Dos formas de hacer política – Elías Pino Iturrieta

Dos formas de hacer política - Elías Pino Iturrieta
Cortesía: La Gran Aldea

Mientras los políticos de oposición hacen en el exterior un excelente trabajo, aquí no salimos de los trompicones. Mientras allá manejan un método susceptible de llegar a realizaciones concretas, aquí seguimos tocando y bailando en el aire sin batuta ni partitura. Mientras allá aprovechan el tiempo, aquí lo dilapidan. Mientras allá hablan bien, aquí callan mal. Tal vez el alejamiento físico de la mediocridad chavista haya favorecido a quienes habitan afuera, mientras se les ha metido cada vez más en el pellejo a quienes se mueven en sus alrededores.

Publicado en: La Gran Aldea

Por: Elías Pino Iturrieta

El Informe de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU sobre los delitos del régimen pone de relieve la trascendencia del trabajo realizado por nuestra oposición en la escena internacional, que contrasta con los tumbos y los errores llevados a cabo en la actividad interna. “Luz de la calle, oscuridad de la casa”, es un refrán capaz de explicar el contraste que hoy se observa cuando las circunstancias aconsejan una analogía de la cual sale mal parada la oposición que hace su trabajo en esta ribera del Arauca vibrador. Tal vez la observación de las diferencias entre la excelencia y la medianía, entre los éxitos concretos y las divagaciones infructuosas, pueda estimular a los que solo en ocasiones han arrimado la bola al mingo en la cancha criolla.

Pero la analogía, para que no parezca injusta desde el principio, debe considerar el hecho de que los trofeos ganados en el exterior parten de una selección hecha en casa, quizá el primer empujón hacia los triunfos que hoy se destacan. La dirigencia reunida en sus salones tuvo el tino de seleccionar a los portavoces adecuados, a los talentos mejor formados, a vigorosos portadores de la antorcha. Quizá el esfuerzo fue agotador y los seleccionadores se tomaron un descanso que los obligó a descuidar la marcha de los asuntos que pasaban frente a sus narices, o a pensar que su remiendo era asunto de coser y cantar, mas el detalle no impide el reconocimiento de la afortunada escogencia que hicieron y cuyo trabajo debe reconocerse cuando la ONU acaba de divulgar un devastador informe sobre los horrores de la usurpación madurista.

La ONU no se mete en el tremedal de los delitos de la dictadura venezolana porque lo mandan sus estatutos, o porque la vocación de sus funcionarios los conduce a no descansar en su lucha contra las injusticias cometidas en el planeta. Hace falta un resorte que los mueva, un incentivo que no los haga  parecer excesivamente indiferentes, y hasta indolentes mientras una parte de la humanidad es sometida a la muerte y al escarnio por una pandilla de desalmados. Esos funcionarios no son unos intrépidos vengadores que esperan la primera ocasión para abalanzarse sobre los monstruos de la iniquidad, sino unos cautelosos servidores a quienes les quita el sueño la obligación de evitar molestias en el interés de los poderosos, que no son pocos y quienes pueden reaccionar con virulencia ante sus acciones. Alguien los tuvo que sacar de sus oficinas, la preocupación por las atrocidades de la dictadura venezolana no llegó sola hasta las páginas de un informe trascendental, y es aquí donde destaca la colosal faena que realizan los  líderes internacionales del Gobierno interino.

Faena que ha cosechado logros fundamentales en América, hasta lograr la creación y la permanencia de un grupo numeroso y compacto de gobiernos para quienes se ha convertido en meta esencial la restauración de la democracia venezolana; pero también una presencia lúcida en el seno de la OEA, convertida ahora en foro favorable para el ataque de la usurpación. Es evidente que el encuentro de soporte en el gobierno de Estados Unidos, no solo en la Casa Blanca sino también en el Capitolio y en influyentes medios de comunicación, debe agregarse al inventario. Que la Unión Europea, sujeta no solo a las características nacionales de su política, que revuelven los argumentos de sus banderías en el Parlamento, sino también a la emergencia del Covid-19, siga la pista de los horrores del autoritarismo venezolano y tenga oídos para sus opositores, es otra victoria estelar. Sus voceros no solo han debido construir el más convincente de los discursos, capaz de congregar a un conjunto de sociedades y de poderes políticos y económicos que suelen ser distintos, sino también diseñar un tejido de vínculos institucionales y personales en los que se mueven cada vez con mayor propiedad.

Ha sido tan atractivo el discurso, tan creíble en centenares de latitudes, que hasta su calco por Juan Guaidó ante la ONU hace poco se debe incluir en el cuadro de honor. La trayectoria que queremos destacar, ¿no lo obligó a la reanimación de una retórica decaída que vuelve por los fueros del vigor inicial? Pero también esa trayectoria facilita la comparación entre lo que brilla en el exterior y lo que es rutina sin laureles dentro de nuestras fronteras. Mientras los políticos de oposición hacen allá un excelente trabajo, aquí no salimos de los trompicones. Mientras allá manejan un método susceptible de llegar a realizaciones concretas, aquí seguimos tocando y bailando en el aire sin batuta ni partitura. Mientras allá aprovechan el tiempo, aquí lo dilapidan. Mientras allá hablan bien, aquí callan mal. Tal vez el alejamiento físico de la mediocridad chavista haya favorecido a quienes habitan afuera, mientras se les ha metido cada vez más en el pellejo a quienes se mueven en sus alrededores.

Curiosa situación siendo los del extranjero criaturas de un consenso interior, pero nadie puede negar la existencia  de un contraste que debería sugerir a los de acá lo necesidad de imitar a los de allá. O de consultarles a menudo sobre cómo salir del atolladero. O, sin la dura obligación de mirar desde una  atalaya tan alta que los pondría contra la pared, de tocar otra vez la tierra de la que se han despegado hasta el punto de comprenderla cada vez menos.

 

 

 

 

 

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