Excogitandus (a propósito de los “fenómenos morbosos”) – José Rafael Herrera

publicado el 24/03/18 por Laura Rodriguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , ,

Publicado en El Nacional

Por: José Rafael Herrera

A los historicistas Alex Carrodeguas y N. A. Izaguirre

Decía Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel que las crisis consisten, precisamente, en el hecho de que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer, mientras que en medio de lo uno y de lo otro “se verifican los fenómenos morbosos más variados”. La referencia gramsciana permite aproximarse a la comprensión del aplastante pathos que, durante los últimos años, se ha convertido en el modo de vida característico de los venezolanos, por lo menos de aquellos que han decidido –o se han visto obligados– a quedarse en el país, esos que día a día tienen que lidiar para poder llevar a sus hogares el pan de sus hijos, soportando los continuos maltratos y las humillaciones –fenómenos morbosos, precisamente– a los que un régimen gansteril los ha sometido y, por infortunio, acostumbrado. Porque es que quien no haya vivido en la Venezuela anterior a esta demencial condición opresora y corrompida, percibe hasta los tuétanos como algo “normal” el hecho de ser cotidianamente asaltado en el transporte público o en las calles sucias y oscuras, hacer colas para comprar su “ración” de alimentos o inventárselas para conseguir algo de dinero en efectivo, tener luz, agua, gas, aseo urbano, entre otros servicios. O que haya gasolina en una estación de servicios, aceite o repuestos para el vehículo. Le parecerá normal el secuestro, el asesinato, los cadáveres en estado de descomposición en las morgues, los hospitales y colegios completamente desasistidos, abandonados a la buena de Dios. Fenómenos morbosos, transmutados en hábito, en pura “normalidad”.

Es verdad que así como la gente se acostumbra a “lo bueno” también se acostumbra a “lo malo”. Del “tabaratismo” de los años dorados y el “whisky del bueno”, como lo llamaba el galáctico, se pasó a los “cupos” de dólares y al “raspado” de tarjetas. Un buen día se amaneció sin papel higiénico. Poco tiempo después comenzó la escasez de alimentos y medicinas y, con ella, la creciente carestía. Los “controles” –ese modo perverso de ejercer el dominio de todo y de todos que se sustenta en la corrupción– terminaron por convertir el “bolívar fuerte” en una auténtica vergüenza. La “dieta” obligatoria de alimentos –eufemismo con el que el régimen cínicamente designa el hambre– ya se ha extendido a “dieta eléctrica”, a “racionamiento” de agua e, incluso, al Internet más lento del mundo, mientras aumenta la mengua en las calles y muchos –cada vez son más– revisan la basura para poder comer. Las pandemias están a la vuelta de la esquina. Enfermedades que habían sido erradicadas durante el período democrático han retornado como una maldición que asesina sin piedad. Los centros de enseñanza se van quedando vacíos a medida que aumenta la mendicidad. La gente la ve pasar, la mira a los ojos. Pero de tanto mirar se le ha vuelto costumbre. La “igualdad por abajo” ya es un morbo indiscutible, una “realidad concreta”.

Lo que en otros tiempos hubiese sido motivo de asombro se ha vuelto hábito, una situación “excesivamente normal”, para citar la célebre frase de uno de los causantes de toda esta aterradora fenomenicidad. Y, así, lo “extraordinario” se volvió “cotidiano”. Y mientras se invoca “el milagro” que ponga fin a la desgracia, el miedo y la esperanza se van apoderando de “las buenas conciencias”, de los hombres –y mujeres– “de buena voluntad”. Sartre decía que la humanidad estaba condenada a ser libre. Pero los venezolanos han sido condenados a ser cubanos. Más aún, en la misma medida en que aumenta la pobreza material y espiritual, más rica y poderosa se hace la cada vez más restringida, selecta y exclusiva “cúpula podrida” de la narcodictadura, pues ya ha comenzado la purga interna contra sus antiguas lealtades. Como se suele afirmar, la “revolución”, cual Cronos, se devora a sus propios hijos. Las cleptocracias suelen devorarlo todo.

Los daños no han sido ni pocos ni leves. Una auténtica reforma moral e intelectual se hace impreterible, a los fines de redimensionar el ser y la conciencia sociales del país, el ethos, la vida civil en general. Para lo cual es indispensable conjurar la barbarie, echar abajo el “rancho” espiritual y construir un nuevo edificio, sobre las sólidas bases de una sociedad del y para el conocimiento. Una difícil labor que tiene que comenzar ya, antes de que “esto” se termine. El país no resiste más populismos, ni ungüentos, ni “parches” autoadhesivos. Excogitatio es la expresión con la cual Spinoza exhortaba a curar de sus propios prejuicios –de sus morbos fenoménicos– al entendimiento abstracto, reflexivo, ese que cree –cosas de la fe– que con el simple checking causa-efectista de las encuestas, con un par de solicitudes de crédito al FMI y al Banco Mundial y con una que otra “ayuda humanitaria”, se reactivará la economía y se podrá enderezar la cosa, una vez que pase lo que inevitablemente tendrá que pasar. Pero, en realidad, este país necesita mucho más de la cura de su entendimiento de lo que puede llegar a representarse: “ante todo es menester escogitar un medio de curar el entendimiento y purificarlo para que entienda las cosas sin error y de la mejor manera”. Hay que reemprender el viaje, reconstruir el trayecto, una vez más, desde los efectos hacia las causas.

La cura del entendimiento está, pues, en el propio entendimiento, esta vez, comprendido como pensamiento y no como método, no como instrumento o como recetario. Si el elemento popular siente y el intelectual conoce, no conviene sobrecargar ninguno de los platillos de la balanza: ni hacia la pedantería del filisteo ni hacia los apasionamientos ciegos y sectarios. Claro que existen casos de mayor peligro y, quizá por eso mismo, de mayor ridiculez: está la pedantería apasionada, por ejemplo, o a la inversa: el sectarismo demagógico, similar al de los ya habituales “tiranuelos de turno” que tanto daño le han causado al país, una y otra vez. Porque, como dice Gramsci, “el error del intelectual consiste en creer que se puede saber sin comprender, y especialmente sin sentir. Al faltar este nexo –forma y contenido, pensar y ser, sujeto y objeto–, las relaciones del intelectual con el pueblo-nación devienen relaciones de orden puramente burocrático, formal, o se reducen a ellas”, con lo cual los intelectuales “se convierten en una casta o en un sacerdocio”. Nosce te ipsum: una vez más, la circunstancia exige abandonar el morbo, la suspensión del juicio, para que el conocimiento haga el esfuerzo de conocerse a sí mismo.



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Por: José Rafael Herrera

A los historicistas Alex Carrodeguas y N. A. Izaguirre Decía Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel que las crisis consisten, precisamente, en el hecho de que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer, mientras que en medio de lo uno y de lo otro “se verifican los fenómenos morbosos más variados”. La referencia gramsciana permite aproximarse a la comprensión del aplastante pathos que, durante los últimos años, se ha convertido en el modo de vida característico de los venezolanos, por lo menos de aquellos que han decidido –o se han visto obligados– a quedarse en el país, esos que día a día tienen que lidiar para poder llevar a sus hogares el pan de sus hijos, soportando los continuos maltratos y las humillaciones –fenómenos morbosos, precisamente– a los que un régimen gansteril los ha sometido y, por infortunio, acostumbrado. Porque es que quien no haya vivido en la Venezuela anterior a esta demencial condición opresora y corrompida, percibe hasta los tuétanos como algo “normal” el hecho de ser cotidianamente asaltado en el transporte público o en las calles sucias y oscuras, hacer colas para comprar su “ración” de alimentos o inventárselas para conseguir algo de dinero en efectivo, tener luz, agua, gas, aseo urbano, entre otros servicios. O que haya gasolina en una estación de servicios, aceite o repuestos para el vehículo. Le parecerá normal el secuestro, el asesinato, los cadáveres en estado de descomposición en las morgues, los hospitales y colegios completamente desasistidos, abandonados a la buena de Dios. Fenómenos morbosos, transmutados en hábito, en pura “normalidad”. Es verdad que así como la gente se acostumbra a “lo bueno” también se acostumbra a “lo malo”. Del “tabaratismo” de los años dorados y el “whisky del bueno”, como lo llamaba el galáctico, se pasó a los “cupos” de dólares y al “raspado” de tarjetas. Un buen día se amaneció sin papel higiénico. Poco tiempo después comenzó la escasez de alimentos y medicinas y, con ella, la creciente carestía. Los “controles” –ese modo perverso de ejercer el dominio de todo y de todos que se sustenta en la corrupción– terminaron por convertir el “bolívar fuerte” en una auténtica vergüenza. La “dieta” obligatoria de alimentos –eufemismo con el que el régimen cínicamente designa el hambre– ya se ha extendido a “dieta eléctrica”, a “racionamiento” de agua e, incluso, al Internet más lento del mundo, mientras aumenta la mengua en las calles y muchos –cada vez son más– revisan la basura para poder comer. Las pandemias están a la vuelta de la esquina. Enfermedades que habían sido erradicadas durante el período democrático han retornado como una maldición que asesina sin piedad. Los centros de enseñanza se van quedando vacíos a medida que aumenta la mendicidad. La gente la ve pasar, la mira a los ojos. Pero de tanto mirar se le ha vuelto costumbre. La “igualdad por abajo” ya es un morbo indiscutible, una “realidad concreta”. Lo que en otros tiempos hubiese sido motivo de asombro se ha vuelto hábito, una situación “excesivamente normal”, para citar la célebre frase de uno de los causantes de toda esta aterradora fenomenicidad. Y, así, lo “extraordinario” se volvió “cotidiano”. Y mientras se invoca “el milagro” que ponga fin a la desgracia, el miedo y la esperanza se van apoderando de “las buenas conciencias”, de los hombres –y mujeres– “de buena voluntad”. Sartre decía que la humanidad estaba condenada a ser libre. Pero los venezolanos han sido condenados a ser cubanos. Más aún, en la misma medida en que aumenta la pobreza material y espiritual, más rica y poderosa se hace la cada vez más restringida, selecta y exclusiva “cúpula podrida” de la narcodictadura, pues ya ha comenzado la purga interna contra sus antiguas lealtades. Como se suele afirmar, la “revolución”, cual Cronos, se devora a sus propios hijos. Las cleptocracias suelen devorarlo todo. Los daños no han sido ni pocos ni leves. Una auténtica reforma moral e intelectual se hace impreterible, a los fines de redimensionar el ser y la conciencia sociales del país, el ethos, la vida civil en general. Para lo cual es indispensable conjurar la barbarie, echar abajo el “rancho” espiritual y construir un nuevo edificio, sobre las sólidas bases de una sociedad del y para el conocimiento. Una difícil labor que tiene que comenzar ya, antes de que “esto” se termine. El país no resiste más populismos, ni ungüentos, ni “parches” autoadhesivos. Excogitatio es la expresión con la cual Spinoza exhortaba a curar de sus propios prejuicios –de sus morbos fenoménicos– al entendimiento abstracto, reflexivo, ese que cree –cosas de la fe– que con el simple checking causa-efectista de las encuestas, con un par de solicitudes de crédito al FMI y al Banco Mundial y con una que otra “ayuda humanitaria”, se reactivará la economía y se podrá enderezar la cosa, una vez que pase lo que inevitablemente tendrá que pasar. Pero, en realidad, este país necesita mucho más de la cura de su entendimiento de lo que puede llegar a representarse: “ante todo es menester escogitar un medio de curar el entendimiento y purificarlo para que entienda las cosas sin error y de la mejor manera”. Hay que reemprender el viaje, reconstruir el trayecto, una vez más, desde los efectos hacia las causas. La cura del entendimiento está, pues, en el propio entendimiento, esta vez, comprendido como pensamiento y no como método, no como instrumento o como recetario. Si el elemento popular siente y el intelectual conoce, no conviene sobrecargar ninguno de los platillos de la balanza: ni hacia la pedantería del filisteo ni hacia los apasionamientos ciegos y sectarios. Claro que existen casos de mayor peligro y, quizá por eso mismo, de mayor ridiculez: está la pedantería apasionada, por ejemplo, o a la inversa: el sectarismo demagógico, similar al de los ya habituales “tiranuelos de turno” que tanto daño le han causado al país, una y otra vez. Porque, como dice Gramsci, “el error del intelectual consiste en creer que se puede saber sin comprender, y especialmente sin sentir. Al faltar este nexo –forma y contenido, pensar y ser, sujeto y objeto–, las relaciones del intelectual con el pueblo-nación devienen relaciones de orden puramente burocrático, formal, o se reducen a ellas”, con lo cual los intelectuales “se convierten en una casta o en un sacerdocio”. Nosce te ipsum: una vez más, la circunstancia exige abandonar el morbo, la suspensión del juicio, para que el conocimiento haga el esfuerzo de conocerse a sí mismo. 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