“No negociamos con delincuentes” – Ismael Pérez Vigil

publicado el 26/05/19 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos

Publicado en: Blog personal

Por: Ismael Pérez Vigil

Ismael Pérez Vigil

El régimen desarrolla sus armas clásicas y favoritas, las que siempre ha utilizado con maestría: la fuerza para intimidar y la mentira para dividir. Mientras en la oposición nos consumimos entre el desánimo y las pugnas internas. Quizás el problema es que ni los políticos, ni los analistas, hablamos de este tema con suficiente claridad y damos cosas por sabidas; así que vamos a describir cual es la naturaleza del poder de cada una de las partes de esta ecuación: la dictadura y el país que quiere un sistema democrático de vida.

En la oposición nadie se cuestiona que este es un régimen autoritario y despótico, dictatorial; y, sobre todo, un pésimo gobierno, que ha destruido las instituciones y la economía del país, que no tiene legitimidad de origen ni de desempeño, que es rechazado por el 80% de la población y la inmensa mayoría de la comunidad internacional y no perderé el tiempo en descripciones de realidades que están a la vista. Pero su permanencia en el poder no depende ni de nuestros deseos, ni de la razón, ni de la lógica, sino estrictamente de la fuerza, la represión, y las armas.

La dictadura tiene una fachada civil, una máscara, pero la dictadura es la FFAA, y con ella controlan la Guardia Nacional, el SEBIN, FAES, la milicia, todas las policías locales y regionales del país, los colectivos y paramilitares que han armado, y una buena cantidad de los llamados “pranes”, hampones o delincuentes comunes, que son liberados de su encierro en las cárceles cuando les conviene, para atacar a la población. Cuentan además con un contingente, en número desconocido, pero peligroso, de narcotraficantes e irregulares de grupos guerrilleros –ELN, FARC y otros– provenientes de Colombia. Cuentan también con todo el sistema judicial del país, para condenar a sus “enemigos” sin fórmula de juicio y llevarlos a las cárceles de las cuales disponen a voluntad.

Ese entramado de violencia, represión y fuerza, del cual tienen el monopolio absoluto es lo que les asegura su estancia en el poder, el cual no dejan para continuar protegidos bajo el amparo del estado y con los fabulosos negocios y la corrupción con la que se han enriquecido groseramente.

A esa fuerza física de la dictadura, la lógica elemental dice que habría que oponerle una fuerza igual; pero, ¿Dónde está esa fuerza del lado de la oposición? Internamente, ni el 23 F ni el 30A apareció o se evidenció por ninguna parte; e internacionalmente, tanto los EEUU, como la UE, como Brasil y Colombia han dicho claramente y de varias maneras que no están dispuestos a intervenir militarmente en Venezuela o a realizar una “operación quirúrgica” que acabe, militarmente, con la tiranía.

Ahora, si no es con una fuerza militar ¿Con qué contamos en la oposición para oponernos a la dictadura? Aparte de tener la razón y mucha voluntad, que –al parecer por los 20 años transcurridos– no sirve de mucho frente a una dictadura tiránica y sin escrúpulos, en la oposición solo contamos, comprobadamente, con un contingente, numeroso, generoso, de ciudadanos, inermes, de millones de personas, muchas de la tercera edad y adultos mayores, aunque abnegados participantes en marchas y actividades, solo están armados con banderitas y protegidos con pañuelos empapados en bicarbonato. Contamos también con miles de jóvenes, algunos de ellos “protegidos” con franelas, escudos de cartón piedra y máscaras antigases, elaboradas con botellas plásticas.

No pareciera que todo este “contingente” con el que contamos en la oposición, sea apropiado y suficiente para enfrentarse a toda la fuerza física de la dictadura. Lo hemos visto hasta la saciedad, en los cientos de muertos, heridos y detenidos que hemos dejado en las calles y en las cárceles durante los últimos años.

Esta es la realidad cruda y dura. No tenemos otra. No cuenta la oposición con la fuerza interna suficiente o con el apoyo internacional que le permita doblegar al régimen y obligarlo a renunciar, a ceder el paso a una alternativa democrática, así, sin más. Pero la dictadura, a pesar de su fuerza física, tampoco “controla” completamente el país; hay fisuras importantes, reconocibles, que lo obligan a ceder; no puede simplemente hacer lo que desea y acabar de un plumazo, como desearía, con la oposición.

Contamos también con el apoyo de la comunidad internacional. Más de 50 países han reconocido a Juan Guaido como presidente, desconocido al gobierno usurpador y están dispuestos –y lo están haciendo– a tomar sanciones de carácter personal y diplomático. Aunque no se trate de tropas para liberar a Venezuela, este apoyo de la comunidad internacional no es despreciable, pues ha logrado que el régimen tiránico, a pesar de todo su poder físico, de fuego, de represión, se vea obligado a sentarse, en al menos, dos mesas de negociación –con el Grupo Internacional de Contacto de la UE y en Noruega– y enfrentar allí a una oposición que no cuenta con las armas ni los recursos de fuerza física que ellos tienen.

Frente a esta innegable realidad, ¿Qué hacemos? ¿Rechazamos cualquier oportunidad de negociación, por apegarnos a “principios” como el de “no dialogar con delincuentes”? ¿O tratamos de forzar la barra, con contundente y persistente movilización ciudadana y apoyo de la comunidad internacional, a un punto en el cual nos sirva de algo ese 80% del país con el que contamos? Seamos racionales y realistas, no contamos con la “misma clase de fuerza” que tiene la dictadura para enfrentarnos a ella, pero lo hemos venido haciendo cívicamente durante 20 años, frustrando sus planes hegemónicos y totalitarios; tenemos que seguir buscando alternativas, porque lo otro es rendirnos, quedarnos en nuestras casas sobreviviendo y muriendo de mengua o tratar de escapar del país, ¿Llego la hora de rendirnos, de entregar, de dejar de luchar?, ¿O de seguir hasta vencer, ahora que la dictadura está cercada como nunca antes? 

Lea también: ¡Acabemos con Guaidó!“, de Ismael Pérez Vigil



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Publicado en: Blog personal

Por: Ismael Pérez Vigil

Ismael Pérez Vigil

El régimen desarrolla sus armas clásicas y favoritas, las que siempre ha utilizado con maestría: la fuerza para intimidar y la mentira para dividir. Mientras en la oposición nos consumimos entre el desánimo y las pugnas internas. Quizás el problema es que ni los políticos, ni los analistas, hablamos de este tema con suficiente claridad y damos cosas por sabidas; así que vamos a describir cual es la naturaleza del poder de cada una de las partes de esta ecuación: la dictadura y el país que quiere un sistema democrático de vida.

En la oposición nadie se cuestiona que este es un régimen autoritario y despótico, dictatorial; y, sobre todo, un pésimo gobierno, que ha destruido las instituciones y la economía del país, que no tiene legitimidad de origen ni de desempeño, que es rechazado por el 80% de la población y la inmensa mayoría de la comunidad internacional y no perderé el tiempo en descripciones de realidades que están a la vista. Pero su permanencia en el poder no depende ni de nuestros deseos, ni de la razón, ni de la lógica, sino estrictamente de la fuerza, la represión, y las armas.

La dictadura tiene una fachada civil, una máscara, pero la dictadura es la FFAA, y con ella controlan la Guardia Nacional, el SEBIN, FAES, la milicia, todas las policías locales y regionales del país, los colectivos y paramilitares que han armado, y una buena cantidad de los llamados “pranes”, hampones o delincuentes comunes, que son liberados de su encierro en las cárceles cuando les conviene, para atacar a la población. Cuentan además con un contingente, en número desconocido, pero peligroso, de narcotraficantes e irregulares de grupos guerrilleros –ELN, FARC y otros– provenientes de Colombia. Cuentan también con todo el sistema judicial del país, para condenar a sus “enemigos” sin fórmula de juicio y llevarlos a las cárceles de las cuales disponen a voluntad.

Ese entramado de violencia, represión y fuerza, del cual tienen el monopolio absoluto es lo que les asegura su estancia en el poder, el cual no dejan para continuar protegidos bajo el amparo del estado y con los fabulosos negocios y la corrupción con la que se han enriquecido groseramente.

A esa fuerza física de la dictadura, la lógica elemental dice que habría que oponerle una fuerza igual; pero, ¿Dónde está esa fuerza del lado de la oposición? Internamente, ni el 23 F ni el 30A apareció o se evidenció por ninguna parte; e internacionalmente, tanto los EEUU, como la UE, como Brasil y Colombia han dicho claramente y de varias maneras que no están dispuestos a intervenir militarmente en Venezuela o a realizar una “operación quirúrgica” que acabe, militarmente, con la tiranía.

Ahora, si no es con una fuerza militar ¿Con qué contamos en la oposición para oponernos a la dictadura? Aparte de tener la razón y mucha voluntad, que –al parecer por los 20 años transcurridos– no sirve de mucho frente a una dictadura tiránica y sin escrúpulos, en la oposición solo contamos, comprobadamente, con un contingente, numeroso, generoso, de ciudadanos, inermes, de millones de personas, muchas de la tercera edad y adultos mayores, aunque abnegados participantes en marchas y actividades, solo están armados con banderitas y protegidos con pañuelos empapados en bicarbonato. Contamos también con miles de jóvenes, algunos de ellos “protegidos” con franelas, escudos de cartón piedra y máscaras antigases, elaboradas con botellas plásticas.

No pareciera que todo este “contingente” con el que contamos en la oposición, sea apropiado y suficiente para enfrentarse a toda la fuerza física de la dictadura. Lo hemos visto hasta la saciedad, en los cientos de muertos, heridos y detenidos que hemos dejado en las calles y en las cárceles durante los últimos años.

Esta es la realidad cruda y dura. No tenemos otra. No cuenta la oposición con la fuerza interna suficiente o con el apoyo internacional que le permita doblegar al régimen y obligarlo a renunciar, a ceder el paso a una alternativa democrática, así, sin más. Pero la dictadura, a pesar de su fuerza física, tampoco “controla” completamente el país; hay fisuras importantes, reconocibles, que lo obligan a ceder; no puede simplemente hacer lo que desea y acabar de un plumazo, como desearía, con la oposición.

Contamos también con el apoyo de la comunidad internacional. Más de 50 países han reconocido a Juan Guaido como presidente, desconocido al gobierno usurpador y están dispuestos –y lo están haciendo– a tomar sanciones de carácter personal y diplomático. Aunque no se trate de tropas para liberar a Venezuela, este apoyo de la comunidad internacional no es despreciable, pues ha logrado que el régimen tiránico, a pesar de todo su poder físico, de fuego, de represión, se vea obligado a sentarse, en al menos, dos mesas de negociación –con el Grupo Internacional de Contacto de la UE y en Noruega– y enfrentar allí a una oposición que no cuenta con las armas ni los recursos de fuerza física que ellos tienen.

Frente a esta innegable realidad, ¿Qué hacemos? ¿Rechazamos cualquier oportunidad de negociación, por apegarnos a “principios” como el de “no dialogar con delincuentes”? ¿O tratamos de forzar la barra, con contundente y persistente movilización ciudadana y apoyo de la comunidad internacional, a un punto en el cual nos sirva de algo ese 80% del país con el que contamos? Seamos racionales y realistas, no contamos con la “misma clase de fuerza” que tiene la dictadura para enfrentarnos a ella, pero lo hemos venido haciendo cívicamente durante 20 años, frustrando sus planes hegemónicos y totalitarios; tenemos que seguir buscando alternativas, porque lo otro es rendirnos, quedarnos en nuestras casas sobreviviendo y muriendo de mengua o tratar de escapar del país, ¿Llego la hora de rendirnos, de entregar, de dejar de luchar?, ¿O de seguir hasta vencer, ahora que la dictadura está cercada como nunca antes? 

Lea también: "¡Acabemos con Guaidó!", de Ismael Pérez Vigil

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