La sangre y los espejismos – Tulio Hernández

publicado el 21/01/18 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Publicado en: El Nacional

Por: Tulio Hernández

1.

No condenemos sin retorno a quienes durante meses dudaron de las acciones de Oscar Pérez. Entre saber si eran contra el régimen o si, por el contrario, se trataba de otro autogol premeditado de los rojos para aumentar la confusión.

Pero tampoco celebremos a ciegas a quienes desde el mismo día cuando, a la manera de un vengador solitario, irrumpió en los cielos de Caracas, creyeron firmemente en el piloto libertario con la certeza de que se trataba de, ¡por fin!, alguien, un militar, que se arriesgaba.

Ambos grupos, y los intermedios –los que un día confiaban y otro no–, cada uno a su manera, tenían suficientes razones. O mejor, cada uno de ellos carecía de razones, de claves de orientación lo suficientemente sólidas, para sacar conclusiones medianamente fundamentadas.

Para los tres grupos –creyentes, descreídos e indecisos–, tomar partido era un acto de fe. No una inferencia fáctica. Vale igual. Porque no importa en lo que creas –en el voto, las armas o la protesta de calle– tú te despiertas todos los días y el dinosaurio sigue allí.

2.

Venezuela es hoy en día la capital mundial de la posverdad, el reino de las fake news, uno de los lugares donde mejor se han cumplido las distopías de Orwell. Hay que asumirlo. En un país con los medios capturados, sin información oficial creíble, atrapado como un atún aturdido en la intemperie de las redes sociales, no poder distinguir entre realidad y ficción, o entre verdad y mentira, no es una prueba de ignorancia o de maldad, de ser colaboracionista o un voluntarista suicida, es –así de simple– el gran logro de la ingeniería social chavista.

3.

Pero el acto criminal de violar un código de honor que se respeta incluso en las guerras más cruentas, el principio sagrado de que a quien se rinde se le respeta la vida, lo que ya conocemos como la Matanza de El Junquito marcará un antes y un después de la opinión pública frente al terrorismo de Estado imperante en Venezuela.

Si, como dicen los expertos, Oscar Pérez subestimó la capacidad criminal de los chavistas y se expuso en demasía; los asesinos, todo indica que guiados por el policía Bernal, subestimaron dos rasgos decisivos del piloto libertario: su valor temerario y su talento mediático.

Mejor que un juicio o una larga investigación, la transmisión en vivo vía redes sociales de su propósito de rendirse –lo que significa la transmisión en vivo de su condena y ejecución a muerte– se ha convertido en uno de los más impactante actos de contrainformación ocurridos en medio de la guerra que el chavismo ha desatado contra la población que lo adversa.

Los rojos, a través de un operativo militar convertido en macabra ópera bufa, destruyeron una célula de resistencia en su contra. Pero crearon un mito. Un mártir de masas. Una ideología de la inmolación como alternativa. Un pesar colectivo. Un modelo. Ahora la consigna ¡patria o muerte! se mudó de bando.

4.

Pero la masacre de Pérez y sus acompañantes, sin desconocer su sacrificio, requiere de otra lectura. La aparición en escena de estas nuevas formas de actuar, en grupo en buena medida solitarios y espontáneos, en apariencia sin vinculaciones a una estrategia militar de mediano y largo plazo, ni articulación con el trabajo que desde el inicio de este desgobierno desarrollan partidos políticos y organizaciones sociales diversas, son una consecuencia de la crisis de liderazgo existente del lado de la resistencia democrática.

Al contrario de lo que algunos creen, ha sido descomunal el valor y el sacrifico de miles de venezolanos en esta lucha. El de los centenares de jóvenes asesinados en protestas; el de los dirigentes políticos presos, torturados, apaleados o desterrados; y el de los ciudadanos comunes perseguidos y acosados.

Pero ya. No hay que estimular el espontaneísmo. No estamos ante un asunto de testículos grandes, estamos ante una necesidad de inteligencia estratégica unitaria. De superar la fase de inocencia y entrar en una visión articulada de las dos luchas, la pública y la clandestinidad defensiva. Y de poner en revisión los cuatro dogmas –el electoral, el golpista, el intervencionista extranjero y el insurreccional– para buscar un punto de encuentro eficiente que nos permita salir, juntos, de la tragedia. Nos duelen los mártires. Pero necesitamos vencedores.



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Por: Tulio Hernández

1.

No condenemos sin retorno a quienes durante meses dudaron de las acciones de Oscar Pérez. Entre saber si eran contra el régimen o si, por el contrario, se trataba de otro autogol premeditado de los rojos para aumentar la confusión.

Pero tampoco celebremos a ciegas a quienes desde el mismo día cuando, a la manera de un vengador solitario, irrumpió en los cielos de Caracas, creyeron firmemente en el piloto libertario con la certeza de que se trataba de, ¡por fin!, alguien, un militar, que se arriesgaba.

Ambos grupos, y los intermedios –los que un día confiaban y otro no–, cada uno a su manera, tenían suficientes razones. O mejor, cada uno de ellos carecía de razones, de claves de orientación lo suficientemente sólidas, para sacar conclusiones medianamente fundamentadas.

Para los tres grupos –creyentes, descreídos e indecisos–, tomar partido era un acto de fe. No una inferencia fáctica. Vale igual. Porque no importa en lo que creas –en el voto, las armas o la protesta de calle– tú te despiertas todos los días y el dinosaurio sigue allí.

2.

Venezuela es hoy en día la capital mundial de la posverdad, el reino de las fake news, uno de los lugares donde mejor se han cumplido las distopías de Orwell. Hay que asumirlo. En un país con los medios capturados, sin información oficial creíble, atrapado como un atún aturdido en la intemperie de las redes sociales, no poder distinguir entre realidad y ficción, o entre verdad y mentira, no es una prueba de ignorancia o de maldad, de ser colaboracionista o un voluntarista suicida, es –así de simple– el gran logro de la ingeniería social chavista.

3.

Pero el acto criminal de violar un código de honor que se respeta incluso en las guerras más cruentas, el principio sagrado de que a quien se rinde se le respeta la vida, lo que ya conocemos como la Matanza de El Junquito marcará un antes y un después de la opinión pública frente al terrorismo de Estado imperante en Venezuela.

Si, como dicen los expertos, Oscar Pérez subestimó la capacidad criminal de los chavistas y se expuso en demasía; los asesinos, todo indica que guiados por el policía Bernal, subestimaron dos rasgos decisivos del piloto libertario: su valor temerario y su talento mediático.

Mejor que un juicio o una larga investigación, la transmisión en vivo vía redes sociales de su propósito de rendirse –lo que significa la transmisión en vivo de su condena y ejecución a muerte– se ha convertido en uno de los más impactante actos de contrainformación ocurridos en medio de la guerra que el chavismo ha desatado contra la población que lo adversa.

Los rojos, a través de un operativo militar convertido en macabra ópera bufa, destruyeron una célula de resistencia en su contra. Pero crearon un mito. Un mártir de masas. Una ideología de la inmolación como alternativa. Un pesar colectivo. Un modelo. Ahora la consigna ¡patria o muerte! se mudó de bando.

4.

Pero la masacre de Pérez y sus acompañantes, sin desconocer su sacrificio, requiere de otra lectura. La aparición en escena de estas nuevas formas de actuar, en grupo en buena medida solitarios y espontáneos, en apariencia sin vinculaciones a una estrategia militar de mediano y largo plazo, ni articulación con el trabajo que desde el inicio de este desgobierno desarrollan partidos políticos y organizaciones sociales diversas, son una consecuencia de la crisis de liderazgo existente del lado de la resistencia democrática.

Al contrario de lo que algunos creen, ha sido descomunal el valor y el sacrifico de miles de venezolanos en esta lucha. El de los centenares de jóvenes asesinados en protestas; el de los dirigentes políticos presos, torturados, apaleados o desterrados; y el de los ciudadanos comunes perseguidos y acosados.

Pero ya. No hay que estimular el espontaneísmo. No estamos ante un asunto de testículos grandes, estamos ante una necesidad de inteligencia estratégica unitaria. De superar la fase de inocencia y entrar en una visión articulada de las dos luchas, la pública y la clandestinidad defensiva. Y de poner en revisión los cuatro dogmas –el electoral, el golpista, el intervencionista extranjero y el insurreccional– para buscar un punto de encuentro eficiente que nos permita salir, juntos, de la tragedia. Nos duelen los mártires. Pero necesitamos vencedores.

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