La izquierda radical reaparece en el imperio – Francisco Olivares

La izquierda radical reaparece en el imperio - Francisco Olivares
Cortesía: El Estímulo

Los efectos económicos de la COVID-19, con caídas del PIB en las principales potencias del mundo de hasta -10%, abren una brecha conflictiva que favorece la aparición de grupos y movimientos que aspiran a “un nuevo orden mundial”. Pero lejos de alianzas para superar la pandemia y la severa crisis, que algunos comparan con los tiempos de la postsegunda guerra mundial, la polarización, la rivalidad y la intolerancia parecen posicionarse, mientras los grandes bloques (China-Rusia vs. EEUU-UE) se disputan la supremacía.

Publicado en: El Estímulo

Por: Francisco Olivares

Aunque algunos analistas y expertos comienzan a hablar de “un nuevo orden mundial”, acelerado por la crisis de la pandemia por la COVID-19, los síntomas que se observan en el escenario internacional son de agudización de los conflictos entre los distintos centros de poder que tienen como objetivo final imponer su hegemonía y con la izquierda en el foco central.

La intolerancia emerge con más fuerza en economías que sucumben. La rivalidad económica y política entre los bloques, como China y Rusia, frente a EE UU y la Unión Europea, se incrementa con medidas económicas que cierran las alianzas.

La crisis de violencia desatada en 40 ciudades de EE UU por el asesinato a manos de la policía del ciudadano de raza negra George Floyd, más allá del tema del racismo, un mal arraigado en ese país, tiene un componente político de factores que se activaron tras la reacción de la población, estimulada en redes y medios masivos.

La participación de grupos políticos, especialmente de la izquierda radical como “Antifa”, un movimiento de extrema izquierda que ha sido identificado como la principal organización que alienta las acciones violentas, muestran cómo estas organizaciones que conviven en tiempos de normalidad emergen como gases comprimidos y se activan cuando se generan crisis internas.

Grupos políticos pueden trasladarse de un país a otro agitando esa “furia” que culmina en saqueos, incendios de propiedades y destrucción, y en la que los símbolos de la ley o la libertad son cuestionados para promover “un nuevo orden” sin fundamento, historia o arraigo en esas comunidades; pero que arrastra simpatías al remover resentimientos y ofrecer un cambio expresado en venganza.

No puede ubicarse un foco común o llamarlo “una nueva izquierda”. Tampoco su conducción está sincronizada con movimientos o jefes de Estado miembros del Foro de Sao Paulo. Tampoco son los llamados antifascistas o ecologistas que siguen un patrón mundial. Y aunque algunos de estos movimientos pueden exponer como símbolos el rostro del Che Guevara, los ojos de Hugo Chávez, y el marxismo como dogma, cada región, sector, o movimiento, anida sus propios fines. Pero muchos de ellos confluyen y emergen en momentos de crisis como la pandemia o las manifestaciones que hemos visto en EE UU y las pasadas en Chile y Ecuador.

Se benefician las autocracias

Aunque en estas nuevas crisis de 2020 no se identifica a líderes conduciendo las acciones aparentemente espontáneas, son las potencias autocráticas enfrentadas a las democracias occidentales las que toman ventaja en movimientos y partidos que surgen contra las democracias. Este tipo de manifestaciones que culminan en violencia son útiles para estimular las debilidades de estos Estados y de sus mandatarios, y refuerzan su estrategia para imponer la hegemonía económica y política y clamar por “una nueva constitución o un nuevo orden”.

En Latinoamérica, países como Venezuela, Nicaragua y Cuba forman parte del juego geopolítico y, por ello, no es de extrañar que activistas provenientes de esos tres países han sido detenidos e identificados en los conflictos registrados en el continente, agitando acciones vandálicas.

Campañas interesadas

El conflicto está igualmente alimentado por campañas “anónimas” a través de las nuevas plataformas, en donde no hay códigos de ética, presentando noticias e historias falsas, manipuladas o elaboradas contra líderes, figuras, personalidades, religiones o movimientos de la cultura occidental, manejadas desde laboratorios con expertos y grupos de hackers especializados que exacerban la intolerancia, dividen al enemigo y profundizan la incertidumbre. Son mecanismos que requieren cuantiosos recursos, objetivos y organización.

En países como Venezuela, Cuba y Nicaragua, a pesar de padecer las más fuertes restricciones económicas, desempleo y sufrir los más altos precios de los bienes, las manifestaciones por reclamos de mejor calidad de vida no tienen la misma característica destructiva y son inmediatamente neutralizadas por la fuerte represión; a pesar de que sus reclamos parten de situaciones mucho más dramáticas que las observadas en EEUU.

En Venezuela, la burocracia gubernamental se manifiesta alarmada por un homicidio de origen racial como lo expresó Nicolás Maduro a la familia de Floyd, acusan a Trump de racista y piden hasta su cabeza, en coro junto con los países aliados; pero a lo interno la lista de asesinados por manifestaciones, persecución o torturas e incluso en las barriadas populares, están a la orden del día, tal como han sido meticulosamente registradas por la Comisión de Derechos Humanos de la ONU.

Todos contra Trump

En plena pandemia, no ha cesado en Venezuela la persecución de opositores y allanamientos a viviendas de dirigentes políticos exiliados. Incluso, los encarcelamientos aumentaron, ya que incluyen a quienes protestan por servicios públicos.

Si bien cada uno de estos regímenes autocráticos tiene su propia agenda, comparten intereses comunes como la caída de las democracias occidentales y de sus líderes mundiales. China y Rusia han invertido grandes recursos económicos en esos países y han adquirido un gran porcentaje de propiedades, empresas y acciones aprovechando los principios de la democracia liberal, la libertad económica y sus leyes.

Antifa y los grupos violentos

En las manifestaciones violentas en EEUU se han destacado las acciones de los activistas de Antifa, que Donald Trump ha calificado como grupo terrorista. Se trata de organizaciones de izquierda radical cuyos seguidores comparten filosofías y prácticas como “antifascistas”, sin estructura definida. No se sabe cuántas personas los integran ni quién lidera.

Las imágenes grabadas de los sucesos violentos en Minneapolis y otras ciudades afectadas por los saqueos, muestran a estos activistas vestidos de negro, portando martillos o vigas para romper ventanas y vidrieras de los comercios. En los graffitis que dejan en los portones destruidos se lee: “Fuck the police”.

Black Lives Matter

Otro movimiento que se ha destacado es el Black Lives Matter (BLM), una organización internacional nacida en EE UU y que organiza campañas contra la violencia hacia personas negras. Comenzó a ganar reconocimiento a escala nacional por sus manifestaciones después de la muerte de dos afroestadounidenses en 2014 en Nueva York.

El movimiento global Black Lives Matter es una red descentralizada y no tiene ninguna jerarquía o estructura formal. Algunos analistas sostienen que sus fundadores, como Alicia Garza, Opal Tometi y Patrisse Cullors, tras la defensa de los derechos de los negros, promueven un cambio de régimen, y que estarían identificados con la izquierda socialista y se han enfrentado al gobierno de Trump desde 2016.

Infiltrados por la izquierda

El FBI detuvo en Miami y en otras ciudades estadounidenses a grupos de personas originarias de países como Haití, Venezuela y Honduras, durante las jornadas de protestas violentas que se registraron el fin de semana. Los detenidos admitieron haber recibido dinero de activistas para participar en las manifestaciones, según reseñaron varios portales de noticias.

Durante las protestas en Miami se hizo viral el video de un venezolano utilizando la gorra tricolor con una amplia sonrisa de satisfacción, mientras destruía un vehículo privado que se encontraba estacionado frente a un centro comercial. El individuo fue identificado más tarde por las redes sociales como un migrante de buena posición económica vinculado con el gobierno de Maduro.

En ese sentido, las autoridades están tratando de establecer si las personas que realizaron pagos para promover disturbios tienen lazos con agencias de inteligencia extranjeras, de Venezuela o Cuba.

La presencia de activistas de la Brigada Che Guevara, del Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua, y de movimientos socialistas de Chile como Wenufoye o Mapuche, ha quedado evidenciado en imágenes que circulan en las redes sociales.

Hellen Peña, una activista de República Dominicana, perteneciente al Movimiento Internacionalista Che Guevara, se encontraba entre las personas que protestaron en Miami por la muerte de Floyd.

En una grabación, la activista, cargando un morral escolar con los colores de la bandera venezolana de los que entrega el gobierno de Maduro, aseguró ser “chavista” y que “apoya la revolución bolivariana”. Asimismo, reveló que recientemente visitó el país “como parte de una brigada internacionalista”. En las fotos que divulgó el reportero gráfico venezolano Jesús Medina Ezaine, se observa a la dominicana cuando fue recibida por Maduro y en reuniones con grupos del PSUV en Caracas.

La policía de Columbus, Ohio, pidió apoyo el fin de semana para identificar a un hombre que entregaba dinero a manifestantes para causar destrucción a la propiedad pública. En el video publicado por las autoridades, se observa cuando daba instrucciones a dos personas.

La izquierda demócrata

La congresista más joven del Congreso de Estados Unidos, Alexadria Ocasio-Cortez, del Partido Demócrata, quien trabajó a favor de la precampaña de Bernie Sanders, es hoy una de las líderes más destacadas de la política estadounidense y se define abiertamente como “socialista democrática».

Hija de migrantes y nacida en El Bronx, Nueva York, ha logrado atraer a millones de seguidores en sus redes sociales con posturas en pro de beneficios sociales, antirracismo, mayores impuestos al gran capital y modelos de seguridad social pública como el de Suecia.

En EE UU ya se habla de una nueva generación de políticos, especialmente mujeres, que están promoviendo cambios. El canal Visual Politik, destaca a las congresistas Ilhan Omar y Rashida Tlaib, que son las primeras musulmanas en llegar al Congreso. Incluso, Omar es la primera en llevar un velo islámico en la sede del Parlamento.

Pero la gran abanderada de esta nueva corriente socialista es Ocasio-Cortez, quien ha conseguido el rechazo de líderes de su propio partido por propuestas de medidas sociales como el “Green New Deale”, que plantea que de aquí a 10 años el 100% de la electricidad del país provenga de energías renovables. También propone que los migrantes indocumentados reciban los mismos beneficios sociales de los estadounidenses; pero su centro es el combate contra la injusticia económica y las “marcadas desigualdades”, que son “una de las grandes amenazas de nuestro país, nuestra democracia y nuestro planeta”.

Los analistas hablan de corrientes neosocialistas que han conquistado importantes espacios en el Partido Demócrata y están arrastrando a grandes sectores de la juventud, trabajadores y movimientos radicales que cuestionan el racismo, demandan la igualdad de géneros y se presentan como voceros de las minorías.

El Partido Demócrata, con casi 200 años de existencia y defensor de la democracia liberal en su doctrina, está experimentando una importante transformación desde sus bases hacia la socialdemocracia, el populismo y el socialismo.

El socialismo en España

El cambio hacia la izquierda radical está operando en España a través del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y los grupos que han alcanzado el poder, como Podemos. La escalada del líder de esta organización identificada con el marxismo a la vicepresidencia en ese país, ha polarizado al extremo la política española con posturas irreconciliables, luego de una larga convivencia entre el PSOE y el Partido Popular (PP) posguerra civil.

Pablo Iglesias, quien tomó como modelo para su ascenso la experiencia venezolana, explicaba que el triunfo de Hugo Chávez y la extensión de su proyecto en varios países de América Latina, constituían un ejemplo de cómo la izquierda europea también podría llegar al poder.

“Yo, lo tengo claro… Yo no he dejado de autoproclamarme comunista nunca. Cuando hay elecciones en condiciones de normalidad, los comunistas nunca ganan. ¿Cuándo los comunistas han tenido éxito? En momentos de excepcionalidad. Y estos son momentos de excepcionalidad. La transformación social no ocurre en momentos de normalidad, sino en circunstancias de excepcionalidad y estamos en momentos de excepcionalidad”, explicaba Pablo Iglesias su fórmula para que la izquierda llegase al poder, en una jornada de la Juventud Comunista de Zaragoza, en marzo de 2013.

Lo que sugería Iglesias es que la izquierda debe aprovechar esas grietas que aparecen en momentos de excepcionalidad para promover un proyecto de cambio en el que el mensaje es fundamental.

Siete años después, Iglesias llegó a la vicepresidencia de España y mientras ese país se debate por la crisis de la COVID-19, los socialistas están imponiendo leyes y acciones que conducen a limitar las libertades, como su propuesta de regular a los medios de información para el control público, declarando que toda riqueza está subordinada al interés general y expresando que están listos para nacionalizar empresas en ese país, tras el cierre de plantas como Nissan.

Venezuela es un ejemplo de la implantación de un modelo que, en nombre de la igualdad, ha exacerbado la intolerancia y la descalificación, convirtiendo en enemigos a quienes disienten.

La exaltación de la defensa de las razas originarias, de la mujer, de la libertad de género o la igualdad, terminan cuando el protagonista de una de esas simbologías se manifiesta inconforme con el régimen. Así han sido masacrados y encarcelados indígenas originarios, mujeres sometidas a violencia en las cárceles políticas y las barriadas populares son tomadas por cuerpos de seguridad y bandas armadas.

 

 

 

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