Figuras de la conciencia ucevista – José Rafael Herrera

Figuras de la conciencia ucevista - José Rafael Herrera
Cecilio Acosta. Cortesía: El Nacional

Publicado en: El Nacional

Por: José Rafael Herrera

A los abnegados colegas ucevistas que resisten

los barbáricos embates de la canalla vil.

Como todos los países, Venezuela es un ser en continuo devenir. El devenir es la garantía de la existencia objetiva de los pueblos, por más pequeños y pobres o por más grandes y ricos que estos puedan ser. No existen los países “postales”, fijos, inmóviles. El bello jardín de hoy que muestra la web fue, en algún momento, la charca de ayer, y probablemente escenario de batallas y holocaustos. La Roma “eterna” es el recuerdo de una autoconciencia que vió caer el Imperio más poderoso de su tiempo y pudo presenciar la barbarie ritornata medioeval, la construcción de las repúblicas independientes del Renacimiento, las nuevas conquistas de su territorio por otras naciones, el Imperio napoleónico, el Risorgimento, el fascismo, la guerra, la república, hasta resultar lo que es hoy su devenir. El Imperio donde nunca se ponía el sol terminó en el gobierno de Sánchez. La crítica de la razón histórica permite comprender las circunstancias de las más extrañas modalidades de la sin razón, del sin sentido, de la locura. Lo que determina el devenir del Espíritu de un pueblo es la constatación, in der Praktischen, del movimiento de las figuras de su conciencia a través del decurso de su historia, el hecho de que el sujeto-objeto se haya hecho sustancia y realización, de que su concepto logre transformarse en realidad efectiva, elevándose desde el abstracto ideal hasta la idea concreta.

Desde sus orígenes, la nación venezolana fue, ha sido y sigue siendo, literalmente, una invención continua -una inventio– de la investigación, docencia y extensión de la Universidad Central de Venezuela, primero como ideal y, más tarde como idea, cabe decir, como su hechura, su facitura. Atenea salió de la cabeza de Zeus. Diría Vico que, más allá de la poética, Atenas, la cuna de la civilización occidental, es el parto de la Justicia. Pero Atenas no ha surgido de un vientre materno sino de la inteligencia divina. Dios es Justicia. Y es eso, por cierto, lo que significa Júpiter (ZeusTheos, Eos, IosIus): “Esta es la historia civil de aquella expresión: Iovis omnia plena”. De ahí que los latinos comenzaran a razonar sobre el derecho, al que llamaron Ius, “desde el momento que nació en la mente de las gentes la idea de Júpiter”. En este mismo sentido, se podría afirmar que así como Atenas fue alumbrada por la cabeza de la justicia, la Venezuela republicana fue alumbrada por la bóveda craneana de la universidad de Caracas, por sus académicos, siguiendo los principios de razón y justicia promulgados por la filosofía de la Ilustración. Y así como Atenas fue el punto de partida de la libertad para Occidente, Venezuela fue el punto de partida de la independencia del Continente hispanoamericano.

La Universidad Central de Venezuela, junto con el resto de las universidades nacionales, configura la autoconciencia y el sistema del ser social venezolano. Por eso mismo, su devenir es el devenir de Venezuela, y las diferentes figuras que históricamente ha asumido han dado como resultado cambios significativos en su infraestructura cultural, social y política. Baste con mencionar, apenas, algunas, a manera de comprensión hermenéutica, elípticamente problemática.

A propósito de la historia incipiente de la Real y Pontificia Universidad de Santiago de León de Caracas, el distinguido historiador Alberto Navas ha dado debida y detallada cuenta. Entre sus muchas precisiones, conviene resaltar el hecho de que más de la mitad de los firmantes del Acta de nacimiento de la República independiente de Venezuela formaban parte del cláustro universitario caraqueño, y que fue firmada en la vieja Capilla del Seminario Santa Rosa, lo que hoy equivaldría a decir que el solemne acto se efectuó en la sala de sesiones del consejo universitario. De ahí que se pueda afirmar que Venezuela le debe el concepto, arquitectura y diseño de su independencia a la UCV. Pero no solo, porque, cuando tocó defenderla con las armas frente al poderoso imperio español, sus primeros soldados salieron de las aulas de la institución.

Culminada la gesta independentista, la larga noche de los caudillos impuso sus designios sobre la ciencia y la vida civil. La universidad fue maniatada, amordazada, intervenida y expropiada. La pandemia del autoritarismo cercenó su autonomía, con lo cual empobreció material y espiritualmente al país. No le quedó otra alternativa que aguardar pacientemente bajo los nubarrones, a los fines de construir los fundamentos de un nuevo país, sustentado en la civilidad, resultante del debate entre el positivismo y la metafísica. Fueron, en efecto, tiempos para la “paciencia del concepto”. Y no fue corta la espera. Quizá haya sido Cecilio Acosta la figura más emblemática de ese período histórico. Expulsado de la universidad por “desafección al gobierno”, tuvo que proseguir sus labores de enseñanza fuera de su cátedra. Pero, lejos de ser silenciado, Acosta se transformó en fuente de inspiración para las jóvenes generaciones. No solo fue el maestro de José Martí o de Lisandro Alvarado, entre muchos otros. La tesis de grado presentada por Rómulo Betancourt y tutoreada por Rómulo Gallegos, para optar al grado de bachiller que otorgaba por entonces la UCV, es un estudio sobre su filosofía.

La llamada “generación del 28” fue, de hecho, la promotora de la democracia venezolana. Y fue ella quien despertó en la población del país entero los deseos de cambio, bajo la luz del Ethos, de la justicia y la libertad, del desarrollo económico y social, educativo y cultural, sustentado en las leyes del orden civil. Durante cuarenta años, con sus errores y virtudes, Venezuela se transformó en una referencia de peso, en un modelo de sociedad democrática y, tal vez, en la envidia no solo del resto de la región, sino también de una Europa en crisis.

La última figura, que, en principio, surgió de la UCV, está en deuda con el país y consigo misma. Fue de la UCV que insurgió la protesta -ya desde finales de los años sesenta del siglo XX- contra el sistema democrático. Y, desde ella, se alentó el movimiento “cívico-militar” que, ya despojado de los ropajes socialistas, devino gansterato. Razones de desviación, tendencialmente conducidas de la mano por una cada vez mayor pérdida de concepto, a medida que se promovía el mero conocimiento instrumental -cada vez más “técnico” y, por ende, más abstracto e indeterminado. En ella se cultivó la pobreza de Espíritu. Tarde o temprano se tendrá que imponer una profunda revisión de la actual estructura de sus pensa curriculares. Prueba de ello es el interés del gansterato en eliminar carreras que obligan a pensar, a producir ideas, al tiempo de pretender que las que ya han sido despojadas de este “mal” radicalicen aún más sus componentes estrictamente “técnicos”. Si algo ha caracterizado la vida ucevista a lo largo de su historia es el desarrollo de ideas y valores. El régimen anuncia su muerte. Pero una institución que ha logrado sobrevivir, a pesar de las más horrendas formas de barbarie, siempre estará amparada por la Astucia de la Razón.

 

 

 

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