Una canción para cuando salgamos del túnel – Rafael Osío Cabrices

Una canción para cuando salgamos del túnel - Rafael Osío Cabrices
Yordano y Cheo en una imagen de la campaña de promoción, en el carrusel de Brooklyn. Dos generaciones trabajando juntas. Cortesía: Cinco 8

El nuevo disco de Yordano es un canto a su vida recobrada. Pero me pregunto si no es también un amuleto en espera del día en que revele todo su sentido.

Publicado en: Cinco 8

Por: Rafael Osío Cabrices

No hay muchas vueltas que dar para decir esto: en tiempos tan terribles, aquí tenemos una historia de esperanza.

Ha ido contándose desde el año pasado; yo mismo me metí en ese río en noviembre pasado, cuando Yordano vino a Montreal. Pero ha vuelto a sonar en estos días y varios de nosotros hemos pensado en aquella vieja canción suya, “Algo bueno tiene que pasar”: el viernes 22 de mayo salió el nuevo álbum de Yordano, el primero de piezas inéditas que se publica desde Sueños clandestinos de 2013, y ya está disponible en todas las plataformas, como YouTube y Spotify.

Siempre es una buena noticia tener material nuevo de un músico que uno admira. Después de todo es mucho más que eso. Es, literalmente, un disco de y sobre el renacimiento. Un proyecto que lo ayudó a recuperarse y a procesar lo que ha vivido en estos años de exilio, de enfermedad y de duelo. Es una obra llena de significado en lo que concierne a la historia de Giordano di Marzo y su esposa Yuri Bastidas, y quienes lo acompañaron en la convalecencia y en la creación de esta música, en especial José Luis “Cheo” Pardo.

Ya eso es bastante. Y sin embargo, yo creo que no se queda ahí.

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Este disco comenzó a hacerse en una cuarentena y se lanzó en otra. Sus canciones fueron pasando de la guitarra a un estudio a medida que Yordano dejó atrás los 47 días de hospitalización después del trasplante de médula ósea y los seis meses de aislamiento en los que solo salió para acudir a sus tratamientos. La noche en que Cheo Pardo fue a visitarlo a su apartamento en Nueva York, todavía durante su encierro, Yordano le mostró los temas que había compuesto, como “Una vez más”, “Alguien va a llorar” y “Qué linda te ves”. Cheo salió de esa cena con una maqueta que Yordano había grabado con su teléfono. “Cheo le hizo un arreglo”, cuenta Yordano desde Nueva York, “y yo dije que era una changa porque tenía una atmósfera de discoteca. Pero se lo mostré a mis hijas y a Yuri y les gustó. Así fui aceptándolo y después de escucharlo varias veces me empezó a gustar”.

Cheo se puso a arreglar las piezas que iban saliendo y cuando Yordano se fue sintiendo mejor, empezó a ir al estudio de Cheo a grabar con él y con los Crema Paraíso, Neil Ochoa y José Gregorio “Bam Bam” Rodríguez. Yordano traía una composición, Cheo empezaba a proponer ideas, Yordano las aceptaba… o no. Porque a veces no estaban de acuerdo. “Algunas piezas, como ‘Qué linda te ves’, tienen mucho de Cheo en los arreglos. Al principio fue así, el peso estaba mucho en él porque yo estaba muy frágil”, recuerda Yordano. “Cuando empezamos a hacer ‘Alguien va a llorar’, me atreví a hacer yo el solo y terminé haciendo varios. Me gustan los solos cortos y que sean cantables, que uno los pueda tararear”.

Esa pieza parece de Percy Sledge u Otis Redding, la música que escuchaba Yordano de chamo, como sus adorados Beatles. Tenía el registro vintage que yo esperaba que dominaría este disco, a partir de lo que había visto en el concierto en Montreal y de lo que había sentido que Yordano quería hacer en este etapa, el pop rock de sus orígenes. Pero me sorprendió encontrar, junto a eso, varios otros juegos con los géneros. Una bachata que le habían pedido a Yordano y que terminó sonando muy como un bolero son, “Yo qué te di”, y un reggae, “Qué sería de mí”, una de las piezas que más me conmueven.

“Ese balance de géneros era lo que yo quería, lo bueno es que Cheo es perfecto para eso porque él puede trabajar en muchos géneros. Aunque hay una diferencia generacional, y él no tiene tanto esa corriente de singer songwriter y de rock and roll clásico que yo viví, nos encontramos más en el R&B, el soul, el funk. Y por eso está ‘Bailando en la jungla’, un tema que no suena parecido respecto a lo que yo suelo hacer, pero que tiene reminiscencias a The Kinks, al merengue, la salsa, a Marvin Gaye. Lo divertido de hacer música así es que la canción que sale al final es muy distinta a la idea original. El camino siempre es nuevo”.

A mí me hubiera encantado ser testigo de lo que pasó en ese estudio: dos músicos tan relevantes de sus respectivas generaciones de la música venezolana, cada uno con su biblioteca de influencias en la cabeza y sus personalidades interpretativas, fueron agregando capas en cada canción hasta dar con la forma final que debían tener. Quien escuche esos temas con atención podrá distinguir los estratos de sus géneros: el aire de cumbia en “Ay mujer” y de ranchera en “Para qué llorar”, los riffs tipo Rolling Stones en “Enamorarnos otra vez” y “Bailando en la jungla”. Yordano fue recuperando material como el coro de “Solo ilusión”, que llevaba más de 40 años con él sin que hubiera conseguido nunca una canción que lo rodeara, y Cheo, en calidad de productor y de arreglista, iba mostrándole a Yordano cómo ver su propia música de otra manera. Eso no solo fue un diálogo entre ellos dos: fue un diálogo interior de la cultura venezolana, con las respectivas marcas del tiempo y la diáspora.

Diálogo que se hizo coro con lo que vino después: la apuesta de Sony por este gran artista venezolano cuya carrera empezó en los setenta; la mezcla de Fernando Aponte; los aportes vocales de Luz Pinos, Ulises Hadjis, Pedro Castillo, Belén Cusí, Betzaida Machado y la Parranda El Clavo; y los aportes instrumentales de gente como Álvaro Benavides, Eddie Pérez, Antonio Mazzei y en especial del pianista de jazz Luis Perdomo, que ya había trabajado con Yordano 20 años antes, y que para él “fue protagónico” en este disco.

Quedaron varias canciones por fuera, algunas de ellas completas. El ciclo que va desde la composición de los primeros temas y el lanzamiento, con los videos de “Enamorarnos otra vez” y “Después de todo” dirigidos por Isaac Bencid y Mauricio Rodríguez, abarca cinco años marcados por la salud de Yordano pero también por sus procesos compositivos, que parten siempre de ideas musicales y luego llegan a sus letras trabajosamente. “Es curioso que para los demás músicos lo que destaca en mi trabajo son las letras, que son un arduo trabajo”, confiesa Yordano, “no tan divertido como la música. Para mí siempre ha sido más difícil, lleva más tiempo. ‘Perla negra’ no tuvo letra por mucho tiempo, solo un rompecabezas de frases que no tenían nada que ver unas con otras hasta que encontré un hilo conductor, una historia”.

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La cosa con Después de todo es que es uno de esos discos que entiendes y aprecias más a medida que los vuelves a escuchar, esos discos que se van revelando, y empiezas a sacarle otras lecturas que trascienden la historia de recuperación de Yordano.

Tengo claro que “Dime” es un tema que Yordano compuso con su esposa y que habla de la dimensión de la pareja. Pero cuando escucho la línea que dice “ahora que todo cambió y nadie sabe qué sucedió” o la que invita a pensar en ese lugar al que te gusta ir y no puedes, a mí me parece que está hablando de nosotros, o al menos yo quiero leerlo así —todos tomamos decisiones como lectores o espectadores y nos apropiamos de las obras de otros. “Allá iré”, que suena un poco al Yordano de principios de los noventa, calza directo en el hueco en el pecho que tenemos los que nos fuimos, y de hecho él dice que esa canción habla de que todos tenemos a nuestra gente lejos, repartida entre varios países.

A lo largo de 18 discos ya, son muchas las canciones de Yordano que tienen una fuerte resonancia en mí, pero una de ellas me hace pensar en la misión que algunos de nosotros hemos asumido: hablar de lo que nos pasó como nación, recordar, ordenar esa historia, luchar contra el olvido aunque sintamos la tentación de olvidar, y seguir escribiendo aunque sintamos la frustración de que no sirve para nada. “Yo no quiero despertar y descubrir que pasaron los años”, dice esa canción, “yo no quiero despertar y descubrir que todo fue en vano, todo fue en vano, y no tengo palabras”.

No, nosotros no podemos quedarnos sin palabras.

Y ahora con este disco aparece otra canción que me hace pensar en lo que somos, en lo que seremos, en lo que nos tocará hacer. Es la que le da nombre al álbum, la que lo cierra, decantando todo lo que el álbum contiene. Veo el video y me resulta imposible no identificarme con él al verlo caminar en el frío de su nueva ciudad, que no es la nuestra. Pero lo que más me pega es lo que dice. “Después de todo ya no cargo mi armadura, la dejé con la amargura”. “Después de todo, de la historia de este tiempo, que se hace tan violento, y nos deja sin aliento”. “Después de todo, del delirio y la locura, ya no tengo el alma pura, y no salgo de mis dudas (…) no sé qué es lo que siento con el daño y el tormento”.

Me pega porque una parte de mí todavía se niega a aceptar que no vamos a recuperar nuestro país, y que no veré el día en que yo pueda caminar por Caracas recordando esta canción hecha para asimilar las pérdidas y seguir adelante con lo que tengamos en las manos.

Con “lo que quedó después de todo”.

 

 

 

 

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