(J) Oda al Despecho

publicado el 13/01/14 por Laura Rodriguez en (J) Odas by @jeanmaninat

Jean Maninat

Aprende bien corazón,

máquina de la ilusión,

que es alegría y dolor

esa cuestión del amor.

Mon Rivera

  ¿Dónde estará Normita? Tu primera novia… la que nos prestaba su bicicleta roja para iniciarnos en el precario ejercicio del equilibrio a las puertas de  Michelet 37, Colonia Nueva Anzures, en el mero DF mexicano; mientras tu valedor, Ricardito Pérez Quintero, enfundado en su regio uniforme de Colegio Militar conquistaba a Malú, la güera más apuesta en varias cuadras a la redonda con sus “agujetas de color de rosa y un sombrero grande y feo” capaz de hacer suspirar a todos los que tuvieran edad, corazón y pulmón para dedicarlos a eso: suspirar. Eran tiempos tranquilos para el liliputiense y ágil músculo dedicado a bombear sangre fresca desde la diana de un cuerpo -el tuyo- sin más preocupaciones que librarse de su condición de alfeñique, como Charles Atlas pregonaba entonces, para ganarse un puesto en una calle nada proclive a aceptar güeritos escuincles  y extranjeros.

  En la misma cuadra, a sólo tres edificios de por  medio de tu casa, Los Cinco Latinos, una versión argentina de The Platters, ensayaban el estribillo de “Levántate no pidas más perdón y olvídate que un día me conociste”. Y mientras tu madre se acicalaba en un salón de belleza vecino, viste esperar a Lucho Gatica -el gran bolerista chileno- mientras el reloj marcaba las horas, a que Mapita Cortez la gran actriz mexicana -y su esposa para entonces- se zafara airosa y bella de uno de esos secadores de pelo que semejaban a las  cabezas desproporcionadas de un marciano invasor. En las noches de sábado, eso recuerdas ahora, don Pedro Vargas terminaba sus programa  de televisión con un “Muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido” después de haber presentado a Agustín Lara, Lola Beltrán, Pedro Infante, y, quieres fabular, a José Alfredo Jiménez, cantando sus historias de malquerencias tequileras  y amores echados por la borda. De manera tal que piensas  ahora, con labrada inmodestia, que fuiste predestinado desde muy joven por los dioses Mexicas, para ejercer, cultivar  y disfrutar la virtud de despecharse por ellas aunque bien paguen.

(J)Oda al Despecho 1

  Pero tendrás que concurrir: hay despechos de despechos.

  Conocerías más tarde las simples e ingenuas arritmias cardíacas de una misa dominguera, cuando la única razón para asistir al oficio religioso semanal era verla a Ella, entrando a la iglesia sonriente, entre un padre y una madre igualmente sonrientes, y un hermano celoso, presumido y tonto, al que habías jurado sacarle la mierda en la próxima caimanera de  esquina que compartiesen; o en la fiesta del  próximo viernes, cuando un roce aguerrido de hombros desatara la paliza, que sólo en tus sueños, le propiciarías al metro y noventa centímetros de bistec y gimnasio, al quien nunca habrías de llamar cuñado. Ella, pasaría a tu lado como si no existieras; sin notar en el aire el aroma del pañuelo que habías perfumado con Jean Marie Farina, ni fijarse en la camisa de “botoncitos” en el cuello que una madrina atenta te había traído de gringolandia, o detenerse un instante para escuchar la estrofa de rock que ya habías almacenado en tu corta memoria para decirle: You know I really love you, o algo similar, alentado por tu incipiente pitiyanquismo de entonces. Probablemente, de allí surgió tu descreimiento en el más allá, tan poco dado a preocuparse por las almas tiernas confinadas a convivir en un limbo amoroso, bobo y cruel, como Romeo y Julieta o Heidi y Marco. Aún así, agotarías varios tanques de gasolina de tu motocicleta Puch 50cc, rondando insistente frente a su casa en La California, hasta que el metro noventa de bistec y gimnasio, al que nunca habrías de llamar cuñado, te gritara un día desde la reja de entrada: “se te perdió algo pedazo de huevón” mientras te pintaba con el dedo una paloma feroz y tú acelerabas tu tarita como si no fuera contigo, y jurabas que tomarías clases de boxeo y regresarías en una Honda 250cc Super Sport a saldar tus cuentas y robarle a la hermanita.

  Pero el oficio de sufrir de amores es indómito. Te tocaría entrar a la UCV, y labrarte el futuro para el cual con tanto esfuerzo tus progenitores habían destinado espermatozoides, óvulos y ahorros, para que terminaras coleándote en un salón de clases donde reinaba Ella, en medio de todos y todas, haciendo tartamudear a los profesores con su minifalda y alegrando el aire con el viento fresco que propulsaba cada batida de su pelo. Para colmo de tus desgracias, te enterarías que era imbatible en el ruedo de las preguntas y respuestas, porque sabía de las fórmulas mágicas que desentrañaban las finanzas, las leyes, la biología, la medicina, la arquitectura, el periodismo, las artes, la sociología, la música, la literatura y la filosofía – o cualquier disciplina que vislumbraras entonces como  tu destino-  y  te prometiste, como un idiota, que un día se tomaría un café contigo, gregario y comprensivo, y le dirías que la habías esperado desde siempre, o alguna necedad cercana. Sólo para enterarte,  o aprehender en el contexto, según la presunción de tu léxico y la sorpresa que te abrumaría entonces, que fuera del recinto académico la esperaba un galán con Mercedes Benz, predestinado para hacerla feliz en París, Londres o Nueva York, ciudades en las que soñabas vivir y delinquir, mientras leías a los escritores que devoraron sus calles  y sumergieron sus vidas en los ríos que las circundan. “I have seen the best minds of my generation destroyed by madness” ya había aullado hacía tiempo Alan Ginsberg. Sentiste algo de vergüenza, un preludio de lo que poco después palparías tantas veces cuando constataras la inconmensurable capacidad de los seres humanos para hacer el ridículo y poner la torta como Panchito Mandefuá, salivando en los cristales de las panaderías los pasteles que su paladar menesteroso jamás podría degustar.

  Para entonces, algún compañero de clases  te había pasado una edición de Poemas Humanos de Cesar Vallejo, y calcaste con contento aquello de: “Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé, como si la resaca de todo lo vivido se empozará en el alma, yo no sé” y lo repetiste sin pasmo ni gloria, mientras te desentendías de la resacas de Aniz el Mono que te empozaban el organismo de un dulce azucarado cuya evocación todavía te hace vomitar. Ah, pero eras todavía un amateur, un principiante en la maña de posar tus ojos y tus aspiraciones en las curvas y bondades intelectuales de una diosa de primera, esquiva desde su torre de lejanía, miope hacia  tu condición de bípedo transeúnte, sin carro propio y propietario de unos cuantos libros que a duras penas comprabas, o birlabas, en la librería Summa de Sabana Grande. En aquel momento, y sin saber por qué –me contarías mucho tiempo después, Scotch en mano- te llegó la afición por ciertas narices femeninas: agudas, eminentes, quebradas, sefarditas e inteligentes, que  acompañarían por el resto de tus ensoñaciones tu vocación de judío errante. Descifrarías que detrás de cada nariz femenina hay una historia, y  pueden ser navajas, gabinetes de primeros auxilios sentimentales, trazos airados como salidos de una pintura de Lucian Freud; o el simple solaz de verlas como respiran y duermen la vida a tu lado sin pedirte permiso.

  ¡Diantres! Pero… ¿Por qué la muerte súbita? El final a penaltis de una relación, la súbita agonía de dejarse de un tajo, despedirse sin que el  último inning llegue a su final, cuando creemos que el juego está salvado y no habrá ya sino bombitas cariñosas y  jonrones amorosos, sin sentir el agobio de las millones de separaciones que se suceden por minuto en el planeta. ¿Dónde está la razón? Te preguntaste tantas veces, mientras con los dedos escogías el long play y destapabas la botella que te abriría el conocimiento a los vericuetos en que se pierden las almas en pena, a ver si salías airoso de la prueba.

  ¡Ah! Las rancheras: las trompetas enérgicas que anuncian el regreso culpable de la que se fue, su comprensión póstuma de que sigues siendo el Rey, la última copa que le pedirás al cantinero para evocarla, la seguridad de que en tu machismo lloricón, sigues siendo el mero-mero, el más chingón de Comala y sus alrededores. Pero también, la constancia de que las balas perdidas pegarían siempre en tu pecho, y que como cantó, y sigue cantando Lola Beltrán en tus perdidas tardes tequileras: “la cruz no pesa lo que cala, son los filos cariño santo, cariño santo”

  ¿Y el arrabal malevo de los tangos? El surco trepidante de los compadritos arteros que tanto  asombraron a Borges, el puñal siempre presto a hacer valer tu hombría, la madre que te espera, empobrecida y vieja a que regreses arrepentido por haberla postergado por una mina flaca, fané y descangayada, a la cual un bacán entrometido la había acamalado, mientras apostabas por una cabeza lo que no tenías ni habrías de tener. Por no hablar de  Peggy, Betty, July y Mary, las rubias de Nueva York que mentían el amor y te hicieron postergar el regreso a tu ciudad querida como si veinte años no fueran nada y no hubieses sentido el hielo de la garúa, porque aquella con su olvido te había abierto una gotera. Luego de tanto melodrama, ya curado en salud, tararearías alegre con Roberto Gocheneche, mientras manejabas tu escarabajo banalmente de un destino al otro: “Contáme tu condena, decíme tu fracaso, ¿No ves la pena que me ha herido? Y habláme simplemente de aquel amor ausente tras un retaso del olvido” bastante antes de que pusieras un pie por primera vez en Buenos Aires, y algo después de que Maradona se convirtiera en un Dios cocainómano y ramplón.

(J)Oda al Despecho 2  Pero el bolero, hermano…el bolero, esa maldad caribeña, ese puñal inclemente, afilado y certero, ese sí te atraparía con su altiva vehemencia anunciando que los amores no se escapan, que sólo pagan temporalmente sus desvaríos en el olvido de los discos, en la tristeza de un trago vencido, para regresar cruelmente íntegros, olorosos a agüita de ajonjolí, a ofrecer rosas de todas maneras rosas para quien ya te olvidó, o decirle que todo cambió, que ya nada es igual y no es ni su sombra siquiera. ¿Hay un navajazo más brutal que el de La Lupe, imprecando: “Qué te pedí, que no puedas al mundo decir”?  ¿O una bocanada de dolor más profunda que Felipe Pirela gimiendo: “Si yo pudiera borrar su vida la borraría, aunque quisiera también así borrar la mía”? O seamos más clementes, Omaira Portuondo, deslizando: “Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar, tú me quisieras lo mismo que veinte años atrás”. Nada, hermano, nada como el bolero… para remendar la existencia.

  Habrá un mejor spa para el alma, un tonificante espiritual más vigoroso, una mejor manera de entrenarse en la sobrevivencia del corazón, que prender el Ipod, ponerlo en shuffle, servir unos tragos y regalarse un buen despecho de viernes en la noche -mejor aún si tienes a quien quieres a tu lado- escuchando el cortejo de despedidas y rencuentros que es la materia del amor: copas que se quiebran, venas que se abren, cigarrillos incansables, el brochazo de un lápiz labial corrido, la cabeza despeinada del galán desairado, la mirada sin vista de la muñeca embaucada, el giro brusco de la silla de quien deja airada la mesa, la frase brutal: no eres tú, soy yo; los no te vayas, quédate, espérame, olvídame, déjame, cómo pudiste, ya lo sabía, te arrepentirás, no vales nada, me importa un bledo, chao contigo, por semejante bolsa, con semejante puta, déjame las llaves, llévate tu ropa, devuélveme mi carro, yo no quiero al perro, yo tampoco al gato, el coño de tu madre, el coño de la tuya, el imbécil de tu hermano, el ladrón de tu padre, la bicha de tu hermana, vete para el carajo, y tú para la mierda…

Por eso siempre le dimos la razón a Mon Rivera cuando nos advirtió: Aprende bien corazón máquina de la ilusión que es alegría y dolor esta cuestión del amor. A veces, en el tráfico, o al doblar la esquina de tu casa, te pestañea un recuerdo y sientes esa punzadita en el pecho, ya cansada y ajena, casi un crujidito de las válvulas que te animan. Y la verdad no te cae ni mal y sonríes con la cabeza gacha.

De modo que como ha sido nuestra costumbre, mi sombra, mi sangre, desde  hace tantos años, no nos quedará de otra que echarnos un trago, recurrente y con mucho hielo… para volver a brindar por ellas aunque bien paguen, las hijas de la pelona.

@jeanmaninat



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Aprende bien corazón,

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que es alegría y dolor

esa cuestión del amor.

Mon Rivera

  ¿Dónde estará Normita? Tu primera novia… la que nos prestaba su bicicleta roja para iniciarnos en el precario ejercicio del equilibrio a las puertas de  Michelet 37, Colonia Nueva Anzures, en el mero DF mexicano; mientras tu valedor, Ricardito Pérez Quintero, enfundado en su regio uniforme de Colegio Militar conquistaba a Malú, la güera más apuesta en varias cuadras a la redonda con sus “agujetas de color de rosa y un sombrero grande y feo” capaz de hacer suspirar a todos los que tuvieran edad, corazón y pulmón para dedicarlos a eso: suspirar. Eran tiempos tranquilos para el liliputiense y ágil músculo dedicado a bombear sangre fresca desde la diana de un cuerpo -el tuyo- sin más preocupaciones que librarse de su condición de alfeñique, como Charles Atlas pregonaba entonces, para ganarse un puesto en una calle nada proclive a aceptar güeritos escuincles  y extranjeros.

  En la misma cuadra, a sólo tres edificios de por  medio de tu casa, Los Cinco Latinos, una versión argentina de The Platters, ensayaban el estribillo de “Levántate no pidas más perdón y olvídate que un día me conociste”. Y mientras tu madre se acicalaba en un salón de belleza vecino, viste esperar a Lucho Gatica -el gran bolerista chileno- mientras el reloj marcaba las horas, a que Mapita Cortez la gran actriz mexicana -y su esposa para entonces- se zafara airosa y bella de uno de esos secadores de pelo que semejaban a las  cabezas desproporcionadas de un marciano invasor. En las noches de sábado, eso recuerdas ahora, don Pedro Vargas terminaba sus programa  de televisión con un “Muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido” después de haber presentado a Agustín Lara, Lola Beltrán, Pedro Infante, y, quieres fabular, a José Alfredo Jiménez, cantando sus historias de malquerencias tequileras  y amores echados por la borda. De manera tal que piensas  ahora, con labrada inmodestia, que fuiste predestinado desde muy joven por los dioses Mexicas, para ejercer, cultivar  y disfrutar la virtud de despecharse por ellas aunque bien paguen.

(J)Oda al Despecho 1

  Pero tendrás que concurrir: hay despechos de despechos.

  Conocerías más tarde las simples e ingenuas arritmias cardíacas de una misa dominguera, cuando la única razón para asistir al oficio religioso semanal era verla a Ella, entrando a la iglesia sonriente, entre un padre y una madre igualmente sonrientes, y un hermano celoso, presumido y tonto, al que habías jurado sacarle la mierda en la próxima caimanera de  esquina que compartiesen; o en la fiesta del  próximo viernes, cuando un roce aguerrido de hombros desatara la paliza, que sólo en tus sueños, le propiciarías al metro y noventa centímetros de bistec y gimnasio, al quien nunca habrías de llamar cuñado. Ella, pasaría a tu lado como si no existieras; sin notar en el aire el aroma del pañuelo que habías perfumado con Jean Marie Farina, ni fijarse en la camisa de “botoncitos” en el cuello que una madrina atenta te había traído de gringolandia, o detenerse un instante para escuchar la estrofa de rock que ya habías almacenado en tu corta memoria para decirle: You know I really love you, o algo similar, alentado por tu incipiente pitiyanquismo de entonces. Probablemente, de allí surgió tu descreimiento en el más allá, tan poco dado a preocuparse por las almas tiernas confinadas a convivir en un limbo amoroso, bobo y cruel, como Romeo y Julieta o Heidi y Marco. Aún así, agotarías varios tanques de gasolina de tu motocicleta Puch 50cc, rondando insistente frente a su casa en La California, hasta que el metro noventa de bistec y gimnasio, al que nunca habrías de llamar cuñado, te gritara un día desde la reja de entrada: “se te perdió algo pedazo de huevón” mientras te pintaba con el dedo una paloma feroz y tú acelerabas tu tarita como si no fuera contigo, y jurabas que tomarías clases de boxeo y regresarías en una Honda 250cc Super Sport a saldar tus cuentas y robarle a la hermanita.

  Pero el oficio de sufrir de amores es indómito. Te tocaría entrar a la UCV, y labrarte el futuro para el cual con tanto esfuerzo tus progenitores habían destinado espermatozoides, óvulos y ahorros, para que terminaras coleándote en un salón de clases donde reinaba Ella, en medio de todos y todas, haciendo tartamudear a los profesores con su minifalda y alegrando el aire con el viento fresco que propulsaba cada batida de su pelo. Para colmo de tus desgracias, te enterarías que era imbatible en el ruedo de las preguntas y respuestas, porque sabía de las fórmulas mágicas que desentrañaban las finanzas, las leyes, la biología, la medicina, la arquitectura, el periodismo, las artes, la sociología, la música, la literatura y la filosofía - o cualquier disciplina que vislumbraras entonces como  tu destino-  y  te prometiste, como un idiota, que un día se tomaría un café contigo, gregario y comprensivo, y le dirías que la habías esperado desde siempre, o alguna necedad cercana. Sólo para enterarte,  o aprehender en el contexto, según la presunción de tu léxico y la sorpresa que te abrumaría entonces, que fuera del recinto académico la esperaba un galán con Mercedes Benz, predestinado para hacerla feliz en París, Londres o Nueva York, ciudades en las que soñabas vivir y delinquir, mientras leías a los escritores que devoraron sus calles  y sumergieron sus vidas en los ríos que las circundan. “I have seen the best minds of my generation destroyed by madness” ya había aullado hacía tiempo Alan Ginsberg. Sentiste algo de vergüenza, un preludio de lo que poco después palparías tantas veces cuando constataras la inconmensurable capacidad de los seres humanos para hacer el ridículo y poner la torta como Panchito Mandefuá, salivando en los cristales de las panaderías los pasteles que su paladar menesteroso jamás podría degustar.

  Para entonces, algún compañero de clases  te había pasado una edición de Poemas Humanos de Cesar Vallejo, y calcaste con contento aquello de: “Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé, como si la resaca de todo lo vivido se empozará en el alma, yo no sé” y lo repetiste sin pasmo ni gloria, mientras te desentendías de la resacas de Aniz el Mono que te empozaban el organismo de un dulce azucarado cuya evocación todavía te hace vomitar. Ah, pero eras todavía un amateur, un principiante en la maña de posar tus ojos y tus aspiraciones en las curvas y bondades intelectuales de una diosa de primera, esquiva desde su torre de lejanía, miope hacia  tu condición de bípedo transeúnte, sin carro propio y propietario de unos cuantos libros que a duras penas comprabas, o birlabas, en la librería Summa de Sabana Grande. En aquel momento, y sin saber por qué –me contarías mucho tiempo después, Scotch en mano- te llegó la afición por ciertas narices femeninas: agudas, eminentes, quebradas, sefarditas e inteligentes, que  acompañarían por el resto de tus ensoñaciones tu vocación de judío errante. Descifrarías que detrás de cada nariz femenina hay una historia, y  pueden ser navajas, gabinetes de primeros auxilios sentimentales, trazos airados como salidos de una pintura de Lucian Freud; o el simple solaz de verlas como respiran y duermen la vida a tu lado sin pedirte permiso.

  ¡Diantres! Pero… ¿Por qué la muerte súbita? El final a penaltis de una relación, la súbita agonía de dejarse de un tajo, despedirse sin que el  último inning llegue a su final, cuando creemos que el juego está salvado y no habrá ya sino bombitas cariñosas y  jonrones amorosos, sin sentir el agobio de las millones de separaciones que se suceden por minuto en el planeta. ¿Dónde está la razón? Te preguntaste tantas veces, mientras con los dedos escogías el long play y destapabas la botella que te abriría el conocimiento a los vericuetos en que se pierden las almas en pena, a ver si salías airoso de la prueba.

  ¡Ah! Las rancheras: las trompetas enérgicas que anuncian el regreso culpable de la que se fue, su comprensión póstuma de que sigues siendo el Rey, la última copa que le pedirás al cantinero para evocarla, la seguridad de que en tu machismo lloricón, sigues siendo el mero-mero, el más chingón de Comala y sus alrededores. Pero también, la constancia de que las balas perdidas pegarían siempre en tu pecho, y que como cantó, y sigue cantando Lola Beltrán en tus perdidas tardes tequileras: “la cruz no pesa lo que cala, son los filos cariño santo, cariño santo”

  ¿Y el arrabal malevo de los tangos? El surco trepidante de los compadritos arteros que tanto  asombraron a Borges, el puñal siempre presto a hacer valer tu hombría, la madre que te espera, empobrecida y vieja a que regreses arrepentido por haberla postergado por una mina flaca, fané y descangayada, a la cual un bacán entrometido la había acamalado, mientras apostabas por una cabeza lo que no tenías ni habrías de tener. Por no hablar de  Peggy, Betty, July y Mary, las rubias de Nueva York que mentían el amor y te hicieron postergar el regreso a tu ciudad querida como si veinte años no fueran nada y no hubieses sentido el hielo de la garúa, porque aquella con su olvido te había abierto una gotera. Luego de tanto melodrama, ya curado en salud, tararearías alegre con Roberto Gocheneche, mientras manejabas tu escarabajo banalmente de un destino al otro: “Contáme tu condena, decíme tu fracaso, ¿No ves la pena que me ha herido? Y habláme simplemente de aquel amor ausente tras un retaso del olvido” bastante antes de que pusieras un pie por primera vez en Buenos Aires, y algo después de que Maradona se convirtiera en un Dios cocainómano y ramplón.

(J)Oda al Despecho 2  Pero el bolero, hermano…el bolero, esa maldad caribeña, ese puñal inclemente, afilado y certero, ese sí te atraparía con su altiva vehemencia anunciando que los amores no se escapan, que sólo pagan temporalmente sus desvaríos en el olvido de los discos, en la tristeza de un trago vencido, para regresar cruelmente íntegros, olorosos a agüita de ajonjolí, a ofrecer rosas de todas maneras rosas para quien ya te olvidó, o decirle que todo cambió, que ya nada es igual y no es ni su sombra siquiera. ¿Hay un navajazo más brutal que el de La Lupe, imprecando: “Qué te pedí, que no puedas al mundo decir”?  ¿O una bocanada de dolor más profunda que Felipe Pirela gimiendo: “Si yo pudiera borrar su vida la borraría, aunque quisiera también así borrar la mía”? O seamos más clementes, Omaira Portuondo, deslizando: “Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar, tú me quisieras lo mismo que veinte años atrás”. Nada, hermano, nada como el bolero… para remendar la existencia.

  Habrá un mejor spa para el alma, un tonificante espiritual más vigoroso, una mejor manera de entrenarse en la sobrevivencia del corazón, que prender el Ipod, ponerlo en shuffle, servir unos tragos y regalarse un buen despecho de viernes en la noche -mejor aún si tienes a quien quieres a tu lado- escuchando el cortejo de despedidas y rencuentros que es la materia del amor: copas que se quiebran, venas que se abren, cigarrillos incansables, el brochazo de un lápiz labial corrido, la cabeza despeinada del galán desairado, la mirada sin vista de la muñeca embaucada, el giro brusco de la silla de quien deja airada la mesa, la frase brutal: no eres tú, soy yo; los no te vayas, quédate, espérame, olvídame, déjame, cómo pudiste, ya lo sabía, te arrepentirás, no vales nada, me importa un bledo, chao contigo, por semejante bolsa, con semejante puta, déjame las llaves, llévate tu ropa, devuélveme mi carro, yo no quiero al perro, yo tampoco al gato, el coño de tu madre, el coño de la tuya, el imbécil de tu hermano, el ladrón de tu padre, la bicha de tu hermana, vete para el carajo, y tú para la mierda…

Por eso siempre le dimos la razón a Mon Rivera cuando nos advirtió: Aprende bien corazón máquina de la ilusión que es alegría y dolor esta cuestión del amor. A veces, en el tráfico, o al doblar la esquina de tu casa, te pestañea un recuerdo y sientes esa punzadita en el pecho, ya cansada y ajena, casi un crujidito de las válvulas que te animan. Y la verdad no te cae ni mal y sonríes con la cabeza gacha.

De modo que como ha sido nuestra costumbre, mi sombra, mi sangre, desde  hace tantos años, no nos quedará de otra que echarnos un trago, recurrente y con mucho hielo… para volver a brindar por ellas aunque bien paguen, las hijas de la pelona.

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