El carnet de las Termópilas – Carlos Raúl Hernández

publicado el 11/09/18 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , , , , , , , , , , ,

Publicado en: El Universal

Por: Carlos Raúl Hernández

Donde triunfaron los movimientos totalitarios del siglo XX, se impuso en la política el pensamiento mítico sobre el racional y la acción se promovía a través de calumnias, himnos, consignas, que apuntaban a mover pasiones, al inconsciente y no a la conciencia. Tanto el comunismo como el nacionalsocialismo y el fascismo fabricaron el reino de la ideología, el engaño y las bajas pasiones, como decía Lucio Colletti. Movilizan al público con una jerga espuria que hablaba de clases y razas parásitas, otras oprimidas, del triunfo de los pobres, de los pueblos a los que se negaba la felicidad y cuyo destino era construir un nuevo mundo.

Para el bien era necesaria una etapa de destrucción de lo existente: la revolución. Por obra del mito, simples autocracias criminales, ineficientes y sinvergüenzas dejaron de llamarse gobiernos para convertirse en “la revolución” y así justificar todos sus fracasos y miserias. Y de ese mito matriz, deriva una mitología, un tejido de submitos, que contagian al resto de la sociedad, intrasistemas complejos de turbideces que se toman por valores morales o pos “verdades” (ahora tenemos también pos verdades) para éxito de los autócratas.
El Universal

Cortesía: El Universal

Esa mitología se extiende a toda la sociedad, incluidos los opositores. Trágicamente nos descubrimos pensando y hablando como quieren los seis demiurgos revolucionarios, que deben estallar en carcajadas cada vez que pisamos sus minas ideológicas. Parte del síndrome es lo ocurrido con el llamado carnet de la patria, un instrumento del gobierno para sus usos clientelares, reparto de la renta y tarjeta de racionamiento en otros casos. Pero grupos de nuestros sectores ilustrados (¿?) lo han convertido en una especie de batalla de las Termópilas.
La dignidadddddddd
En ella se prueba el valor, el heroísmo, la dignidad, palabra que se gastó de tanto usarla. Algunos de los que dignamente no lo tienen, se sienten en homérica beligerancia al lado de Leonidas contra cientos de miles de persas. Los millones de ciudadanos normales y sensatos que tienen su carnet o lo tendrán (en este último grupo me incluyo) han sido declarados traidores a los sagrados principio que inventaron entre el gobierno y ciertas ramas de seudo opositores con mucho tiempo libre. Bastante se ha dicho que tal dignidad no se veía afectada por Cadivi.
Para obtener dólares baratos hacían llevar al solicitante unas carpetas que de tan bien hechas parecían obra de Benvenutto Cellini. Ahí no se les empañaba el honor a estos catones, pero si cuando la gente humilde tuvo que comenzar a hacer cola para comprar alimentos y algunos atorrantes llegaron hasta la agresión física contra ellos. Desde la desaparición de los partidos tradicionales y la emergencia de grupos improvisados de clases medias, sin experticia en el arte político, los mitos mayores y menores proliferan en la ingenuidad.
Los mitos siempre han existido y tuvieron gran fuerza en sociedades del pasado, las llamadas prelógicas por el antropólogo francés Lucien Levy-Bruhl. Con la modernidad, la ciencia y la razón analítica ocuparon gran espacio ideológico, pero la redención social trajo otra vez el engaño, los falsos problemas para disfrazar los verdaderos. Los movimientos totalitarios juegan fríamente con las emociones de las clases medias, las más fácilmente manipulables al tocarles supuestos valores, no así las clases populares, obligadas a ser más pragmáticas.
 Anzuelos de colores
El gobierno hace lo que le da la gana con sectores críticos al ponerlos a morder coloridos anzuelos éticos. Otra de esas trampas cazabobos es la tal Asamblea Constituyente, una fórmula estrafalaria para llamar a un simple ministerio de triquiñuelas. Fuimos tan ilusos como para preferir que se sacrificaran los pocos gobernadores electos con tal de no profanar la dignidad ¿o virginidad?, al juramentarse en la “constituyente”. ¿Y qué pensarán los dignos de que Zulia cayera en manos que lo destruyen premeditadamente por venganza. En el exilio hay gente respetable, muchos a quienes aprecio y considero amigos.
Pero de la chapucería de algunos fallidos políticos surgen aberraciones que dieron K.O a la oposición. Esenciales para la mitología cosas tales como la abstención (hasta que lo lograron el 20-M con efectos conocidos), la prédica de “con ese CNE”, la virtud del voto manual frente al electrónico. Ahora parece que inventan una presidencia en el exilio sin entidad y que dice muy poco de bueno al país. Eso de disfrazar la política de moral es propio de la antipolítica, el autoritarismo y el totalitarismo y algunos cabecillas opositores solo hablan de esas tonterías, aderezadas del alto precio de los huevos o de las papas.
No existe razonamiento estratégico y todo se derrumbó. Y dentro de la oleada destructiva, calumnias, fake news de la fauna radical tuitera, de la que nos ocupamos con frecuencia, pareciera que ahora le toca a este periódico. Algunos que gracias a El Universal tuvieron renombre no muy merecido y que hoy no están en sus páginas, conspiran para desacreditar uno de los pocos diarios que sobreviven y montan una tramoya con la excusa del carnet de las Termópilas en la que el impudor hace que algunos hablen de grabaciones hechas a reuniones privadas de trabajo. Volveremos.


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Por: Carlos Raúl Hernández

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Para el bien era necesaria una etapa de destrucción de lo existente: la revolución. Por obra del mito, simples autocracias criminales, ineficientes y sinvergüenzas dejaron de llamarse gobiernos para convertirse en “la revolución” y así justificar todos sus fracasos y miserias. Y de ese mito matriz, deriva una mitología, un tejido de submitos, que contagian al resto de la sociedad, intrasistemas complejos de turbideces que se toman por valores morales o pos “verdades” (ahora tenemos también pos verdades) para éxito de los autócratas.
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Esa mitología se extiende a toda la sociedad, incluidos los opositores. Trágicamente nos descubrimos pensando y hablando como quieren los seis demiurgos revolucionarios, que deben estallar en carcajadas cada vez que pisamos sus minas ideológicas. Parte del síndrome es lo ocurrido con el llamado carnet de la patria, un instrumento del gobierno para sus usos clientelares, reparto de la renta y tarjeta de racionamiento en otros casos. Pero grupos de nuestros sectores ilustrados (¿?) lo han convertido en una especie de batalla de las Termópilas.
La dignidadddddddd
En ella se prueba el valor, el heroísmo, la dignidad, palabra que se gastó de tanto usarla. Algunos de los que dignamente no lo tienen, se sienten en homérica beligerancia al lado de Leonidas contra cientos de miles de persas. Los millones de ciudadanos normales y sensatos que tienen su carnet o lo tendrán (en este último grupo me incluyo) han sido declarados traidores a los sagrados principio que inventaron entre el gobierno y ciertas ramas de seudo opositores con mucho tiempo libre. Bastante se ha dicho que tal dignidad no se veía afectada por Cadivi.
Para obtener dólares baratos hacían llevar al solicitante unas carpetas que de tan bien hechas parecían obra de Benvenutto Cellini. Ahí no se les empañaba el honor a estos catones, pero si cuando la gente humilde tuvo que comenzar a hacer cola para comprar alimentos y algunos atorrantes llegaron hasta la agresión física contra ellos. Desde la desaparición de los partidos tradicionales y la emergencia de grupos improvisados de clases medias, sin experticia en el arte político, los mitos mayores y menores proliferan en la ingenuidad.
Los mitos siempre han existido y tuvieron gran fuerza en sociedades del pasado, las llamadas prelógicas por el antropólogo francés Lucien Levy-Bruhl. Con la modernidad, la ciencia y la razón analítica ocuparon gran espacio ideológico, pero la redención social trajo otra vez el engaño, los falsos problemas para disfrazar los verdaderos. Los movimientos totalitarios juegan fríamente con las emociones de las clases medias, las más fácilmente manipulables al tocarles supuestos valores, no así las clases populares, obligadas a ser más pragmáticas.
 Anzuelos de colores
El gobierno hace lo que le da la gana con sectores críticos al ponerlos a morder coloridos anzuelos éticos. Otra de esas trampas cazabobos es la tal Asamblea Constituyente, una fórmula estrafalaria para llamar a un simple ministerio de triquiñuelas. Fuimos tan ilusos como para preferir que se sacrificaran los pocos gobernadores electos con tal de no profanar la dignidad ¿o virginidad?, al juramentarse en la “constituyente”. ¿Y qué pensarán los dignos de que Zulia cayera en manos que lo destruyen premeditadamente por venganza. En el exilio hay gente respetable, muchos a quienes aprecio y considero amigos.
Pero de la chapucería de algunos fallidos políticos surgen aberraciones que dieron K.O a la oposición. Esenciales para la mitología cosas tales como la abstención (hasta que lo lograron el 20-M con efectos conocidos), la prédica de “con ese CNE”, la virtud del voto manual frente al electrónico. Ahora parece que inventan una presidencia en el exilio sin entidad y que dice muy poco de bueno al país. Eso de disfrazar la política de moral es propio de la antipolítica, el autoritarismo y el totalitarismo y algunos cabecillas opositores solo hablan de esas tonterías, aderezadas del alto precio de los huevos o de las papas.
No existe razonamiento estratégico y todo se derrumbó. Y dentro de la oleada destructiva, calumnias, fake news de la fauna radical tuitera, de la que nos ocupamos con frecuencia, pareciera que ahora le toca a este periódico. Algunos que gracias a El Universal tuvieron renombre no muy merecido y que hoy no están en sus páginas, conspiran para desacreditar uno de los pocos diarios que sobreviven y montan una tramoya con la excusa del carnet de las Termópilas en la que el impudor hace que algunos hablen de grabaciones hechas a reuniones privadas de trabajo. Volveremos.
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