La fuerza de los hechos – Rafael Osío Cabrices

La fuerza de los hechos - Rafael Osío Cabrices
Puede que la democracia no llegue, pero que por lo menos haya un país vivible. Cortesía: Cristian Hernández

Desde 2002, la oposición probó distintas alianzas y estrategias cada vez que se levantó del suelo tras la más reciente derrota. Pero ese ciclo terminó y es hora de despedir los mitos que lo alimentaron

Publicado en: Cinco 8

Por: Rafael Osío Cabrices

En estos días se ha extendido la idea de que la causa democrática venezolana debe replantearse desde cero. Ya lo hemos escuchado a lo largo de dos décadas de fracasos y reintentos: una y otra vez la oposición se dividió luego del colapso de cada iniciativa (elección, rebelión, incluso alzamiento con militares), para después forjar una nueva plataforma y levantarse, como a un porfiado de aire al que le pegas solo para que te encare otra vez.

Pero en 2020 no basta con rehacer la “unidad” para levantarse de la lona. El porfiado se desinfló. Ese patrón de la lucha opositora, surgido en un país mucho más funcional, donde era posible pensar que unas elecciones se podían practicar y ganar, ya no puede seguir repitiéndose. Para entenderlo, hay que distinguir entre mito y realidad, como siempre pasa para entender Venezuela. Hay que decirle adiós a las premisas que siguen presentes en la retórica de lo que tenemos por opinión pública y de lo que tenemos por política, pero que ya no se sostienen en el terreno.

Adiós al mito de la debilidad del régimen

Basta de subestimar la resiliencia de la dictadura venezolana, su disciplina, la lealtad de sus aliados, la intensidad de su voluntad para defender lo que tienen.

Durante años los políticos opositores nos han querido vender todo como un signo de que el chavismo está perdido: era la explicación para cada abuso, para cada gesto autoritario: “el régimen tiene miedo”, “son patadas de ahogado”, etc. Nada de esto significa que sea débil. La primera tarea de toda dictadura es preservar su poder neutralizando todo lo que perciba como una amenaza a ese poder, sea inmediata o potencial. Y el abuso es consustancial a la dictadura porque, precisamente, una dictadura es un sistema de poder tiránico: no se somete a ninguna norma externa y hace lo que quiere para preservarse. Parte de eso es usar a los presos políticos como fichas. Es fácil soltar presos y generar titulares en el exterior que favorezcan a la dictadura ante quienes no tengan la paciencia de entender los detalles detrás de los anuncios, como hizo en este ensayo Julio Henríquez.

Hay que dejar definitivamente atrás el mito del régimen agonizante para poder pensar qué hacer ante el hecho verdadero: Maduro y su dictadura están ahí.

Tienen problemas que resolver, tensiones internas, amenazas externas, pero han sobrevivido todo hasta ahora, y si mienten, reprimen, matan, desaparecen y roban es porque saben que no sufrirán mayores consecuencias por hacerlo, y porque hacer esas cosas les reporta un beneficio. Aceptar eso es vital para pensar en las elecciones parlamentarias o en cualquier otra cosa que tenga  por delante el país en el plano político.

Adiós al mito de la unidad

El porfiado no puede levantarse porque no se sumarán voluntades suficientes para volverlo a inflar. La unidad opositora no tiene cómo ocurrir ahora, porque no existe el estímulo que la ha animado: la posibilidad de  llegar al poder a través de un candidato en unas elecciones, como era antes del fraude de 2018, o de conformar un gobierno de transición, como parecía posible a principios de 2019. Ninguno de esos dos escenarios está en el horizonte, por lo que en términos de cuán factible es llegar al poder no hay razones sólidas para apoyar a Juan Guaidó en su plan. Como tampoco las hay para respaldar a Henrique Capriles.

Guaidó parece haber perdido casi todo su capital político. Cada día luce como una figura decorativa que no tiene ninguna incidencia en la realidad, y corre el riesgo de comenzar a ser visto por la mayoría como un consentido de Estados Unidos, alguien asociado a las sanciones, a Trump, a la promesa inconclusa de la acción definitiva que viene desde el cielo con una bandera estadounidense en el ala. Así que Guaidó intenta con el discurso del plan unitario reconstruir una alianza en torno a sí mismo, porque en Venezuela, como en muchas otras partes, cuando un político habla de unidad, se refiere a que le hagan caso, a que no le lleven la contraria, a que lo sigan.

Por su parte, con su aparente intención de reiniciar la ruta electoral hacia las elecciones parlamentarias con que la dictadura está decidida a retomar el control de la Asamblea Nacional, Capriles puede lucir como que si estuviera haciendo algo, en lugar de simplemente esperar a que los marines lo pongan en Miraflores, como la oposición extrema insiste en soñar. Tiene más experiencia y conocimiento del país, más vínculos, más posibilidades de que lo saluden en un barrio de cualquier lugar de Venezuela que las que tiene Guaidó. Pero también está indeciso, porque sabe que no puede impactar la realidad, tan solo tratar de colarse en ella como una cuña, así sea convivir con las reglas del juego impuestas por la dictadura, porque eso es mejor que nada. Capriles sabe, como tantos otros, que la calle de Guaidó es una calle ciega, y ha emprendido una ruta aparte en la que por ahora está bastante solo. Puede que él no sepa adónde lo va a llevar esa ruta, o si lo va a llegar a algún lado, pero al menos sabe que no es la calle ciega donde el presidente encargado y el gobierno interino producen una cámara de ecos que casi nadie quiere ya escuchar.

Como sea, ninguno de los dos puede controlar la situación ni forjar una unidad en torno suyo.

La acumulación de fracasos y el cierre de posibilidades impiden que vuelva a prenderse la llama de la alianza opositora: simplemente no hay combustible para reiniciar el ciclo.

El chavismo aprovecha para jugar, negociando solo a un nivel táctico para avanzar en sus elecciones parlamentarias. ¿Qué hará la comunidad internacional?

Adiós al mito de la presión externa

Pese a la intensidad de las medidas que contienen, las sanciones de Estados Unidos y otros países no están causando el efecto que queremos que causen. Generan molestias a los jerarcas del régimen, les reducen mucho el margen de acción, y sobre todo, trituran lo que queda de economía venezolana. Pero no están rompiendo la alianza que tiene a Maduro en el poder: no han bastado para contrarrestar la vigilancia sobre posibles conspiradores ni los estímulos que siguen teniendo militares y civiles alrededor del dictador para seguir con él.

Está fuera de discusión que la principal causa de la crisis energética del país es la corrupción y la incapacidad de los gobiernos chavistas. Más que por cualquier otra cosa, por esas razones Venezuela no tiene combustible ni electricidad (ni agua, gas para cocinar, etc) en los niveles en que debería tener un país de 28 millones de personas para funcionar en el siglo XXI. Pero las sanciones de Estados Unidos están causando un impacto en las posibilidades del régimen para obtener aditivos o combustibles que ya no puede producir. Un régimen sin escrúpulos traslada ese impacto directo a la población, que es la que tiene que pasar trabajo y pagar a los guardias por un puesto en la cola o por combustible contrabandeado, porque la dictadura siempre ve en cada restricción, creada por sí misma o por otros, una oportunidad para que los militares y los policías extraigan dinero de la gente.

Mientras Donald Trump se concentra en ganar su reelección en noviembre y medio mundo aguanta toda decisión hasta ver si lo logra, nosotros podemos preguntarnos si su política o estrategia o táctica hacia Venezuela ha rendido algún fruto que no sea hacerlo más popular entre los votantes hispanos conservadores de Florida. A estas alturas podemos ya llegar a la conclusión de que a Trump le vendieron una easy win, la idea de que la dictadura venezolana caería con un empujoncito y él se anotaría una victoria internacional. Era una promesa falsa basada en la ignorancia de las diferencias entre la América Latina del siglo XX y la del XXI, y sobre todo, de la complejidad geográfica y social de Venezuela. Y condenada desde el principio a ser desdeñada por un hombre como Trump, muy dado a hablar fuerte pero también a preferir medidas económicas en vez de aventuras militares.

No podemos nunca olvidar que eso que llamamos en singular “la comunidad internacional” es en realidad un plural, diverso y cambiante.

Otros cálculos más realistas pueden haber hecho actores foráneos que responden a protocolos de toma de decisión más complicados (como los voceros de la Unión Europea) o que ejecutan una política exterior de Estado por lo general más conciliadora, como Canadá. De Brasil sabemos que los militares son mucho más reacios a entrar en conflicto con el chavismo que lo que hace pensar la retórica de Jair Bolsonaro; de Colombia estamos acostumbrados a una denuncia permanente que no se materializa en presiones más fuertes, por distintas razones.

No hay ningún indicio de que vaya a ocurrir una acción armada de importancia tal que desestabilice al régimen. No hay tampoco ningún indicio de que las sanciones vayan a aliviarse, con el actual orden de cosas. Lo cierto es que la ruta de la presión externa se estancó también, y seguirá así por el momento, porque la comunidad internacional no va a prestar mucha atención a Venezuela: todo el mundo está absorbido por el doble y enorme desafío de combatir la pandemia y recuperar la economía.

Adiós al mito de la transición inevitable

¿Será que algunos de nosotros, nacidos en democracia, simplemente asumimos que la democracia venezolana está destinada a regresar, como si los años de chavismo no fueran sino un salirse hacia el hombrillo, y que basta con girar un poco el volante para volver al canal natural?

La democratización global de los años noventa nos pudo hacer creer que las dictaduras quedaban atrás, como si fueran lámparas de gas reemplazadas por la luz eléctrica. Pero los hechos demuestran que eso es una ilusión. Las dictaduras siguen siendo posibles y la democracia no es un destino en el que todos desembocaremos tarde o temprano.

La democracia es algo que nunca puede darse por sentado: cuesta mucho, y siempre está amenazada.

Y este no es un mundo donde la democracia esté precisamente avanzando: miremos hacia Estados Unidos, hacia Brasil, hacia Europa; los autoritarismos se están fortaleciendo y apoyando entre sí, y el éxito como potencia económica de una China de partido único y cero libertades políticas no ayuda a vender los méritos de la democracia.

No, la democracia venezolana no está simplemente sentada en una sala de espera, aguardando a que salga su número para materializarse entre nosotros y mandar aviones de Viasa a traer actores y reanimar el Festival Internacional de Teatro de Caracas. Nada garantiza que vaya a volver por sí sola, que el poder chavista un día se apague como un reloj sin cuerda. No todas las dictaduras caen por varios días de manifestaciones en una plaza. O por la muerte de su caudillo. Algunas duran y duran, por generaciones. Y eso también puede pasar en el siglo XXI, y puede pasarnos a nosotros.

La realidad en lugar del mito

Entonces, si no hay ningún indicio de que el régimen de Maduro esté por colapsar, ni de que la causa democrática esté acumulando suficientes fuerzas como para derrocarlo, ni de que vaya a venir la caballería a rescatarnos, ¿qué tenemos?

Un colosal fracaso: el del chavismo a la hora de gobernar, de ser un régimen autoritario pero a cargo de un país funcional; el de la oposición a la hora de reemplazar al chavismo y ser mejor que él; y el de la comunidad internacional a la hora de ayudar a Venezuela a recuperar su democracia.

Todos fracasaron. Y los venezolanos comunes, los que están allá y los que nos tuvimos que ir, pagamos los costos inconmensurables de ese desastre.

Sin embargo, para su propia perspectiva, la dictadura es la triunfadora puesto que sigue en el poder, y ahora necesita un parlamento que no le cause problemas y que le selle préstamos, contratos, decisiones. Así que el régimen hará sus elecciones parlamentarias, en diciembre o un poco más tarde, con o sin Capriles. Habrá gobiernos que no las acepten, claro, pero otros sí la aceptarán, y se formará una nueva Asamblea Nacional, casi seguramente controlada por el chavismo, y además será la única: no habrá aparte una Asamblea Nacional Constituyente ni una directiva paralela en torno a Luis Parra y los demás “alacranes”. Habrá un solo parlamento, creando leyes para que el régimen reactive su economía y aprobando contratos petroleros y endeudamientos, que unas cuantas compañías y naciones estarán dispuestas a ver como legítimos. Y eso es vital para que el régimen amplíe el margen de acción que tanto le han reducido las sanciones.

¿Qué harán Estados Unidos, con Joe Biden o con Trump, o Canadá o Colombia o Brasil al respecto? Más bien la pregunta es qué pueden hacer. Es seguro que China, Turquía o Rusia estarán de acuerdo con ese nuevo parlamento. Pero también es probable que lo respalden algunos países europeos, y México, y Argentina. ¿Y qué harán los partidos que no hayan conseguido alguna presencia en esa nueva AN? ¿Seguirán insistiendo para entrar en el palacio del que los expulsaron, o en cambio harán lo que llevan décadas escuchando que deben hacer: aliarse con esa sociedad a la que han querido gobernar pero a la que solo han tratado como un yacimiento de militantes y votantes?

Si vemos la realidad sin el sesgo del mito de la debilidad del régimen, el mito de la unidad de la oposición, el mito de la presión externa y el mito de la transición inevitable, encontraremos un hecho que no podemos negar ni ocultar: la gente quiere dignidad, que salga agua por el grifo, que se prenda un bombillo cuando apriete un interruptor, que no haya que dormir con hambre.

Puede que la democracia no llegue, pero que por lo menos haya un país vivible.

Y el hecho es que a todos nos conviene una normalización económica. A todos nos conviene que el país funcione algo más. Que se empiece a trabajar en la recuperación del sistema eléctrico. Que se detenga la explosión migratoria. Que Venezuela no sea Somalia. Lo sabe el chavismo, lo sabe la oposición o lo debería saber, y lo sabe la comunidad internacional. Lo saben sobre todo los venezolanos comunes, los que intentan resistir adentro y los que mandamos remesas desde afuera.

En la segunda mitad de 2019 vimos cómo el régimen de controles daba un paso al costado para permitir una suerte de normalización dolarizada. Entonces el país empezó a convertirse en otra cosa, que no es lo que Chávez diseñó ni lo que queríamos los que nos opusimos a él. Con el terrible 2020 con el sol en la espalda, Venezuela es un petroestado que se desmorona y en el que el ciudadano común está expuesto a una vulnerabilidad catastrófica, con la pandemia y sin electricidad ni gas ni medicinas ni comida ni gasolina suficientes.

Si a este contexto se suma una Asamblea Nacional dominada de nuevo por el PSUV, sin nadie al frente de ella alegando que es el presidente legítimo, ¿qué estaría dispuesta a hacer la dictadura si ya no se siente amenazada? ¿Cuántas concesiones puede hacer para que el país se normalice, y el propio poder de quienes sostienen a este régimen criminal pueda ser más disfrutable?

Todo eso lo veremos después. Por el momento, mejor que ajustemos nuestras prioridades, o que más bien nos sintonicemos con las prioridades de la gente común. Y en todo caso, primero hay que esperar a que pase una ola que nadie puede controlar, ni el régimen ni nadie: la pandemia. El país que tendremos solo será visible una vez la pandemia sea controlada globalmente, y podamos más o menos ver cuánto nos quitó.

 

 

 

 

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