¿Morirán las democracias, como las conocemos, tras el Covid-19? – Floralicia Anzola

Floralicia Anzola

Por: Floralicia Anzola

El editorial del diario francés,  Le Monde de hoy se titula: “Frente a Covid-19, la elección entre salud o libertad es un falso dilema”. En él, mencionan cómo las medidas de confinamiento, toque de queda,  prohibición de reunirse, vigilancia ciudadana y detención de violadores de normas, sin juicio alguno, antes consideradas medidas violatorias de la libertad ciudadana, son aceptadas, sin chistar, por los pueblos, a quienes se les han planteado como necesarias para combatir la propagación del virus. Y lo son, pues el aislamiento es urgente y ya no es una elección individual.

La emergencia sanitaria es incuestionable, pero ¿se instalarán estas medidas por cuánto tiempo?. ¿Terminaremos aceptando ese suprapoder del Estado sobre el ciudadano?

Así lo hacen en China. Donde se les obliga a las personas a informar su temperatura, se rastrean sus movimientos, identifican sus contactos. Dependiendo de si ha cumplido o no con las normas y no se encuentra enfermo o contagiado reciben un código QR con el cual pueden tener o no acceso a medios de transporte, negocios y servicios. Y los viajeros deben portar un brazalete  conectado a su celular para trackear sus pasos.

En Singapur, el gobierno lanzó una aplicación llamada TraceTogether. Utiliza señales de Bluetooth entre teléfonos celulares para ver si los posibles portadores del coronavirus han estado en contacto cercano con otras personas.

En Corea del Sur, el gobierno utiliza registros como transacciones de tarjetas de crédito, datos de ubicación de teléfonos inteligentes y videos de circuito cerrado de televisión, así como chats con personas, para crear un sistema donde que rastrean y geolocalizan casos confirmados en un mapa.

El diario Le Mondese pregunta:”¿Quién hubiera imaginado, hace solo unas semanas, que Europa se vería sumida en un clima digno de George Orwell, que además es ampliamente aceptado?”

El New York Times, por su parte,  en un reportaje firmado por la periodista de investigación del periódico, en Londres, Selam Gebrekidan, también se ocupa del riesgo que corren los ciudadanos y las democracias. El título lo dice todo: “Para los autócratas y otros, el coronavirus es una oportunidad para obtener aún más poder”. Con el apoyo de reporteros como Benjamin Novak de Budapest; Hannah Beech de Bangkok; Jason Gutiérrez de Manila; Julie Turkewitz de Bogotá, Colombia; Anatoly Kurmanaev de Caracas, Venezuela; y Rana Sweis de Amman, Jordania, recoge las prácticas que se están dando en algunos de esos países y sus vecinos.

Veamos:

El primer ministro de Hungría,  Viktor Orban, ahora puede gobernar por decreto, eludiendo al Parlamento, y  suspender las leyes existentes.Incluso, una nueva medida permite a su gobierno mandar a prisión hasta por 5 años  a quien difunda información distorsionada o falsa. Pero el gobierno tiene la potestad también de definir qué considera falso.

Algo parecido hace el primer ministro de Jordania, Omar Razzaz. Enfrenta con una nueva estrategia a la disidencia, y ha advertido  que el gobierno tratará firmemente a cualquiera que difunda rumores, fabricaciones y noticias falsas que siembren el pánico.

En Tailandia, el primer ministro, Prayuth Chan-ocha,  puede imponer toques de queda y censurar a los medios de comunicación.

En Israel, se rastrea a los ciudadanos utilizando los  datos de sus teléfonos celulares y quienes desafíen las órdenes de aislamiento pueden quedar detenidos con hasta seis meses de prisión. El primer ministro israelí, Netanyahu, que iba a ser juzgado por corrupción, ordenó el cierre de  los tribunales y ya no tendrá que comparecer ante ellos hasta que él mismo, los vuelva a abrir.

La semana pasada, el Congreso filipino aprobó una ley  que le otorgó al presidente  Rodrigo Duterte poderes de emergencia.

También las democracias más sólidas enfrentan retos. En el Reino Unido,  los ministros tienen el poder para detener a las personas y cerrar las fronteras, todo con poca supervisión.

Chile  tras declarar el  “estado de catástrofe” se apoya en  el ejército de nuevo muy presente en las calles y plazas, silenciando a la disidencia que sacudió a la nación desde el año pasado.

El Departamento de Justicia  de los Estados Unidos solicitó al Congreso nuevos poderes radicales, para eliminar las protecciones legales para los solicitantes de asilo y detenerles, sin juicio,  indefinidamente. Por fortuna, la propuesta sufrió cambios al enfrentar al Congreso.

La periodista del New York Times cita a Douglas Rutzen, presidente del Centro Internacional de Derecho  en Washington, que está rastreando nuevas leyes y decretos durante la pandemia, quien le afirma: “Es realmente fácil construir poderes de emergencia. Realmente difícil deconstruirlos”.

Dice Gebredikam: “A medida que las nuevas leyes amplían la vigilancia estatal, permiten a los gobiernos detener a las personas indefinidamente e infringir las libertades de reunión y expresión, también podríanmoldear la vida cívica, la política y las economías en las próximas décadas.”

Los antecedentes anteriores  lo confirman y como advierte el editorial del Le Monde,  “una vez que se implementa la restricción, es raro que el legislador vuelva a textos más liberales.  La ley del estado de emergencia de la Guerra de Argelia adoptada al comienzo de 1955, fue actualizada y adaptada, nunca derogada. Las medidas adoptadas en 2015 para combatir el terrorismo se han incorporado al derecho ordinario”.

Casi el peor aspecto de esta crisis es cómo ha hecho que las personas prácticamente clamen por más control estatal y más vigilancia. Mucha gente piensa que no es oportuno criticar lo que se hace en medio de esta crisis. “Este no es el momento”, dicen.

Pero, sí, este es el momento de observar lo que están haciendo nuestros gobiernos y quién se está beneficiando. ¿Si no es ahora, cuándo?

 

 

 

 

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