La paliza – Soledad Morillo Belloso

publicado el 13/06/18 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , , , , , , , , , ,

Por: Soledad Morillo Belloso

Una tunda de palos, una cueriza, una pela. Eso es lo que los venezolanos normales y corrientes recibimos todos los días. Y, sin embargo, para mí enorme y pesarosa sorpresa, no protestamos. Pero no se equivoca nadie en la lectura de la situación social. El agotamiento nos tiene agobiados. Y para protestar se necesita no sólo ganas sino mucha energía. Y esa poquita energía que nos va restando la tenemos por fuerza que dedicar a la supervivencia.

No sé si los dirigentes políticos están sabiendo entender hacia dónde se dirige este país y de cuánto hemos perdido en todas las áreas. Desconozco si comprenden a cabalidad la clase de desastre sobre el que estamos montados. Podría apostar que nadie en el gobierno tiene la medida exacta del colapso. Voy más allá, creo que a nadie en las estructuras del estado revolucionario le importa – ni siquiera un bledo – el inmenso portafolio de calamidades que padecemos. Uno no quiere verlos histéricos, pero al menos sí preocupados y ocupados por una crisis que ellos causaron. En contrario, se les ve cada día más gordos, síntoma de que ellos sí comen mucho y muy bien varías veces al día, mientras aumenta ostensiblemente la cantidad de venezolanos convertidos en esqueletos que respiran. Esos funcionarios obesos empero sufren de desnutrición del alma.

Alguien, cercano a sus amores, debería explicarles que no importa cuánto hayan destruido, siempre queda una reserva en la población que consigue salir de la anomia y se rebela. Y va más allá de su propia protesta. Consigue sentir y transmitir empatía y termina por esa vía conduciendo un proceso de cambio. En algunos casos ese proceso es violento, llevado por la rabia. Pero en otros no es así. Es más bien una rebelión suave pero extremadamente poderosa, signada por un irremediable hartazgo, un hastío que hace que todos los apoyos populares que alguna vez se tuvieron simplemente se conviertan en agua que correr entre los dedos de una mano abierta.

Esos rebeldes con causa a los que me refiere no son hombres y mujeres que en un momento crítico se montan en una tarima improvisada y dicen una cuántas palabras que conmueven las almas heridas. No se trata de un discurso fogoso ni de una consigna que poner en boca de millones. No es eso. Este gobierno no va a caer porque haya una gran protesta en las calles, o porque se produzca una paro comercial e industrial, o porque se llenen páginas y páginas de comunicados de grupos, gremios, iglesias, sindicatos, etc. De hecho, este gobierno no va caer. Simplemente va a desaparecer. Va a llegar el día en que todas las piezas, todos los mecanismos  del sistema nacional se van a trancar. Eso es un colapso de todo. Y en ese momento no va a valer ni gritos ni declaraciones. Porque el gobierno habrá llegado a la nada. Y de esa nada huirán como de la peste. Entenderán entonces, cuando ya sea muy tarde, que el poder es el peor enemigo que se puede tener. Y sentirán el dolor de la paliza del fracaso.

Y quedará entonces el país. A ese adolorido país habremos de dedicar hasta la última energía que tengamos.

 

[email protected]

@solmorillob



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Por: Soledad Morillo Belloso

Una tunda de palos, una cueriza, una pela. Eso es lo que los venezolanos normales y corrientes recibimos todos los días. Y, sin embargo, para mí enorme y pesarosa sorpresa, no protestamos. Pero no se equivoca nadie en la lectura de la situación social. El agotamiento nos tiene agobiados. Y para protestar se necesita no sólo ganas sino mucha energía. Y esa poquita energía que nos va restando la tenemos por fuerza que dedicar a la supervivencia.

No sé si los dirigentes políticos están sabiendo entender hacia dónde se dirige este país y de cuánto hemos perdido en todas las áreas. Desconozco si comprenden a cabalidad la clase de desastre sobre el que estamos montados. Podría apostar que nadie en el gobierno tiene la medida exacta del colapso. Voy más allá, creo que a nadie en las estructuras del estado revolucionario le importa - ni siquiera un bledo - el inmenso portafolio de calamidades que padecemos. Uno no quiere verlos histéricos, pero al menos sí preocupados y ocupados por una crisis que ellos causaron. En contrario, se les ve cada día más gordos, síntoma de que ellos sí comen mucho y muy bien varías veces al día, mientras aumenta ostensiblemente la cantidad de venezolanos convertidos en esqueletos que respiran. Esos funcionarios obesos empero sufren de desnutrición del alma.

Alguien, cercano a sus amores, debería explicarles que no importa cuánto hayan destruido, siempre queda una reserva en la población que consigue salir de la anomia y se rebela. Y va más allá de su propia protesta. Consigue sentir y transmitir empatía y termina por esa vía conduciendo un proceso de cambio. En algunos casos ese proceso es violento, llevado por la rabia. Pero en otros no es así. Es más bien una rebelión suave pero extremadamente poderosa, signada por un irremediable hartazgo, un hastío que hace que todos los apoyos populares que alguna vez se tuvieron simplemente se conviertan en agua que correr entre los dedos de una mano abierta.

Esos rebeldes con causa a los que me refiere no son hombres y mujeres que en un momento crítico se montan en una tarima improvisada y dicen una cuántas palabras que conmueven las almas heridas. No se trata de un discurso fogoso ni de una consigna que poner en boca de millones. No es eso. Este gobierno no va a caer porque haya una gran protesta en las calles, o porque se produzca una paro comercial e industrial, o porque se llenen páginas y páginas de comunicados de grupos, gremios, iglesias, sindicatos, etc. De hecho, este gobierno no va caer. Simplemente va a desaparecer. Va a llegar el día en que todas las piezas, todos los mecanismos  del sistema nacional se van a trancar. Eso es un colapso de todo. Y en ese momento no va a valer ni gritos ni declaraciones. Porque el gobierno habrá llegado a la nada. Y de esa nada huirán como de la peste. Entenderán entonces, cuando ya sea muy tarde, que el poder es el peor enemigo que se puede tener. Y sentirán el dolor de la paliza del fracaso.

Y quedará entonces el país. A ese adolorido país habremos de dedicar hasta la última energía que tengamos.

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