Hacer política – Fernando Rodríguez

Hacer política - Fernando Rodríguez
Cortesía: EFE

Publicado en: El Nacional

Por: Fernando Rodríguez

Desde hace algún tiempo, y después de tantos fracasos, se ha puesto de moda eso de “hacer política”, en realidad lo que quieren decir en definitiva es que hay que hacer acciones políticas victoriosas, sin muchos miramientos al principismo y al rigor moral, que den al traste con el enemigo. Así de simple, de perogrullesco, de tautológico. Claro para llegar a ese fin pasan muchas cosas, nada simples y bastante peligrosas.

Yo no diría que el problema es de pureza teórica, de dogmatismo, de preferir la idea a los hechos, porque aquí eso de la ideología parece estar bastante desaparecido. Aquí nadie habla de marxismo, socialdemocracia, democracia cristiana, anarquismo ni siquiera de las muy a la moda ideologías identitarias, feminismo o racismo verbigracia. Aquí solo se respira liberalismo primitivo y delictivo, hasta Maduro y sus Volmers chinófilos y sus fieles enriquecidos, el billete sin bridas y sin estribos, la desigualdad agrandándose a cada instante. Por allí no va la cosa.

Yo diría que la tal cosa va más por el lado de la estrategia y los valores, por el sesgo moral que esta tiene. Los que supuestamente no hacen política o no saben hacerla ven las cosas en blanco y negro, es decir, en buenos y malos, virtudes y pecados. Y, por tanto, se pierden el gris propio de la vida. Presupuesto necesario para no mitificar lo real y poder dominarlo; restablecer esa zona donde al menos ocasionalmente los resultados de la acción pueden ser más importantes que las virtudes que los sustentan. O, si se quiere, en términos más usuales, supeditar algunos medios a algunos fines. Medios contaminados o aparentemente poco santos pueden producir fines deseables, victorias. La virtud no está en la pureza sino en la contaminación justa. Asunto ético de vieja estirpe y múltiples resoluciones. Por ejemplo, mucha gente común y corriente cree que todos los políticos suelen ser demasiado terrenales, mentirosos y maestros en el arte del engaño, motivo de su antipolítica

Eso de “justa” es, entonces, el asunto. Porque meterse con lo contaminado puede ser ceder a la contaminación. Por ejemplo, cuando un hijo de AD muy avejentado, que quiere conquistar la Asamblea para enderezar la patria, ante los crímenes y las torturas denunciadas por la Comisión de la ONU, solo se le ocurre decir que todos los venezolanos debemos colaborar para que esto no siga sucediendo. Tranza con los torturadores y asesinos para seguir siendo dialogante dilecto del responsable último de esos operativos, para tratar de no trabar su misión redentora. O los que guardan silencio, miran para otro lado, igualmente. Muchos creemos que alacranes y mesoneros no vayan a lograr otra cosa que ser comparsa poco significativa y legitimadora de un fraude pues serán castigados con su propia lógica pragmática. La dictadura gana la partida. No basta, pues, ensuciarse el alma. Es realmente muy peligroso hacerlo. ¿Y Capriles? Yo no sé qué piensa ni qué va a hacer Capriles. Por lo pronto se ha saltado el informe de los derechos humanos y la abrumadora decisión de la Unión Europea sobre lo cloacal de las próximas elecciones. Pero quién asegura que ya jugó todas sus cartas (supongo que le queda la postergación por coronavirus, a la española, lo cual no estaría mal). Esperemos que sea consecuente con sus exigencias electorales indispensables, no todo vale, que recuerde que las manos limpias están de moda en tiempos de pandemia política.

Ahora bien, es cierto que Guaidó, que tanto ha hecho, a pesar de su gobierno “digital”, no es inmune políticamente, por sus virtudes y radicalismo en esta ocasión electoral. No basta con andar lejos de la basura, no contaminarse con turcos y gobierno maula y condiciones electorales infames. Por ello él tiene el deber de explicar por qué la abstención, nacional e internacionalmente, es la solución más efectiva, deslegitimadora y por ende debilitadora de la dictadura, dentro de los límites en que vivimos, que son tantos.  Y la manera de sostener ciertos logros que por frágiles que sean, al menos son, existen, ahora que hablamos de realismo político. ¿O es que alguien vende victorias definitivas e inmediatas? ¿Cuáles son las ofertas fácticas, tangibles, de los electoreros de diverso pelaje? ¿Unos cuantos diputados en un país en que el Ejecutivo hace lo que le da la gana, para empezar hasta torturar a gusto a los mismos diputados o mandarlos al exilio cuando le ladran, cuando hacen con efectividad su tarea? De manera que las ideas y los logros se mezclan de una manera inagotable y todas esas divisiones entre los que hacen y no hacen política resultan bastante sofísticas y necias, como bastante en esta vida, que es tan inapresable y a lo mejor tan perversamente constituida.

 

 

 

 

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