Homenaje a Guillermo Sucre

Muere Guillermo Sucre, referencia de las letras venezolanas - Alonso Moleiro
Guillermo Sucre, en una fotografía de archivo. Cortesía: Roberto Mata

Guillermo Sucre, príncipe de los críticos, por Christopher Domínguez Michael

En La máscara, la transparencia –un verdadero canon antes que Harold Bloom pusiese de moda la palabra– Guillermo Sucre lega uno de los libros críticos capitales en la historia de la lengua; un tratado que parece irrepetible.

Publicado en: Letras Libres

Por: Christopher Domínguez Michael

Muere Guillermo Sucre, referencia de las letras venezolanas - Alonso MoleiroPocos críticos literarios han quedado asociados a un solo libro, no único pero sapiencial en esencia, de aquellos que se consultan muchas veces en la vida y se leen con frecuencia, de principio a fin, empezando por un capítulo o paseándose por varios de ellos. Si Hugh Kenner es The Pound era; Edmund Wilson, La estación de Finlandia, Emir Rodríguez Monegal, El juicio de los parricidas; Cyril Connolly, La tumba sin sosiego y Jean Starobinski, Rousseau: la transparencia y el obstáculo, Guillermo Sucre, fallecido esta mañana en Caracas, será siempre el autor de La máscara, la transparencia. Ensayos sobre poesía hispanoamericana (1975 y 1985). No es una colección de ensayos, como parecería rezar el subtítulo, sino un libro unitario con veintisiete capítulos. Si toda nuestra poesía desapareciera merced al apocalipsis, podría ser reconstruida gracias a Sucre, autor de un verdadero canon poco antes que Harold Bloom pusiese de moda la palabra.

Recorro los subrayados en mi ejemplar de la edición del FCE (1985) de La máscara, la transparencia y los encuentro pertinentes, exagerados, contradictorios y felices, el resultado de toda una vida de lector, la mía, con ese libro de quien también fuera poeta (Pretextos publicó apenas en 2019 La segunda versión, su poesía reunida, a cargo de Antonio López Ortega), profesor universitario y colaborador insigne de PluralVuelta y Letras Libres.

Mi ejemplar de La máscara, la transparencia ya no me sirve. Necesito uno nuevo para leerlo sin la estática de mis lecturas anteriores.

Pero voy sobre mis subrayados, aleatoriamente, como lo propone la muerte. De Gabriela Mistral, cuyo don no fue “la metamorfosis: aventurarse en la materia y hacer que ésta viva verbalmente en el poema”. De los haikai de José Juan Tablada: “la reducción del cuerpo verbal del poema está en correspondencia con la expansión de su sentido…”.

Y me espanto de leer lo que el crítico venezolano decía de Huidobro: “Modificar, cambiar la historia no es una empresa imposible. Pero ya Altazor no parece creer lo mismo en cuanto a la naturaleza esencial del hombre: su fragilidad ante la muerte…”.

De César Vallejo: “No creo, por supuesto, que valga la pena negar el carácter marxista de la visión de Vallejo, pero es igualmente cierto que él le da un sentido más amplio al marxismo”.

Ante Roberto Juarroz, Sucre no confunde al poeta con el aforista y, sin embargo, los emula, como crítico: “esa escritura aforística no pretende fijar un saber ya dado, sino, por el contrario, minarlo… crear, si se quiere otro, que ya no es un saber sino una experiencia que todavía está por discernirse a sí misma”. Y si Homero Aridjis “no es un poeta genésico ni mucho menos arcádico”, cada poema de Alberto Girri “parece una combinación de dominio estilístico y abandono instintivo…”. Mientras que para Tomás Segovia el exilio no es histórico, sino ontológico, Octavio Paz entendió “que hoy la presencia no puede ser evocada sino como ausencia”.

No quedará duda que La máscara, la transparencia es uno de los libros críticos capitales en la historia de la lengua; un tratado de esas proporciones, de ese calado, de esa negativa a pactar con las modas que asfixiaban a la literatura cuando fue escrito, parece irrepetible. Ojalá los happy few que lo atesoran leguen su valor sapiencial a algún nuevo lector, pues en cuanto a nuestra poesía en el siglo XXI, no tenemos nada igual. Es como si Sucre hubiese cerrado para nosotros la puerta de la Edad de la Crítica, y arrojado la llave al río.

En 1997, tras enviarle Tiros en el concierto. Literatura mexicana del siglo V, Sucre me respondió con una carta inolvidable, por generosa, que he releído esta mañana, no sin emoción, no tanto por lo que entonces podía decir él de un joven crítico, sino por su certeza en que estábamos obligados a lograr “el (re)nacimiento de una verdadera conciencia crítica en la literatura de toda nuestra lengua”.

En junio de 2003 fui a Caracas por única vez. Acaso fue la última ocasión en que los jurados del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos (el que, al ganar Mario Vargas Llosa en 1967, acompañó al Boom) sesionaron en libertad y yo, siendo uno de ellos, voté por Fernando Vallejo, el ganador, quien se las arregló, en el ejercicio de su infinita libertad, para que la dictadura de Chávez desahuciara el benemérito galardón.

Busqué en vano a Sucre para agradecerle en persona aquella carta donde me ordenaba –sin haberme visto jamás– que cuidara mi alma y estuviese al pendiente de los buitres. Voz de oráculo.

Regreso, en el día de su muerte, a La máscara, la transparencia, obra no solo de un poeta y de un liberal, sino de uno los pocos escritores hispanoamericanos que merecen aquel título –un poco cursi, a no dudarlo (que Guillermo Sucre me perdone)– de príncipe de los críticos.

 

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Muere Guillermo Sucre, referencia de las letras venezolanas, por Alonso Moleiro

Académico Honoris Causa y merecedor del Premio Nacional de Literatura, su obra como crítico y poeta ha sido apreciada en México y guía de de los estudios de literatura en su país

Publicado en: El País

Por: Alonso Moleiro

El ensayista, poeta, escritor, traductor y crítico literario venezolano Guillermo Sucre Figarella, respetado hombre de letras y pensamiento en su país, ha fallecido este jueves los 88 años en la ciudad de Caracas. Nacido en 1933 en Tumeremo, Estado Bolívar, Guillermo Sucre perteneció durante muchos años a la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, institución en la cual cumplió una dilatada carrera como docente, critico y traductor, y donde obtuvo en 2009 el Doctorado Honoris Causa por su actividad académica de más de 40 años.

Enfrentado desde muy joven a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, que recién se instalaba en Venezuela, Sucre fue llevado a prisión junto a Rafael Cadenas, Manuel Caballero y Jesús Sanoja Hernández, futuros prominentes intelectuales venezolanos entonces también estudiantes, En 1952, se exilió en Santiago de Chile, donde continuó los estudios de Filosofía y Letras que había iniciado en Caracas. En 1995 viajaría a París, Francia, y recibió el doctorado en literatura latinoamericana en 1955.

En 1958, de regreso a Venezuela, Sucre fundó, junto a otros escritores emergentes de su generación, el grupo literario Sardio, organizado en oposición a la dictadura perezjimenista, e integrado, entre otros, por Adriano González León, Rodolfo Izaguirre, Salvador Garmendia y Ramón Palomares.

Luego de alcanzar el reconocimiento y de producir impacto en el entorno cultural del país, Sardio se dividió en 1961, ya fundada la democracia en Venezuela, pero en pleno delirio ideológico de la Revolución cubana. Las diferencias entre sus integrantes dieron paso a otra dos plataformas artísticas: el Techo de la Ballena y Tabla Redonda, que impregnaron el debate intelectual y político nacional de toda la década de los sesenta, en plena era del castrismo y el guevarismo.

Director de la revista cultural Imagen en Caracas en 1967, Sucre fue más adelante frecuente colaborador y columnista en varias publicaciones culturales mexicanas de enorme prestigio en el panorama de las letras latinoamericanas. Mantuvo una relación de amistad con Octavio Paz y Enrique Krauze, publicando sus reflexiones en las prestigiosas PluralVuelta y Letras Libres.

En 1971, tras obtener una beca de la Fundación Gughenheim, Sucre trabajó como investigador y profesor en la Universidad de Pittsburgh. Cuatro años después fundó el primer postgrado en Literatura Latinoamericana de la Universidad Simón Bolívar, entonces recién creada, una de las más prestigiosas del país. Fue también director en los primeros años en Monte Ávila Editores, la casa editorial del Estado venezolano, un proyecto que recibió numerosos elogios cuando vio la luz. En su actividad académica, Sucre tradujo obras de André Breton, Saint-John Perse, William Carlos Williams y Wallace Stevens.

Sucre es especialmente apreciado como crítico literario luego de la publicación del documentado ensayo Borges, el poeta, publicado en México y Venezuela en 1967, y traducido al francés años después. En 1976, es galardonado con el Premio Nacional de Literatura al publicar La máscara, la transparencia, que, a juicio del periodista y crítico Diego Arroyo Gil, “es, sin dudas, uno de los estudios de poesía latinoamericana más completos y densos que se hayan publicado nunca.”

Guillermo Sucre es muy recordado por la apasionada polémica pública que mantuvo en 1993, cuando condenó en duros términos lo que él consideraba era la actitud permisiva de muchos intelectuales de la izquierda venezolana frente a Hugo Chávez, el entonces teniente coronel que había protagonizado un fallido golpe militar contra el presidente de entonces, Carlos Andrés Pérez, y que, a la larga, averió el proyecto del sistema democrático representativo fundado en 1958.

Sucre es hermano de Leopoldo Sucre Figarella, uno de los gerentes estatales más reconocidos de Venezuela en estas décadas, vinculado a las obras públicas más ambiciosas de la era petrolera, y muy cercano al expresidente Carlos Andrés Pérez.

La obra de Sucre ha sido glosada y editada en antologías en muchas editoriales venezolanas y sus textos han sido reinterpretados en todas las páginas culturales del país. En La libertad, Sancho. De Montaigne a Nuestros Días, uno de sus últimos trabajos, afirma: “Hacerse libres, saber conquistar y saber ejercer la libertad ha sido el ideal de los hombres y de los pueblos desde el principio mismo de la cultura occidental”

Entre sus libros de poesía se encuentran Mientras suceden los días (1961)La Mirada (1970)) En el verano cada palabra respira en el verano (1976) Septiembre breve (1977) y La vastedad (1988). Estaba casado con la también escritora y profesora de literatura María Fernanda Palacios.

 

 

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