Antonio Pasquali: pionero de un pensamiento – Tulio Hernández

publicado el 13/10/19 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , , ,

Publicado en: El Nacional

Por: Tulio Hernández

Tulio Hernández

En 1963, cuando apareció Comunicación y cultura de masas, el segundo libro de Antonio Pasquali, no existía en América Latina nada siquiera parecido a lo que más tarde se conoció como Teoría Crítica de la Comunicación. Una escuela de pensamiento académico que se propuso diseccionar analíticamente, desde una perspectiva latinoamericana, el fenómeno de masificación de la cultura y los mecanismos de manipulación ideológica oficiados por los medios audiovisuales de masas y la industria cultural.

Por vez primera un autor latinoamericano integraba las sofisticadas y por entonces convincentes tesis de la Escuela de Frankfurt, de la que Theodor Adorno y Max Horkheimer eran líderes, con los persuasivos recursos empíricos –estadísticas precisas y análisis cuantitativos– de las tradiciones académicas norteamericanas para demostrar, entre otras cosas, que Venezuela y América Latina eran víctimas de un devastador subdesarrollo cultural y que de esa situación eran responsables, en grado sumo, la manera como se habían configurado y la impunidad con la que funcionaban, las industrias culturales de la región.

Medio siglo después, hoy se puede decir con propiedad que ese libro significó el inicio de un movimiento intelectual –la crítica ideológica de los medios–, una disciplina académica prolija –la investigación de la comunicación– y una exitosa producción editorial, cuyos tirajes competían con las obras de narradores exitosos del boom de la literatura latinoamericana entonces en su apogeo.

Comunicación y cultura de masas, el detonante, había alcanzado ya en 1980 cinco ediciones, cifra realmente significativa en un país de escasos lectores. Para leer al Pato Donald de Armand Mattelart y Ariel Dorfman, se había vendido incluso en los puestos de revistas de los terminales de autobús. Y Ludovico Silva, con dos textos de títulos sugestivos –La plusvalía ideológica Teoría y práctica de la ideología–, logró saltar las barreras venezolanas para convertirse en autor de proyección continental.

Antonio Pasquali fue pionero también de otra manera. En el año 1974 fundó, en la Universidad Central de Venezuela, el Instituto de Investigaciones de la Comunicación (Ininco), uno de los primeros centros de estudios especializados en el tema de la comunicación y la cultura creados en América Latina.

Pasquali y el Ininco fueron por muchos años la cabeza de un movimiento intelectual y político que incidiría en el escenario mundial con las propuestas de crear un nuevo orden informativo internacional que equilibrara los flujos de información entre los países desarrollados y las periferias del tercer mundo. Y, con el planteamiento de que para regular en lo interno de los países latinoamericanos el monopolio informativo, ideológico y cultural que ejercían los medios privados, era necesario que los Estados diseñaran políticas nacionales de comunicación.

Eran tiempos de cambio. La Unesco apoyaba y movía las propuestas de reordenar el intercambio cultural dominado por el show business estadounidense. Hombres de pensamiento como Juan Liscano, Miguel Otero Silva y el propio Pasquali habían logrado cierta ascendencia intelectual sobre Carlos Andrés Pérez, el nuevo presidente de la República, y su equipo de gobierno. Y en el Congreso Nacional se comenzó a debatir la Ley de Creación del Consejo Nacional de la Cultura (Conac), un modelo de gestión de las políticas culturales públicas que avizoraba una democratización sin antecedentes en la gestión cultural de los Estados latinoamericanos.

Fue entonces cuando entró en escena el Proyecto Ratelve, liderado por Pasquali, una idea revolucionaria (aunque la palabra revolución, luego de la degradación moral chavista, los venezolanos deberíamos desterrarla para siempre) que proponía la creación de un sistema de radiodifusión de servicio público que hiciera contrapeso al sistema privado, pero que tampoco fuera estatista sino que permitiera la expresión libre de la sociedad civil, la Iglesia, las academias y las asociaciones artísticas.

Nade de esto se hizo realidad. Pero él nunca bajó la guardia. Antes de que terminara la era democrática, publicó dos libros más. Uno de contenido filosófico, Comprender la comunicación. Y otro en el que compilaba diversos trabajos críticos, La comunicación cercenada.

Luego vino lo que ya sabemos, la tiranía comunicacional chavista. Y Pasquali, que había sido crítico implacable de la televisión privada venezolana, demostrando su profunda condición de hombre de la democracia, fue el primero en salir en su defensa cuando el comandante eterno, el teniente coronel Hugo Chávez, ordenó el cierre de Radio Caracas Televisión.

Entre 1999 y sus últimos días, Pasquali se convirtió en un crítico, valiente y severo

–me viene la imagen de un francotirador ya entrado en años– que desde su tribuna en el diario El Nacional disparaba severos dardos de escritura denunciando las atrocidades que el chavismomadurismo cometía contra la democracia y todos los habitantes de Venezuela.

Su último libro, La devastación chavista: transporte y comunicaciones, un balance demoledor de la capacidad destructiva del chavismo y un apasionado alegato a favor del pluralismo, la libertad, la libertad de prensa y el valor de las comunicaciones, incluidos el transporte y los servicios postales.

En medio de su trabajo intelectual Pasquali tenía tiempo para ser un gourmet. Y un cocinero. Hacía largos viajes para buscar ingredientes. Algunas de sus recetas fueron publicadas en libros y revistas. La última vez que lo vi fue en Cataluña, España. En la casa de Juan Restrepo, un querido amigo médico venezolano, en Sant Cugat, en los alrededores de Barcelona. Estaba radiante. Lúcido, como siempre. Cuando iba acompañado de su hija Paola su rostro se transformaba. Al despedirnos me adelantó una invitación a un cuscús en su apartamento de Altamira, Caracas. Yo, por razones de persecución de la tiranía, no pude volver a Venezuela. Y, ahora, él se fue. Pero me quedo para siempre con su expresivo rostro feliz de aquella tarde catalana.

Las últimas veces que me he encontrado con un cuscús pienso en su invitación. Y la agradezco. Como agradezco sus largos años de compromiso por el país que amó y del cual, teniendo todas las posibilidades, nunca quiso alejarse.



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Publicado en: El Nacional

Por: Tulio Hernández

Tulio Hernández

En 1963, cuando apareció Comunicación y cultura de masas, el segundo libro de Antonio Pasquali, no existía en América Latina nada siquiera parecido a lo que más tarde se conoció como Teoría Crítica de la Comunicación. Una escuela de pensamiento académico que se propuso diseccionar analíticamente, desde una perspectiva latinoamericana, el fenómeno de masificación de la cultura y los mecanismos de manipulación ideológica oficiados por los medios audiovisuales de masas y la industria cultural.

Por vez primera un autor latinoamericano integraba las sofisticadas y por entonces convincentes tesis de la Escuela de Frankfurt, de la que Theodor Adorno y Max Horkheimer eran líderes, con los persuasivos recursos empíricos –estadísticas precisas y análisis cuantitativos– de las tradiciones académicas norteamericanas para demostrar, entre otras cosas, que Venezuela y América Latina eran víctimas de un devastador subdesarrollo cultural y que de esa situación eran responsables, en grado sumo, la manera como se habían configurado y la impunidad con la que funcionaban, las industrias culturales de la región.

Medio siglo después, hoy se puede decir con propiedad que ese libro significó el inicio de un movimiento intelectual –la crítica ideológica de los medios–, una disciplina académica prolija –la investigación de la comunicación– y una exitosa producción editorial, cuyos tirajes competían con las obras de narradores exitosos del boom de la literatura latinoamericana entonces en su apogeo.

Comunicación y cultura de masas, el detonante, había alcanzado ya en 1980 cinco ediciones, cifra realmente significativa en un país de escasos lectores. Para leer al Pato Donald de Armand Mattelart y Ariel Dorfman, se había vendido incluso en los puestos de revistas de los terminales de autobús. Y Ludovico Silva, con dos textos de títulos sugestivos –La plusvalía ideológica Teoría y práctica de la ideología–, logró saltar las barreras venezolanas para convertirse en autor de proyección continental.

Antonio Pasquali fue pionero también de otra manera. En el año 1974 fundó, en la Universidad Central de Venezuela, el Instituto de Investigaciones de la Comunicación (Ininco), uno de los primeros centros de estudios especializados en el tema de la comunicación y la cultura creados en América Latina.

Pasquali y el Ininco fueron por muchos años la cabeza de un movimiento intelectual y político que incidiría en el escenario mundial con las propuestas de crear un nuevo orden informativo internacional que equilibrara los flujos de información entre los países desarrollados y las periferias del tercer mundo. Y, con el planteamiento de que para regular en lo interno de los países latinoamericanos el monopolio informativo, ideológico y cultural que ejercían los medios privados, era necesario que los Estados diseñaran políticas nacionales de comunicación.

Eran tiempos de cambio. La Unesco apoyaba y movía las propuestas de reordenar el intercambio cultural dominado por el show business estadounidense. Hombres de pensamiento como Juan Liscano, Miguel Otero Silva y el propio Pasquali habían logrado cierta ascendencia intelectual sobre Carlos Andrés Pérez, el nuevo presidente de la República, y su equipo de gobierno. Y en el Congreso Nacional se comenzó a debatir la Ley de Creación del Consejo Nacional de la Cultura (Conac), un modelo de gestión de las políticas culturales públicas que avizoraba una democratización sin antecedentes en la gestión cultural de los Estados latinoamericanos.

Fue entonces cuando entró en escena el Proyecto Ratelve, liderado por Pasquali, una idea revolucionaria (aunque la palabra revolución, luego de la degradación moral chavista, los venezolanos deberíamos desterrarla para siempre) que proponía la creación de un sistema de radiodifusión de servicio público que hiciera contrapeso al sistema privado, pero que tampoco fuera estatista sino que permitiera la expresión libre de la sociedad civil, la Iglesia, las academias y las asociaciones artísticas.

Nade de esto se hizo realidad. Pero él nunca bajó la guardia. Antes de que terminara la era democrática, publicó dos libros más. Uno de contenido filosófico, Comprender la comunicación. Y otro en el que compilaba diversos trabajos críticos, La comunicación cercenada.

Luego vino lo que ya sabemos, la tiranía comunicacional chavista. Y Pasquali, que había sido crítico implacable de la televisión privada venezolana, demostrando su profunda condición de hombre de la democracia, fue el primero en salir en su defensa cuando el comandante eterno, el teniente coronel Hugo Chávez, ordenó el cierre de Radio Caracas Televisión.

Entre 1999 y sus últimos días, Pasquali se convirtió en un crítico, valiente y severo

–me viene la imagen de un francotirador ya entrado en años– que desde su tribuna en el diario El Nacional disparaba severos dardos de escritura denunciando las atrocidades que el chavismomadurismo cometía contra la democracia y todos los habitantes de Venezuela.

Su último libro, La devastación chavista: transporte y comunicaciones, un balance demoledor de la capacidad destructiva del chavismo y un apasionado alegato a favor del pluralismo, la libertad, la libertad de prensa y el valor de las comunicaciones, incluidos el transporte y los servicios postales.

En medio de su trabajo intelectual Pasquali tenía tiempo para ser un gourmet. Y un cocinero. Hacía largos viajes para buscar ingredientes. Algunas de sus recetas fueron publicadas en libros y revistas. La última vez que lo vi fue en Cataluña, España. En la casa de Juan Restrepo, un querido amigo médico venezolano, en Sant Cugat, en los alrededores de Barcelona. Estaba radiante. Lúcido, como siempre. Cuando iba acompañado de su hija Paola su rostro se transformaba. Al despedirnos me adelantó una invitación a un cuscús en su apartamento de Altamira, Caracas. Yo, por razones de persecución de la tiranía, no pude volver a Venezuela. Y, ahora, él se fue. Pero me quedo para siempre con su expresivo rostro feliz de aquella tarde catalana.

Las últimas veces que me he encontrado con un cuscús pienso en su invitación. Y la agradezco. Como agradezco sus largos años de compromiso por el país que amó y del cual, teniendo todas las posibilidades, nunca quiso alejarse.

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