La globalización de los bellacos – Jean Maninat

Jean Maninat

Por: Jean Maninat

En Venezuela siempre nos hemos preciado de no ser racistas, de ser un pueblo mixto orgulloso de su mistura, donde la gente tenía acceso a la educación pública, y podía llegar a los medios y altos mandos de la sociedad cualquiera fuera la tez de su piel. Los adecos fueron excelsos en el oficio y los demás siguieron en el esfuerzo con similar denuedo. (Los fundadores del Partido Comunista eran unos “blanquiñosos” de abolengo y, sin embargo, apostaron por un proyecto de pretendida orientación popular).

La avalancha de la inmigración europea de los años cincuenta marcó la identidad del balbuciante país que se ponía en pie. Ya no nos serían extraños los apellidos de los inmigrantes que acoplarían sus gentilicios al de los criollos del primer momento. Portugueses, italianos, españoles -con sus peculiaridades a cuestas-, gente del Levante, y unos cuantos mitteleuropean huyendo de las dictaduras comunistas que los agobiaban. (¿Alguien recuerda El Gato Pescador y su insalubre goulash?)

(El melting pot venezolano fue ejemplo regional, santuario de posibilidades, que luego sería enriquecido en los setentas por la emigración del sur del continente que huía de las dictaduras militares y que tanto compartió con nosotros).

Leer en Twitter los elaborados adefesios racistas criollos que se urden bajo la pretensión de una solidaridad con un Gobierno “amigo” es simplemente vil. Es la prueba de que lo peor que nos podía pasar, ha pasado: que el régimen nos “comiera el coco”. Y en varios casos se trata de gente que uno puede presumir de cierto cosmopolitismo, pero que en la confusión imperante argumentan con dejo de supremacismo blanco.

La bellaquería ha devenido pandémica, se manifestó en Francia vestida de amarillo, hace nada en Chile, y ahora en Estados Unidos. Su virus no conoce de fronteras. Busca vestirse de Gucci: los bellacos gustan de las marcas de lujo, por eso vacían sus vitrinas. Y los bellacos intelectuales asisten -de lado y lado- arrimando los zapatos a su medida. Pero es un fenómeno multirracial.

Haber asociado el destino de la recuperación democrática de Venezuela a una potencia mundial, entregar la autonomía política en un albur geopolítico, sólo traería la dependencia de sus problemas internos y externos, tal y como está visto. Ahora hay que lidiar con un trumpismo vernáculo, caricaturesco, que remeda las actitudes recalcitrantes del mandatario norteamericano, aplaude sus desplantes y asume el lenguaje de los renacuajos intelectuales de la derecha ultramontana. Como si lo que despide Miraflores no fuera ya suficiente.

Rendirse “solidariamente”’ ante argumentos que vacían el problema en una pertenencia racial para congraciarse con el “amigo americano” poco ayuda a la “causa venezolana”. Quienes lo hacen subrepticiamente, o de todas, todas, deberían acordarse del país de donde venimos. Pero la globalización de los bellacos está en marcha. Lamentablemente.

N.B. Si usted no ha hecho comentarios similares, por favor no se dé por aludido.

 

 

 

 

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