La fea y el negro

Por: Sergio Dahbar

Treinta mil flores recibieron a la mexicana Julia Pastrana, después de un largo camino de regreso a casa. Gladiolos y alhelíes de color blanco para celebrar -después de un periplo de siglo y medio- que fuera enterrada en las tierras de Sinaloa, donde nació en 1834.

 Pastrana fue vendida, exhibida por varios países, su cadáver derivó en el sótano de la Universidad de Oslo y finalmente fue enterrado la semana pasada con honores en Sinaloa. No era cualquier habitante mexicano que volvía a la paz de su terruño local. Así lo describe la excelente crónica de la periodista Raquel Seco, publicada en El País.

Por años fue conocida como “la mujer más fea del mundo”, “mujer mono” e “híbrido maravilloso”. Padecía una enfermedad: hipertricosis lanuginosa e hiperplasia gingival.

Por eso tenía vello excesivo en todo el cuerpo y la mandíbula pronunciada. Poseía voz de mezzosoprano, bailaba muy bien, tocaba la guitarra y se desenvolvía con naturalidad en tres idiomas.

Esta criatura especial derivó muy rápido en excepción de feria. Cuando tenía 20 años fue vendida a un negociante inescrupuloso mexicano que la hizo recorrer Canadá y Estados Unidos.

Actuaba en circos y ferias de pueblo que la anunciaban como el eslabón perdido entre un ser humano y un orangután. Julia Pastrana se casó en Nueva York con un hombre que se convirtió en su agente y comercializó su diferencia.

Pastrana falleció en 1860, muy lejos de casa, de gira por territorio ruso, poco después de tener un hijo que heredó su enfermedad y sobrevivió algunas horas. Su viudo incansable exhibió los cadáveres embalsamados de ambos hasta que su cuerpo no aguantó más.

El final no podía ser menos sombrío que el resto de su vida. Sus restos pasaron entre   manos de comerciantes noruegos. A ellos les robaron el cuerpo del bebé, que finalmente quedó irreconocible.

Julia fue adquirida por la Colección Schreiner del Instituto de Ciencias Médicas Básicas de la Universidad de Oslo, que lo conservó hasta ahora. Durante años quedó engavetado en un sótano burocrático del que por fin lo rescató otra mexicana con una tenacidad de acero.

Hagamos una pausa. Breve. Para recordar otro caso que merece una anotación debida. Se trata del célebre negro de Banyoles, que fue enterrado en el año 2000 con honores en un parque de Gaborone, capital de Botsuana. Ese año desapareció la polémica suscitada por la exhibición de su cuerpo disecado en el Museo Darder de Banyoles, en España.

Su historia fue conocida gracias a la investigación obsesiva del escritor holandés Frank Westerman en su reportaje El negro y yo, reflexión sobre temas como la raza, la cultura,  la identidad y el racismo latente en cierta antropología.

A partir del primer encuentro, Westerman reconstruye la trayectoria del  negro de Banyoles, desde que fue cazado en el sur de África, hacia 1830, hasta su traslado al Museo Darder, donde permaneció expuesto entre 1916 y 1997.

Frank Westerman reconstruye la mirada colonialista que concibe la exhibición de ser humano para que otros vean sus características más notorias. Y documenta la captura por los naturalistas franceses Verreaux y las operaciones comerciales posteriores que lo llevaron a la Exposición Universal de Barcelona de 1888, al Gran Café Novedades y a la colección de Darder.

Westerman viajó a Botsuana. Quería ver el lugar donde fue enterrado el objeto de su investigación. Encontró una tumba abandonada. La grama crecía salvajemente y los niños jugaban al fútbol. Un panorama desolado. En Banyoles las cosas no lucen mejores. Los habitantes tampoco quedaron contentos. Consideran que el pueblo ya no es el mismo sin ese negro que se había vuelto una curiosidad más de un pueblo sin demasiada gracia.

Volvamos a Julia Pastrana. El milagro de repatriar sus restos a México tiene nombre y apellido. Laura Anderson Barbata. Artista mexicana, hizo justicia con esta mexicana que sufrió suficiente en vida como para mantenerse lejos de casa. Laura vio una vez el cuerpo de Julia: cuando la reconoció en Oslo, antes de viajar a Sinaloa.

Julia Pastrana llegó a México en un féretro blanco de zinc. Así fue enterrada en Sinaloa de Leyva. En una tumba que tiene el doble de profundidad. Sobre ese cajón impoluto cayó el cemento que la resguardará del ser humano, que ya bastante daño le hizo a esta mujer desprevenida que vino al mundo en 1834.

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