Otra de Gómez – Laureano Márquez

publicado el 11/08/18 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , , , , , , , , , , , , , ,

Publicado en: Tal Cual

Por: Laureano Márquez

Otra de Gómez - Laureano Márquez

Llevo como dos días dándole vueltas en la cabeza: ¿de qué hablar esta semana? No se me viene nada a la cabeza. Y -sin saber bien por qué- viene a cuento una historia de los tiempos del dictador Juan Vicente Gómez, otra vez. Demás está decir, que en aquella remotísima época, no se permitía la más mínima crítica.

Durante su mandato, su hermano Juan Crisóstomo Gómez, conocido popularmente como “Juancho” (Vice Presidente de la República), fue asesinado en el Palacio de Miraflores. El presidente Gómez acusó a la oposición en el exilio de ser la autora intelectual del crimen. Se acusó a gente que vivía fuera de Venezuela y también dentro del país. Adversar a Gómez ya te hacía cómplice. Todo el mundo era sospechoso. En Caracas hubo detenciones, entre ellas -insólitamente- la de dos pacíficos humoristas  de reconocido renombre: Leoncio Martínez (Leo) y Francisco Pimentel (Job Pim). Por alguna razón el gobierno los vinculó al hecho, sin pruebas -obviamente-, una dictadura solo tiene que aprobar, nunca probar.

Otra de Gómez - Laureano Márquez

Leo fue liberado al poco tiempo, pero Pimentel pasó en esta oportunidad tres años en La Rotunda (una cárcel de forma helicoidal que quedaba en lo que es hoy la Plaza de la Concordia), de los nueve que en total pasó en prisión en medio de los peores tratos y torturas. Cuenta una anécdota que al salir de la cárcel, que luego de caminar varias cuadras rumbo a su residencia, Pimentel se regresó a La Rotunda y preguntó al carcelero el motivo de su larga detención, porque seguramente en su casa la familia se lo iba a preguntar y él tenía que volver con una convincente explicación. En esos tiempos, como en otros más cercanos, manifestar desacuerdo o cualquier crítica por más tímida que fuese podía costar muy caro. Cualquiera podía convertirse en “chivo explicatorio”.

Nunca terminaron  de aclararse bien las motivaciones del crimen. Como suele suceder en Venezuela bajo regímenes de naturaleza dictatorial, nada se aclara y ninguna investigación llega a feliz término. El pueblo no dio crédito a la versión oficial y se corrió la conseja de que el asesinato de Juancho era un tema relacionado con la sucesión dinástica.

Se dijo entonces que el autor intelectual había sido José Vicente (Gómez Bello), hijo del dictador, que parece que aspiraba a suceder al padre. Las dictaduras suelen ser así: padre, hijo, hermano, una tía abuela, en fin.  Cierto o no, el primer hijo fue relevado de su cargo en el Ejército y luego enviado a Suiza “castigado” como agregado militar. Allí falleció sin poder regresar, cinco años antes que su padre, él que aspiraba a sucederle sin imaginar que algo tan repentino podría sucederle a él.

Cerramos esta reflexión sobre los tiempos de Gómez con otra anécdota de Pimentel, durante su reclusión en La Rotunda, que tampoco sé por qué viene a cuento:

Parece que ingresó a dicha cárcel un sujeto del interior de la República, el cual tenía toda la apariencia de ser un general.

Alguien dijo:
– ¡Como que es un general el preso!
A lo que replicó el alcaide con voz fañosa:
– Aquí no hay más general que Gómez.
A lo que el humorista respondió:

– ¡Y el hambre, que también es general!



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Por: Laureano Márquez

Otra de Gómez - Laureano Márquez

Llevo como dos días dándole vueltas en la cabeza: ¿de qué hablar esta semana? No se me viene nada a la cabeza. Y -sin saber bien por qué- viene a cuento una historia de los tiempos del dictador Juan Vicente Gómez, otra vez. Demás está decir, que en aquella remotísima época, no se permitía la más mínima crítica.

Durante su mandato, su hermano Juan Crisóstomo Gómez, conocido popularmente como “Juancho” (Vice Presidente de la República), fue asesinado en el Palacio de Miraflores. El presidente Gómez acusó a la oposición en el exilio de ser la autora intelectual del crimen. Se acusó a gente que vivía fuera de Venezuela y también dentro del país. Adversar a Gómez ya te hacía cómplice. Todo el mundo era sospechoso. En Caracas hubo detenciones, entre ellas -insólitamente- la de dos pacíficos humoristas  de reconocido renombre: Leoncio Martínez (Leo) y Francisco Pimentel (Job Pim). Por alguna razón el gobierno los vinculó al hecho, sin pruebas -obviamente-, una dictadura solo tiene que aprobar, nunca probar.

Otra de Gómez - Laureano Márquez

Leo fue liberado al poco tiempo, pero Pimentel pasó en esta oportunidad tres años en La Rotunda (una cárcel de forma helicoidal que quedaba en lo que es hoy la Plaza de la Concordia), de los nueve que en total pasó en prisión en medio de los peores tratos y torturas. Cuenta una anécdota que al salir de la cárcel, que luego de caminar varias cuadras rumbo a su residencia, Pimentel se regresó a La Rotunda y preguntó al carcelero el motivo de su larga detención, porque seguramente en su casa la familia se lo iba a preguntar y él tenía que volver con una convincente explicación. En esos tiempos, como en otros más cercanos, manifestar desacuerdo o cualquier crítica por más tímida que fuese podía costar muy caro. Cualquiera podía convertirse en “chivo explicatorio”.

Nunca terminaron  de aclararse bien las motivaciones del crimen. Como suele suceder en Venezuela bajo regímenes de naturaleza dictatorial, nada se aclara y ninguna investigación llega a feliz término. El pueblo no dio crédito a la versión oficial y se corrió la conseja de que el asesinato de Juancho era un tema relacionado con la sucesión dinástica.

Se dijo entonces que el autor intelectual había sido José Vicente (Gómez Bello), hijo del dictador, que parece que aspiraba a suceder al padre. Las dictaduras suelen ser así: padre, hijo, hermano, una tía abuela, en fin.  Cierto o no, el primer hijo fue relevado de su cargo en el Ejército y luego enviado a Suiza “castigado” como agregado militar. Allí falleció sin poder regresar, cinco años antes que su padre, él que aspiraba a sucederle sin imaginar que algo tan repentino podría sucederle a él.

Cerramos esta reflexión sobre los tiempos de Gómez con otra anécdota de Pimentel, durante su reclusión en La Rotunda, que tampoco sé por qué viene a cuento:

Parece que ingresó a dicha cárcel un sujeto del interior de la República, el cual tenía toda la apariencia de ser un general.

Alguien dijo:
– ¡Como que es un general el preso!
A lo que replicó el alcaide con voz fañosa:
– Aquí no hay más general que Gómez.
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– ¡Y el hambre, que también es general!

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