Pro patria libera pugna – Elías Pino Iturrieta

publicado el 3/09/18 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , , , , , , , , ,

Publicado en: El Nacional

Por: Elías Pino Iturrieta

Pro patria libera pugna - Elías Pino Iturrieta

Las ideas que ahora se presentan son tomadas de un escrito de Trajano Boccalini, autor del siglo XVII italiano a quien importaba el tema del patriotismo y la soberanía nacional que gastó mucha tinta en su  tiempo. El filósofo argentino Andrés Rósler lo maneja como posibilidad de entendimiento de un punto capital para el republicanismo de nuestros días, si olvidamos sus minucias para captar lo esencial: la patria y el ejercicio de la libertad. Veamos si tiene sentido frente a nuestros problemas de aquí y de hoy.

Marco Catón, encarnación del republicanismo romano, escribió el díptico pro patria pugna (pelea por la patria), lo puso en letras de oro y lo colocó en la entrada de su casa ubicada en el Parnaso. Pero no quedó satisfecho y quiso hacerlo más redondo. Cambió la inscripción por pro patria libera pugna (pelea por la patria libre) y la puso en el mismo sitio, mientras los vecinos curioseaban. Hizo ostentación de la variación de las palabras sin pensar que pudieran provocar reacciones  públicas, o tal vez queriendo que las provocara.

De inmediato llegó el conflicto, porque los príncipes y los habitantes más acomodados del Parnaso sintieron que se trataba de una provocación capaz de alterar el orden. Se dirigieron a Zeus, porque sospechaban de las torvas intenciones de Marco Catón. ¿El cambio de las letras no formaba parte de un proyecto inconfesable? ¿No había gato encerrado? ¿No buscaba el hasta entonces tranquilo vecino,  desde un  afán sedicioso que ocultaba,  ganarse la voluntad del pueblo para tomar el poder y gobernar como tirano? Estaba planteando, concluían los denunciantes, “una libertad impertinente”.

Marco Catón aclaró ante Zeus que solo quiso dar mayor vigor a las palabras, pero también afirmó que no le preocupaban los temores de los vecinos, gente sin aprecio por el prójimo. Sin el adjetivo libera, agregó el ciudadano, la gente podía sentir la obligación de dar la vida por su país sin considerar el tipo de gobierno que lo regía, como si las nociones de patria y libertad estuviesen  vinculadas en forma permanente e invariable. Pero el padre de los dioses respondió insatisfecho: los  príncipes, especialmente los buenos, tienen el poder de mandar a sus súbditos a luchar por el stato del principe,  como si pugnaran  ellos por las más valiosas de  sus propiedades y por sus seres queridos.

Justo por la respuesta que esperaba de Apolo, escribe Boccalini, Marco Catón cambió el díptico y provocó la alarma: no hay que confundir patria con país. El país es cualquier comunidad en la que nacemos o vivimos, pero por cuya buena marcha  no es obligatorio ni provechoso luchar. Para profundizar el punto, para darle actualidad, Rósler acude al siguiente texto de Rousseau, tomado de Sobre la economía política: “La patria no puede subsistir sin la libertad, ni la libertad sin la virtud, ni la virtud sin los ciudadanos. Ustedes tendrán todo si forman ciudadanos; sin eso ustedes no serán sino malos esclavos, comenzando por los jefes de Estado”.

O, como afirma Cicerón en Sobre las leyes: “Es indispensable cumplir con el amor por una patria, que es la que tiene el nombre de república y abarca a la totalidad de los ciudadanos, por la cual debemos morir y a la cual nos debemos dedicar todos y a cuya disposición debemos poner todas nuestras cosas como si debiéramos consagrarnos a ella”. Es evidente cómo se da preferencia aquí a las instituciones políticas, a los vínculos públicos y a las formas republicanas de cohabitación, entendimiento general que no solo incumbe a la antigüedad o a la vida romana en particular, por ejemplo, sino  a espacios y tiempos diversos. De allí que una obra de Boccalini, pensada para el siglo XVII italiano, acuda a episodios del Parnaso que se pueden relacionar con pensamientos  del siglo posterior de Francia sin proponer disparates.

Como tampoco parecerá estrafalario, ojalá, que este artículo concluya con  un fragmento del discurso de Catón de Útica ante el Senado romano, cuando la capital del imperio era amenazada por los invasores llamados bárbaros: “No deben ustedes temer a los hijos de los germanos y de los celtas, sino al mismísimo César”. Se supone que no se acude ahora a erudición inútil, debido a que pretende  atacar el punto de la “libertad impertinente”.



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Por: Elías Pino Iturrieta

Pro patria libera pugna - Elías Pino Iturrieta

Las ideas que ahora se presentan son tomadas de un escrito de Trajano Boccalini, autor del siglo XVII italiano a quien importaba el tema del patriotismo y la soberanía nacional que gastó mucha tinta en su  tiempo. El filósofo argentino Andrés Rósler lo maneja como posibilidad de entendimiento de un punto capital para el republicanismo de nuestros días, si olvidamos sus minucias para captar lo esencial: la patria y el ejercicio de la libertad. Veamos si tiene sentido frente a nuestros problemas de aquí y de hoy.

Marco Catón, encarnación del republicanismo romano, escribió el díptico pro patria pugna (pelea por la patria), lo puso en letras de oro y lo colocó en la entrada de su casa ubicada en el Parnaso. Pero no quedó satisfecho y quiso hacerlo más redondo. Cambió la inscripción por pro patria libera pugna (pelea por la patria libre) y la puso en el mismo sitio, mientras los vecinos curioseaban. Hizo ostentación de la variación de las palabras sin pensar que pudieran provocar reacciones  públicas, o tal vez queriendo que las provocara.

De inmediato llegó el conflicto, porque los príncipes y los habitantes más acomodados del Parnaso sintieron que se trataba de una provocación capaz de alterar el orden. Se dirigieron a Zeus, porque sospechaban de las torvas intenciones de Marco Catón. ¿El cambio de las letras no formaba parte de un proyecto inconfesable? ¿No había gato encerrado? ¿No buscaba el hasta entonces tranquilo vecino,  desde un  afán sedicioso que ocultaba,  ganarse la voluntad del pueblo para tomar el poder y gobernar como tirano? Estaba planteando, concluían los denunciantes, “una libertad impertinente”.

Marco Catón aclaró ante Zeus que solo quiso dar mayor vigor a las palabras, pero también afirmó que no le preocupaban los temores de los vecinos, gente sin aprecio por el prójimo. Sin el adjetivo libera, agregó el ciudadano, la gente podía sentir la obligación de dar la vida por su país sin considerar el tipo de gobierno que lo regía, como si las nociones de patria y libertad estuviesen  vinculadas en forma permanente e invariable. Pero el padre de los dioses respondió insatisfecho: los  príncipes, especialmente los buenos, tienen el poder de mandar a sus súbditos a luchar por el stato del principe,  como si pugnaran  ellos por las más valiosas de  sus propiedades y por sus seres queridos.

Justo por la respuesta que esperaba de Apolo, escribe Boccalini, Marco Catón cambió el díptico y provocó la alarma: no hay que confundir patria con país. El país es cualquier comunidad en la que nacemos o vivimos, pero por cuya buena marcha  no es obligatorio ni provechoso luchar. Para profundizar el punto, para darle actualidad, Rósler acude al siguiente texto de Rousseau, tomado de Sobre la economía política: “La patria no puede subsistir sin la libertad, ni la libertad sin la virtud, ni la virtud sin los ciudadanos. Ustedes tendrán todo si forman ciudadanos; sin eso ustedes no serán sino malos esclavos, comenzando por los jefes de Estado”.

O, como afirma Cicerón en Sobre las leyes: “Es indispensable cumplir con el amor por una patria, que es la que tiene el nombre de república y abarca a la totalidad de los ciudadanos, por la cual debemos morir y a la cual nos debemos dedicar todos y a cuya disposición debemos poner todas nuestras cosas como si debiéramos consagrarnos a ella”. Es evidente cómo se da preferencia aquí a las instituciones políticas, a los vínculos públicos y a las formas republicanas de cohabitación, entendimiento general que no solo incumbe a la antigüedad o a la vida romana en particular, por ejemplo, sino  a espacios y tiempos diversos. De allí que una obra de Boccalini, pensada para el siglo XVII italiano, acuda a episodios del Parnaso que se pueden relacionar con pensamientos  del siglo posterior de Francia sin proponer disparates.

Como tampoco parecerá estrafalario, ojalá, que este artículo concluya con  un fragmento del discurso de Catón de Útica ante el Senado romano, cuando la capital del imperio era amenazada por los invasores llamados bárbaros: “No deben ustedes temer a los hijos de los germanos y de los celtas, sino al mismísimo César”. Se supone que no se acude ahora a erudición inútil, debido a que pretende  atacar el punto de la “libertad impertinente”.

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