Los loros no tienen cuerdas vocales – Soledad Morillo Belloso

Soledad Morillo Belloso

Por: Soledad Morillo Belloso

Hay muchas voces que solo repiten lo que escuchan. O lo que les mandan a decir, a cambio de unos cuantos verdes, o un carguito, o una candidatura, o un “luego yo te arreglo”. No tienen voz propia. Ni pluma propia. Y menos que menos  tienen moral propia. Pero hablan. Escriben. Inundan los medios y las redes. Les abren los micrófonos para que emitan su “sabia” opinión. Nadie les pregunta dónde han estado en los momentos cruciales en todos estos años y ellos bien que se cuidan de no decirlo. No vaya a ser que sus lectores y audiencias se den cuenta que mientras el país se hundía, mientras el país luchaba, y marchaba, y se marchitaba, y caía, y se volvía a levantar, mientras cientos eran apresados, enfermaban, morían, quebraban, ellos estaban en tertulias en bares, oficinas lujosas, mansiones y palacios. O en hoteles cinco estrellas en alguna ciudad lejos del achicharre venezolano. O raspando cupos. O negociando medias tintas y maquillando encuestas.

El informe de la ONU recibe varias respuestas. Quienes sabíamos bien lo que pasaba, quienes nos dejamos las pestañas documentando, escribiendo y ayudando a los familiares de agraviados, sentimos que las tristezas de todos estos años están plasmadas, finalmente, en esas 443 páginas. Los que sospechaban pero no conocían los detalles de esta película de horror y consiguen el coraje para leer al menos las 21 páginas del resumen, salen de su silencio y entienden que ya no es posible callar. El régimen no sorprende.  Niega. No niega que ocurrieron los hechos; niega que el señor haya tenido conocimiento de ello. El Yernísimo sufrió un público, notorio, comunicacional, severísimo y muy inusual ataque de sinceridad.  No caben más comentarios. No vale la pena.

Y hay un tercer grupo, el de la oposición que no es oposición (mesitos, picados de alacrán, etc., es decir, la versión criolla del régimen de Vichy, pero sin hablar francés) que pretende enterrar el informe en un cementerio. A lo más, tartamudean, en las cinco vocales. Aaa, eee, iii, ooo, uuu. Al mejor estilo de lo que las viejas en los pueblos llaman mangasmeás. Son loros haciendo un coro de silencios.

Decir que estamos cerca de salir del hueco sería caer en el ejercicio de la siembra de esperanzas enclenques. Falta; si más o mucho más, está por verse. En el tablero hay varias piezas. El informe de la ONU, la posición del grupo de contacto internacional, el informe de la OIT, el informe de la Academia sobre la pandemia. Y en el juego también está presente el desastre económico, la mega hiperflación, el habernos convertido en el único país petrolero en el mundo que no produce petróleo y que no tiene gasolina. El país que llegó a ser el más próspero del sub continente mendigando comida y medicinas. Y con hampones manejando caletas multimillonarias. Y los reportajes de armando.info , que son modelo de buen periodismo y que le quitan la careta a viejos y nuevos vagabundos.

Pero falta. Aún falta. Y tenemos que aguantar. Y no caer en confusiones del parloteos de loros. Que los loros parece que hablan, pero no tienen cuerdas vocales. Lo de ellos, recordemos, es  gracias a la siringe, ese aparato que produce sonidos complejos gracias a vibraciones del aire en sus paredes cartilaginosas. Lo de los loros es imitar voces. Pura imitación.

 

 

 

 

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