Respetuosa carta a Joshua Holt – Soledad Morillo Belloso

publicado el 28/05/18 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , , , , , , , , , , , , , , , ,

Por: Soledad Morillo Belloso

Miedo, culpa y vergüenza. Conocidas como “las tres furias”. Pesan. Pegan en lo más profundo del alma. Y hasta que no se pagan, se convierten en terribles acompañantes de vida. Se me dirá que para sentir esas furias hay que tener tres virtudes: conciencia, coraje y decencia. Y que esas le faltan a muchos. Es así. Pero somos muchos más los buenos que los malos, aunque los malos parezcan siempre triunfar. Y el verdadero reto no está en hacer buenos a los malos sino en hacer que despierten los indiferentes, esos a los que no les importa el sufrimiento ajeno, esos para quienes el eje del universo pasa por ellos mismos y el resto, pues que lastimosamente vean cómo se las arreglan. Las tres virtudes teologales -fe, esperanza y caridad- están ausentes en muchos piadosos y, peor, en muchos que han tomado votos de ejercicio pastoral.

John McCain, hombre cuyo nombre seguramente muchos reconocen, fue prisionero de guerra en las peores condiciones imaginables. Por varios años. Cuando finalmente fue liberado (por un acuerdo), dio una declaración a la prensa. Además de lucir muy perjudicado físicamente, una cosa era notable: la ausencia de una sonrisa. A los medios dijo más o menos que él, en tanto hubiera prisioneros no tenía razón alguna para sonreír. Y agregó que no descansaría ni callaría  hasta ver liberado hasta el último prisionero. Y así lo hizo. Con posterioridad, McCain inició una carrera política extremadamente exitosa que casi lo llevó a la Casa Blanca. Hoy, viejo y afectado por una enfermedad terminal, es visto por los ciudadanos de su país como un héroe. Se dice que cuando muera habrá exequias de honor y sus restos serán sepultados en Arlington.

Lo que el gobierno hizo con Joshua Holt fue un delito gravísimo. Reprochable en todo sentido y modo. Mi alma católica me obliga a sentir solidaridad con cualquier persona en el mundo que sea víctima de abusos del poder. Y como venezolana me avergüenza que mi país haya actuado de manera tan salvaje con este señor. Pero como creyente también estoy obligada a exigirle a todos los cristianos (sean o no católicos) un comportamiento a la altura de las convicciones y los preceptos. Sr. Holt, a usted no lo liberó Maduro, ni Lacava, ni Saab ni ninguno de los altos funcionarios del régimen. Nada tiene que agradecerles a ellos. A usted lo liberó la lucha denodada de individuos y organizaciones venezolanas que desde que usted cayó preso no han dejado de defenderlo. Usted está libre no porque se haya realizado un acto de justicia sino porque su liberación y posterior traslado en avión pagado con dinero venezolano convino al régimen de Maduro para aparentar una altura moral de la cual carece. Como decimos en buen castellano, usted le sirvió al gobierno para lavarse el sucio.

Usted, señor Holt, está libre y en su casa. Y no se puede hacer una idea de cuánto alivio sentimos. Pero es bueno que usted, en lugar de andar prodigando tanto agradecimiento y tanta sonrisa, tenga muy presente que en cárceles venezolanas hay cientos de presos políticos pudriéndose. Y que es su deber moral y religioso luchar por ellos. Tome usted el ejemplo de su connacional John McCain. La vida (y supongo que Dios también) le está poniendo enfrente una oportunidad y un desafío. Usted puede ser oportunista e intentar borrar  lo que  le pasó y continuar con su vida. Eso lo convertirá en uno más de los que en la vida habrán de cargar sobre sus hombros con las tres furias: el miedo, la culpa y la vergüenza. O puede colocarse a la altura moral del desafío y convertirse en un auténtico pastor de la cristiandad, que cuida de sus ovejas aunque ello le suponga no dormir bien ni sonreír.  Dios lo ilumine en su decisión.

[email protected]

@solmorillob



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Por: Soledad Morillo Belloso

Miedo, culpa y vergüenza. Conocidas como "las tres furias". Pesan. Pegan en lo más profundo del alma. Y hasta que no se pagan, se convierten en terribles acompañantes de vida. Se me dirá que para sentir esas furias hay que tener tres virtudes: conciencia, coraje y decencia. Y que esas le faltan a muchos. Es así. Pero somos muchos más los buenos que los malos, aunque los malos parezcan siempre triunfar. Y el verdadero reto no está en hacer buenos a los malos sino en hacer que despierten los indiferentes, esos a los que no les importa el sufrimiento ajeno, esos para quienes el eje del universo pasa por ellos mismos y el resto, pues que lastimosamente vean cómo se las arreglan. Las tres virtudes teologales -fe, esperanza y caridad- están ausentes en muchos piadosos y, peor, en muchos que han tomado votos de ejercicio pastoral.

John McCain, hombre cuyo nombre seguramente muchos reconocen, fue prisionero de guerra en las peores condiciones imaginables. Por varios años. Cuando finalmente fue liberado (por un acuerdo), dio una declaración a la prensa. Además de lucir muy perjudicado físicamente, una cosa era notable: la ausencia de una sonrisa. A los medios dijo más o menos que él, en tanto hubiera prisioneros no tenía razón alguna para sonreír. Y agregó que no descansaría ni callaría  hasta ver liberado hasta el último prisionero. Y así lo hizo. Con posterioridad, McCain inició una carrera política extremadamente exitosa que casi lo llevó a la Casa Blanca. Hoy, viejo y afectado por una enfermedad terminal, es visto por los ciudadanos de su país como un héroe. Se dice que cuando muera habrá exequias de honor y sus restos serán sepultados en Arlington.

Lo que el gobierno hizo con Joshua Holt fue un delito gravísimo. Reprochable en todo sentido y modo. Mi alma católica me obliga a sentir solidaridad con cualquier persona en el mundo que sea víctima de abusos del poder. Y como venezolana me avergüenza que mi país haya actuado de manera tan salvaje con este señor. Pero como creyente también estoy obligada a exigirle a todos los cristianos (sean o no católicos) un comportamiento a la altura de las convicciones y los preceptos. Sr. Holt, a usted no lo liberó Maduro, ni Lacava, ni Saab ni ninguno de los altos funcionarios del régimen. Nada tiene que agradecerles a ellos. A usted lo liberó la lucha denodada de individuos y organizaciones venezolanas que desde que usted cayó preso no han dejado de defenderlo. Usted está libre no porque se haya realizado un acto de justicia sino porque su liberación y posterior traslado en avión pagado con dinero venezolano convino al régimen de Maduro para aparentar una altura moral de la cual carece. Como decimos en buen castellano, usted le sirvió al gobierno para lavarse el sucio.

Usted, señor Holt, está libre y en su casa. Y no se puede hacer una idea de cuánto alivio sentimos. Pero es bueno que usted, en lugar de andar prodigando tanto agradecimiento y tanta sonrisa, tenga muy presente que en cárceles venezolanas hay cientos de presos políticos pudriéndose. Y que es su deber moral y religioso luchar por ellos. Tome usted el ejemplo de su connacional John McCain. La vida (y supongo que Dios también) le está poniendo enfrente una oportunidad y un desafío. Usted puede ser oportunista e intentar borrar  lo que  le pasó y continuar con su vida. Eso lo convertirá en uno más de los que en la vida habrán de cargar sobre sus hombros con las tres furias: el miedo, la culpa y la vergüenza. O puede colocarse a la altura moral del desafío y convertirse en un auténtico pastor de la cristiandad, que cuida de sus ovejas aunque ello le suponga no dormir bien ni sonreír.  Dios lo ilumine en su decisión.

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