Una religión sin Dios – Andrés Hoyos

Andrés Hoyos

Publicado en: El Espectador

Por: Andrés Hoyos

Lo que la humanidad requiere ahora es una religión —¿unas religiones?— sin Dios, de esos cuya camiseta trae impresa una D mayúscula y se dedican a pedir adoración y plegarias, a vengarse, a discriminar contra pueblos y géneros, a exigir que la gente se prepare para un más allá que nadie ha demostrado que existe.

Ya, pero ¿entonces por qué, señor columnista? Pues porque si algo han demostrado las religiones con el tiempo es su persistencia y efectividad. El cristianismo se llevó de calle al Imperio Romano y después impuso condiciones en Europa durante siglos; el Islam, nacido en el desierto, se regó por el mundo y llegó hasta la India; incluso la bastante minoritaria religión judía acompañó en la diáspora a la gente durante 2.000 años tras lo cual logró instalar de nuevo a Israel como potencia regional importante en el Medio Oriente. El marxismo, en su versión estalinista, se tomó a Rusia, el país más extenso del mundo. Luego se apoderó de China, el más poblado. Y así.

Doy un salto a un think tank del presente, llamado Drawdown. Ahí se encuentran, debidamente jerarquizadas y medidas, las principales soluciones existentes para llegar al punto del drawdown, cuando los gases de efecto invernadero alcancen su máxima presencia en la atmósfera y después empiecen a disminuir. Drawdown ofrece dos posibilidades: 2040 o 2060, versus el business as usual que nos llevaría a una catástrofe. Claro, no hacer nada no luce hoy ni siquiera probable. Sea, pero ¿entonces para qué la religión sin Dios? Pues para que esos procesos echen a andar con fuerza. Así como vamos, no van a empezar en serio nunca. Pese a que hay mucha preocupación en el ambiente, nada que las soluciones se abordan con la persistencia y la efectividad que en el pasado caracterizaron a las religiones.

Antes de que me caigan en gavilla los lectores, diré que no se trata de instalar los sistemas dogmáticos inflexibles que casi siempre caracterizaron a las religiones triunfantes. Un esquema rígido solo logra que de inmediato surjan heterodoxias y herejías, con la consecuente lucha, muchas veces sangrienta, donde campean las inquisiciones y las hogueras humanas. No, deben ensayarse soluciones varias en los muchos panoramas en los que se juega el destino del planeta y después, lo más importante, ponerse de acuerdo en una metodología para medir los resultados. Ojo, que esto último está muy lejos de haberse establecido. Cada cual mide lo que le interesa y se desentiende de lo demás. Eso sí, es necesario que la gente actúe como actúan los creyentes, yendo a “misa” al menos una vez por semana, con la dedicación de un devoto.

En contraste con aquello de que “mi reino no es de este mundo”, las religiones sin Dios que necesitamos son totalmente de este mundo y, también en contraste con las viejas, deben tener resultados tangibles. Nada de cielos vaporosos llenos de ángeles o de bellas huríes por allá quién sabe dónde. No se me escapa que el pensamiento religioso suele tener muchos bemoles e irracionalidades. De ahí que sea indispensable incorporar a la ecuación a la vertiente liberal, librepensadora y crítica de las democracias modernas. En principio, las heterodoxias deben predominar, incluso, compitiendo entre ellas.

Ya, pero ¿entonces por qué, señor columnista? Pues porque si algo han demostrado las religiones con el tiempo es su persistencia y efectividad. El cristianismo se llevó de calle al Imperio Romano y después impuso condiciones en Europa durante siglos; el Islam, nacido en el desierto, se regó por el mundo y llegó hasta la India; incluso la bastante minoritaria religión judía acompañó en la diáspora a la gente durante 2.000 años tras lo cual logró instalar de nuevo a Israel como potencia regional importante en el Medio Oriente. El marxismo, en su versión estalinista, se tomó a Rusia, el país más extenso del mundo. Luego se apoderó de China, el más poblado. Y así.

Doy un salto a un think tank del presente, llamado Drawdown. Ahí se encuentran, debidamente jerarquizadas y medidas, las principales soluciones existentes para llegar al punto del drawdown, cuando los gases de efecto invernadero alcancen su máxima presencia en la atmósfera y después empiecen a disminuir. Drawdown ofrece dos posibilidades: 2040 o 2060, versus el business as usual que nos llevaría a una catástrofe. Claro, no hacer nada no luce hoy ni siquiera probable. Sea, pero ¿entonces para qué la religión sin Dios? Pues para que esos procesos echen a andar con fuerza. Así como vamos, no van a empezar en serio nunca. Pese a que hay mucha preocupación en el ambiente, nada que las soluciones se abordan con la persistencia y la efectividad que en el pasado caracterizaron a las religiones.

Antes de que me caigan en gavilla los lectores, diré que no se trata de instalar los sistemas dogmáticos inflexibles que casi siempre caracterizaron a las religiones triunfantes. Un esquema rígido solo logra que de inmediato surjan heterodoxias y herejías, con la consecuente lucha, muchas veces sangrienta, donde campean las inquisiciones y las hogueras humanas. No, deben ensayarse soluciones varias en los muchos panoramas en los que se juega el destino del planeta y después, lo más importante, ponerse de acuerdo en una metodología para medir los resultados. Ojo, que esto último está muy lejos de haberse establecido. Cada cual mide lo que le interesa y se desentiende de lo demás. Eso sí, es necesario que la gente actúe como actúan los creyentes, yendo a “misa” al menos una vez por semana, con la dedicación de un devoto.

En contraste con aquello de que “mi reino no es de este mundo”, las religiones sin Dios que necesitamos son totalmente de este mundo y, también en contraste con las viejas, deben tener resultados tangibles. Nada de cielos vaporosos llenos de ángeles o de bellas huríes por allá quién sabe dónde. No se me escapa que el pensamiento religioso suele tener muchos bemoles e irracionalidades. De ahí que sea indispensable incorporar a la ecuación a la vertiente liberal, librepensadora y crítica de las democracias modernas. En principio, las heterodoxias deben predominar, incluso, compitiendo entre ellas.

 

 

 

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