Carta de Paul Desenne

Cuando Paul Desenne me envió la más reciente grabación de su magnífica Suite Venezolana, le escribí de inmediato. Su respuesta es la carta que hoy comparto con ustedes. Me resultaron de sumo interés sus opiniones y observaciones sobre el universo de la composición académica en nuestro país, y por ello -con la venia del autor- he decidido publicarla en la página.

Es momento oportuno, por supuesto, volver sobre su Suite, que aquí mismo publicamos el pasado 13 de enero. Disfrútenla.

CMR.

 

La segunda, Dragoncello, que te invito a que escuches en el sitio web del conservatorio de Oberlin, es para 6 chelos solistas (un delirio sonoro) y orquesta de cuerdas. El resultado estuvo impresionante; varios estudiantes manifestaron el más alto entusiasmo por  la pieza que los mantuvo al volante de un bólido por 12 minutos, como en una carrera!…Una experiencia fabulosa, exaltante, ¡qué brío!

Estos 2 webcasts fueron en noviembre y diciembre pasados, si mal no recuerdo.

Te cuento esto porque sé que en calidad de periodista te puedes haber preguntado ¿La escena musical venezolana se trata solo de figuras; de Gustavo Dudamel, Gabriela Montero (he trabajado con ambos, en proyectos maravillosos), y otro puñado de directores, solistas clásicos y criollos? Y los contenidos?

Hablemos del contenido…Eso es lo que me interesa. El contenido y su calidad son temas que están por encima de toda la infinita capacidad humana para el conflicto y la calamidad.

El tema del contenido que va desde lo técnico hasta lo evocado, lo poético; la forma y el subtexto cultural.

El sentido de la Obra en la Historia de los lenguajes musicales, de las culturas sonoras, cantadas, instrumentales, profesionales o familiares…Y el sentido de lo que queda.

De lo que nos gusta investigar en la Historia y los archivos, esas obras ínfimas que nos legó un pasado con poca tradición escrita ¿dejaremos otro desierto?

¿Qué lugar tiene hoy la creación de contenido venezolano y latinoamericano en el escenario mundial? Esto incluye por supuesto conservatorios y academias, de los cuales se habla poco, y con los cuales no he tenido gran cercanía, aparte de tener en mi bagaje un Primer Premio del Conservatorio Superior de París.

No todo es ovaciones en el podio, lluvias de flores y cargadas en hombros por multitudes para los que nos metimos en el sacerdocio de la creación; ojo, sin votos de castidad… ni de santidad.

El diseño del repertorio venezolano se hace en el profundo silencio de las noches infinitas, en el anonimato a veces doloroso, empeorado por la pobreza implícita en la decisión de vida del compositor: lealtad al Arte, a la calidad artística como meta suprema, a la búsqueda y a la construcción de una verdad cultural afincada, construida con una comunidad de espectadores o de oyentes… ¡pero eso no parece interesarle a nadie!…casi. Es el contacto con la manera antigua de hacer las cosas, quizás, que vuelve esto un tema tan poco vendible, pareciera.

El tema del creador como personaje ya muerto auque esté vivo y en la sala, es un viejo filón de verdades que ya han sido enunciadas por filósofos y poetas; ese trauma se supera desde la primera lectura de la primera obra que un compositor o un autor de teatro pone en manos de terceros para su interpretación.

Al entregar la obra, mueres, ya no es tuya, es un signo, una inscripción formalizada que otros deberán leer, entender, querer y por fin traer de nuevo a la vida, dándole tiempo y cariño, como un ser que revive, a veces a un alto costo: cientos de horas de estudio, práctica, ensamblaje, rodaje, grabación…Dalina Ugarte, talento espectacular, me confesó que tuvo que “meterle la mocha” al estudio para navegar por esa partitura. Ovalles ya la había tocado en YouTube con un violinista en una versión bastante hippie pero alta en emociones y colorido, muy vivaz y sorprendente. Eso le dio la experiencia para enganchar a la fabulosa estrella de Ugarte y sacarle el máximo a cada movimiento.

Es que la música venezolana parece fácil…una tontería.

Empezando por la escritura de semejantes desparpajos rítmicos y melódicos que son absolutamente nuestros…otra tontería. Inventar la manera de traer esas formas musicales al escenario clásico escrito sin que pierdan toda su savia.

Todo está en esa formidable cohesión emocional que le dan estos dos jóvenes. Para un compositor es extraordinariamente emocionante sentir que te leen correctamente, por fin, y que la obra se cristaliza y se yergue con todos sus significados culturales implícitos, el humus profundo de las mil referencias y los mil recuerdos relacionados, referencias que muy justamente describiste y conoces perfectamente, el túnel de Guarenas esa Caracas loca pero jocosa por paradoja pura; el pulso siempre a millón, la guasa; Maracaibo en su emoción lírica ilimitada, apasionada; el Llano, tajante…

Por cierto ese “Donzulián” de la versión Ugarte-Ovalles es una montaña rusa de emociones y esta mujer le imprime todo ese contenido a su violín, esa dramaturgia caprichosa muy latina y romántica y sin embargo profunda, telúrica y sentimental…

(eso me recrodó…tengo un proyecto de ópera, pero mira…eso ya…)

…no me despido sin agregar una frasecita de dos cuartillas:

Esta pieza se inscribe en la línea de trabajo que he mantenido desde hace más de 40 años: investigar en mis creaciones el infinito potencial de la música venezolana, desde el ángulo de la escritura seria de concierto, no desde la payasada de salón, que me encanta, o desde la echonería de las tertulias, que también me gustó cuando había fiestas en este planeta… ni mucho menos de las fusiones con fecha de vencimiento (¡eso nunca!).

La idea es entender los códigos genéticos de la música tradicional venezolana Y latinoamericana (el tango, la cumbia, el joropo, el merengue, el bambuco, la bossanova, la salsa…), desde la propia multiculturalidad venezolana, escribiendo en Venezuela para solistas y grupos locales principalmente, y partiendo de la gramática de las estructuras, de los estratos de elaboración semántica y emocional, construir discursos más extensos y complejos que la simple canción tripartita o el vals con interludio modulante, y sus respectivas vueltas improvisadas siempre sabrosas, tan de moda hoy, a la manera guataquera del Jazz.

He buscado elaborar discursos que requieran atención, que lleven a sitios más sutiles y refinados de la energía emocional; también hacer planteamientos filosóficos y estéticos muy serios a través de la composición sin acartonamientos ni categorías ni carpetas.

Todo esto depende de la poética de las formas largas, de los desarrollos facilitados por la escritura, cuya coreografía de infinitos detalles, te imaginarás, también depende de los infinitos refinamientos de la partitura.

Forma larga y micro estructuras…

(¿Recuerdas El Reto con la Camerata Criolla y Gurrufío 2003? Allí hay un trabajo formal grande, de largo aliento, diseñado hasta la última semifusa, que solo se puede elaborar desde la escritura. No es un “arreglo”, es una composición de 181 páginas a 24 pentagramas, un total de 1659 compases, en dos tomos)

Un producto cultural diseñado para durar, como un Rolls Royce. Ingeniería y artesanía composicionales que desafían la reescucha, el tiempo que lo corroe todo, como el salitre.

Nada perecedero aquí en la Suite Venezolana de 2006; estoy convencido de que estas piezas se ponen mejores con el tiempo, como Gardel, valen cada vez más, se van curando. Colocan “benchmarks”, puntos de referencia para generaciones futuras. Así lo veo.

Disfruto repitiendo mi idea: no escribo para que tenga futuro la música venezolana, sino para que los venezolanos del futuro tengan un buen pasado musical sobre el cual apoyar sus aspiraciones y sus sueños. Poca gente piensa de esa manera, al revés, en cierta manera, pero ajustada a la verdad generacional de la cultura.

¡Fíjate que para la maravillosa violinista que llamo con la irreverencia del medio operático “La Ugarte”, yo soy de los viejos! (no me estoy metiendo contigo… ojo!)… y mis obras salen casi que de un baúl de recuerdos polvorientos.

Por debajo el baúl tiene una compuerta secreta, le sigo metiendo papeles.

 

Saludos musicales,

 

Paul Desenne

 

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