Alfredo Pedrique, el caballero del béisbol – Mari Montes

Cortesía: Prodavinci

Publicado en: Prodavinci

Por: Mari Montes

Alfredo Pedrique, con más de 50 años en un campo de béisbol, insiste en que aún tiene mucho que aprender. Es un alumno eterno. Su historia comenzó formalmente a los 7 años de edad, en Ciudad Alianza, en Valencia del Rey, estado Carabobo.

— Ahí comenzó la gran aventura. Mi papá jugó softball en la Fuerza Aérea de Maracay, su hermano morocho era segunda base. Teníamos la fiebre de irnos a Maracay para los Juegos Interfuerza. Papá fue maestro técnico de segunda en la Fuerza Aérea. En aquella época todas las fuerzas tenían sus equipos en todas las disciplinas y mi papá por años fue el shortstop y su hermano, segunda base.

Desde allí comenzó su pasión por el deporte.

—Tenía la influencia de mi tío Obdulio Pedrique, que fue manager de la Universidad Central de Venezuela por muchos años. Él era socio del Club Los Cortijos, y cuando lo visitábamos en Caracas, eso eran partidas de softball viernes, sábado y domingo. En mi casa siempre hubo ese ambiente beisbolero, y viendo el apoyo de los viejos, que sabían que me encantaba, que era un fiebrúo, eso me inyectó más fuerza. A medida que iban pasando los años, iba teniendo roce con gente relacionada con el béisbol y además de todo lo que aprendí, conocí a mucha gente.

Ya estaba en bachillerato y pensaba más en serio en tomar la decisión de ser un profesional del béisbol.

—Las conversaciones con mi tío Obdulio ya eran del juego, o situaciones del juego. Siempre fue muy estricto, disciplinado, y siempre me insistía en que para tener éxito, había que ser responsable, nada de fiestas, vicios, novias. Mi mamá le decía que yo tarde o temprano tenía que tener vida, y él decía que si quería dedicarme a la pelota profesional, tenía que respetar eso.

Su talento permitía la ilusión de alcanzar el sueño, destacaba en el béisbol menor.

—Viviendo en Valencia, representé al estado Carabobo en 7 competencias nacionales y el señor Ángel Tovar, que era juez de boxeo, tenía un equipo llamado “Oriol sports”. Pertenecía a una liga experimental en Valencia, yo jugaba ahí. Teníamos juegos  en La Isabelica y en Flor Amarillo. Era una divisa muy organizada y a los jugadores no nos faltaba nada. Aún tenemos amistad. Pertenecía a Criollitos de Venezuela, ahí jugué hasta juvenil. En aquella época, cuando uno decía que se iba a dedicar al béisbol, la gente te veía raro. La primera pregunta era “¿Cómo vas a mantener una familia?”, “¿de qué vas a vivir?”. Yo les explicaba a mis compañeros de bachillerato, que eran contados con una mano a quienes les gustaba el béisbol, que sí era una profesión. Estudiaba en el Colegio Teresiano en Guacara, allí no había béisbol. Había voleibol, baloncesto, fútbol, pero no béisbol. Me encantaba el voleibol y era del equipo. Ya en segundo o tercer año, estaba más decidido por el béisbol. Estaba pendiente del béisbol profesional. Era fanatico de los Tigres de Aragua por David Concepción. Estaba consciente de que encaminarse al profesional iba a atraer algunas críticas, pero no me importaba. Tuve una novia, y su mamá me dijo una vez que eso no iba a darse porque yo no iba a tener una carrera. Le expliqué que el béisbol es una carrera, le dije que podría ganar buen dinero, pero por ese motivo, ese romance se acabó. Mis padres me alentaron a terminar el bachillerato pero me apoyaron, aún cuando había esas dudas normales.

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Cuando estaba ya en la categoría juvenil, Pedro Padrón Panza y Pompeyo Davalillo supieron de él por el periodista valenciano, Antonio Narváez. Se aproximaba un torneo nacional en San Carlos y allí fue donde el propietario de La Guaira lo vio por primera vez.

En esos días tenía que esmerarse para graduarse de bachiller, la mayoría de los profesores le hacían la vida imposible. Pocos le apoyaron en su idea de ser pelotero profesional.

—Seguía con el béisbol y mi papá me insistía en que dejara el voleibol, porque me iba a cansar. Tenía prácticas a las 6 de la tarde. Teníamos esos nacionales en San Carlos. En el primer juego de práctica me ponché 4 veces. Te podrás imaginar, eso fue desde la Firestone hasta Ciudad Alianza con el “¡Te lo dije!”.

El compromiso con la selección era doble, con el equipo y con él. Podía ganarse el puesto de ser el campocorto de la Selección Nacional y en aquella tribuna lo verían los scouts. No debía distraerse. Toda su atención tenía que ser para el béisbol.

—Al día siguiente se lo dije al profesor de educación física porque tenía que concentrarme en el béisbol. Había tomado esa decisión. Primero me vio Pompeyo, en un juego contra Distrito Federal. Me dijo que trabajaba para La Guaira y me comentó que estaría en ese Nacional de San Carlos. Carabobo llegó a la semifinal, bateé y jugué buena defensa. El periodista Narváez nos presentó y de regreso a Caracas, pasó por la casa. Me invitó a practicar en Caracas. Iba a estar un scout de los Mets, el puertorriqueño Nino Escalera.

Antonio Narváez le había hablado de quién era Pompeyo Davalillo y eso lo hizo llenarse de entusiasmo. La meta estaba más cerca con ese scout interesado en él.

—Nunca se me olvida. Firmó a un infielder de apellido Figueroa, que jugó en la liga de Novatos con Tiburones y los Mets. Antes de irse para Puerto Rico, quería dejarnos firmados. Mi papá le explicó que yo debía terminar el bachillerato y luego firmar con los dos equipos. Me había quedado química, sin embargo me fui a Little Falls, un pueblo al norte de Nueva York. Un pueblo chiquito, donde hay muchos fanáticos del béisbol. Llegué al final de la temporada y con mis libros y apuntes para estudiar porque ese era mi compromiso con mis padres: regresar a Valencia a presentar mi reparación y graduarme. Así que volví en septiembre. Estudié esas tres semanas y pasé con 16 puntos, con ese mismo profesor que me reprobó con 09. No recuerdo su nombre.

El inglés de Alfredo Pedrique era bueno. Su tío Eduardo García, hermano de su mamá, que trabajaba para una trasnacional y viajaba mucho a Estados Unidos, hablaba el idioma perfecto, este tío le ayudó mucho. Por eso le costó menos cuando llegó a New Jersey. Había acordado con los Tiburones por 10 mil dólares y 15 mil dólares con los Mets. Le dieron más que a Altuve. Cuando el infielder de los Astros supo eso, bromeó: “pero si tú no bateabas”.

—En Little Falls tenía todo. Un campo de grama podada. Fue una gran motivación para llegar a las Grandes Ligas. Si aquello era así en ese nivel, me ilusionaba mucho llegar a lo más alto.

Ya en Venezuela pertenecía a los Tiburones de La Guaira en una de sus mejores ediciones. La última generación que alzó una copa de campeones.

—Coincidir en un equipo como ese fue maravilloso. Todos éramos distintos pero respetuosos. Todos con el sueño de llegar a las Mayores y otros ya consagrados.

Pedrique firmó con Norman Carrasco y Gustavo Polidor. Los primeros años jugaba poco con los Tiburones. El equipo se estaba ensamblando.

—Yo no fui un jugador de mucho talento. Mi fuerte era la defensa y mi habilidad para correr las bases y crear situaciones de juego. Estuve 8 años en las menores con los Mets. Mi desarrollo fue lento. En aquella época aprendías muchas cosas solo. No había la tecnología que existe hoy. En mi segundo año en doble A con los Mets, por haber jugado en invierno, fue obvia mi mejoría. Había perdido el miedo escénico.

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La experiencia en los Tiburones fue extraordinaria para él desde el primer día. Habla de eso y se siente la emoción en su voz, que siempre es serena.

—Cuando llegué a La Guaira estaban Remigio Hermoso, Oswaldo Blanco, Enzo Hernández. Ese clubhouse era impresionante. Yo sabía quiénes eran esas leyendas. El recibimiento de ellos fue muy cálido y positivo. Nos abrieron los brazos, nos regañaron. Ese clubhouse era el mejor de todos los estadios de Venezuela. Con su alfombra roja y azul, y el tiburón. Los lockers del medio para los caballos y nosotros atrás, cerca del cuarto del trainer. Era vivir una fantasía con aquel estadio full de gente. Yo me contagié. Fue un comienzo especial. Era un ambiente nutritivo del béisbol.

Hablamos de lo que significaba aquel equipo que despertó tantas emociones en su afición. Tantas, no exagero, que muchos años después, siguen viviendo de esos recuerdos y los jóvenes que jamás los vieron, hablan de ellos como personajes míticos.

—Lo que significaba “La Guerrilla” era una combinación. Cuando La Guaira quedó campeón y la Serie del Caribe fue en Maracaibo, nos querían dar los viáticos en bolívares y Luis Salazar, que era el representante de nosotros, no aceptó porque a ellos les debían ese dinero en dólares. Ese día inaugural tardamos para salir y eso se supo. No se me olvida que la gente nos decía de todo y si salíamos a comer nos lanzaban monedas, centavos. La gente no estaba al tanto de lo que pasó. Eso y la identidad guerrera del equipo, se combinó para que nos pusieran ese sobrenombre. Esa cultura que creó el señor Pedro Padrón Panza nos exigía ese comportamiento, esa entrega, y jugar en equipo. Otra ventaja que tuvo mi generación es que éramos 6 clubes y todos estaban bien armados con los criollos. El talento criollo era excelente. También había competencia muy sana entre nosotros como jugadores. Éramos tantos infielders. Yo terminé jugando primera. Estaban Ozzie Guillén, Gustavo Polidor, Café Martínez. En esos días, Magallanes no era tan competitivo porque su base de criollos no era muy fuerte y así surgió aquella rivalidad acérrima entre nosotros y los Leones. Aquellos Leones tenían a Antonio Armas, Andrés Galarraga, Baudilio Díaz, Luis Peñalver, Urbano Lugo, Edgar Cáceres, Jesús Alfaro, Jorge Uribe, Omar Vizquel, después llegó Carlos Hernández, por decirte algunos. Los veíamos practicar y se veían invencibles. Pero Luis Salazar nos decía que ellos tenían dos brazos, dos piernas, y  guantes y bates como nosotros. Sabíamos que eran un trabuco, pero eso era una motivación adicional. Las ganas de derrotarlos era una inspiración. Y ellos también sabían que nosotros no éramos fáciles. Era un equipo al que yo le tenía mucho respeto. Le hacía seguimiento a cada uno en la prensa, lo que hacían en las Grandes Ligas. Sabíamos que sería una guerra desde el primer inning hasta el último out. Sabían que no éramos fáciles tampoco y ellos no eran peloteros echones, bocones o faltas de respeto.

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Alfredo Pedrique vivió la rivalidad contra Caracas como jugador y como manager.

—La rivalidad Caracas-Magallanes no se puede comparar a la de La Guaira con Leones. Es diferente a todo. Es difícil de explicar lo que pasa en un juego de esos dos equipos. Pero en aquel tiempo, en un Caracas-La Guaira había mucha intensidad y adrenalina en el ambiente. Es que contra Leones uno quería lucirse. Yo disfruté cada juego, incluso los que no ganamos. El equipo contrario siempre obliga a ser mejor. Si quieres ser mejor, debes ganarle al mejor. Ganarle a los Leones era una vitrina y eso obligaba a preparase, a adelantar situaciones de juego, había que estar al nivel. Esas victorias se disfrutaban más. Son inolvidables.

“La Guerrilla” era un equipo que engranó perfectamente. Con personalidades, orígenes y experiencias diversas. Al uniformarse eran un ejército temible.

—Yo era el sifrino de los Tiburones, así me decía Guillén. Esa diversidad de personalidades, de orígenes y estilos, nos unió mucho. Pérez Tovar llegaba en patineta, con las rodillas con rasguños y con los codos rotos, animando. Luis Salazar era tranquilo, un puente entre todos los sectores. Nos aceptábamos y nos respetábamos. Nos ayudábamos dentro y fuera del terreno y nos divertíamos mucho. A veces había que pedirle a Ozzie que se callara porque no paraba de hablar nunca. Y la verdad es que lo aceptábamos así. No sé cómo hacía para concentrarse, pero lo hacía. Gustavo Polidor era otro que siempre tenía una broma.

Evocando sus tiempos en la LVBP, trae el recuerdo de Roberto “Musulungo” Herrera, un árbitro sin duda inolvidable.

—Me dices árbitro y pienso en él. Un día en Maracaibo, domingo en el noveno empatado a 1 carrera. Musulungo cantó strike a una bola y se lo reclamé, me dijo que yo estaba ahí para batear y que él se quería ir porque no aguantaba el sol y los juanetes. Que hiciera swing que él estaba apurado. Ya siendo manager, estaba yo con Magallanes, venía a batear Magglio Ordoñez y a los 2 primeros lanzamientos dio dos fouls larguísimos. Le hago una seña a Raúl Chávez, que fuese inteligente. Musulungo se me quedó viendo. Gregorio Machado, al lado mío, me pregunta qué será lo que le pasa. Yo no sabía porque yo no estaba reclamando. El juego estaba en el noveno 2-1. El siguiente picheo fue igual y ese sí que la desapareció. Magglio Ordoñez sacó la pelota del Alfonso Carrasquel, literalmente, y empató el juego. Cuando entro a sacar al lanzador, Musulungo me dice: “¡Oye asere, me disculpas pero ese jonrón te lo dieron a ti, por malo!”. Yo sigo caminando al dugout y le pregunto que por qué me dice eso y me dice “¿No viste los 2 fouls? ¿Por qué no saliste a hablar con él? La culpa no es del catcher, la culpa es tuya. Ese juego te lo empataron a ti”. Uno hace malacrianzas y se disgusta y reclama, pero tiene mucho respeto por ellos. Los árbitros enseñan mucho.

La experiencia es la mejor enseñanza. Pasado el tiempo, mirando hacia atrás, enumera lo que pudo hacer mejor, como por ejemplo haber aceptado ser utility en los Piratas de Pittsburgh.

—Un día le pregunté a Jim Leyland por qué no era regular, y él me preguntó que cuántos juegos llevaba yo. Ellos querían que fuese utility. Yo esperaba otra cosa pero arranqué con 2 hits en 52 turnos, así que me bajaron, tenía que recuperar mi juego. Fui terco en ese año 88. He debido manejarlo de otra manera. En aquel tiempo los utilities no eran piezas valiosas como ahora. La experiencia es para eso. Esa situación, cuando llegué a manager, me hizo comunicarme mejor con los peloteros. Es muy difícil voltear a los lados cuando ves al frente, porque todos estábamos por la misma meta. Cuando me retiré no me pegó tanto porque sabía que iba seguir en el béisbol. Jim Leyland siempre me dijo que yo podía ser técnico. Yo no me quejo de mi carrera,  aunque no haya jugado muchos años, he sido manager y coach en las Grandes Ligas, he hecho muchas amistades, he sido testigo de grandes momentos. Tengo 60 años y sigo montado en el ring.

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Su pasantía por las oficinas de los Astros le hizo ver el béisbol desde otro ángulo.

—Haber recibido la oportunidad de estar con los Astros y esa responsabilidad con las Menores y Latinoamérica, fue un gran aprendizaje. Era un trabajo diferente. Tratar bien a los jugadores. Hay que ser primero humano. La vida de esos muchachos está en las manos de nosotros y es una responsabilidad. Con esa mentalidad entendí la historia de José Altuve. Me ayudó a regresar la película que yo viví. Recordé que yo solo quería una oportunidad y me alegra ser parte de quienes se la dimos a él.

Otro nombre que le entusiasma porque ha estado con él y ha visto su crecimiento es Carlos Mendoza, coach de banca de los Yankees, quien recientemente fue candidato a dirigir a los Medias Rojas.

—A Carlitos Mendoza lo conocí  en 2013 en la organización de los Yankees. Era coordinador de infield, ahí comenzó nuestra relación, hablábamos mucho. Es increíble la preparación y habilidad que tiene para comunicarse con los peloteros, y yo creo que pronto debe llegar a ser manager. 

Ahora Pedrique tiene un nuevo reto. Fue nombrado manager de Jacksonville, la sucursal Triple A de los Marlins de Miami. Cargo importante en la tarea de reconstrucción del equipo que encabeza Derek Jeter como CEO y accionista. Lo quieren cerca, como parte de ese proyecto de ser competitivos y desarrollar el talento emergente.

Habla poco de su experiencia con Leones. Dirigir al Caracas terminó siendo un trago amargo. Esperaba un equipo como aquel que enfrentaba cuando era “La Guerrilla”.

—Lo vi como un honor y una gran oportunidad. Pero no conseguí eso. Pero a esta altura creo que de todas las experiencias se aprende. Me ayudó a madurar aún más. En este negocio uno nunca termina de aprender. Sé que no debo confiar en todo el mundo.

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Pedrique es un técnico familiarizado con este béisbol de las mediciones y estadísticas. Tiene claro que todo debe ser un balance.

—Me di cuenta de que llegó para quedarse y hay que poner todo en una balanza. Hay que aprender cómo usarla. Me di cuenta de que hay que tomarlo en cuenta y también valorar la experiencia. El instinto es importante para usar esas herramientas con éxito.

No quise terminar sin hablar de Elizabeth, su esposa, porque es una historia de amor que vale la pena contar.

—Elizabeth existió en mi vida desde cuarto grado. Vivíamos en Guarenas. Mi tío Morocho y Obdulio montaron una fábrica de ropa de hombres. Le propusieron a mi papá trabajar en eso y se mudaron. Nos hicimos amigos en el colegio Jesús María Marrero, compartíamos con su familia. Ellos tenían una finca y allá pasábamos los fines de semana. Ella me gustaba, era una flaca súper pilas. Jugábamos pelotica de goma y ella veía esas partidas. Si faltaba alguien, ella se metía, pero perdimos contacto cuando nos fuimos a Valencia de regreso. En 1979 vuelvo a saber de ella, porque le mandé una postal desde Virginia. No recuerdo si era su cumpleaños o fue solo para saludarla, la recordé y le mandé varias postales. Después nos casamos cada uno y perdimos el contacto. Luego nos reencontramos en 2005. Todo ese tiempo ella guardó esas postales. Yo era manager de Magallanes y un amigo de Eli le dice que van al juego y ella quiso ir, le contó que habíamos sido novios. Siempre decía eso. Antes del juego, Erold Andrus  me comenta que me anda buscando una Elizabeth. Pensé en ella, sabía que era ella. Le mandé a decir que me esperara porque estaba hablando con un periodista. Andrus le ofreció una pelota y ella le dijo que gracias pero que ella quería era ver a Alfredo Pedrique. A los 10 minutos salí, ella estaba afuera, en el Universitario. Reconocí esos ojos. No la vi después del juego. Pero nos vimos otra vez en Caracas y desde entonces, estamos juntos.

Sin duda Alfredo Pedrique se ganó en buena lid, que lo llamen “Caballero del béisbol”.

 

 

 

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