La universidad asediada – José Rafael Herrera

publicado el 7/07/18 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , , , , , , , , , , ,

Publicado en: El Nacional

Por: José Rafael Herrera

Todos pueden pasar por la universidad, sin duda. Pero eso de ningún modo garantiza que la universidad pueda pasar por todos. Son los riesgos de la autonomía. La universidad autónoma ofrece generosamente sus mejores esfuerzos institucionales y materiales, intelectuales y morales, y se dispone a formar, más que profesionales, ciudadanos para la autonomía, es decir, hombres y mujeres de bien, convencida como aún lo está de que su función esencial no consiste –y no puede consistir– en transformar a quienes asisten a sus aulas de seres racionales en bestias salvajes o, peor aún, en autómatas. La universidad no produce ni salchichas ni churros. Las cadenas de montaje, la producción en serie, no es –y no puede ser– parte de la dinámica, del espíritu, de las universidades. Todo lo contrario, su sacerdocio consiste en el cultivo de la civilidad y, por eso mismo, en el desarrollo pleno del cuerpo y la mente para que sus estudiantes puedan hacer libremente uso de la razón. La condición de gente no nace, se hace. Tampoco la gente nace libre, se hace libre en virtud del saber. La libertad es la conciencia de la necesidad. La madurez es el resultado de la formación, una y múltiple, universal, que las universidades autónomas ofrendan a las naciones libres.

Hay quienes pasan por la universidad, pero la universidad no pasa por ellos. Son los heterónomos, esos que, en su momento, entendieron la autonomía universitaria como un “poder hacer lo que se me dé la gana”: quemar obras de arte, destruir el patrimonio de la humanidad, pasearse por los corredores del recinto con armas de guerra, quemar transportes, destruir oficinas, cerrar a placer las puertas de acceso, secuestrar, vejar y humillar a las autoridades o al profesorado, en fin, poner de continuo la vida de la comunidad universitaria en peligro. Pero la Academia siempre los derrotó y siempre los derrotará, con la más clara convicción, con su firme y decidida conciencia de la necesidad, sin tener que recurrir a sus –tan anheladas por ellos– escenas de cruenta barbarie. La universidad se cuida, se preserva a sí misma, incluso a pesar del hecho de haberle dado cabida en su seno a sus peores detractores. No pocas veces el espíritu de solidaridad y de compasión se confunden con debilidad. No por no ser violenta la universidad es débil. Aun bajo las actuales circunstancias, en las que el asedio ha resultado ser extremo y brutal, a pesar de todo el odio –esa pasión tan triste– que se traduce en una política sistemática que tiene como objetivo principal doblar las piernas a la universidad autónoma, ella resiste, convencida de que ningún gorila, por más estrellas que pueda lucir en el firmamento de su grotesco dorso, puede dar cuenta del significado real y efectivo, de la indescriptible importancia, que tiene para el progreso de una nación la meritocracia. Fue Marx, y no cualquier bufón repetidor de frases cuyo contenido desconocen de plano, quien afirmó que “a cada quien según sus necesidades, pero a cada cual según sus capacidades”. De capacidades poco entienden los asnos, según Buridán.

La ignorancia trae consigo el resentimiento, el odio y el infinitamente infeliz deseo de venganza, apunta Spinoza. Y Platón es explícito al establecer la diferencia esencial entre el conocimiento y la ignorancia: “Los ignorantes no son dados al aprendizaje ni aspiran a la sabiduría; precisamente por eso la ignorancia es tan terrible, porque quien no es ni noble ni sabio cree saberlo todo; y, naturalmente, quien no advierte sus fallas no puede aspirar tener aquello de lo cual no cree tener necesidad”. ¿Cómo calificar a quien, víctima de su propia heteronomía, considera las virtudes del mérito como una abominación y a la ciega obediencia como un acto del más puro y noble patriotismo? He ahí, en pocas palabras, el modelo platónico, hiperuránico, de todo posible gorila, desde King Kong hasta Chita, el traspaso de todos los límites posibles de la “batalla final”, no se sabe bien si del foro paulista o del planeta de los simios.

Un profesor universitario no es ni un “trabajador universitario”, como lo define el lumpanato sindicalista, ni un “docente”, como lo figura y define la enajenada burocracia. No es un “trabajador”, si por “trabajador” se entiende –a la manera de Fernando Mires– que cumple con una función más, entre tantas, dentro de la vida universitaria: está el –o la– oficinista, el –o la– electricista, el administrador o la administradora, el jardinero o la jardinera, el obrero y la obrera, el empleado y la empleada y, además, están los profesores y las profesoras. De modo que, entre una profesión y otra, “todos somos la misma cosa”, o sea, “trabajadores universitarios”. Sepa bien el atrevimiento del igualitarismo que para conquistar la titularidad dentro del escalafón universitario, hace falta una maestría y la aprobación de un concurso de oposición frente a un jurado examinador, no solo de sus credenciales sino, sobre todo, de sus conocimientos y destrezas, a los cuales seguirán cinco trabajos de investigación y un doctorado, que deberán ser presentados, expuestos y aprobados. Trabajos originales, aportes científicos, en beneficio de la resolución de los problemas fundamentales de la sociedad. Pero, además, un profesor universitario no es tan solo un docente que se limita a reproducir conocimientos de programas prefabricados y anacrónicos. Es, además, un investigador y un extensor. No los reproduce, produce conocimientos. Y es que son esas, justamente, sus funciones: la docencia, la investigación y la extensión. Por su esfuerzo, por sus méritos, por su dedicación continua al estudio en la búsqueda de respuestas que se traducen en mejoras sustanciales de la calidad de vida, un profesor universitario recibe, en cualquier parte del mundo, el mayor reconocimiento y una justa y digna remuneración salarial, dado su papel estratégico para el progreso entero de la sociedad. En la Venezuela secuestrada por parte de los carteles de “la barbarie ritornata” apenas recibe cuatro dólares mensuales.

Con un deterioro de su planta física nunca visto, sin luz, sin los equipos mínimos requeridos, víctima de la mayor inseguridad, la universidad autónoma venezolana está siendo estrangulada. Y ese es el propósito: asesinar la inteligencia, incendiar el fértil suelo del porvenir del país. Quieren hacerla morder el polvo, por temor a la libertad. Pero será difícil, mientras una gota de dignidad siga recorriendo por sus venas.



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Por: José Rafael Herrera

Todos pueden pasar por la universidad, sin duda. Pero eso de ningún modo garantiza que la universidad pueda pasar por todos. Son los riesgos de la autonomía. La universidad autónoma ofrece generosamente sus mejores esfuerzos institucionales y materiales, intelectuales y morales, y se dispone a formar, más que profesionales, ciudadanos para la autonomía, es decir, hombres y mujeres de bien, convencida como aún lo está de que su función esencial no consiste –y no puede consistir– en transformar a quienes asisten a sus aulas de seres racionales en bestias salvajes o, peor aún, en autómatas. La universidad no produce ni salchichas ni churros. Las cadenas de montaje, la producción en serie, no es –y no puede ser– parte de la dinámica, del espíritu, de las universidades. Todo lo contrario, su sacerdocio consiste en el cultivo de la civilidad y, por eso mismo, en el desarrollo pleno del cuerpo y la mente para que sus estudiantes puedan hacer libremente uso de la razón. La condición de gente no nace, se hace. Tampoco la gente nace libre, se hace libre en virtud del saber. La libertad es la conciencia de la necesidad. La madurez es el resultado de la formación, una y múltiple, universal, que las universidades autónomas ofrendan a las naciones libres.

Hay quienes pasan por la universidad, pero la universidad no pasa por ellos. Son los heterónomos, esos que, en su momento, entendieron la autonomía universitaria como un “poder hacer lo que se me dé la gana”: quemar obras de arte, destruir el patrimonio de la humanidad, pasearse por los corredores del recinto con armas de guerra, quemar transportes, destruir oficinas, cerrar a placer las puertas de acceso, secuestrar, vejar y humillar a las autoridades o al profesorado, en fin, poner de continuo la vida de la comunidad universitaria en peligro. Pero la Academia siempre los derrotó y siempre los derrotará, con la más clara convicción, con su firme y decidida conciencia de la necesidad, sin tener que recurrir a sus –tan anheladas por ellos– escenas de cruenta barbarie. La universidad se cuida, se preserva a sí misma, incluso a pesar del hecho de haberle dado cabida en su seno a sus peores detractores. No pocas veces el espíritu de solidaridad y de compasión se confunden con debilidad. No por no ser violenta la universidad es débil. Aun bajo las actuales circunstancias, en las que el asedio ha resultado ser extremo y brutal, a pesar de todo el odio –esa pasión tan triste– que se traduce en una política sistemática que tiene como objetivo principal doblar las piernas a la universidad autónoma, ella resiste, convencida de que ningún gorila, por más estrellas que pueda lucir en el firmamento de su grotesco dorso, puede dar cuenta del significado real y efectivo, de la indescriptible importancia, que tiene para el progreso de una nación la meritocracia. Fue Marx, y no cualquier bufón repetidor de frases cuyo contenido desconocen de plano, quien afirmó que “a cada quien según sus necesidades, pero a cada cual según sus capacidades”. De capacidades poco entienden los asnos, según Buridán.

La ignorancia trae consigo el resentimiento, el odio y el infinitamente infeliz deseo de venganza, apunta Spinoza. Y Platón es explícito al establecer la diferencia esencial entre el conocimiento y la ignorancia: “Los ignorantes no son dados al aprendizaje ni aspiran a la sabiduría; precisamente por eso la ignorancia es tan terrible, porque quien no es ni noble ni sabio cree saberlo todo; y, naturalmente, quien no advierte sus fallas no puede aspirar tener aquello de lo cual no cree tener necesidad”. ¿Cómo calificar a quien, víctima de su propia heteronomía, considera las virtudes del mérito como una abominación y a la ciega obediencia como un acto del más puro y noble patriotismo? He ahí, en pocas palabras, el modelo platónico, hiperuránico, de todo posible gorila, desde King Kong hasta Chita, el traspaso de todos los límites posibles de la “batalla final”, no se sabe bien si del foro paulista o del planeta de los simios.

Un profesor universitario no es ni un “trabajador universitario”, como lo define el lumpanato sindicalista, ni un “docente”, como lo figura y define la enajenada burocracia. No es un “trabajador”, si por “trabajador” se entiende –a la manera de Fernando Mires– que cumple con una función más, entre tantas, dentro de la vida universitaria: está el –o la– oficinista, el –o la– electricista, el administrador o la administradora, el jardinero o la jardinera, el obrero y la obrera, el empleado y la empleada y, además, están los profesores y las profesoras. De modo que, entre una profesión y otra, “todos somos la misma cosa”, o sea, “trabajadores universitarios”. Sepa bien el atrevimiento del igualitarismo que para conquistar la titularidad dentro del escalafón universitario, hace falta una maestría y la aprobación de un concurso de oposición frente a un jurado examinador, no solo de sus credenciales sino, sobre todo, de sus conocimientos y destrezas, a los cuales seguirán cinco trabajos de investigación y un doctorado, que deberán ser presentados, expuestos y aprobados. Trabajos originales, aportes científicos, en beneficio de la resolución de los problemas fundamentales de la sociedad. Pero, además, un profesor universitario no es tan solo un docente que se limita a reproducir conocimientos de programas prefabricados y anacrónicos. Es, además, un investigador y un extensor. No los reproduce, produce conocimientos. Y es que son esas, justamente, sus funciones: la docencia, la investigación y la extensión. Por su esfuerzo, por sus méritos, por su dedicación continua al estudio en la búsqueda de respuestas que se traducen en mejoras sustanciales de la calidad de vida, un profesor universitario recibe, en cualquier parte del mundo, el mayor reconocimiento y una justa y digna remuneración salarial, dado su papel estratégico para el progreso entero de la sociedad. En la Venezuela secuestrada por parte de los carteles de “la barbarie ritornata” apenas recibe cuatro dólares mensuales.

Con un deterioro de su planta física nunca visto, sin luz, sin los equipos mínimos requeridos, víctima de la mayor inseguridad, la universidad autónoma venezolana está siendo estrangulada. Y ese es el propósito: asesinar la inteligencia, incendiar el fértil suelo del porvenir del país. Quieren hacerla morder el polvo, por temor a la libertad. Pero será difícil, mientras una gota de dignidad siga recorriendo por sus venas.

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One Response to “La universidad asediada – José Rafael Herrera”


.José Antonio Romàn
7 julio, 2018 Responder

Excelente te artículo Lo felicito

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