Camus, confinado – Jean Maninat

Jean Maninat

Por: Jean Maninat

Las catástrofes, las pandemias, decapitan hasta las novelas que alguna una vez nos emocionaron a más no decir. Las ubicábamos entre nuestras obras preferidas, esas que estarían en la lista de libros que nos llevaríamos en la mochila a una isla desierta. !Hay que ser arrojados para escoger una isla desierta como destino turístico, y no llevarse una planta desalinizadora, un container repleto de viandas y bebidas para pasarla mejor, y un dingui para escapar de tantos mosquitos y la mezquina compañía de un cocotero raquítico, el momento venido! ¿Pero un libro? ¡Es lo último que se le ocurriría a un naufrago avezado de fin de semana! ¿Quién lee en medio de tanto sol y salitre pegajoso?

Pero, para confrontar un confinamiento inesperado en casa, los libros que uno leyó gozan de buena salud. Y en medio del avance de un bacilo descocado, nos  cae la locha de querer volver a leer aquel que habla, entre otros, de las resistencias y las debilidades éticas de los humanos frente a un desvarío biológico: La peste, de Albert Camus.

Mas cuando uno se acerca a su escueta biblioteca para ubicar el lomo que lo identifica, se distrae en el artículo del Premio Nobel, Mario Vargas Llosa, que lo califica como: “La peor novela de Albert  Camus”, (¿Regreso al Medioevo? El País, 15,03,2020). Y luego se suceden las declaraciones de otros reconocidos escritores que dejan caer displicentes: “Claro, es obvio que cabe recordar a Camus, pero…”. Y, entonces, con garras asertivas, dan más ganas de extraer esa pieza de la literatura universal de las cavernas de lo que alguna vez leímos, y agradecerle al pied-noir de Camus que lo haya escrito.

La saga ética del Doctor Riux quedará como un desplante de lo humano frente a lo conocido que difícilmente se puede domeñar. La peste, que se lleva a creyentes y no creyentes, está detectada, pero no hay rezos ni alivios de manos de la ciencia que la pueda amenguar entre los retoques de campanas en la ciudad imaginaria de Orán. Al final, el simple médico de provincia, encarna la inconmensurable lucha de los humanos por hacerse sentir en voz alta, en medio del cruento trabalenguas del libre albedrío. Es una parábola secular.

Queda la advertencia que cierra la novela:  “Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Riux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no  desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.

No, no es quizás la mejor novela de Camus, es, simplemente, una gran novela de alguien que rehuyó el confinamiento intelectual de la izquierda y la derecha de su tiempo. Y no era fácil entonces.

 

 

 

 

 

 

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