Li Mortacci Tua – Juan Carlos Méndez Guédez

Li Mortacci Tua - Juan Carlos Méndez Guédez

Publicado en: Blog personal

Por: Juan Carlos Méndez Guédez

– Te quieren asesinar. Eso lo sabes, ¿no?

Adelaida me miró con ojos espesos, aburridos. Hizo un pequeño gesto negativo con la cabeza y continuó caminando a mi lado mientras un par de señores le hacían una rápida foto con su teléfono y se marchaban.

– Cada año recibo amenazas, Manuel. Mi vida sería un infierno si prestase atención a cualquier loco que dice que va a matarme.

Acabábamos de salir de Il Goccetto.

Después de una deliciosa tabla de quesos y un par de vinos tintos, ambos teníamos las pupilas brillantes, tomadas por una plenitud que oscilaba entre la modorra y la lucidez. Adelaida me tomó del brazo cuando subimos al taxi y le pedimos que nos llevase a la Via Vittoria. Habíamos decidido hacer unas fotos por el lugar y concluir con unas tomas grandiosas en la Piazza Spagna.

Dentro del taxi la mujer tardó un rato en soltarme; parecía feliz; incluso eufórica; pero quizá al ver que yo no respondía a su efusividad me fue soltando lentamente; primero un dedo, luego otro, luego otro y otro.

Era muy mayor para mí. Demasiado.

Le había dicho con claridad: quería hacerle una larga entrevista que incluyese bastante material fotográfico mientras ella tomaba notas para su nuevo proyecto. Se mostró reticente al principio hasta que le pedí un par de minutos para hablar por Skype y contarle mi idea. Al verme, aceptó encantada. Me citó en Roma la semana siguiente. Supuse que así sería. Está mal decirlo, pero soy guapo. No alcanzo a ser un actor de cine o un modelo, pero sí se puede afirmar que soy bastante guapo; lo suficiente como para que se me abran muchas puertas en la vida.

Eso no implica, por supuesto, que mi intimidad con Adelaida superase las miradas profundas que le lancé en la mesa, los toques muy breves de su mano, las morisquetas que hice para que sonriese cuando le tomé las primeras fotografías. Conozco el punto justo para que las personas sean amables conmigo sin creer que pueden seguir adelante. Lo apliqué en este caso. Un cierto territorio de la incertidumbre; una aproximación nerviosa que luego se replegaba.

Ella me miró de reojo un par de veces. Fingí no darme cuenta. Lo real es que me parecía hermosa la historia de Piaf con un amante jovencísimo, pero no estaba en mis planes repetirla.

Fingí asombro por las palabras de Adelaida mientras me mostraba por la ventanilla del taxi lugares especiales de Roma. Un par de veces le agradecí que accediese a darme una entrevista que aún no se encontraba contratada por un medio importante. Ella alzó el rostro: pétrea, señorial.

– Pues sí debes estar contento. A mis años ya no converso con cualquiera. Sólo hablo en la promoción de mis libros y te puedes imaginar que termino agotada porque se traducen de golpe a veinte idiomas; más los otros idiomas que se suman luego.

– Cien millones de copias vendidas de tus diez libros. Es una cifra que quita el aliento.

– Yo creo que son más. Me cuesta creer que Dean Koontz y J.K. Rowling vendan más que yo.

Alcé los hombros.

– Como tienes algunas restricciones a la hora de traducir…

– Sólo he puesto restricciones al catalán. Es un idioma precioso, pero para seguir viviendo en paz en Andorra es fundamental que la gente de allí no me lea. Así que seguiré impidiendo que me traduzcan a ese idioma. Me gusta pasear por la calle sin que la gente me asalte para que les firme un libro o para contarme alguna historia ridícula que les parece buena para mis novelas.

El taxi se detuvo por el atasco. Adelaida dio un manotazo rabioso sobre sus piernas.

– Hoy apenas he trabajado, Manuel. A ver si cerramos esta tarde la entrevista, me tienes raptada y necesito investigar a fondo.

– Lo sé, lo sé, no te preocupes. Hoy terminamos. Dime algo, esas amenazas que has recibido, ¿son para ti parte de esos comentarios idiotas de la gente?

– Desde luego. Es ruido. Ruido. El ruido que quiere impedirme trabajar. Alguna persona sin oficio decidió divertirse enviándome mensajes diciendo que se vengarían por mi mezquindad. Eso el último año; en épocas anteriores me han amenazado por supuestos plagios; por haber concluido un libro de una manera que un lector juzgó no satisfactoria, y hasta un colgado que admira a Stephen King dijo que me mataría porque no era justo que yo hubiese superado las ventas de su maestro.

– ¿Todo eso te ha pasado?

– Eso y más. Ya no recuerdo. No tengo tiempo para escuchar sandeces.

El taxi nos dejó en nuestro destino. Un resplandor naranja nos envolvió con dulzura. Las paredes de Roma refulgían como si un delicado fuego ardiese dentro de ellas.

– No sé si atreverme a contarte mi teoría sobre estas amenazas recientes…- le dije y comencé a hacerle fotos-. Como habrás comprobado en la vinatería, he leído tus obras muchas veces; conozco tus libros de memorias. Los leía desde que era niño, antes de mudarme de Venezuela.

– Me impresionaste- susurró Adelaida y me miró con fijeza. Luego repasó mis labios con la punta de su dedo índice.

Volví a ponerme en marcha y le hice un par de fotos más. Luego, para retomar la conversación, debí esperar que Adelaida firmase un cuaderno de una chica italiana que acababa de reconocerla. La muchacha sonrió eufórica y agitó feliz sus largos cabellos azules.

– En tu quinta novela- retomé mis palabras cuando la chica se marchó- …que es la más vendida de todas.

– Las diez se han vendido muy bien, cariño.

– Claro, claro…en tu quinta novela hay una de las mejores escenas que he leído nunca. Un hombre está en un restaurante de la Rua Acre en Manaus, está comiendo un Tacacá; ya sabes, con su mandioca y sus hierbas de Jambú y sus camarones…

– Qué memoria tienes.

– El hombre está comiendo su Tacacá, que además tiene un par de ingredientes nuevos, de esos que permiten afrancesar la comida autóctona y cobrarla mucho más cara. Y el hombre va recordando sus días anteriores, que han sido duros, porque lo perseguían unos pistoleros y él tuvo que tomar un barco que lo llevase desde Belem a Manaus, y varias veces dudó si bajarse en algún pequeño pueblo y desaparecer o continuar la ruta y llegar hasta la ciudad.

– Recuerdas mejor que yo. Una olvida los libros después de que los escribe.

– El caso es que en ese restaurante el hombre recibe la noticia de que los pistoleros han sido asesinados en Belem y que ya puede sentirse a salvo. Se pone feliz. Pero el caso es que en efecto han asesinado a dos de sus perseguidores, pero no al tercero, que desde hace semanas lo espera en Manaus, y que de repente aparece por la puerta con un fusil.

– Ya voy recordando un poco, Manuel…pero no entiendo a dónde quieres parar.

– Bueno, que al hombre lo masacran. Le descargan treinta balas en el cuerpo y él cae sobre la comida. La sopa, la sangre y los trozos de cerebro del hombre se mezclan en la mesa. Incluso cuando levantan el cadáver comprueban que tiene la cuenca del ojo destrozada por un balazo y que allí ha quedado incrustado un camarón.

– Ah, un detalle…eso siempre es importante, un pequeño detalle.

– Lo describes todo con una precisión y una fuerza. Me avergüenza glosarlo. No llego a donde tú llegaste.

– ¿Y con eso quieres decirme?

– Buen, que en ese pasaje das el nombre de un restaurante real, un restaurante que queda en esa calle. Y el personaje, mientras agoniza dice: “y por esta comida de mierda me he dejado asesinar”.

– Otro detalle. En el detalle está el secreto, Manuel.

Hice tres fotos más y le pedí que se recostase de una pared. Todavía se notaba envuelta en la bruma de los vinos. Roma refulgía en sus ojos. Por unos segundos pareció relajarse y se transformó en una señora feliz a la que le hacen una fotografía; pocos instantes después recuperó su compostura y de nuevo se convirtió en esa mujer de gesto fiero que miraba el reloj con impaciencia.

– Bueno, hice algunas averiguaciones, Adelaida. Ese restaurante era un lugar muy próspero, pero de repente los dueños notaron que los comensales caían en picada. El restaurante se vació. Sólo venían de tanto en tanto personas que hablaban catalán. Era muy extraño. Y una vez, un viaje entero de ingleses suspendió la reserva a última hora y cuando ellos pidieron explicaciones, los organizadores del tour aclararon que los viajeros no habían querido ir a cenar allí porque tu novela les había dado datos terribles sobre la comida de ese lugar.

Adelaida sonrió. Una sonrisa que me recordó cuando con un cuchillo abres un tajo en la piel de una fruta.

– Qué poder maravilloso el de la ficción. Comí una vez en ese sitio; no era tan malo si te digo la verdad; fueron un poco bruscos porque obviamente no me reconocieron. Y hasta me pasaron la cuenta; algo que no suele ocurrir. Los restaurantes quedan halagados por mi visita, me piden una foto y me invitan.

– Qué sana envidia me das, Adelaida…

– Pero sí debí cargar las tintas sobre la comida de ese restaurante. Imposible perder ese efecto irónico de un hombre que en su agonía puede hacer un último comentario gastronómico. ¿No te parece?

– Sin duda- le dije.

Caminamos otro trozo. Adelaida debió firmar un par de autógrafos y hacerse unas fotos con varios turistas japoneses que se acercaron a ella. Luego volvió a tomarme del brazo y hundió sus uñas en mi piel.

– Termina de decirme tu teoría, criatura, a veces esas miradas ingenuas sobre la ficción alimentan mucho.

– Gracias. Pues el caso es que los dueños de ese restaurante comprendieron que sólo iba allí la poca gente en el mundo que no te había leído. El restaurante se encontraba cada vez peor y ellos estaban llenos de rencor contra ti y contra tu libro.

– Lo comprendo. ¿Eso fue lo que averiguaste? Supones que son ellos los de las amenazas. No está mal, podría ser un principio de algo. Me lo quedo. Tomaré nota …Porque espero que no seas de esos chicos jóvenes que quieren escribir. Es horrible; ahora todo el mundo quiere escribir.

Me sonrojé.

– Bueno, en verdad…

– No me cuentes, Manuel, no me cuentes. El caso es que en mis libros pasan muchas cosas emocionantes y muchas cosas horribles. Si tu teoría fuese cierta, tendría que hacer un inventario de ciudades, restaurantes, hoteles, balnearios, playas, pizzerías, en las que he ubicado historias terribles y por las que puedo haberme ganado muchos enemigos. No tengo tiempo de ponerme en ello.

Bajé el rostro y seguí caminando. Ella me dio una palmadita en el hombro.

– Ibas muy bien con tu entrevista; no abandones ese camino; sé que querías impresionarme con tus dotes deductivas, y tu imaginación poderosa; pero por allí no sigas, Manuel.

– Vale, vale, lo siento- musité.

– Es que no quiero darte falsas expectativas. A lo mejor me equivoco, pero después de demostrar tus capacidades de análisis y revelar el peligro que estoy enfrentando igual esperabas mostrarme un manuscrito. ¿Es así? Y yo no lo voy a leer, corazón. ¿Te queda claro?

– Bueno…- musité, y para aliviar mi embarazo hice un par de fotografías más.

– No soy editora, cariño. Hago novelas. Otras personas leen novelas y las publican; no es mi trabajo.

Volví a fotografiarla. Me arrodillé frente a ella y tomé una decena de fotos sin apenas respirar. Cuando me puse de pie, el rostro de Adelaida había cambiado; parecía un poco perpleja.

– Oye, ¿ahora todas las chicas se pintan el cabello de azul?- preguntó.

– Muchas de ellas.

– En mis tiempos era un color de abuelitas, un azul más pálido. La moda no cesa de moverse.

Alcé los hombros y sonreí. En ese momento entró una llamada al celular de Adelaida y al comprobar el número ella la respondió no sin antes advertirme que no hiciese fotos mientras hablaba.

– Querido Éric, ¿qué tal estás?

– …

– Sí, sí, aquí en Roma, en pleno trabajo de documentación. Pero al ver que eras tú respondí. No tengo demasiado tiempo así que cuenta de una vez.

– …

– Bien, bien.

– …

– Me gusta, me gusta. ¿Entonces yo viajaría primero al homenaje y luego daría la conferencia de inauguración del evento?

– …

– Magnífico, pero debes condensarlo todo en tres días.

– …

– Éric, claro que sí, claro que sí…pero dime algo, ¿quiénes son los otros invitados al evento?

– …

El rostro de Adelaida se fue transformando en una mueca de disgusto, casi de asco. Tomó aire un par de veces, me miró de soslayo y luego se recostó de una pared. Tuve la impresión de que le temblaban las manos.

– Éric, querido, ¿tú me estás hablando en serio? ¿Esos son los invitados a mi homenaje?

– …

– Peor me lo pones. Después del homenaje hay un encuentro con esos autores y yo abro ese encuentro con mi charla. Es decir, ellos no están allí para homenajearme sino para hablar de sus propios libros.

– …

– Claro, claro que también hablarán de mis libros. Eso lo imagino. Pero a ver, entiende algo y espero que no te lo tomes a mal. Esa lista de autores que me mencionas es terrible; son todos de segunda fila; no lo digo por sus obras, que apenas conozco porque no tengo tiempo de leer como quisiera, digo por su proyección.

– …

– Ya te lo dije, seguro son excelentes. No lo sé. No los he leído y creo que muy poca gente lo habrá hecho. El caso es que quieres que vaya allí para darle realce a los otros autores de tu editorial, y lo entiendo; si yo estoy, también habrá fotos para ellos, y entrevistas y quizá propuestas de traducciones. Entiendo tu estrategia, pero ahora compréndeme tú a mí. No soy tu chica. Lo siento.

– …

– No soy tu chica, Éric. Tienes que buscarte a otra persona, alguien que quiera ser como la madre Teresa de Calcuta; alguien a quien no le importe que la utilicen para proyectar a una panda de escritores de segunda.

– …

– Sí, ya sé…también he leído a esas dos autoras, y al que me nombraste primero…y no, no. Lo siento. Lamento decepcionarte, pero tendrás que hacer un homenaje y un congreso sin mí. Yo no tomo un avión para echarle un empujoncito a escritores que no venden ni mil ejemplares.

– …

– No insistas, Éric. Quedemos tan amigos como siempre, pero no insistas. El tema está cerrado. Ahora te dejo porque estoy en una sesión de fotos.

Adelaida tomó una larga bocanada de aire y cortó la comunicación. Durante unos segundos miró hacia la calle. La mandíbula se le movía como si tuviese vidrio dentro de la boca y lo estuviese masticando. Luego me tomó del brazo.

– Bueno, no hay día que no te lleves un disgusto- murmuró-, pero vamos a lo nuestro.

– Unas preguntas más, unas fotos en la escalera inmensa de la Piazza Spagna y ya, Adelaida.

– Luego si quieres nos tomamos una copa.

– Claro, claro, Adelaida.

– Pero dime algo…-susurró acercando mucho su rostro al mío- ¿no te parece que la chica de cabellos azules a la que le firmé un libro hace un rato nos está siguiendo?

Giré el rostro y miré en todas direcciones.

– Si te digo la verdad, no la he visto.

– Yo sí…o eso creo, un par de veces, vi el resplandor azul, primero hacia la derecha y luego hacia la izquierda, como si me estuviese rondando.

Volví a mirar y hasta caminé unos pasos. Luego regresé junto a Adelaida.

– Si estás intranquila te acompaño hasta tu hotel al terminar la sesión de fotos.

La cara de la mujer se iluminó.

– Gran idea. Acabemos pronto. Venga, ya mismo.

Comenzamos a descender por los primeros escalones de la Piazza Spagna. Sentí un poco de vértigo al mirar hacia abajo.

– Tranquilo, son sólo 135 escalones- dijo la mujer y me volvió a tomar del brazo.

Con sutileza me aparté de ella.

– Debe ser hermoso estar aquí cuando hacen el desfile Donno Sotto le stelle– insistió Adelaida y de nuevo extendió su mano para tomarme del brazo, pero me alejé un paso más y la esquivé- Me encanta la moda, algún día debo escribir un libro con un crimen en un desfile de moda.

Vi el resplandor azul que apareció a la derecha de Adelaida. Ella dio un pequeño grito sorprendida, luego se revolvió cuando la chica le plantó un beso en la mejilla. Yo me alejé todavía un poco más, pero vi con nitidez el momento en que la muchacha le puso una zancadilla y le dio un mínimo empujón con su mano izquierda.

Fue demasiado rápido. Se tarda más en pensar las palabras para recordar ese momento, que lo que tardó Adelaida en salir volando hacia abajo.

Abrí la boca, extendí la mano por reflejo, pero Adelaida ya iba rodando como una bola de nieve por las escaleras. Sentí el crujido de sus huesos, el ruido de las llaves y el bolígrafo saliendo disparados de su bolso, el golpe seco de su móvil. Cuando iba por la mitad de las escaleras ya su cuello recordaba el de las gallinas cuando las van a desplumar para meterlas en una olla. Luego fue como si los brazos y las piernas también adquiriesen vida propia; cada uno iba por su lado.

Adelaida sólo se detuvo cuando acabaron los escalones. Me recordó una mancha de aceite brillando bajo el sol. Bajé dando voces y pidiendo ayuda, pero con lentitud extrema. A mi espalda, la chica de melena azul se esfumó en segundos. El día era caluroso; apenas había turistas paseando.

Me puse de rodillas al lado de Adelaida. Tuve suerte. Aunque su cuerpo parecía un garabato, al tocar su cuello noté un débil pulso. Tenía los ojos vidriosos e intentaba hablar, pero le era imposible pronunciar palabra.

Di un alarido de desesperación.

Luego me acerqué a su oreja. “Los dueños del restaurante de la Rua Acre se suicidaron, pero tenían un hijo llamado Manuel”, le susurré. Debí contenerme para no morderle el lóbulo. “Y también tenían una hija”, rematé. Adelaida me miró con odio y miedo. Luego sus ojos se fueron apagando.

Aiuto. Aiuto. Una donna ferita– grité con todas mis fuerzas.

Un grupo de diez personas con cámaras se acercaron a toda prisa. Pensé que llamarían a una ambulancia, que buscarían algún médico en las proximidades. Ninguno se movió del lugar.

Sólo miraron. Luego hicieron muchas fotos con sus móviles. Unas cien, unas mil fotografías.

En todas ellas yo me cubrí el rostro como si estuviese llorando.

 

 

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