Un vasco en Naguanagua – Soledad Morillo Belloso

publicado el 23/09/17 por Mayra Villavicencio en Regalo para el fin de semana Etiquetas:, , , ,

 

Por: Soledad Morillo Belloso

Cual arañita, Pensamiento iba tejiendo flores. Este año, a ella tocaba la confección de la guirnalda principal, la que va al pie de la Señora. Las mujeres de su familia, generación tras generación, se habían dedicado a esta tarea. Pensamiento se estrenó en este arte cuando contaba 15 años. Su madre, tías y madrina cuidaron de enseñarla con habilidad y amor. “El amor es lo que permite que lo hagas bien”, decía su madre, doña Flora, maestra mayor en la tradición de La Begoña. “Ah, y recen mientras tejen, que así la Virgen escuchará nuestros ruegos y nos ayudará con los dolores”.

Dos cuadrillas de ayudantas se reparten las funciones. Las unas clasifican flores, escrupulosamente. Las otras cuecen en los fogones las exquisiteces para obsequiar a los caminantes. La faena toma días de rigor y exigencia. Los caminantes podrán degustar maravillas. Doña Encarnación guía la complicada tarea; mientras cocinan, rezan rosarios y repiten letanías. La tradición marca que platillo rezado, pecado perdonado, petición concedida.

Las hacedoras de manjares deben ofrecer variedad y calidad. Misia Silencios era la experta en los más suculentos buñuelos. Era tal su maestría que la habían apodado en Naguanagua como “doña Buñuelos”. Se decía que su secreto estaba en que cada mañana, antes de comenzar su trajinar en el fogón, se acercaba a la iglesia, rezaba tres Ave María, un Gloria y un Padre Nuestro y lavaba sus manos en la pila de agua bendita.

Mientras Pensamiento tejía la guirnalda, se le fugaron los pensamientos, perdió la concentración y se pinchó un dedo. La sangre manchó las flores. Una brisa helada cerró las puertas y ventanas. Las mujeres se quedaron paralizadas. Mal augurio, presagio de llantos, de lanzas y pólvora. El ambiente se llenó de ayayayes.

– Llamen al cura. Que venga corriendo con agua bendita. Díganle que las flores se tiñeron de rojo. Él sabe que no podemos seguir hasta que no venga a limpiarnos – dijo doña Candelaria, madrina de Pensamiento y guirnaldera mayor.
– Y tú, Pensamiento, niña, levántate de esa silla y tómate un poquito de agüita de pomarosa, que te pusiste muy pálida – apuntó la vieja Caridad.
– ¡Ay, madrina, emparamé las flores con mi sangre. Eso es que viene guerra! – dijo Pensamiento en medio de sofocos.
– ¡Niña, no digas eso ni en chanza! A mi mamá también le pasó, vino el cura, la rezó, le hizo la limpieza y ya. Así que tranquilízate, que esto lo arreglamos ya mismitico.

El cura, de carácter hosco y resabiado, encontró a las mujeres azoradas y a Pensamiento con el delantal salpicado de sangre, en pleno quebranto y sollozos.

– Mire, padre, una tragedia. Las flores, las flores de la guirnalda se pintaron de sangre. Y eso es desgracia – dijo la vieja Amargura.
– No digas tonterías, Amargura. -Y fue hacia la niña. -A ver, Pensamiento, no me vas decir que crees en las bobadas de Amargura.
– Ay, padre, mire las flores, sangre. Tenté al diablo – replicó Pensamiento pálida y temblando como flan.
– Nada de eso. Habladurías de pueblos. Eso no es así. Pero para que te quedes tranquila, vamos a lavar las flores con agua bendita. No porque el agua bendita sirva para supersticiones sino porque más bien ayuda a aguar disparates.

Pasada la lavaíta, se reanudó la faena, el rezo y las letanías. Para medianoche, la hermosa guirnalda de Pensamiento estaba terminada. Por seguridad, la llevó a la sacristía, para que el curita la guardara.

– Me voy a sentir mejor si usted me la guarda en un lugar santo.
– Déjala aquí que yo la bendigo de nuevo. Ve, que Dios y la Virgen te bendigan; y no hagas caso a zoquetadas de viejas.

Ese año la procesión estuvo muy lucida. El tiempo estuvo amable y no hacía calor. Los hombres no se quejaban por el peso sobre sus hombros. Amargura sonreía. La guirnalda de Pensamiento lucía espléndida. La gente caminaba con ánimo. Las mujeres, hasta las más viejas, exhibían una tersura inusitada en los rostros. Los niños no se quejaban y recordaban cada palabra de las letanías y oraciones. El curita no tuvo que regañar a los revoltosos y el coro no desentonó ni una vez.

Aitor era un vasco, corresponsal de una agencia de noticias española. Había arribado a la Valencia de Venezuela para cubrir la Begoña de ese año en Naguanagua. Recién se estrenaba en las lides periodísticas. Tomaba notas, grababa sonidos, fotografiaba la escena. Sus ojos veían folklore tropical. Cuando la mirada de Aitor se cruzó con la de Pensamiento, se sintió conminado a fotografiar los ojos de la muchacha. Algo casi sobrenatural había en esos ojos almendrados. Disparó su cámara hasta acabar con toda la carga. Al finalizar la procesión, comenzó la fiesta en el patio de una hacienda. Al arribar, se sintió como en casa. Una mesa ofrecía platillos de presentación multicolor. Los aromas de los manjares lograban que la boca se le hiciera agua.

Unos días después, de vuelta en Madrid en su oficina, Aitor se afanaba en escribir su reportaje cuando recibió una llamada del laboratorio de fotografía.

– Aitor, ya están listas tus tomas.
– Qué bien, ya me acerco.

Se apresuró a buscar las copias en papel de las cientos de fotos que había hecho en Venezuela. Como ya era hora del almuerzo, recogió el paquete y se dirigió al bar de la esquina, para tomar una caña y un bocadillo de bacalao. Una a una fue revisando las tomas: de los cófrades con la Virgen sobre los hombros; de las mujeres rezando. Y cuando llegó a las de la muchacha de ojos hermosos, apenas pudo contener su asombro. Casi perdió el aliento. El rostro de la muchacha era prácticamente idéntico al de la Begoña. En principio pensó que sus ojos lo engañaban. Pero, al comparar una y otra vez las imágenes, se confirmaron sus sospechas. Los mismos ojos, la misma nariz, la misma curva de los labios, las cejas, la línea del mentón. Buscó en sus notas y encontró el nombre de la muchacha: Pensamiento. Sin apellido.

Por temor a ser tildado de cursi y sensiblero en un mundo cada día menos espiritual, su nota se restringió a una pormenorizada crónica de las festividades de la Begoña allende en Naguanagua de Venezuela. No se atrevió a destacar el parecido físico entre la imagen de la virgen y la joven tejedora de guirnaldas. Su reportaje no pasó de ser un relato insípido, trivial, carente de emoción y pasión. No logró desatar el interés por leerlo. Ni el editor ni sus compañeros le felicitaron. A raíz de ese episodio, fue transferido a cubrir las fuentes de farándula y cotilleo de famosos.

Cuatro años más tarde, Aitor, aburrido de la fatuidad de perseguir celebridades, decidió volver a Carabobo y asistir de nuevo a la procesión de La Begoña en Naguanagua. Llegó vestido de paisano, sin cámaras ni libretas; sin grabadora y sin carnet de periodista. En un bolso llevaba las fotos de la muchacha de las guirnaldas. Fue a participar, a sentir, no a indagar o a hacer torpes e irrelevantes juicios de valor. Cuando su mirada se cruzó con la de una muchacha con ojos de Begoña, el corazón comenzó a dar tumbos en su pecho. Y algo indefinible en su interior, una voz silente le dijo que allí, con ella, estaba su futuro.

Aitor se enamoró perdidamente de Pensamiento. Tras meses de incesante cortejo, le propuso pasar el resto de su vida juntos y armar una familia. Y Pensamiento aceptó, con una condición: el casorio habría de celebrarse durante La Begoña y bajo la solemne promesa de que cada año vendrían a la procesión..

El jolgorio fue popular. Para el condumio, Pensamiento, con sus propias manos, hizo dos mil buñuelos. Y algo fantástico y hasta mágico ocurrió. Cada vez que alguien paladeaba la dulce exquisitez, un deseo irrefrenable de besar le invadía el cuerpo y el alma. En Naguanagua se desató un paroxismo de ternura. Y entonces la fiesta pasó a la historia como “la tarde de los besos”.

Aitor y Pensamiento envejecieron juntos. Vivieron repartidos entre medio año en Bilbao y medio en Carabobo. Cada agosto sin falta fueron a la procesión de La Begoña en Naguanagua. Y Pensamiento hizo cada vez dos mil buñuelos para los feligreses y cófrades. Cada vez hubo frenesí de besos.

Aitor, originalmente un ateo irredento, o eso creía él, no sólo encontró en Pensamiento el amor sino también algo muy importante: la fe. Eso que no necesita explicaciones racionales. Ella encontró en él confianza y amor, las dos cosas más importantes que hay que buscar en alguien para construir vida más allá de la piel. Siguió tejiendo guirnaldas para la virgen y haciendo buñuelos. Y en Naguanagua hubo muchas tardes de besos.

 



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Por: Soledad Morillo Belloso

Cual arañita, Pensamiento iba tejiendo flores. Este año, a ella tocaba la confección de la guirnalda principal, la que va al pie de la Señora. Las mujeres de su familia, generación tras generación, se habían dedicado a esta tarea. Pensamiento se estrenó en este arte cuando contaba 15 años. Su madre, tías y madrina cuidaron de enseñarla con habilidad y amor. "El amor es lo que permite que lo hagas bien", decía su madre, doña Flora, maestra mayor en la tradición de La Begoña. "Ah, y recen mientras tejen, que así la Virgen escuchará nuestros ruegos y nos ayudará con los dolores". Dos cuadrillas de ayudantas se reparten las funciones. Las unas clasifican flores, escrupulosamente. Las otras cuecen en los fogones las exquisiteces para obsequiar a los caminantes. La faena toma días de rigor y exigencia. Los caminantes podrán degustar maravillas. Doña Encarnación guía la complicada tarea; mientras cocinan, rezan rosarios y repiten letanías. La tradición marca que platillo rezado, pecado perdonado, petición concedida. Las hacedoras de manjares deben ofrecer variedad y calidad. Misia Silencios era la experta en los más suculentos buñuelos. Era tal su maestría que la habían apodado en Naguanagua como "doña Buñuelos". Se decía que su secreto estaba en que cada mañana, antes de comenzar su trajinar en el fogón, se acercaba a la iglesia, rezaba tres Ave María, un Gloria y un Padre Nuestro y lavaba sus manos en la pila de agua bendita. Mientras Pensamiento tejía la guirnalda, se le fugaron los pensamientos, perdió la concentración y se pinchó un dedo. La sangre manchó las flores. Una brisa helada cerró las puertas y ventanas. Las mujeres se quedaron paralizadas. Mal augurio, presagio de llantos, de lanzas y pólvora. El ambiente se llenó de ayayayes. - Llamen al cura. Que venga corriendo con agua bendita. Díganle que las flores se tiñeron de rojo. Él sabe que no podemos seguir hasta que no venga a limpiarnos - dijo doña Candelaria, madrina de Pensamiento y guirnaldera mayor. - Y tú, Pensamiento, niña, levántate de esa silla y tómate un poquito de agüita de pomarosa, que te pusiste muy pálida - apuntó la vieja Caridad. - ¡Ay, madrina, emparamé las flores con mi sangre. Eso es que viene guerra! - dijo Pensamiento en medio de sofocos. - ¡Niña, no digas eso ni en chanza! A mi mamá también le pasó, vino el cura, la rezó, le hizo la limpieza y ya. Así que tranquilízate, que esto lo arreglamos ya mismitico. El cura, de carácter hosco y resabiado, encontró a las mujeres azoradas y a Pensamiento con el delantal salpicado de sangre, en pleno quebranto y sollozos. - Mire, padre, una tragedia. Las flores, las flores de la guirnalda se pintaron de sangre. Y eso es desgracia - dijo la vieja Amargura. - No digas tonterías, Amargura. -Y fue hacia la niña. -A ver, Pensamiento, no me vas decir que crees en las bobadas de Amargura. - Ay, padre, mire las flores, sangre. Tenté al diablo - replicó Pensamiento pálida y temblando como flan. - Nada de eso. Habladurías de pueblos. Eso no es así. Pero para que te quedes tranquila, vamos a lavar las flores con agua bendita. No porque el agua bendita sirva para supersticiones sino porque más bien ayuda a aguar disparates. Pasada la lavaíta, se reanudó la faena, el rezo y las letanías. Para medianoche, la hermosa guirnalda de Pensamiento estaba terminada. Por seguridad, la llevó a la sacristía, para que el curita la guardara. - Me voy a sentir mejor si usted me la guarda en un lugar santo. - Déjala aquí que yo la bendigo de nuevo. Ve, que Dios y la Virgen te bendigan; y no hagas caso a zoquetadas de viejas. Ese año la procesión estuvo muy lucida. El tiempo estuvo amable y no hacía calor. Los hombres no se quejaban por el peso sobre sus hombros. Amargura sonreía. La guirnalda de Pensamiento lucía espléndida. La gente caminaba con ánimo. Las mujeres, hasta las más viejas, exhibían una tersura inusitada en los rostros. Los niños no se quejaban y recordaban cada palabra de las letanías y oraciones. El curita no tuvo que regañar a los revoltosos y el coro no desentonó ni una vez. Aitor era un vasco, corresponsal de una agencia de noticias española. Había arribado a la Valencia de Venezuela para cubrir la Begoña de ese año en Naguanagua. Recién se estrenaba en las lides periodísticas. Tomaba notas, grababa sonidos, fotografiaba la escena. Sus ojos veían folklore tropical. Cuando la mirada de Aitor se cruzó con la de Pensamiento, se sintió conminado a fotografiar los ojos de la muchacha. Algo casi sobrenatural había en esos ojos almendrados. Disparó su cámara hasta acabar con toda la carga. Al finalizar la procesión, comenzó la fiesta en el patio de una hacienda. Al arribar, se sintió como en casa. Una mesa ofrecía platillos de presentación multicolor. Los aromas de los manjares lograban que la boca se le hiciera agua. Unos días después, de vuelta en Madrid en su oficina, Aitor se afanaba en escribir su reportaje cuando recibió una llamada del laboratorio de fotografía. - Aitor, ya están listas tus tomas. - Qué bien, ya me acerco. Se apresuró a buscar las copias en papel de las cientos de fotos que había hecho en Venezuela. Como ya era hora del almuerzo, recogió el paquete y se dirigió al bar de la esquina, para tomar una caña y un bocadillo de bacalao. Una a una fue revisando las tomas: de los cófrades con la Virgen sobre los hombros; de las mujeres rezando. Y cuando llegó a las de la muchacha de ojos hermosos, apenas pudo contener su asombro. Casi perdió el aliento. El rostro de la muchacha era prácticamente idéntico al de la Begoña. En principio pensó que sus ojos lo engañaban. Pero, al comparar una y otra vez las imágenes, se confirmaron sus sospechas. Los mismos ojos, la misma nariz, la misma curva de los labios, las cejas, la línea del mentón. Buscó en sus notas y encontró el nombre de la muchacha: Pensamiento. Sin apellido. Por temor a ser tildado de cursi y sensiblero en un mundo cada día menos espiritual, su nota se restringió a una pormenorizada crónica de las festividades de la Begoña allende en Naguanagua de Venezuela. No se atrevió a destacar el parecido físico entre la imagen de la virgen y la joven tejedora de guirnaldas. Su reportaje no pasó de ser un relato insípido, trivial, carente de emoción y pasión. No logró desatar el interés por leerlo. Ni el editor ni sus compañeros le felicitaron. A raíz de ese episodio, fue transferido a cubrir las fuentes de farándula y cotilleo de famosos. Cuatro años más tarde, Aitor, aburrido de la fatuidad de perseguir celebridades, decidió volver a Carabobo y asistir de nuevo a la procesión de La Begoña en Naguanagua. Llegó vestido de paisano, sin cámaras ni libretas; sin grabadora y sin carnet de periodista. En un bolso llevaba las fotos de la muchacha de las guirnaldas. Fue a participar, a sentir, no a indagar o a hacer torpes e irrelevantes juicios de valor. Cuando su mirada se cruzó con la de una muchacha con ojos de Begoña, el corazón comenzó a dar tumbos en su pecho. Y algo indefinible en su interior, una voz silente le dijo que allí, con ella, estaba su futuro. Aitor se enamoró perdidamente de Pensamiento. Tras meses de incesante cortejo, le propuso pasar el resto de su vida juntos y armar una familia. Y Pensamiento aceptó, con una condición: el casorio habría de celebrarse durante La Begoña y bajo la solemne promesa de que cada año vendrían a la procesión.. El jolgorio fue popular. Para el condumio, Pensamiento, con sus propias manos, hizo dos mil buñuelos. Y algo fantástico y hasta mágico ocurrió. Cada vez que alguien paladeaba la dulce exquisitez, un deseo irrefrenable de besar le invadía el cuerpo y el alma. En Naguanagua se desató un paroxismo de ternura. Y entonces la fiesta pasó a la historia como "la tarde de los besos". Aitor y Pensamiento envejecieron juntos. Vivieron repartidos entre medio año en Bilbao y medio en Carabobo. Cada agosto sin falta fueron a la procesión de La Begoña en Naguanagua. Y Pensamiento hizo cada vez dos mil buñuelos para los feligreses y cófrades. Cada vez hubo frenesí de besos. Aitor, originalmente un ateo irredento, o eso creía él, no sólo encontró en Pensamiento el amor sino también algo muy importante: la fe. Eso que no necesita explicaciones racionales. Ella encontró en él confianza y amor, las dos cosas más importantes que hay que buscar en alguien para construir vida más allá de la piel. 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