La lucha social no se “acompaña”

publicado el 21/12/13 por Ana Forero en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , ,

Por: Jean Maninat

  En los arcaicos años 70, cuando no existía el teléfono móvil, ni Internet, los televisores no eran los anoréxicos plasmas de hoy, sino rotundos y pesados como una cantante de ópera; y la izquierda decidía que su “dress code” obligaba a usar chaquetas de cuero en un clima tropical, surgió la tesis, entre los jóvenes profesores “à gauche” de la UCV y la Católica, que había que acercarse al pueblo, vivir su experiencia para desentrañar su esencia, entender los signos y los significantes, Marx y Saussure mediante, de su visión del mundo y poder así redimirlos de su opresión y su miseria. Sus entusiastas alumnos de la pequeña burguesía se alistaron prestos. Los estacionamientos de las facultades se llenaron de rústicos 4X4: Toyotas bicolores para los menos comprometidos y acomodaticios, y los adustos y broncos Nissan Patrol para los más lanzados de los nuevos misioneros; dispuestos a remontar cerros para distribuir revistas y panfletos teóricos, como lo hicieran sus madres y hermanas cuando repartían caridad cristiana en forma de cestas con alimentos de la Acción Católica. (Algunos se lo tomaron al pie de la letra, y se fueron en pareja a vivir a las barriadas de la capital, a compartir con los más vulnerables su destino en la tierra; solo para regresar a sus urbanizaciones, meses más tarde, a bañarse con agua caliente todos los días y firmar los papeles del divorcio). No era un fenómeno únicamente nacional.  El gran director de cine italiano Elio Petri, militante comunista, los retrató con trágico humor en La clase obrera va al paraíso: un grupo de izquierda contestataria decide acompañar la lucha proletaria, escogen una fábrica como su lugar de batalla y a un obrero, Gian Maria Volonté, como conejillo de indias para moldear su versión del hombre nuevo. El trabajador se inicia como líder, arenga y se bate con la dirección de la empresa; no solo pierde un dedo en un accidente de trabajo producto de la falta de concentración que le causa la lucha de clases, es luego licenciado y remitido a un sanatorio mental. Al ser dado de alta, busca la solidaridad de sus antígüos camaradas, quienes lo desdeñan porque ahora están incorporados a las luchas por la renovación de la educación universitaria. Es una parodia triste, pero que vale la pena volverla a ver para recordar la impostura que puede animar tantos buenos propósitos. Ya se anuncia en el campo opositor una discusión para dilucidar la nueva estrategia que debería regir la continuación de la contienda por la recuperación de la democracia y el país. Es necesaria y seguramente positiva, pues permitiría –de ser trasparente- que cada quien diga lo que tenga que decir sin las sordinas que suelen imponer las contiendas electorales, y sobre todo que se puedan debatir las diversas propuestas abiertamente a plena luz del día. Daría la posibilidad para que cada quien diga sin equívocos cuáles son sus planes dentro y fuera de la MUD. Por ejemplo, ayudaría a precisar la connotación política que tendrían términos tan eminentes hoy como “tomar la calle” y “acompañar las luchas sociales”. Ambos van de la mano y merecen ser asumidos seriamente y no como una consigna para aletear al corazón y a la nostalgia. Es evidente que la gente sale a la calle cuando está dispuesta y no cuando unos alumbrados suponen que debería estar dispuesta. Quizás por eso quienes más han llamado a la calle han tenido tan poca fortuna en sus convocatorias. La calle no es un fin en sí mismo. Es un medio entre tantos otros del quehacer político. Invocarla permanentemente solo contribuye a desgastarla, a convertirla en un ritual como el de los encapuchados que todos los jueves tiraban piedras a las puertas de la UCV para dejar constancia de su combatividad. Tomar la calle es cosa seria, tiene costos políticos y personales a veces tan graves como una vida. Corresponde a los dirigentes la responsabilidad de manejar el tema con seriedad y no como un estribillo de campaña electoral… o promoción personal. ¿Cómo se acompaña la lucha social? ¿Quién acompaña la lucha social? Ya la sola formulación “acompañar” denota una ausencia de pertenencia. Un líder proletario jamás dirá “estoy dispuesto a acompañar las luchas sindicales” ni un líder estudiantil exclamará “estoy acompañando las luchas estudiantiles”. Ellos encarnan esas luchas. Por lo demás, habría que preguntarse si de verdad quieren sentirse “acompañados” por quienes los quieren acompañar. Las luchas sociales históricamente más efectivas nunca necesitaron de ser escoltadas salvo por la propia gente que las llevaba a cabo. Su éxito residió  en su carácter autónomo y lo genuino de sus reivindicaciones. (Bueno, hasta que llegó Lenin y decidió que los bolcheviques “acompañarían” la lucha social). Ojala la CTV saliera de su postración y junto los sindicatos independientes animaran la nueva fuerza sindical y proletaria que necesita el país; los estudiantes se reactiven y sean la voz de lo por venir; las asociaciones de vecinos exijan; las juntas de consumidores revivan; los concejales trabajen con sus comunidades; los alcaldes gobiernen sus ciudades con la gente; los gobernadores sus estados con todos sus habitantes; la bancada en la AN proponga leyes alternativas, y los partidos y dirigentes de la oposición mantengan la unidad y una ruta común. Esa es la base de apoyo para cualquier esfuerzo democrático futuro. Las luchas sociales no se “acompañan”. Si las dirigen sus genuinos líderes suelen tener éxito… sin necesidad de copilotos. @jeanmaninat



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Los estacionamientos de las facultades se llenaron de rústicos 4X4: Toyotas bicolores para los menos comprometidos y acomodaticios, y los adustos y broncos Nissan Patrol para los más lanzados de los nuevos misioneros; dispuestos a remontar cerros para distribuir revistas y panfletos teóricos, como lo hicieran sus madres y hermanas cuando repartían caridad cristiana en forma de cestas con alimentos de la Acción Católica. (Algunos se lo tomaron al pie de la letra, y se fueron en pareja a vivir a las barriadas de la capital, a compartir con los más vulnerables su destino en la tierra; solo para regresar a sus urbanizaciones, meses más tarde, a bañarse con agua caliente todos los días y firmar los papeles del divorcio). No era un fenómeno únicamente nacional.  El gran director de cine italiano Elio Petri, militante comunista, los retrató con trágico humor en La clase obrera va al paraíso: un grupo de izquierda contestataria decide acompañar la lucha proletaria, escogen una fábrica como su lugar de batalla y a un obrero, Gian Maria Volonté, como conejillo de indias para moldear su versión del hombre nuevo. El trabajador se inicia como líder, arenga y se bate con la dirección de la empresa; no solo pierde un dedo en un accidente de trabajo producto de la falta de concentración que le causa la lucha de clases, es luego licenciado y remitido a un sanatorio mental. Al ser dado de alta, busca la solidaridad de sus antígüos camaradas, quienes lo desdeñan porque ahora están incorporados a las luchas por la renovación de la educación universitaria. Es una parodia triste, pero que vale la pena volverla a ver para recordar la impostura que puede animar tantos buenos propósitos. Ya se anuncia en el campo opositor una discusión para dilucidar la nueva estrategia que debería regir la continuación de la contienda por la recuperación de la democracia y el país. Es necesaria y seguramente positiva, pues permitiría –de ser trasparente- que cada quien diga lo que tenga que decir sin las sordinas que suelen imponer las contiendas electorales, y sobre todo que se puedan debatir las diversas propuestas abiertamente a plena luz del día. Daría la posibilidad para que cada quien diga sin equívocos cuáles son sus planes dentro y fuera de la MUD. Por ejemplo, ayudaría a precisar la connotación política que tendrían términos tan eminentes hoy como "tomar la calle" y "acompañar las luchas sociales". Ambos van de la mano y merecen ser asumidos seriamente y no como una consigna para aletear al corazón y a la nostalgia. Es evidente que la gente sale a la calle cuando está dispuesta y no cuando unos alumbrados suponen que debería estar dispuesta. Quizás por eso quienes más han llamado a la calle han tenido tan poca fortuna en sus convocatorias. La calle no es un fin en sí mismo. Es un medio entre tantos otros del quehacer político. Invocarla permanentemente solo contribuye a desgastarla, a convertirla en un ritual como el de los encapuchados que todos los jueves tiraban piedras a las puertas de la UCV para dejar constancia de su combatividad. Tomar la calle es cosa seria, tiene costos políticos y personales a veces tan graves como una vida. Corresponde a los dirigentes la responsabilidad de manejar el tema con seriedad y no como un estribillo de campaña electoral... o promoción personal. ¿Cómo se acompaña la lucha social? ¿Quién acompaña la lucha social? Ya la sola formulación "acompañar" denota una ausencia de pertenencia. Un líder proletario jamás dirá "estoy dispuesto a acompañar las luchas sindicales" ni un líder estudiantil exclamará "estoy acompañando las luchas estudiantiles". Ellos encarnan esas luchas. Por lo demás, habría que preguntarse si de verdad quieren sentirse "acompañados" por quienes los quieren acompañar. Las luchas sociales históricamente más efectivas nunca necesitaron de ser escoltadas salvo por la propia gente que las llevaba a cabo. Su éxito residió  en su carácter autónomo y lo genuino de sus reivindicaciones. (Bueno, hasta que llegó Lenin y decidió que los bolcheviques "acompañarían" la lucha social). Ojala la CTV saliera de su postración y junto los sindicatos independientes animaran la nueva fuerza sindical y proletaria que necesita el país; los estudiantes se reactiven y sean la voz de lo por venir; las asociaciones de vecinos exijan; las juntas de consumidores revivan; los concejales trabajen con sus comunidades; los alcaldes gobiernen sus ciudades con la gente; los gobernadores sus estados con todos sus habitantes; la bancada en la AN proponga leyes alternativas, y los partidos y dirigentes de la oposición mantengan la unidad y una ruta común. 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