La sargento de Nashville – Luján Artola

La sargento de Nashville - Luján Artola
La periodista Kristen Welker en el debate. Cortesía: Reuters

La moderadora y periodista, ha destapado las vergüenzas de ambos y con una implacable lista de preguntas y réplicas, los ha dejado en cueros y de rebajas

Publicado en: El Confidencial

Por: Luján Artola

Desde el principio del debate, la veterana periodista Kristen Welker no estaba dispuesta a que se le fueran de las manos esas casi dos horas de televisión histórica y presidencial. Reconvertida en el famoso sargento Tom Highway (Clint Eastwood), con firmeza, pero con un lenguaje acorde con este año y esta pandemia, convirtió el escenario de la universidad de Nashville (Tennessee) en su pequeño campo de entrenamiento militar.

Desde que se sentó solo tuvo una misión: instruir a dos candidatos, uno más indisciplinado que el otro, y convertirlos en auténticos soldados que respondieran como resortes en posición de firmes a las preguntas que ella hacía. Y por fin hubo bloques y temas delimitados por un rigor casi castrense que obligó a Donald Trump y a Joe Biden a ponerse a hacer algo parecido a política electoral. Esta madrugada americana ha sido testigo de un ‘remake’ que, en algunos momentos, de manera vaga y optimista por mi parte, ha recordado lejanamente a los debates de otras décadas.

La pandemia ha vertebrado todo. Aunque fuera solo el tema inicial, ha acabado convirtiéndose en el campo de minas que han tenido que sortear ambos candidatos. Con más de 1.000 muertes y 7.000 nuevos casos diarios de coronavirus en todo el país, empezó el baile de las dos caras del billete de un dólar. La de un hombre enrocado en su discurso primario que se vende como la prueba andante (cuerpo presente y lozano) de la poca agresividad de este virus que él ha superado sin mayores dificultades. Biden, le miraba, a veces de lado (el que le hace más viejo e intenta evitar) con los ojos inyectados de miedo, intentando hacer cómplice a sus votantes como si de una petición o plegaria nacional se tratara, y poder llegar vivo a la Casa Blanca.

Para Donald Trump, la vacuna “estará en unas semanas, o quizá a finales de año, y podremos distribuir millones de viales al mismo tiempo”. Para el demócrata todo es un farol, augura un “invierno negro” y un futuro poco alentador hasta 2022. Fenomenal. El día y la noche. Y ahí ha empezado a subir la poca tensión que ha habido y que sin duda ha beneficiado a Joe Biden. El tono moderado y los tiempos medidos deslucían uno de los atractivos de Trump y le han impedido llevar las discusiones a sus cómodos trompicones llenos de interrupciones e improvisaciones jocosas. A ratos ha estado tan correcto que parecía un principiante asustado. Supongo que este milagro se lo atribuirán como virtud, pero ha sido un gran error y un consejo mal dado. El candidato republicano no sabe pelear a medias y su fuerza está precisamente en el ataque despiadado. Sin él, se queda en nada.

En el patíbulo de este debate se ha sometido a juicio América entera: el historial fiscal y familiar de ambos, Corea del Norte, los misiles, las relaciones internacionales, Rusia, China, Europa, los famosos correos electrónicos del hijo de Biden, el Obamacare y la inmigración. Este asunto (eterno y casi fundacional en este país) ha sacado a relucir las separaciones de padres e hijos por las deportaciones de estos años, y los lugares donde se quedan los niños detenidos donde según Trump “les cuidan, les limpian y les dan de comer”. Esto ha sacado de sus casillas al demócrata que ha protagonizado su único momento real al tachar estas políticas de criminales e impropias de un país como Estados Unidos.

En un gesto demasiado escenificado, Joe Biden ha mirado el reloj dos veces, ha empezado a guardar sus bolígrafos, le ha faltado meter la cantimplora en el petate y ha empezado a dar por terminada una contienda en la que no quiere estar ni un minuto más de los reglamentarios. Y es que el candidato demócrata sabe que va muy por delante del republicano y hoy más que nunca, debía evitar a toda costa cometer un error. Si esta cita ha servido para disipar dudas, tengo claro que no. Estas citas tradicionales de la política americana son solo eso. Se han reducido al famoso ‘fast checking’ que luego no chequea ni rápido ni despacio nadie. A los cruces de eso “no es verdad” con “puedes hacerlo mejor, Joe” pasando por constantes “Oh Dios mío” y sonrisas sarcásticas.

Estos debates son importantes los primeros (o si no se celebran) y se desinflan los demás como un globo al paso de las semanas. Se quedan arrugados y sin nada que aportar. No suben ni bajan. Y delante se quedan millones de personas mirando con cara de póquer, convencidos de lo que ya estaban o entrando en esta página insípida y repleta de desidia en la que empieza a haber más bostezos que aplausos. Porque más de 20 millones de los posibles votantes de esta cita electoral, son jóvenes menores de 25 años. Son parte de esa llamada generación Z que mira como el sueño americano se ha convertido en una noche eterna y somnolienta.

Ven cómo están infinitamente más preparados académicamente que sus padres, pero que solo huelen a desempleo, a falta de oportunidades y a la ausencia de liderazgo fuera de este geriátrico político. Ven con bochorno como la mentira, las promesas vagas y las miradas a cámara estériles solo les van a traer decepciones. Se han dado cuenta de que hasta para los americanos de nacimiento, la cuna se ha convertido en un barco varado. Porque los cuatro próximos años, sobrevivir y no entrar en una recesión más larga, va a ser el único escenario al que van a subir. Observan perplejos como entre unos y otros, tienen la Casa Blanca sin barrer.

Ven cómo están infinitamente más preparados académicamente que sus padres, pero que solo huelen a desempleo y a la ausencia de liderazgo

Tanto el partido republicano como el demócrata llegarán al final de esta contienda electoral habiendo fracasado de origen: siguen sin tener relevo generacional y sobreviven gracias al mal menor impropio la democracia americana. Hoy, los candidatos han intentado comprar votos, pero solo han vendido una política empobrecida, de saldo y desnuda. La moderadora y periodista, ha destapado las vergüenzas de ambos con una implacable lista de preguntas y réplicas, los ha dejado en cueros y de rebajas. Recordando la película de ‘El Sargento de Hierro’ en sus diálogos más sobrados, rescato lo que en su día dijo el presidente Ronald Reagan: “La política es la segunda profesión más antigua de la historia. A veces, creo que se parece mucho a la primera”.

 

 

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