La república desmantelada – Elías Pino Iturrieta

publicado el 19/05/19 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos

Publicado en: El Nacional

Por: Elías Pino Iturrieta

Elías Pino Iturrieta

Durante el mandato de Chávez comenzó el trabajo de acabar con la estructura republicana de Venezuela, y el usurpador lo ha completado. Nos hemos preocupado por la desaparición de los usos democráticos y de los principios de libertad que han formado parte de la evolución social desde el siglo XIX, sin caer en cuenta de que esos elementos fundamentales dependen de una estructura anterior que los sostiene y promueve: la república. No basta con el hecho de que la nación se muestre en términos formales u oficiales como una organización de naturaleza republicana. Hace falta que tal denominación sea hospitalaria con conductas e ideas distintas a las establecidas durante el absolutismo monárquico, o durante los despotismos del antiguo régimen europeo, o de despotismos anteriores de allá, o de mandonerías posteriores de acá orientadas por los intereses del autoritarismo.

El comienzo del desmantelamiento se relaciona con el hecho de que, por decisión del comandante Chávez votada por los electores, comenzáramos a llamarnos República Bolivariana de Venezuela. La denominación significó un divorcio del vínculo con el ideario liberal que había alimentado los intentos de sociabilidad ensayados a partir de las guerras de Independencia, que procuraron el establecimiento de un sistema de frenos y contrapesos que impidiera el predominio de una hegemonía personal, o la elevación de una sola bandería en el manejo de los asuntos públicos. La relación con un proceso histórico de larga duración, es decir, creado y reformulado a través del tiempo buscando un acercamiento cada vez más íntimo con los requerimientos de la modernidad, con las doctrinas ilustradas de los siglos XIX y XX, con sus modelos legislativos y con la esencia de sus deliberaciones, se cambió por lo que pudo pensar y hacer un hombre en un breve lapso o, mucho peor, por lo que decía Chávez que un héroe había realizado o barruntado en dos décadas de su vida.

De allí el inicio de una traducción tendenciosa de lo que había entendido un personaje histórico sobre la política de su tiempo –que no era precisamente liberal, ni amistoso con las polémicas sobre el gobierno, ni dado a acoger a todos los sectores sociales– efectuada por un aventurero, o por un apresurado lector de panfletos, o por un entusiasta seguidor de disparates, o por un manejador de micrófonos capaz de llegar a auditorios amplios, o por un experto escarbador de pasiones debido a la cual se deformaron los principios fundacionales y se borró un proceso esencial de fábrica ciudadana, o se ubicó en plano secundario. La república había luchado en el pasado por la eliminación de los elementos que la negaban o sofocaban, pero, por si fuera poco el daño en marcha, la dislocación animada por Chávez les dio el aire que necesitaban para volver por sus fueros: el militarismo, el voluntarismo, la obediencia ciega, el compadrazgo, el clientelismo, el manual de rudimentos, la ignorancia supina de los burócratas, la violencia ejercida por grupos sin soporte institucional…, pasaron de la periferia al centro de la escena para redondear el oficio de menoscabo republicano que no hemos advertido a cabalidad a pesar de su mole monstruosa. En las manos de Maduro se ha tratado de un asalto con golpes de mandarria, pero pensamos que es un guerra ventajista contra unos partidos o contra un elenco de dirigentes, o contra cierto entendimiento de la democracia, sin preocuparnos al ver cómo socava las bases del edificio que más importa porque les servía de domicilio a ellos y a nosotros sus deudos.

Para que se tenga una idea del reto que afronta Venezuela, y de cómo parece difícil que pueda encontrar desenlace positivo si no agarra el toro por los cuernos, si no olvida lo accesorio para atender lo primordial, acudo a una afirmación de extraordinaria importancia por la época en la cual se hizo, por el político que la expresó y, en especial, por la sociedad debido a cuyos problemas se quiso poner de relieve. El 17 de agosto de 1898, George Clemenceau escribió desde París al conde de Aunay: “Habría un medio de asombrar al universo, haciendo algo totalmente nuevo: la República, por ejemplo”.

Lea también: No busquemos ejemplos en el pasado“, de Elías Pino Iturrieta



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Publicado en: El Nacional

Por: Elías Pino Iturrieta

Elías Pino Iturrieta

Durante el mandato de Chávez comenzó el trabajo de acabar con la estructura republicana de Venezuela, y el usurpador lo ha completado. Nos hemos preocupado por la desaparición de los usos democráticos y de los principios de libertad que han formado parte de la evolución social desde el siglo XIX, sin caer en cuenta de que esos elementos fundamentales dependen de una estructura anterior que los sostiene y promueve: la república. No basta con el hecho de que la nación se muestre en términos formales u oficiales como una organización de naturaleza republicana. Hace falta que tal denominación sea hospitalaria con conductas e ideas distintas a las establecidas durante el absolutismo monárquico, o durante los despotismos del antiguo régimen europeo, o de despotismos anteriores de allá, o de mandonerías posteriores de acá orientadas por los intereses del autoritarismo.

El comienzo del desmantelamiento se relaciona con el hecho de que, por decisión del comandante Chávez votada por los electores, comenzáramos a llamarnos República Bolivariana de Venezuela. La denominación significó un divorcio del vínculo con el ideario liberal que había alimentado los intentos de sociabilidad ensayados a partir de las guerras de Independencia, que procuraron el establecimiento de un sistema de frenos y contrapesos que impidiera el predominio de una hegemonía personal, o la elevación de una sola bandería en el manejo de los asuntos públicos. La relación con un proceso histórico de larga duración, es decir, creado y reformulado a través del tiempo buscando un acercamiento cada vez más íntimo con los requerimientos de la modernidad, con las doctrinas ilustradas de los siglos XIX y XX, con sus modelos legislativos y con la esencia de sus deliberaciones, se cambió por lo que pudo pensar y hacer un hombre en un breve lapso o, mucho peor, por lo que decía Chávez que un héroe había realizado o barruntado en dos décadas de su vida.

De allí el inicio de una traducción tendenciosa de lo que había entendido un personaje histórico sobre la política de su tiempo –que no era precisamente liberal, ni amistoso con las polémicas sobre el gobierno, ni dado a acoger a todos los sectores sociales– efectuada por un aventurero, o por un apresurado lector de panfletos, o por un entusiasta seguidor de disparates, o por un manejador de micrófonos capaz de llegar a auditorios amplios, o por un experto escarbador de pasiones debido a la cual se deformaron los principios fundacionales y se borró un proceso esencial de fábrica ciudadana, o se ubicó en plano secundario. La república había luchado en el pasado por la eliminación de los elementos que la negaban o sofocaban, pero, por si fuera poco el daño en marcha, la dislocación animada por Chávez les dio el aire que necesitaban para volver por sus fueros: el militarismo, el voluntarismo, la obediencia ciega, el compadrazgo, el clientelismo, el manual de rudimentos, la ignorancia supina de los burócratas, la violencia ejercida por grupos sin soporte institucional…, pasaron de la periferia al centro de la escena para redondear el oficio de menoscabo republicano que no hemos advertido a cabalidad a pesar de su mole monstruosa. En las manos de Maduro se ha tratado de un asalto con golpes de mandarria, pero pensamos que es un guerra ventajista contra unos partidos o contra un elenco de dirigentes, o contra cierto entendimiento de la democracia, sin preocuparnos al ver cómo socava las bases del edificio que más importa porque les servía de domicilio a ellos y a nosotros sus deudos.

Para que se tenga una idea del reto que afronta Venezuela, y de cómo parece difícil que pueda encontrar desenlace positivo si no agarra el toro por los cuernos, si no olvida lo accesorio para atender lo primordial, acudo a una afirmación de extraordinaria importancia por la época en la cual se hizo, por el político que la expresó y, en especial, por la sociedad debido a cuyos problemas se quiso poner de relieve. El 17 de agosto de 1898, George Clemenceau escribió desde París al conde de Aunay: “Habría un medio de asombrar al universo, haciendo algo totalmente nuevo: la República, por ejemplo”.

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