El rumbo de la nave – Fernando Rodríguez

Publicado en: El Nacional

Por: Fernando Rodríguez

Fernando Rodríguez

Me cuenta un amigo que un líder opositor en una reciente asamblea dijo muy sonoramente que él ya no creía en principios sino en una política realista que obtuviese resultados tangibles, la salida de Maduro. Que lo haya dicho así revela incultura teórica pero es un síntoma del momento que atravesamos, en que eso de practicar la política con destreza, que es un arte muy complejo, se ha convertido en tema más o menos recurrente. Ese, por supuesto, es uno de los problemas centrales y permanentes de la política y tiene numerosas maneras de enunciarse, la más trajinada es la de las relaciones entre medios y fines. Una formulación que a mí me gusta es la de Merleau-Ponty, que decía que los verdaderos políticos debían evitar dos extremos, el cinismo de los principistas que se aferran a la incontaminada pureza de sus convicciones y se alejan del mundo y su inevitable medianía y equivocidad, Trotski  por ejemplo; y el oportunismo de quienes solo optan por las opciones exitosas, así sean criminales, como José Stalin.

Ciertamente el relieve actual del tema tiene que ver con la revisión de algunas posibilidades transaccionales con la dictadura, a fin de encontrar las claves para superarla. Estas serían dialogales con fines electorales. Se dirá que no hay nada nuevo y que hemos trajinado no pocas veces por esos senderos. Pero hay algunos matices que rehacen la tensión aludida. Remito a un caso, muy claro, el de la “mesita”, la aparición de una oposición que ha llegado a un contubernio ominoso con el gobierno que dice querer derrocar, convirtiéndose en un soporte más de este, por endeble que sea, y esto de manera bastante escandalosa y pornográfica en algunos casos, no todos.

Pero hay también, y es un gran tema nacional, un sector todavía poco definido de la oposición mayoritaria que estaría inclinado a votar, con la disposición estratégica de aceptar condiciones que pudiesen ser limitadas (¿cuánto, cuáles?) pero que avasallaría la supuesta aplastante mayoría opositora y que parece suponer solo realizar elecciones parlamentarias a fines del año y esperar para salir del usurpador. Ese sector todavía innominado y cuyos planteamientos son aún abstractos formó parte del abstencionismo a partir del abominable proceso electoral de la ANC y sucesivas elecciones, en especial la de Maduro. Todo lo cual ha ido a parar al proyecto y al largo año de luchas de Juan Guaidó con supuestos más contundentes, elecciones sin Maduro los sintetiza, y que acaba de jugar una carta muy importante con su lucido viaje reciente al extranjero.

Hasta donde se ha hecho público se trata de cambiar esa línea de Guaidó por una más flexible y capaz de obtener resultados más reales que los simbólicos y hasta ahora limitados de este. Asoman la idea de concepciones estratégicas que si bien podrían reconocerse como menos principistas reclaman para sí ser una opción más realista, más terrenal. En una palabra más “políticas”, más cónsona con ese oficio inclemente, agotados caminos anteriores demasiado quiméricos y etéreos, ineficaces. Al fin y al cabo son veintitantos años de este desastre innombrable y demasiado el dolor que causa a la mayoría de los venezolanos para no buscar una salida a cualquier costo y postergando supuestos imperativos morales. El desespero conduce a jugar con la mirada en lo inmediato y tangible, la nave se hunde.

Y bien, ¿cómo se debate esto? Yo diría que es la búsqueda del difícil justo medio de esa polaridad de lo político citada, entre cinismo y oportunismo. Nada indica a priori que un camino será más exitoso que otro, en todo caso no es una cuestión sobre la cual se puedan esgrimir hoy, en el pandemónium institucional y el rarificado clima político nacional, razones muy claras y definidas. Guaidó, por ejemplo, no ha alcanzado la meta deseada, pero cuánto ha conseguido contra los sátrapas y en el corazón de los venezolanos y en el mundo democrático. No es pues una escogencia entre purismo moral y resultados reales. En segundo lugar, tampoco sería conducente un debate puramente ético, que podría ser entre entreguistas fatigados e indomables resistentes. Una alternativa puramente moral ignora la naturaleza misma de la política, su pensar y su hacer. Lo que se puede asegurar es que estamos en un gran lío, un tremedal teórico, que me temo no podemos evadir y nos impele a ser muy justos y muy perspicaces, a lo mejor como pocas veces. Hay que remar en una sola dirección, porque la nave de verdad se hunde.

Y bien, ¿cómo se debate esto? Yo diría que es la búsqueda del difícil justo medio de esa polaridad de lo político citada, entre cinismo y oportunismo. Nada indica a priori que un camino será más exitoso que otro, en todo caso no es una cuestión sobre la cual se puedan esgrimir hoy, en el pandemónium institucional y el rarificado clima político nacional, razones muy claras y definidas. Guaidó, por ejemplo, no ha alcanzado la meta deseada, pero cuánto ha conseguido contra los sátrapas y en el corazón de los venezolanos y en el mundo democrático. No es pues una escogencia entre purismo moral y resultados reales. En segundo lugar, tampoco sería conducente un debate puramente ético, que podría ser entre entreguistas fatigados e indomables resistentes. Una alternativa puramente moral ignora la naturaleza misma de la política, su pensar y su hacer. Lo que se puede asegurar es que estamos en un gran lío, un tremedal teórico, que me temo no podemos evadir y nos impele a ser muy justos y muy perspicaces, a lo mejor como pocas veces. Hay que remar en una sola dirección, porque la nave de verdad se hunde.

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