No hay espacio para llantos de plañideras – Soledad Morillo Belloso

Soledad Morillo Belloso

Por: Soledad Morillo Belloso

Es muy difícil amigar a los militantes de base cuando han entrado en pleito por una u otra razón. Quienes nunca han militado en un partido político, por mucho que crean saber de política, acaso no entienden las dinámicas emocionales de un partido y mucho menos las de sus militantes de base. Quizás creen que basta con que se acuerden los dirigentes superiores para que queden limadas todas las asperezas. Y eso no es así. Quienes hemos militado o militan en partidos políticos y han sido o son dirigentes, esto lo comprenden muy bien y saben que “luego de ojo sacado no vale Santa Lucía”.

Atónitos (y sumando más al pipote de desesperanza), los ciudadanos de a pie, que no militan en organizaciones políticas, ven a los dirigentes de oposición agarrados por los moños y haciendo que sus respectivos seguidores se monten en un ring de boxeo. Es una pelea de perros, desgastante, inconveniente y orientada al fracaso y que vaya si le viene como anillo al dedo al régimen.

Casi todos los dirigentes reclaman unidad. Ah, pero a su alrededor. Porque cada cual se siente propietario de la verdad . Escribo “dirigentes”, adrede, no “liderazgos”. Los primeros buscan satisfacer sus propias metas y objetivos. Son como los gerentes medios de una empresa. Ven su árbol y su pedazo del bosque. Pero se quedan cortos, muy cortos en lo que se refiere a liderazgo, un asunto que requiere visión compleja y completa.

Un dirigente político regional se quedará con el ojo pegado en el fotograma de su estado. Y supondrá que ha alcanzado su propósito si consigue triunfar en su pedazo, en su territorio. Si ese mismo dirigente regional tiene liderazgo, verá el trozo y el todo. Entenderá que su territorio no es sino parte del país.

Estas elecciones del 21 de noviembre han puesto a pelear a varios en la oposición. No luce, por cierto, como una sana y democrática competencia. Parece más bien un torneo de caimaneras enratonadas, con público que aúpa y aplaude y que le pela los dientes al público del que ha definido no como “competidor” sino como “enemigo”. Este ejercicio del absurdo está ocurriendo en mayor o menor medida en casi todos los estados y municipios y es alimentado por los “aspirantes”. Es la versión criolla del Juego de Tronos, pero en la más ramplona producción. Los ciudadanos de a pie, a saber, los electores, entienden poco, y lo que ven no les gusta. Y en la punta de la lengua tienen la frase ¡que se vayan todos!

Todas (o casi todas) las encuestas de opinión revelan que el régimen ha perdido respaldo popular. Y que contabiliza un altísimo rechazo. Sin embargo, por razones que tienen que ver con el estado del sistema electoral (de eso se está ocupando el rector Roberto Picón) y, sobre todo, por el divisionismo en las fuerzas de oposición, es probable o al menos posible que el régimen se haga con la mayoría de las gobernaciones, alcaldías y curules regionales y municipales. Esto es de Ripley.

Hay errores que por comunes y por muchas veces repetidos no dejan de ser errores. Habla mal de la capacidad de un dirigente el no querer (o no conseguir) forjar acuerdos con otros dirigentes de oposición. Habla todavía peor de ese dirigente el optar por la simplonería de llevar el pleito a los niveles base de la organización o, más grave, al patio popular. Si no es hábil para lograr apoyos en el ámbito de sus pares, ¿qué de bueno hay en alborotar a los “fans” y en generar atajaperros? ¿Acaso no ve ese dirigente, de la tendencia que sea -porque está de anteojito- que eso es mostrar su debilidad y restar a su fortaleza?

El juego, señores, lo ganan los jugadores. Los que anoten más tantos, goles, carreras, cestas, etc. No los que resulten victoriosos en una necia trifulca entre sus hinchas.

Están, sin embargo, a tiempo de no hacer el ridículo, sin echar más leña al fuego, sin derramar más leche en el piso, sin pronunciar frases que luego no haya cómo borrar de la memoria.

A los dirigentes, un mensaje: entiéndase entre ustedes. No escuchen a quienes los insten a propiciar querellas. Es no solo inmoral, sino sobre todo estúpido lanzar el pleito a las bases. Es una clarísima muestra de anemia política y de escasez intelectual. Se trata de liderar equipos, no de comandar grupos. Ganen el aplauso, no el desprecio. Merezcan a los electores con un juego de altura. No hay espacio para llantos de plañideras. Nada hay más importante que Venezuela y los venezolanos.

 

 

 

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