosso modo, deben estar en alrededor del 80%. Esa monstruosidad estadística que limita a buscar la sobrevivencia, sumada a la brutal represión gubernamental, es un impedimento a la acción política colectiva y  mucho aporta a la estabilización de la tiranía. Incluso es probable que esa extrema división esté solidificando mentalidades antagónicas que emergen de cotidianidades que se diferencian crecientemente y que impiden la comunicación y vínculos orgánicos entre las diversas élites dirigentes, no solo políticas, opositoras y las amplias mayorías. Al fin y al cabo un comedero del este se parece cada vez más a uno de Miami que a un rancho de Carapita. Y, siniestra paradoja, abre caminos para que el despotismo haga transacciones muy concretas, digamos los CLAP y otras limosnas, que rinden frutos para elecciones amañadas y aminoramiento de la protesta.

Quizás podremos redefinir ciertas figuras tácticas que no pasen por las más usuales de la política, como es el caso de las concentraciones. El aparatoso fracaso de los pocos llamados del Frente Amplio a este tipo de evento, hechos con abulia de los convocantes y una falta absoluta de respuesta de los convocados, dice mucho. Quizás entonces habría que pensar, solo como ejemplo, en el acompañamiento de la lucha reivindicativa puntual de los sectores asfixiados por el desastre económico, prácticamente todos, y en armas como el sindicato y la huelga, tratando de unificar a los reclamantes. Al menos mientras hay lluvia y desesperanza.

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