El 23 de Enero no tiene quien le escriba – Tulio Hernández

Cortesía Frontera Viva

Publicado en: Frontera Viva

Por: Tulio Hernández

 

Una prueba fehaciente de cómo la democracia entró en desgracia en Venezuela la encontramos en el hecho de que en el pasado sábado ni la Asamblea Nacional espuria de los chavistas ni la legítima, en la que los sectores democráticos son mayoría, hicieron el más mínimo gesto para conmemorar el aniversario número sesenta y tres del 23 de Enero. Tampoco, que me haya enterado, ninguna embajada, gobernación o concejo municipal del gobierno usurpador o de la resistencia democrática.

Hay que recordarlo. Así como el 4 de febrero de 1992 es el día más triste e infame de nuestra vida política del siglo XX, el 23 de Enero de 1958, lo deberíamos saber todos, es probablemente el día más importante y feliz del siglo que se fue. No solo porque, sin grandes derramamientos de sangre, Venezuela logró salir de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, sino porque desde entonces, por primera vez en toda su historia republicana, comenzó una saga de gobiernos democráticos que no fueron interrumpidos, como ya era un asunto normal en Venezuela, por asonadas militares.

Gracias al temple y astucia de Rómulo Betancourt, el primer presidente civil electo democráticamente que logró terminar el período para el que había sido elegido sin ser derrocado por las Fuerzas Armadas, en 1958 comenzó una saga de gobiernos democráticos que durante cuarenta años ininterrumpidos logró mantener a raya a los milicos del ejercicio de la primera magistratura.

Claro que no fue nada fácil. Los militares golpistas no se resignaban a perder el poder y a la naciente democracia le disparaban desde la derecha y desde la izquierda. Pero Betancourt y los militares constitucionalistas, que los había y los hubo por muchos años, resistieron y derrotaron en el campo de batalla siete intentos de golpes de Estado, un atentado con dinamita contra el jefe de gobierno, un movimiento guerrillero y sucesivas huelgas generales convocadas con el propósito de desestabilizar el país.

Desde Cuba comunista, Fidel Castro impulsaba la guerrilla. Desde República Dominicana, el dictador Rafael Leonidas Trujillo, organizó el magnicidio con una bomba en la avenida Los Próceres de Caracas del cual Betancourt salió vivo por puro milagro. El perezjimenismo atacó en 1960 con un fallido golpe de Estado conducido desde el Táchira por el general Castro León. Luego otros golpes de Estado fueron sucediéndose uno tras otro, pero ahora organizados por militares de izquierda apoyados por civiles del Partido Comunista de Venezuela (PCV).

El ciclo terminó en 1962 con dos asonadas, el Carupanazo y El Porteñazo, ambas cruentas y sangrientas, ambas aplastadas sin titubeos por las fuerzas militares leales a la Constitución. El Porteñazo dejó la terrible cifra de cuatrocientos muertos y más de mil heridos y constancia de la crueldad de la que eran capaces los militares insurgentes en su afán de hacerse del poder. Y así, peleando contra el enemigo de siempre, los políticos armados –militares y guerrilleros–, la democracia triunfó y Venezuela por primera vez en toda su historia experimentó la vida libre y la convivencia pacífica que permite la democracia.

El país de modernizó y, en el doble sentido del término, se civilizó. Mientras en otras partes de América Latina se sucedían guerrillas, guerras civiles y dictaduras militares, Venezuela se convirtió, junto a Costa Rica, en el gran oasis en un continente donde los nombres de Somoza, Pinochet, Stroessner, Bordaberry, la dictadura perfecta del PRI, las guerrillas colombianas, las guerras civiles de Centroamérica, poblaban de escenarios sangrientos el mapa desde el sur del Río Grande hasta la Patagonia. Nuestro país conocía la paz.

Hasta que Hugo Chávez entró en escena en 1992, y en 1999 los militares regresaron a Miraflores. Primero, disfrazados de civiles, por elecciones no por balas. Y luego, sin antifaz, a medida que el felón barinés consolidaba su poder, abiertamente vestido de militar presidiendo los desfiles “patrios” de Los Próceres en el más puro estilo perezjimenista: uniforme de gala, Cadillac descapotable, condecoraciones en el pecho hinchado, comandante en jefe ordene.

Y la democracia se acabó. Chávez la mantuvo por años en terapia intensiva. Agonizante. Luego el bachiller Maduro, su heredero, se encargó de la muerte. Hizo de enterrador. Pero el bachiller y sus aliados no despacharon a la democracia con un tiro de gracia como hacían en el siglo XX las dictaduras militares latinoamericanas clásicas. Tampoco la ametralló en un paredón, como las revoluciones comunistas a la cubana. El sucesor del teniente coronel le cerró el ataúd al joven modelo político venezolano de un modo más sofisticado.

Como en las corridas de toros, donde se sacrifica al animal en el centro del ruedo y a la vista de todos, Nicolás Maduro Moros le clavó en el cuello una puntilla al astado agónico eliminando el parlamento libremente electo, mientras los banderilleros, casi todos militares de uniforme verde oliva y escudos antimotines, lo distraían con sus capotes.

Al final el toro daba embestidas cortas como última defensa. Pero igual terminó desplomado en la arena hecho restos mortales. El cuerpo sin vida de la democracia lo pasearon arrastrado por el ruedo mientras las barras de venezolanos vestidos de rojos con boinas aplaudían a rabiar. Y los gobiernos aliados –la teocracia iraní, el neo autoritarismo ruso de Putin, la dictadura de Erdogan en Turquía, el estatismo capitalista salvaje chino junto al dinosaurio del comunismo cubano– aplaudieron igual. Y el Grupo de Puebla –el último refugio de la izquierda marxista que intentó hacerse democrática pero no pudo– también.

Todos juntos, en el palco presidencial –Samper, Zapatero, el juez Garzón, Evo Morales, Pepe Mujica, Dilma Ruseff, Daniel Ortega– de pie sacaban sus pañuelitos rojos y gritaban: “¡Torero, torero!”, mientras el matador de poblados bigotes que caminaba de puntillas mostrando la montera en una mano y en la otra la espada aún humedecida de rojo –su color favorito– recibía los vítores de la multitud enfebrecida por el olor sacrificial de la sangre.

Y así llegamos al 23 de Enero de 2021, sin nadie –salvo algunos artistas o escritores– que recuerde la épica colectiva de un país que logró derrocar una dictadura, no a través de un golpe de estado clásico sino de un movimiento de arraigo popular donde participaron por igual los militares que querían democracia; los partidos políticos de izquierda, derecha y centro; los sindicatos organizados; la jerarquía eclesiástica; sectores empresariales y movimiento estudiantil, todos juntos en una misma causa que, pareciera, ya nadie quiere recordar.

Una épica que se ha ido esfumando en el tiempo. Porque, incluso cuando la democracia estaba viva, los dos grandes partidos que la conducían, jamás tuvieron el cuidado de dedicarse a crear una memoria y poner en valor a unos líderes forjadores que, a fuerza de sufrimiento, exilios y cárceles, pero también de pensamiento, capacidad organizativa, y reflexión, crearon un modelo político que le dio derecho al voto, participación y una buena dosis de bienestar a todos los pobladores antes excluidos, incluyendo las mujeres y los analfabetas.

Tal vez nunca supimos explicar que la democracia no era gratis. Y que tampoco era eterna. Que había que cuidarla y protegerla como a los amores y las plantas. Ahora, tarde ya, es muy probable que haya muchos venezolanos que crean que el 23 de Enero es solo una barriada populosa de Caracas. Ruiz Pineda una vecindad de Caricuao. Rómulo Betancourt el nombre ya eliminado del antiguo Parque del Este. Y democracia, una cosa que existió, pero ya no se sabe ni donde, ni cuándo.

Ahora nos toca comenzar de nuevo y recuperar la memoria.

Etiquetas:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *