Licencia para morir – Carolina Espada

Licencia para morir - Carolina Espada
Cortesía: El Nacional

Publicado en: El Nacional

Por: Carolina Espada

Primero Saldivia era el mayor de dos hermanos. Segundo era el segundo. Primero había nacido a las 11:59 am y Segundo, a las 12:08 pm. Era martes y llovía. Cincuenta años más tarde, Primero era comerciante. Segundo era de profesión: suicida.

Primero había trabajado toda su vida con relativo éxito, porque el éxito -como la mayoría de las cosas- es relativo, y Segundo, entre uno y otro intento de suicidio, hacía lo que podía: vendía envases plásticos a domicilio; abordaba a la gente en la calle para invitarla a pasar a una agencia de viajes en donde, por muy poco dinero, podría participar en fabulosos paquetes turísticos; era asistente de quien tuviera a bien dejarse asistir, pero la verdad es que él no servía para nada. Ni siquiera para suicidarse.

Primero ya había perdido la cuenta de las veces que Segundo lo había llamado para despedirse y pedirle perdón. ¡En cuántas oportunidades bajó la santamaría de su negocio y fue corriendo para su casa! Segundo se había lanzado de la azotea, pero, aparte de las piernas fracturadas, no le había sucedido nada más que lamentar. Segundo se había cortado las venas, pero eran unas heridas demasiado superficiales y no se había desangrado.  Segundo había intentado dispararse un tiro en la sien, pero, a último segundo, la mano le tembló y la bala apenas le dejó algo así como un arañazo en la cabeza. Segundo se había colgado de una viga, con tan mala suerte, que el nudo se desamarró y lo que le quedó fue apenas un morado en el cuello y una molestia al tragar, que apenas si le duró una semana.

Primero siempre había acudido al grito de fallida despedida de su gemelo y lo había salvado, rescatado, socorrido, auxiliado, asistido, protegido, apoyado, acogido, cuidado, consentido, mimado, compadecido y amado. Pero a Primero, hoy, se le habían acabado todos los sinónimos. Y allí, en la cama, estaba Segundo aún respirando y con el teléfono en la mano.

Primero… perdóname…- le había dicho con voz de plomo.

Segundo lo había ubicado en su celular, en medio del tráfico, en un martes con aguacero. Primero, como en todas las ocasiones anteriores, voló para allá. Segundo se había tomado una botella de ron y sabe Dios cuantas pastillas para dormir, pero Primero tenía la certeza de que todavía estaba a tiempo: podría llamar a una ambulancia (la ambulancia de costumbre); llegarían a la clínica (que estaba tan cerca y en donde ya los conocían); entrarían por emergencia (por el estacionamiento, a mano derecha); a Segundo le meterían una sonda  (sin anestesia) y le lavarían el estómago… pero, insisto, a Primero ya no le quedaban más sinónimos.

Así que llorando, se acostó junto a Segundo. Lloró tanto que creyó recordar la sensación del líquido amniótico sellándole la garganta y la nariz. Lloró de tal forma que vio a Segundo a través de algo que no supo definir: ¿eran lágrimas o era el amnios? Lloró como quien llora su propia muerte y dejó a su hermano morir en paz.

 

 

 

 

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